Se
hacía la dormida
—¿De modo que está aquí por
homicidio, doña Adela? —El licenciado Rosales formula una pregunta obvia.
La mueca en el medio rostro
paralizado de la anciana se transforma en sonrisa:
—¡Eso dicen! Yo digo que por la calentura de otros.
El licenciado reprime las
ganas de reír. No vaya a dar un
botonazo. ¿Para qué se puso este traje gris, si ya le aprieta? Recuerda el velorio
de su tía Égida, busca su expresión más solemne, como aquel día. Se remueve en
la silla. La verdad no entiende qué hace aquí. ¿Para que defender a doña Adela
en segunda instancia? La tamalera es asesina confesa y además no tiene ni en
qué caerse muerta. Él necesita comprarse otro traje. Con todo, el expediente ha despertado su
curiosidad. También reconoce que la doña compensa su falta de instrucción con una
lengua afilada:
—No necesité mucha
gasolina, mi Lic. Ese cuerpecito ya tenía suficiente alcohol adentro.
—Oiga, doña Adela —Rosales adopta un tono cómplice —, mire que aprovecharse
de una borrachera …
—¿Aprovecharme yo? —La tamalera casi escupe las palabras—.
¡Aprovechados ellos! ¿Pues qué
dijeron? Vieja pero no pendeja. No licenciado, nunca se fíe de una cocinera.
Las cocinas dan ideas...
—Me contaron los policías
que cuando llegaron todavía olía a carne y a tamales. ¡Cómo se le ocurrió hacer
una hoguera ahí! ¿No pensó en los tanques de gas?
—Ya lo dijo el juez —La anciana se encoge de hombros—. Se me
calentó la cabeza y perdí la razón.
El licenciado acomoda su
trasero y las páginas del expediente. Un movimiento más y van a volar las
costuras del pantalón. Recurre de nuevo
a la memoria de la tía Égida. Serios, señores. Que esto es un velorio y el
licenciado Rosales va a pronunciar la
oración fúnebre de su amada tía. Los dedos regordetes del licenciado tamborilean
en el papel:
—Aquí dice que usted estuvo
casada con don Gustavo cincuenta años.
—Nunca fuimos ni al
registro ni a la iglesia. No era su estilo. Pero sí; don Gustavo fue mi marido
todo ese tiempo. Me agarró muchachita.
Con Aurora fue lo mismo.
—Aurora, pobre
muchacha. Perdón que se lo diga, pero
¿cómo permitió usted que un viejo abusara de una jovencita? Eso es un delito agravado por la minoría de
edad…
—¡Por favor,
licenciado! ¿A poco usted también cree
ese cuento? Si cuando llegó a trabajar con nosotros ya la habían corrido de su
casa por puta…
El licenciado apunta con el
dedo a otra página del expediente. Doña
Adela se fija en el falso anillo de oro que aprieta el índice del abogado. Rosales sentencia:
—Aurora tenía doce años.
—Once, doce, trece… ¡Igual
se crece! Si le gustaba que mi marido
le metiera mano. Así son todas esas
muchachitas de calientes… ¡Se hacía la dormida! ¿Yo qué podía hacer? Ella era joven y
bonita. Como yo alguna vez. Y luego parió a los gemelos. ¡Era
hábil! A don Gustavo le dio los hijos
que yo no le pude dar. Y el varoncito era su sol.
—En el expediente dice que
don Gustavo emborrachaba a Aurora para violarla.
—¡Noooo! Si esa pendeja no se dormía con nada. Más bien nos dormía a nosotros con su cara
mustia. ¡Pero hay un dios y a todos les
llega su hora!
Los guardias voltean a ver
a la anciana que grita. El abogado
ahuyenta el recuerdo del funeral de la tía Égida y le pide a la tamalera que
baje la voz:
—¡Sssh! Para eso están las
leyes doña Adela. Pero a usted, por tomar la justicia por su propia mano, ahora
le van a dar cuarenta y cinco años de cárcel.
—¡Ja ja! ¿A poco cree que voy a vivir tanto tiempo? Qué
bueno estar aquí. Alguien tiene que pagar mi entierro. —La anciana se acomoda
el chal y vuelve a reír:
—¡El botón, licenciado! Mucho anillo pero qué tal la camisa.
El licenciado palidece y
ahora sí, ni falta que le hace la solemnidad. Habla despacio, muy digno,
mientras intenta abotonarse el saco:
—Ya entendí. Usted no tiene remordimientos. Primero Don
Gustavo se aprovechó de usted… ¡Aaah! Pero la sirvienta era mañosa. Ahí la víctima fue don Gus. Y ahora hay dos
inocentes huérfanos. Pero a ver, explíqueme
una cosa. Si usted ya había consentido la situación por tanto tiempo... ¿Para
qué convertirse en asesina ahora?
Doña Adela entorna los ojos
y la sonrisa ilumina ese rostro con parálisis facial:
—Todo tiene un límite,
licenciado. La madre ¡ya qué! Ya estaba toda
jodida. Pero la niña…
—¿Aurorita?
—La gemelita, licenciado. Sépase que a mí Aurora no me caía nada bien; por
algo la corrieron. Pero la niña me daba
lástima. ¡No se merecía eso!—La tamalera reflexiona —: Una madre de a de veras,
defiende a su propia sangre …
Rosales renuncia a
abotonarse el saco. Observa los brazos
temblorosos de la anciana, las manos artríticas. No la imagina arrastrando el
cuerpo y los galones hasta la cocina. ¿Y
él por qué pierde su tiempo aquí?
Doña Adela baja la voz. El
tono socarrón ha desaparecido por completo. Por un instante, la parálisis
desaparece:
—Mire, licenciado. Yo ya no
pienso hacer ni un tamal. Ya trabajé mucho para don Gustavo—. La frase hace que
el abogado se pierda en sus pensamientos. ¡Qué curioso! La tía Égida se quejaba
también de su marido, de los desvelos para amasar su fortuna. Aunque el sobrino
predilecto se esmeró en las honras fúnebres, no hubo nada para él en el
testamento.
—¡Sólo esta baratija! —El
licenciado Rosales maldice su traje raído, golpea la piedra del anillo contra
la mesa y apenas presta atención a las últimas palabras de doña Adela:
—…siempre me dijo que
quería estar en la tumba de su santa madre. ¿Pero para qué incomodarla? Si lo único malo que hizo esa señora fue
parir una bestia —. La mueca vuelve al
rostro. Doña Adela murmura entre dientes—: Al menos nos ahorramos la cremación. Aurora no me cae bien, pero vaya que tiene
huevos.
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