lunes, 21 de octubre de 2019

A MANOS

                                                                                                            Para Edgar, mi mano derecha.

A diferencia de los hombres, a quienes perdono su escasa estatura, siempre que tengan una lengua ingeniosa, me gustan las mujeres altas, de cintura estrecha y ojos grandes. Muñecas de pastel. Así que imaginen la sorpresa que me llevé esta mañana cuando una chaparra tallada en piedra durante el neolítico, me dijo, rezumando indignación:

-Me molesta su mano.

Yo no respondo lo que estoy pensando. No es aconsejable discutir con una cavernícola de mediana edad. Pero me hubiera gustado soltarle la frase:

-A mí me molesta su humanidad.

Y sí, me molesta. Defiendan la baja estatura, díganme que no rebasan el 1.50 de estatura. Aboguen por los modales bastos de esta cavernícola que se abrió paso a punta de codazos y se colocó frente a la puerta en actitud de No pasarán. Estoy de acuerdo. Admito antes de ser señalada que tengo fobia a las chaparras petaconas. Sólo les digo que es casi imposible no tocar a los pasajeros en un metrobús atestado, a las ocho de la mañana.
He presenciado incontables discusiones en el área reservada a mujeres, niños, discapacitados y personas de la tercera edad. Caso curioso; los hombres no pelean entre ellos. A veces, sí, se sube algún acosador y lo bajan en chinga. En el área delantera, en cambio, me ha tocado ver a mujeres que se agarran de las greñas y bajan al andén para proseguir la pelea, entre insultos y maldiciones. De sobra sé lo estéril que es participar de los desahogos y exabruptos mañaneros de señoras iracundas.

Pero no puedo evitar que la frase de la chaparra llame mi atención. Está de espaldas y no puedo verle el rostro. Si siento, en cambio, toda su tensión corporal, erizo en estado de alerta; no tolera el más mínimo roce. Le molesta mi mano. Y yo, en cambio, tengo a dos ancianas tras de mí, ya empujando mi espalda, pendientes de la alerta previa a la apertura de las puertas abatibles. Ni cómo decirles algo. Hay una pasajera en el pasillo con un diablito. ¡Sí, un diablito! Y las viejitas están tratando de esquivarlo. Yo levanto las manos, a ver si toco el cielo.

Es verdad que siempre hago ese gesto antes de bajar del metrobús. Levanto las manos, me las llevo al pecho, lista para empujar la puerta o a las personas que insisten en entrar y no dejan bajar. No estoy presionando a la luchadora monolítica. Trato incluso de no tocarla, porque sé que la mala vibra es contagiosa. Y no sé si lavó su chamarra esa mañana o lleva dos semanas acumulando mugre.

Ya está. Condenen mi actitud clasista y mi desdén por el arte del paleolítico. Yo sólo diré que sería más correcto acusarme de Chaparrismo: Fobia a la gente que suple la falta de altura alzando la cabeza y poniendo la jeta por delante.


Aunque su cuerpo y voz de bravata me resultan francamente desagradables, debo hacerle justicia a esta enana diabólica. Minutos antes y casi desde que subí al metrobús, yo tenía mi mano sujeta a uno de los tubos colocados para tal efecto. Ya ven que los metrobuses frenan abruptamente y si no te agarras, sales disparado. Una señorita de chamarra negra con zípers por todos lados puso su mano justo arriba de la mía. Y la muy ingrata no cerró los cierres de los puños que rematan las mangas. La consecuencia: soporté el roce de la chamarra y al bajar, tenía los dientes marcados en el dorso de mi mano. Eso es señal clara de mi cobardía. No me atreví a decirle en ningún momento, ya no digamos que me molestaba su mano. Solo un ¿podría cerrar ese cierre? O bien, cambiar mi mano de lugar. Ahí es donde se nota mi espíritu aguantador y masoquista.

La petisa (bonita palabra para una fea), en cambio, está en el otro extremo. Parece que va buscando pleito. Lo sentí desde que, luego de pasar la estación La bombilla, ambas nos dirigimos en dirección a la puerta. Yo pidiendo perdones y disculpes, ¿podemos cambiar de lugar? Ya voy a bajar. Y aquélla empujando, mostrando la supremacía y el empoderamiento de las encabronadas madrugadoras. Bien claro se le ve que podría levantar un costal de cemento sin pestañear.

Cuando me suelta su frase de reclamo, yo ya estoy escribiendo un texto en mi cabeza. Estoy sin aliento por esta mujer compacta, sotaca y malvibrosa que parece sacada de un cuerpo de granaderos. (No, mentira, las granaderas van con el cabello peinado y bien maquilladas). Y sin embargo... Cuando la veo bajar mi percepción se modifica por un instante. El halo que la defiende de cualquier roce desaparece. Camina y se nota que lo hace a menudo; tiene las nalgas firmes. Sus piernas son toscas, pero vista de espaldas, el trasero es su mejor atributo. El rostro no lo veo nunca.

La cabellera larga podría ayudar, pero es robusta y a las chaparras no les favorece mucho ese rasgo, a menos que sean delgadas. Los litros de tinte que ha gastado en ese pelo hasta la cintura, tampoco. Dicen que los tonos claros endulzan las facciones. A esta figura pétrea más le valdría un tono de fantasía y unas perforaciones. Se vería más cool. Y es curioso. Los tatuados y con piercings tienen implícita una licencia para andar encabronados, aunque no lo estén. Mi monolito de análisis no. Es curioso que aún no se haya peinado. Sólo se recogió a medias la cabellera, una media cola sujeta por una mariposa. El detalle coqueto no es malo. Pero hay algo que no concuerda en su combinación de su ropa. La chamarra de mezclilla está bien; tiene espalda suficiente para lucirla. Lo divertido son sus pantalones blancos, casi transparentes. Parecen de quirófano o de clínica de belleza. ¿Pero quién querría tener encima las manos de esta bravucona? Para todo hay, dice el Edgar. Concedámosle el beneficio de la duda, pues.

Las manos, pienso. ¿Será que ahí está el problema? La mujer está tan enojada que todo su cuerpo parece gritar que su bravura es la respuesta que ha encontrado alguien que recibe o recibió golpes todos los días. Alguien que sale a la calle, como dice el dicho, a ver no quién se la hizo sino quién se la paga. Y el metrobús es el escenario ideal; los empujones una magnífica excusa para devolver los madrazos a la vida.

Ocho de la mañana. ¿A dónde irá a trabajar? ¿Cuánto le pagan en la quincena? Su vestimenta y el hecho de que viaje en el transporte público no son un sinónimo de opulencia. ¿O sí? ¿Los trayectos mañaneros en hacinamiento justifican la virulencia?

Ya está. Repróchenme mi chaparrismo, añadan el clasismo, la misoginia y un dejo mal disimulado de condescendencia. Por si son simpatizantes de la chaparra, les diré que de darle voz en este texto, se quejaría de una señora canosa y amargada con unos ojos que perforan la espalda. Y su mano, ¡ah, su mano! Viste de mezclilla, sus botas están gastadas, pero su reloj es un omega nada despreciable. Pobre pero con tiempo.Y es alta. Pinche vieja mamona, se nota que no ha cogido en años.

Buen punto. Digo esa frase porque en las discusiones abunda ese argumento. La falta de sexo. Así que no puedo despedirme sin ahondar en él. La chaparra quizá me conceda un poco de crédito si le cuento que soy humana. Me molesta la columna y necesito alinearme las vértebras cada tanto. O quizá no: Le molesta mi mano. Y a ella, ¿qué manos no le molestarían? ¿Será que las mías le recuerdan a esas otras que le destrozaron los dientes a trompadas? Lo dudo. Yo tengo manos finas y nada diestras en el arte de repartir madrazos.

La chaparra sí que tendría éxito en la Arena México, con sus mallas de licra, su pelo decolorado y ahora con ustedes, la Cavernariaaaaaa. En cambio, ahí va tan dócil a endulzarles el ego a las clientas. En el gimnasio sí que no le iría muy bien. Demasiado cuadrada; la lucha grecorromana sería una mejor opción.

¿Y su vida personal? Yo la verdad no quisiera ser uno de sus hijos. ¿Y el novio, el marido, el amante? ¡Uf! Espero que esa mujer duerma con otra, porque con un hombre se va a armar la bronca. Va a querer devolverle todos los chingadazos que le ha dado la vida.

Y eso sí, se lo advierto. Si se busca una mujer, para empezar, deberá fijarse en sus manos. Unas que no le molesten y sí la complazcan. Lástima; está por cruzar la calle y no alcancé a verle sus manos. Por unas manos finas y elegantes, de manicure francés, le podría perdonar hasta los empujones. Aunque improbable, desearía saber si alguien salido del neolítico tendría los dedos largos para calzar doce anillos, como Frida o doña Gertrudis Duby. Las manos finas son vitales, sobre todo para sortear el encabronamiento en esta vida. Porque los dedos sirven para teclear, para tocar el piano y hasta para hacer señales obscenas. Y lo más obvio; sirven para masturbarse. Ya con eso se llega al estado zen y cuando uno va en el metrobús, en las mañanas, en vez de arañar, patear y rezumbar uno es tan correcta que sólo responde al reclamo, en su tono más amable:

-Disculpe usted. ¿Dónde quiere que se la ponga?


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