domingo, 20 de octubre de 2019

Los brazos de Morfeo.

Los brazos de Morfeo


Mauro murió de sueño. Su agonía de semanas la pasó en brazos de Morfeo, en cama, hasta que falleció. Tanto abusó del sueño que a modo de disculpa, el día de su funeral, el occiso despertó en la funeraria y salió del féretro en un estado de vigilia sepulcral. Don Memo, rezador oficial con cuello de tortuga y traje gris, se quedó trabado con un tercer misterio en la boca. Del susto tiró el rosario.

Con un gesto enérgico, el difunto se arrancó el trapo con que habían sujetado su mandíbula. Se acomodó la cabellera, alisó su traje y se dispuso a servir de anfitrión: Saludó a los presentes, recibió pésames, consoló a los dolientes, tomó café con pan con las tías Torres y hasta brindó con sus cuates del dominó sabatino. 

Antes del último adiós, aún tuvo tiempo de lanzar miradas furibundas a los hipócritas, elogió las coronas, guiñó un ojo a su amante y se acercó por un momento a su enlutada esposa para reclamarle por qué le habían puesto esa pinche corbata que nunca le había gustado. También se quejó del silencio y las caras largas. Cuando sus sobrinos quisieron abrazarlo, Mauro apagó su entusiasmo diciéndoles que no los había incluido en su testamento. 

Llegaron los mariachis, sofocados por la carrera que habían pegado desde el parque central. El difunto pidió dos rancheras, bebió tequila a pico de botella, bailó El mariachi loco, cantó hasta desgañitarse y ya sin pudores tardíos, se fundió en un abrazo con su lívido Morfeo, para luego irse de bruces sobre su vivo retrato y las coronas. El compadre y los hijos abochornados lo devolvieron al cajón de ínfima calidad. Don Memo se persignó y los misterios fluyeron de su boca como si nunca se hubiera trabado. 

Se cuenta que esa noche no hubo cuerpo más presente que el de Mauro en el funeral. Lo vieron tan alegre, tan lleno de vida, que su viuda temió, por un momento, que el muy cínico cambiara de opinión y se quedara a seguir amargándole la vida. El difunto, ya libre de mordazas, todavía tuvo tiempo de gritar:

¡De cedro, dije cajón de cedro, cabrones.

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