lunes, 21 de octubre de 2019

A MANOS

                                                                                                            Para Edgar, mi mano derecha.

A diferencia de los hombres, a quienes perdono su escasa estatura, siempre que tengan una lengua ingeniosa, me gustan las mujeres altas, de cintura estrecha y ojos grandes. Muñecas de pastel. Así que imaginen la sorpresa que me llevé esta mañana cuando una chaparra tallada en piedra durante el neolítico, me dijo, rezumando indignación:

-Me molesta su mano.

Yo no respondo lo que estoy pensando. No es aconsejable discutir con una cavernícola de mediana edad. Pero me hubiera gustado soltarle la frase:

-A mí me molesta su humanidad.

Y sí, me molesta. Defiendan la baja estatura, díganme que no rebasan el 1.50 de estatura. Aboguen por los modales bastos de esta cavernícola que se abrió paso a punta de codazos y se colocó frente a la puerta en actitud de No pasarán. Estoy de acuerdo. Admito antes de ser señalada que tengo fobia a las chaparras petaconas. Sólo les digo que es casi imposible no tocar a los pasajeros en un metrobús atestado, a las ocho de la mañana.
He presenciado incontables discusiones en el área reservada a mujeres, niños, discapacitados y personas de la tercera edad. Caso curioso; los hombres no pelean entre ellos. A veces, sí, se sube algún acosador y lo bajan en chinga. En el área delantera, en cambio, me ha tocado ver a mujeres que se agarran de las greñas y bajan al andén para proseguir la pelea, entre insultos y maldiciones. De sobra sé lo estéril que es participar de los desahogos y exabruptos mañaneros de señoras iracundas.

Pero no puedo evitar que la frase de la chaparra llame mi atención. Está de espaldas y no puedo verle el rostro. Si siento, en cambio, toda su tensión corporal, erizo en estado de alerta; no tolera el más mínimo roce. Le molesta mi mano. Y yo, en cambio, tengo a dos ancianas tras de mí, ya empujando mi espalda, pendientes de la alerta previa a la apertura de las puertas abatibles. Ni cómo decirles algo. Hay una pasajera en el pasillo con un diablito. ¡Sí, un diablito! Y las viejitas están tratando de esquivarlo. Yo levanto las manos, a ver si toco el cielo.

Es verdad que siempre hago ese gesto antes de bajar del metrobús. Levanto las manos, me las llevo al pecho, lista para empujar la puerta o a las personas que insisten en entrar y no dejan bajar. No estoy presionando a la luchadora monolítica. Trato incluso de no tocarla, porque sé que la mala vibra es contagiosa. Y no sé si lavó su chamarra esa mañana o lleva dos semanas acumulando mugre.

Ya está. Condenen mi actitud clasista y mi desdén por el arte del paleolítico. Yo sólo diré que sería más correcto acusarme de Chaparrismo: Fobia a la gente que suple la falta de altura alzando la cabeza y poniendo la jeta por delante.


Aunque su cuerpo y voz de bravata me resultan francamente desagradables, debo hacerle justicia a esta enana diabólica. Minutos antes y casi desde que subí al metrobús, yo tenía mi mano sujeta a uno de los tubos colocados para tal efecto. Ya ven que los metrobuses frenan abruptamente y si no te agarras, sales disparado. Una señorita de chamarra negra con zípers por todos lados puso su mano justo arriba de la mía. Y la muy ingrata no cerró los cierres de los puños que rematan las mangas. La consecuencia: soporté el roce de la chamarra y al bajar, tenía los dientes marcados en el dorso de mi mano. Eso es señal clara de mi cobardía. No me atreví a decirle en ningún momento, ya no digamos que me molestaba su mano. Solo un ¿podría cerrar ese cierre? O bien, cambiar mi mano de lugar. Ahí es donde se nota mi espíritu aguantador y masoquista.

La petisa (bonita palabra para una fea), en cambio, está en el otro extremo. Parece que va buscando pleito. Lo sentí desde que, luego de pasar la estación La bombilla, ambas nos dirigimos en dirección a la puerta. Yo pidiendo perdones y disculpes, ¿podemos cambiar de lugar? Ya voy a bajar. Y aquélla empujando, mostrando la supremacía y el empoderamiento de las encabronadas madrugadoras. Bien claro se le ve que podría levantar un costal de cemento sin pestañear.

Cuando me suelta su frase de reclamo, yo ya estoy escribiendo un texto en mi cabeza. Estoy sin aliento por esta mujer compacta, sotaca y malvibrosa que parece sacada de un cuerpo de granaderos. (No, mentira, las granaderas van con el cabello peinado y bien maquilladas). Y sin embargo... Cuando la veo bajar mi percepción se modifica por un instante. El halo que la defiende de cualquier roce desaparece. Camina y se nota que lo hace a menudo; tiene las nalgas firmes. Sus piernas son toscas, pero vista de espaldas, el trasero es su mejor atributo. El rostro no lo veo nunca.

La cabellera larga podría ayudar, pero es robusta y a las chaparras no les favorece mucho ese rasgo, a menos que sean delgadas. Los litros de tinte que ha gastado en ese pelo hasta la cintura, tampoco. Dicen que los tonos claros endulzan las facciones. A esta figura pétrea más le valdría un tono de fantasía y unas perforaciones. Se vería más cool. Y es curioso. Los tatuados y con piercings tienen implícita una licencia para andar encabronados, aunque no lo estén. Mi monolito de análisis no. Es curioso que aún no se haya peinado. Sólo se recogió a medias la cabellera, una media cola sujeta por una mariposa. El detalle coqueto no es malo. Pero hay algo que no concuerda en su combinación de su ropa. La chamarra de mezclilla está bien; tiene espalda suficiente para lucirla. Lo divertido son sus pantalones blancos, casi transparentes. Parecen de quirófano o de clínica de belleza. ¿Pero quién querría tener encima las manos de esta bravucona? Para todo hay, dice el Edgar. Concedámosle el beneficio de la duda, pues.

Las manos, pienso. ¿Será que ahí está el problema? La mujer está tan enojada que todo su cuerpo parece gritar que su bravura es la respuesta que ha encontrado alguien que recibe o recibió golpes todos los días. Alguien que sale a la calle, como dice el dicho, a ver no quién se la hizo sino quién se la paga. Y el metrobús es el escenario ideal; los empujones una magnífica excusa para devolver los madrazos a la vida.

Ocho de la mañana. ¿A dónde irá a trabajar? ¿Cuánto le pagan en la quincena? Su vestimenta y el hecho de que viaje en el transporte público no son un sinónimo de opulencia. ¿O sí? ¿Los trayectos mañaneros en hacinamiento justifican la virulencia?

Ya está. Repróchenme mi chaparrismo, añadan el clasismo, la misoginia y un dejo mal disimulado de condescendencia. Por si son simpatizantes de la chaparra, les diré que de darle voz en este texto, se quejaría de una señora canosa y amargada con unos ojos que perforan la espalda. Y su mano, ¡ah, su mano! Viste de mezclilla, sus botas están gastadas, pero su reloj es un omega nada despreciable. Pobre pero con tiempo.Y es alta. Pinche vieja mamona, se nota que no ha cogido en años.

Buen punto. Digo esa frase porque en las discusiones abunda ese argumento. La falta de sexo. Así que no puedo despedirme sin ahondar en él. La chaparra quizá me conceda un poco de crédito si le cuento que soy humana. Me molesta la columna y necesito alinearme las vértebras cada tanto. O quizá no: Le molesta mi mano. Y a ella, ¿qué manos no le molestarían? ¿Será que las mías le recuerdan a esas otras que le destrozaron los dientes a trompadas? Lo dudo. Yo tengo manos finas y nada diestras en el arte de repartir madrazos.

La chaparra sí que tendría éxito en la Arena México, con sus mallas de licra, su pelo decolorado y ahora con ustedes, la Cavernariaaaaaa. En cambio, ahí va tan dócil a endulzarles el ego a las clientas. En el gimnasio sí que no le iría muy bien. Demasiado cuadrada; la lucha grecorromana sería una mejor opción.

¿Y su vida personal? Yo la verdad no quisiera ser uno de sus hijos. ¿Y el novio, el marido, el amante? ¡Uf! Espero que esa mujer duerma con otra, porque con un hombre se va a armar la bronca. Va a querer devolverle todos los chingadazos que le ha dado la vida.

Y eso sí, se lo advierto. Si se busca una mujer, para empezar, deberá fijarse en sus manos. Unas que no le molesten y sí la complazcan. Lástima; está por cruzar la calle y no alcancé a verle sus manos. Por unas manos finas y elegantes, de manicure francés, le podría perdonar hasta los empujones. Aunque improbable, desearía saber si alguien salido del neolítico tendría los dedos largos para calzar doce anillos, como Frida o doña Gertrudis Duby. Las manos finas son vitales, sobre todo para sortear el encabronamiento en esta vida. Porque los dedos sirven para teclear, para tocar el piano y hasta para hacer señales obscenas. Y lo más obvio; sirven para masturbarse. Ya con eso se llega al estado zen y cuando uno va en el metrobús, en las mañanas, en vez de arañar, patear y rezumbar uno es tan correcta que sólo responde al reclamo, en su tono más amable:

-Disculpe usted. ¿Dónde quiere que se la ponga?


domingo, 20 de octubre de 2019

Los brazos de Morfeo.

Los brazos de Morfeo


Mauro murió de sueño. Su agonía de semanas la pasó en brazos de Morfeo, en cama, hasta que falleció. Tanto abusó del sueño que a modo de disculpa, el día de su funeral, el occiso despertó en la funeraria y salió del féretro en un estado de vigilia sepulcral. Don Memo, rezador oficial con cuello de tortuga y traje gris, se quedó trabado con un tercer misterio en la boca. Del susto tiró el rosario.

Con un gesto enérgico, el difunto se arrancó el trapo con que habían sujetado su mandíbula. Se acomodó la cabellera, alisó su traje y se dispuso a servir de anfitrión: Saludó a los presentes, recibió pésames, consoló a los dolientes, tomó café con pan con las tías Torres y hasta brindó con sus cuates del dominó sabatino. 

Antes del último adiós, aún tuvo tiempo de lanzar miradas furibundas a los hipócritas, elogió las coronas, guiñó un ojo a su amante y se acercó por un momento a su enlutada esposa para reclamarle por qué le habían puesto esa pinche corbata que nunca le había gustado. También se quejó del silencio y las caras largas. Cuando sus sobrinos quisieron abrazarlo, Mauro apagó su entusiasmo diciéndoles que no los había incluido en su testamento. 

Llegaron los mariachis, sofocados por la carrera que habían pegado desde el parque central. El difunto pidió dos rancheras, bebió tequila a pico de botella, bailó El mariachi loco, cantó hasta desgañitarse y ya sin pudores tardíos, se fundió en un abrazo con su lívido Morfeo, para luego irse de bruces sobre su vivo retrato y las coronas. El compadre y los hijos abochornados lo devolvieron al cajón de ínfima calidad. Don Memo se persignó y los misterios fluyeron de su boca como si nunca se hubiera trabado. 

Se cuenta que esa noche no hubo cuerpo más presente que el de Mauro en el funeral. Lo vieron tan alegre, tan lleno de vida, que su viuda temió, por un momento, que el muy cínico cambiara de opinión y se quedara a seguir amargándole la vida. El difunto, ya libre de mordazas, todavía tuvo tiempo de gritar:

¡De cedro, dije cajón de cedro, cabrones.

La sexta manita.




¿Y acaso no podría ser la propia bella durmiente
una especie de Buda?
Yasunari Kawabata.


Un siniestro congrega a los curiosos en segundos. La fascinación por contemplar los cuerpos tendidos es inevitable.  Todos corren al lugar; hay una suerte de alivio porque eso le sucedió a otro y de momento, los mirones están a salvo.  La señora Homeless, en cambio, no se precipita. Conoce los distintos rostros de la muerte.  

Luego de muchos años de vagancia, el destino llevó a la indigente a instalarse en las afueras de la estación del metro Viveros. Todos los vendedores apostados en la acera poniente de la avenida Universidad la conocían. Cada mañana la veían salir de las profundidades del metro llevando una bolsa negra de basura en cada mano.  Doña Nemesia iba directo al muro de la tienda de pinturas comex; tendía sus bártulos y se echaba una siesta hasta el mediodía.  Cubierta con un plástico azul, sólo las botas industriales de color fosforescente eran un aviso de que ahí había un ser humano. Fue un gringo, maestro de la escuela de computación contigua a la tienda Comex, quien la bautizó como la señora Homeless. 

Una vez despierta, era difícil que esa suerte de buda monumental pasara desapercibida.  Mirada fulminante, mal olor, voz de bajo y un repertorio pavoroso de insultos eran su sello. Pero lo más desconcertante era el gorro frigio que la señora Homeless llevaba en la cabeza. ¡A saber de dónde lo había sacado! El cuadro lo completaban seis manitas de plástico, de esas que sirven para rascarse la espalda, apretadas en su mano derecha.  Más que mercancía a la venta, parecían su amuleto.  Era tal su determinación, que ni siquiera los empleados del Sanborns de la esquina se atrevían a prohibirle la entrada al baño.  Detener a la gorda con pinta de gladiadora hubiera sido una temeridad. Su dignidad estaba por encima del suéter deshilachado, los faldones mugrosos y la cabellera hirsuta.

Una mañana, después de la siesta, la señora Homeless tuvo una revelación. Se le ocurrió que las dos salidas del metro correspondían a la vida y la muerte, respectivamente. En la salida maldita, la parca elegía al azar, de tin marín, a quiénes se llevaría ese día.  La estación del metro Viveros tenía una peculiaridad: la mayoría de los viajeros salía del metro en sentido contrario a su punto de destino.  Una vez en la avenida, ningún peatón quería volver a descender las escaleras y pasar por abajo, aunque fuera lo más sensato. Así fuesen las horas de más tráfico, emprendían la carrera de torear automóviles, sin esperar siquiera a que el semáforo estuviese en rojo. Señores con muletas, ancianas con andadera, familias enteras con niños pequeños, señoras con bultos o canasta de pan en la cabeza, todos aparecían de entre los microbuses verdes, a cual más audaces. Tenían una fe ciega en su poder de detener a los automovilistas.   

Harto sabía doña Nemesia que taxis y los microbuses desafían toda lógica posible y de paso, la luz roja del semáforo.  Así que no se sorprendió cierto día de mayo, a las dos de la tarde, cuando escuchó el golpe desde su punto de observación. En ese momento, alguien empezó a detener el tráfico y a pedir a gritos una sábana para tapar al muerto.  La señora Homeless tomó su plástico azul y se acercó a cubrir al cadáver.  Más tarde el tortero sabría que la víctima era Pioquinto Medina, un zapatero de Ciudad Neza, quien venía a bolear zapatos a domicilio en las calles de la colonia. Grasa, banquito y caja quedaron tirados cerca del hombre quien, ironías del oficio, perdió sus zapatos.  

La indigente observó al zapatero con curiosidad.  Aún no tenía la rigidez de los cadáveres. Su rostro le pareció familiar. Ismael, vendedor de películas piratas, se acercó al grupo en torno al atropellado, impresionando con su frase dominguera:

⥋Todos somos vírgenes ante la muerte.

El tortero estuvo de acuerdo; no había ensayo previo. La vagabunda no lo escuchó. En cambio fue a hurgar entre sus bolsas y volvió con una veladora en la mano. Los empleados de la tlapalería llegaron con un mecate para impedir el paso a los automovilistas.  En lo que llegaba la patrulla, todos los vendedores contemplaron a la del gorro frigio, sentada en el camellón, con la veladora.  En cuanto la vieron, los policías quisieron correrla de ahí. Pero doña Nemesia los amenazó con sus manitas de plástico. Tenía el rostro del difunto en su memoria. Por fin pudo precisar. Pioquinto le recordaba a alguien que le había robado la inocencia en una infancia borrosa y lejana.  Apagó la flama y sentenció:

⥋Tú ya no necesitas velas; vas a arder en el infierno.

La segunda muerte ocurrió un mes después.  Se trataba de una señora audaz, cuyo dolor de ciática no fue impedimento para lanzarse al camellón en mitad de la avenida. No contó con la rabia de Gumaro, conductor del microbús, ebrio y recién abandonado por su mujer.  El tortero, para entonces, ya tenía bolillos blancos para el susto y los intercambiaba por información con quien llegara a reconocer a las víctimas. Doña Agripina quedó bajó el microbús, detenido en diagonal frente a Pinturas Comex. La difunta planchaba a domicilio en la colonia. 

En esa ocasión se armó un caos. Era viernes de quincena, tarde de energúmenos y la policía a duras penas consiguió improvisar caminos de ida y de vuelta para los autos en un solo lado de avenida Universidad.  Gumaro no se quedó mucho tiempo en el lugar de los hechos.  Hizo caso omiso de los insultos de los pasajeros y se limitó a decir que el transporte no era suyo, no tenía seguro y si lo querían llevar detenido, de cualquier manera él no iba a pagar nada.  Doña Nemesia, alias la señora Homeless, miró el cuerpo bajo la carrocería del microbús y le echó encima el plástico azul.  El rostro de doña Agripina le revolvió los recuerdos.  La difunta se parecía a su tía, la mujer que la había vendido cuando apenas tenía diez años.  

⥋Una más a la hoguera.


Para agosto, el fenómeno de los atropellados se convirtió en tema de apuestas. Desde el puesto de los periódicos, los vendedores contemplaban a los que se disponían a cruzar desde la acera colindante al parque de los viveros. Los de la tlapalería, el periodiquero, el de las tortas, el vendedor de películas piratas, ya se habían percatado del extraño fenómeno de los peatones. Pero la señora del gorro rojo era la más lúcida de todos: Con sólo verles la cara, ya sabía si cruzarían la avenida sin rasguños o no. En una ocasión le dio por dirigir el tráfico peatonal con una franela roja, parada en medio del camellón. Sólo cosechó burlas y mentadas. Todo el mundo seguía pasando como se le hinchaba la gana. 

Una tarde de llovizna septembrina, otro microbusero despechado lanzó por los aires a don Sigfrido Meneses, el anciano ebanista que se había equivocado de estación.  Don Dimas, el tortero comunicativo, no perdió la oportunidad de preguntarle a la señora Homeless a quién se parecía el difunto.  Doña Nemesia afirmó que su cara era la misma del señor de los tamales, el único que a veces le daba algo de comer, cuando ya mendigaba con un grupo de niños de la calle:

⥋Siempre me daba los tamales agrios ⥋. Con todo, le encendió su veladora.


Otros sucesos sorprendieron a la estación trágica. El día que un desesperado se arrojó a las vías del metro, cerraron la estación y sacaron a toda la gente.  La casualidad quiso que fuese temprano, y que la indigente estuviese en el andén al momento del siniestro. Como nadie llegó a reclamar el cuerpo, don Dimas inventó que el suicida había reprobado por quinta vez el examen de admisión a la UNAM. Doña Nemesia le asestó un zape:

Éste era el que me aventaba piedras. Pero el metro duele más . Ismael terció en la discusión:


⥋Aquí todos somos universitarios. Y sin examen, mano.

Una tarde lluviosa de octubre, el muerto más inverosímil subió las escaleras del metro con aire jovial. Era un señor de mediana edad; nada hacía pensar que pudiera darle un infarto. Cuando pasó por las Pinturas Comex, la señora Homeless se retiró el gorro frigio.  Ajeno a su destino, Don Nicanor, de oficio jardinero, pasó por los puestos de jugos, tacos de canasta, la tortería y se detuvo un momento a contemplar las revistas del puesto de periódicos.  Al pasar junto al Office Depot se sintió mal y se desplomó en los escalones. La del gorro frigio ya venía con su plástico:

⥋Nunca te vi, padre, así que a ti no puedo recordarte.  

Llegó noviembre y las visiones de doña Nemesia llegaron a grados insospechados.  La noche del día primero cayó sobre el asfalto una adolescente con zapatillas de plataforma doble.  Venía con traje de oficina y la noticia de su embarazo imprevisto; el novio había huido y ella trataba en vano de mantener el equilibrio. El tortero la reconoció de inmediato porque trabajaba en una óptica cercana.  La señora Homeless vio volar las zapatillas.  En esta ocasión ya no sintió el deseo de acercarse. Y entonces sucedió lo impensable. La joven se levantó del asfalto, se puso las zapatillas y caminó hacia la señora del gorro frigio con paso tambaleante.  Ni don Dimas ni el cinéfilo Ismael, mucho menos los de la tlapalería se dieron cuenta de ese hecho insólito. 

La giganta sí lo supo: Ese rostro ovalado, esas manos morenas la habían arrullado al nacer.  Por eso se levantó a recibirla y le obsequió una manita. Le dijo que ya había andado mucho y no quería recordar nada más. Después tomó su mano tibia y bajaron juntas las escaleras del metro.  

Media hora más tarde, cuando la ambulancia y las patrullas iluminaban la avenida con sus sirenas, Ismael se percató de que nadie había ofrecido un plástico azul a la señorita de las zapatillas. Se acercó a la tienda de pinturas y vio el cuerpo tumbado junto a las bolsas negras de basura. A gritos llamó al tortero. Doña Nemesia, la señora Homeless, la estibadora retirada, la vikinga de tiempos inmemoriales, la gladiadora que había librado cien combates en la arena, yacía sobre el azul del plástico, fría y sin sufrimiento alguno. Tenía sujetas cinco manitas de plástico en su mano derecha.  




miércoles, 2 de octubre de 2019

¿Qué tienen esos suecos?


Ahora que la Greta le cae mal a todo el mundo, por sus trenzas rubias y porque uno sólo puede pronunciarse contra el calentamiento global cuando no se ha nacido en un país frío y nórdico, yo voy a pronunciarme en favor de esa chica de gestos raros y voz peculiar. Y lo voy a hacer por una sola razón (yo sí creo que nos va a cargar la chingada, anyway). Bueno, dos. La primera es muy antigua; amo los cuentos de esos países del norte; qué le vamos a hacer. Yo no podía decir; denme a leer tragedias de mi pueblo. La verdad, cuando tenemos las miserias enfrente, no las vemos. Y si no salgan a ayudar al mendigo que va pasando por su calle. Tampoco se me ocurrió protestar porque me pusieron a leer a ese otro freak, el pato feo Andersen. Y luego; fuera de aquí Reuter, ese otro danés que no debería estarse fijando en unas islitas pinchurrientas del Caribe si él, privilegiado, nació en el primer mundo. ¿Y qué? Es casi mi escritor favorito.
La segunda es que la trenzuda (Pippi Longstocking o Pipa calzas largas, como la quieran llamar; el libro, por cierto es de otra sueca, Astrid Lindgren), tiene Asperger. No, su abuelo no era alemán ¿o sí? Y en mi familia el asperger, esa forma de autismo es una constante, que no una excepción. Los más jóvenes diagnosticados, los otros viejos, anónimos y excéntricos en la familia. Menos mal en el San Cristóbal de hace cincuenta años, en una población pequeña, se podía ser normal bajo el cobijo de la familia. 
Hace poco estábamos en el hospital y el psiquiatra me fue enumerando los rasgos característicos del síndrome. Cuando terminó le di las gracias; no venía yo a consulta pero esas cosas incomprensibles, que tanto me atormentaron en mi infancia, por fin las vengo a entender, doctor. Ese terror a los salones llenos de extraños, el primer día de clases, el pavor en las fiestas donde no conocía a nadie; la timidez encubierta con actos expansivos en mitad de la clase.... 
Pero volviendo a la Greta. Pues sí, no nació en la Amazonía ni la ejecutaron por no hablar español sino una lengua indígena. No le tocó nacer (¡Qué bueno!) en un país donde te matan por alzar la voz. Pero entiendo sin necesidad de ver su pasaporte y esos gestos peculiares que hace al hablar, esa contumacia, esa necedad de estar sentada horas y horas manifestándose, sin esperar a cambio simpatías (la paradoja: las consiguió). Aquí no hablo de mí, pero he visto esa tozudez en otros miembros de mi familia. A los que no rompen un plato, a esos hay que tenerles miedo. Su determinación es a prueba de bombas. Y aunque no voy a discutirlo aquí, ¿dónde dice que unos seres humanos están más autorizados que otros para abrazar causas perdidas y volverse populares? ¿Que la utilizan y la apoyan unas instituciones y países hipócritas? Todos podríamos estar en el mismo barco, me temo. Algunos arriba en cubierta; los mexicanos con los galeotes, eso que ni qué. Y por mera curiosidad pregunto: ¿aquí no hay hipócritas? ¿La falsedad la patentaron en la ONU?
Pero insisto: ¿Qué tienen los suecos? Tienen a un Nils Holgersson que puede hacerse pequeño, subirse a una oca y sobrevolar su país. Y la autora, Selma Lagerloff, otra chiflada, se embolsó el nobel de Literatura en 1909 y además, señores, fue la primera mujer en obtenerlo. 
Así que ya dejen en paz a la Greta. No la odien sólo porque no es la Garbo. Por cierto, el apellido de ese mujerón en realidad era Gustafsson y claro, era sueca aunque después se nacionalizara estadounidense. A su modo, ambas Gretas son unas bombas. Y además, para que los sepan mis haters de ocasión, esta escuincla es "Thunderber". Hasta podría asegurar que salió así por tanto libro bueno y gente loca que de pronto surge en los países nórdicos. Y que, nos guste o no a los que vamos remando en los galeotes, escribe muy muy bien. No lo dudo: cuando los leemos, es que salimos disparados a la cubierta a ver el sol.



Se hacía la dormida

Se hacía la dormida


—¿De modo que está aquí por homicidio, doña Adela? —El licenciado Rosales formula una pregunta obvia. 

La mueca en el medio rostro paralizado de la anciana se transforma en sonrisa:

­—¡Eso dicen!  Yo digo que por la calentura de otros.

El licenciado reprime las ganas de reír.  No vaya a dar un botonazo. ¿Para qué se puso este traje gris, si ya le aprieta? Recuerda el velorio de su tía Égida, busca su expresión más solemne, como aquel día. Se remueve en la silla. La verdad no entiende qué hace aquí. ¿Para que defender a doña Adela en segunda instancia? La tamalera es asesina confesa y además no tiene ni en qué caerse muerta. Él necesita comprarse otro traje.  Con todo, el expediente ha despertado su curiosidad. También reconoce que la doña compensa su falta de instrucción con una lengua afilada:

—No necesité mucha gasolina, mi Lic. Ese cuerpecito ya tenía suficiente alcohol adentro.

—Oiga, doña Adela  —Rosales adopta un tono cómplice —, mire que aprovecharse de una borrachera …

—¿Aprovecharme yo?  —La tamalera casi escupe las palabras—. ¡Aprovechados ellos!  ¿Pues qué dijeron?  Vieja pero no pendeja.  No licenciado, nunca se fíe de una cocinera. Las cocinas dan ideas...

—Me contaron los policías que cuando llegaron todavía olía a carne y a tamales. ¡Cómo se le ocurrió hacer una hoguera ahí! ¿No pensó en los tanques de gas?

—Ya lo dijo el juez  —La anciana se encoge de hombros—. Se me calentó la cabeza y perdí la razón.

El licenciado acomoda su trasero y las páginas del expediente. Un movimiento más y van a volar las costuras del pantalón.  Recurre de nuevo a la memoria de la tía Égida. Serios, señores. Que esto es un velorio y el licenciado Rosales  va a pronunciar la oración fúnebre de su amada tía. Los dedos regordetes del licenciado tamborilean en el papel:

—Aquí dice que usted estuvo casada con don Gustavo cincuenta años.

—Nunca fuimos ni al registro ni a la iglesia. No era su estilo. Pero sí; don Gustavo fue mi marido todo ese tiempo. Me agarró muchachita.  Con Aurora fue lo  mismo.

—Aurora, pobre muchacha.  Perdón que se lo diga, pero ¿cómo permitió usted que un viejo abusara de una jovencita?  Eso es un delito agravado por la minoría de edad…

—¡Por favor, licenciado!  ¿A poco usted también cree ese cuento? Si cuando llegó a trabajar con nosotros ya la habían corrido de su casa por puta…

El licenciado apunta con el dedo a otra página del expediente.  Doña Adela se fija en el falso anillo de oro que aprieta el índice del abogado.  Rosales sentencia:

—Aurora tenía doce años.

—Once, doce, trece… ¡Igual se crece!   Si le gustaba que mi marido le metiera mano.  Así son todas esas muchachitas de calientes… ¡Se hacía la dormida!   ¿Yo qué podía hacer? Ella era joven y bonita.  Como yo alguna vez.   Y luego parió a los gemelos. ¡Era hábil!  A don Gustavo le dio los hijos que yo no le pude dar. Y el varoncito era su sol.

—En el expediente dice que don Gustavo emborrachaba a Aurora para violarla.

—¡Noooo!  Si esa pendeja no se dormía con nada.  Más bien nos dormía a nosotros con su cara mustia.  ¡Pero hay un dios y a todos les llega su hora!

Los guardias voltean a ver a la anciana que grita.  El abogado ahuyenta el recuerdo del funeral de la tía Égida y le pide a la tamalera que baje la voz:

—¡Sssh! Para eso están las leyes doña Adela. Pero a usted, por tomar la justicia por su propia mano, ahora le van a dar cuarenta y cinco años de cárcel.

—¡Ja ja!  ¿A poco cree que voy a vivir tanto tiempo? Qué bueno estar aquí. Alguien tiene que pagar mi entierro. —La anciana se acomoda el chal y vuelve a reír:

—¡El botón, licenciado!  Mucho anillo pero qué tal la camisa.

El licenciado palidece y ahora sí, ni falta que le hace la solemnidad. Habla despacio, muy digno, mientras intenta abotonarse el saco:

—Ya entendí.  Usted no tiene remordimientos. Primero Don Gustavo se aprovechó de usted… ¡Aaah! Pero la sirvienta era mañosa.  Ahí la víctima fue don Gus. Y ahora hay dos inocentes huérfanos.  Pero a ver, explíqueme una cosa. Si usted ya había consentido la situación por tanto tiempo... ¿Para qué convertirse en asesina ahora?

Doña Adela entorna los ojos y la sonrisa ilumina ese rostro con parálisis facial:

—Todo tiene un límite, licenciado.  La madre ¡ya qué! Ya estaba toda jodida. Pero la niña…

—¿Aurorita?

—La gemelita, licenciado.  Sépase que a mí Aurora no me caía nada bien; por algo la corrieron.  Pero la niña me daba lástima. ¡No se merecía eso!—La tamalera reflexiona —: Una madre de a de veras, defiende a su propia sangre … 

Rosales renuncia a abotonarse el saco.  Observa los brazos temblorosos de la anciana, las manos artríticas. No la imagina arrastrando el cuerpo y los galones hasta la cocina.  ¿Y él por qué pierde su tiempo aquí?

Doña Adela baja la voz. El tono socarrón ha desaparecido por completo. Por un instante, la parálisis desaparece:

—Mire, licenciado. Yo ya no pienso hacer ni un tamal. Ya trabajé mucho para don Gustavo—. La frase hace que el abogado se pierda en sus pensamientos. ¡Qué curioso! La tía Égida se quejaba también de su marido, de los desvelos para amasar su fortuna. Aunque el sobrino predilecto se esmeró en las honras fúnebres, no hubo nada para él en el testamento.

—¡Sólo esta baratija! —El licenciado Rosales maldice su traje raído, golpea la piedra del anillo contra la mesa y apenas presta atención a las últimas palabras de doña Adela: 

—…siempre me dijo que quería estar en la tumba de su santa madre. ¿Pero para qué incomodarla?  Si lo único malo que hizo esa señora fue parir una bestia  ­—. La mueca vuelve al rostro. Doña Adela murmura entre dientes—:  Al menos nos ahorramos la cremación.  Aurora no me cae bien, pero vaya que tiene huevos.