¿Y acaso no podría ser la propia bella durmiente
una especie de Buda?
Yasunari Kawabata.
Un siniestro congrega a los curiosos en segundos. La fascinación por contemplar los cuerpos tendidos es inevitable. Todos corren al lugar; hay una suerte de alivio porque eso le sucedió a otro y de momento, los mirones están a salvo. La señora Homeless, en cambio, no se precipita. Conoce los distintos rostros de la muerte.
Luego de muchos años de vagancia, el destino llevó a la indigente a instalarse en las afueras de la estación del metro Viveros. Todos los vendedores apostados en la acera poniente de la avenida Universidad la conocían. Cada mañana la veían salir de las profundidades del metro llevando una bolsa negra de basura en cada mano. Doña Nemesia iba directo al muro de la tienda de pinturas comex; tendía sus bártulos y se echaba una siesta hasta el mediodía. Cubierta con un plástico azul, sólo las botas industriales de color fosforescente eran un aviso de que ahí había un ser humano. Fue un gringo, maestro de la escuela de computación contigua a la tienda Comex, quien la bautizó como la señora Homeless.
Una vez despierta, era difícil que esa suerte de buda monumental pasara desapercibida. Mirada fulminante, mal olor, voz de bajo y un repertorio pavoroso de insultos eran su sello. Pero lo más desconcertante era el gorro frigio que la señora Homeless llevaba en la cabeza. ¡A saber de dónde lo había sacado! El cuadro lo completaban seis manitas de plástico, de esas que sirven para rascarse la espalda, apretadas en su mano derecha. Más que mercancía a la venta, parecían su amuleto. Era tal su determinación, que ni siquiera los empleados del Sanborns de la esquina se atrevían a prohibirle la entrada al baño. Detener a la gorda con pinta de gladiadora hubiera sido una temeridad. Su dignidad estaba por encima del suéter deshilachado, los faldones mugrosos y la cabellera hirsuta.
Una mañana, después de la siesta, la señora Homeless tuvo una revelación. Se le ocurrió que las dos salidas del metro correspondían a la vida y la muerte, respectivamente. En la salida maldita, la parca elegía al azar, de tin marín, a quiénes se llevaría ese día. La estación del metro Viveros tenía una peculiaridad: la mayoría de los viajeros salía del metro en sentido contrario a su punto de destino. Una vez en la avenida, ningún peatón quería volver a descender las escaleras y pasar por abajo, aunque fuera lo más sensato. Así fuesen las horas de más tráfico, emprendían la carrera de torear automóviles, sin esperar siquiera a que el semáforo estuviese en rojo. Señores con muletas, ancianas con andadera, familias enteras con niños pequeños, señoras con bultos o canasta de pan en la cabeza, todos aparecían de entre los microbuses verdes, a cual más audaces. Tenían una fe ciega en su poder de detener a los automovilistas.
Harto sabía doña Nemesia que taxis y los microbuses desafían toda lógica posible y de paso, la luz roja del semáforo. Así que no se sorprendió cierto día de mayo, a las dos de la tarde, cuando escuchó el golpe desde su punto de observación. En ese momento, alguien empezó a detener el tráfico y a pedir a gritos una sábana para tapar al muerto. La señora Homeless tomó su plástico azul y se acercó a cubrir al cadáver. Más tarde el tortero sabría que la víctima era Pioquinto Medina, un zapatero de Ciudad Neza, quien venía a bolear zapatos a domicilio en las calles de la colonia. Grasa, banquito y caja quedaron tirados cerca del hombre quien, ironías del oficio, perdió sus zapatos.
La indigente observó al zapatero con curiosidad. Aún no tenía la rigidez de los cadáveres. Su rostro le pareció familiar. Ismael, vendedor de películas piratas, se acercó al grupo en torno al atropellado, impresionando con su frase dominguera:
⥋Todos somos vírgenes ante la muerte.
El tortero estuvo de acuerdo; no había ensayo previo. La vagabunda no lo escuchó. En cambio fue a hurgar entre sus bolsas y volvió con una veladora en la mano. Los empleados de la tlapalería llegaron con un mecate para impedir el paso a los automovilistas. En lo que llegaba la patrulla, todos los vendedores contemplaron a la del gorro frigio, sentada en el camellón, con la veladora. En cuanto la vieron, los policías quisieron correrla de ahí. Pero doña Nemesia los amenazó con sus manitas de plástico. Tenía el rostro del difunto en su memoria. Por fin pudo precisar. Pioquinto le recordaba a alguien que le había robado la inocencia en una infancia borrosa y lejana. Apagó la flama y sentenció:
⥋Tú ya no necesitas velas; vas a arder en el infierno.
La segunda muerte ocurrió un mes después. Se trataba de una señora audaz, cuyo dolor de ciática no fue impedimento para lanzarse al camellón en mitad de la avenida. No contó con la rabia de Gumaro, conductor del microbús, ebrio y recién abandonado por su mujer. El tortero, para entonces, ya tenía bolillos blancos para el susto y los intercambiaba por información con quien llegara a reconocer a las víctimas. Doña Agripina quedó bajó el microbús, detenido en diagonal frente a Pinturas Comex. La difunta planchaba a domicilio en la colonia.
En esa ocasión se armó un caos. Era viernes de quincena, tarde de energúmenos y la policía a duras penas consiguió improvisar caminos de ida y de vuelta para los autos en un solo lado de avenida Universidad. Gumaro no se quedó mucho tiempo en el lugar de los hechos. Hizo caso omiso de los insultos de los pasajeros y se limitó a decir que el transporte no era suyo, no tenía seguro y si lo querían llevar detenido, de cualquier manera él no iba a pagar nada. Doña Nemesia, alias la señora Homeless, miró el cuerpo bajo la carrocería del microbús y le echó encima el plástico azul. El rostro de doña Agripina le revolvió los recuerdos. La difunta se parecía a su tía, la mujer que la había vendido cuando apenas tenía diez años.
⥋Una más a la hoguera.
Para agosto, el fenómeno de los atropellados se convirtió en tema de apuestas. Desde el puesto de los periódicos, los vendedores contemplaban a los que se disponían a cruzar desde la acera colindante al parque de los viveros. Los de la tlapalería, el periodiquero, el de las tortas, el vendedor de películas piratas, ya se habían percatado del extraño fenómeno de los peatones. Pero la señora del gorro rojo era la más lúcida de todos: Con sólo verles la cara, ya sabía si cruzarían la avenida sin rasguños o no. En una ocasión le dio por dirigir el tráfico peatonal con una franela roja, parada en medio del camellón. Sólo cosechó burlas y mentadas. Todo el mundo seguía pasando como se le hinchaba la gana.
Una tarde de llovizna septembrina, otro microbusero despechado lanzó por los aires a don Sigfrido Meneses, el anciano ebanista que se había equivocado de estación. Don Dimas, el tortero comunicativo, no perdió la oportunidad de preguntarle a la señora Homeless a quién se parecía el difunto. Doña Nemesia afirmó que su cara era la misma del señor de los tamales, el único que a veces le daba algo de comer, cuando ya mendigaba con un grupo de niños de la calle:
⥋Siempre me daba los tamales agrios ⥋. Con todo, le encendió su veladora.
Otros sucesos sorprendieron a la estación trágica. El día que un desesperado se arrojó a las vías del metro, cerraron la estación y sacaron a toda la gente. La casualidad quiso que fuese temprano, y que la indigente estuviese en el andén al momento del siniestro. Como nadie llegó a reclamar el cuerpo, don Dimas inventó que el suicida había reprobado por quinta vez el examen de admisión a la UNAM. Doña Nemesia le asestó un zape:
Éste era el que me aventaba piedras. Pero el metro duele más . Ismael terció en la discusión:
⥋Aquí todos somos universitarios. Y sin examen, mano.
Una tarde lluviosa de octubre, el muerto más inverosímil subió las escaleras del metro con aire jovial. Era un señor de mediana edad; nada hacía pensar que pudiera darle un infarto. Cuando pasó por las Pinturas Comex, la señora Homeless se retiró el gorro frigio. Ajeno a su destino, Don Nicanor, de oficio jardinero, pasó por los puestos de jugos, tacos de canasta, la tortería y se detuvo un momento a contemplar las revistas del puesto de periódicos. Al pasar junto al Office Depot se sintió mal y se desplomó en los escalones. La del gorro frigio ya venía con su plástico:
⥋Nunca te vi, padre, así que a ti no puedo recordarte.
Llegó noviembre y las visiones de doña Nemesia llegaron a grados insospechados. La noche del día primero cayó sobre el asfalto una adolescente con zapatillas de plataforma doble. Venía con traje de oficina y la noticia de su embarazo imprevisto; el novio había huido y ella trataba en vano de mantener el equilibrio. El tortero la reconoció de inmediato porque trabajaba en una óptica cercana. La señora Homeless vio volar las zapatillas. En esta ocasión ya no sintió el deseo de acercarse. Y entonces sucedió lo impensable. La joven se levantó del asfalto, se puso las zapatillas y caminó hacia la señora del gorro frigio con paso tambaleante. Ni don Dimas ni el cinéfilo Ismael, mucho menos los de la tlapalería se dieron cuenta de ese hecho insólito.
La giganta sí lo supo: Ese rostro ovalado, esas manos morenas la habían arrullado al nacer. Por eso se levantó a recibirla y le obsequió una manita. Le dijo que ya había andado mucho y no quería recordar nada más. Después tomó su mano tibia y bajaron juntas las escaleras del metro.
Media hora más tarde, cuando la ambulancia y las patrullas iluminaban la avenida con sus sirenas, Ismael se percató de que nadie había ofrecido un plástico azul a la señorita de las zapatillas. Se acercó a la tienda de pinturas y vio el cuerpo tumbado junto a las bolsas negras de basura. A gritos llamó al tortero. Doña Nemesia, la señora Homeless, la estibadora retirada, la vikinga de tiempos inmemoriales, la gladiadora que había librado cien combates en la arena, yacía sobre el azul del plástico, fría y sin sufrimiento alguno. Tenía sujetas cinco manitas de plástico en su mano derecha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario