Reflexiones
a partir de Eduardo, tocando el tambor con don Lauro,
la
madrugada del 01 de enero de 2011.
En unos cuantos días, cumpliré cuarenta y tres
años. Arribo a ese momento con la convicción de que en este mundo, sólo me
tengo a mí misma y que me debo, en principio y al final de cuentas, a mi
persona. Me congratulo por ello. En segundo término quedan los vínculos
familiares, los amores, las preocupaciones sociales, religiosas, el planeta y
demás abstracciones posibles. ¿Cómo pensar en fantasmas, cuándo no he amado
antes mi propio rostro?
No podría jamás, ni por asomo, dejarme de la mano
de dios, abandonarme al primero que pase, para que decida que hacer con mi
vida, mi cuerpo y mis pasos futuros. No puedo permitirme, aunque a veces yo
misma lo pida a gritos, que otros carguen conmigo y me liberen de toda
responsabilidad; no puedo cargar a otros. No puedo ser un cuarto vacío y
helado, por el que transitan visitantes ocasionales, lo vacían más con su
presencia, y después se van. Soy, ahora lo sé, habitante de mí misma, y yo soy ese
lugar que sólo me pertenece a mí y a nadie más.
Entiendo que a veces las circunstancias externas
rebasan a los individuos, y se ven sometidos, doblegados, nulificados,
apagados, muy a su pesar, por la guerra, las enfermedades, el dolor; la
violencia ejercida por un poder superior a las propias fuerzas. Yo no soy ajena
a todo eso, claro está. Soy tan humana como cualquiera. Y sé que las prisiones,
las cárceles de mi espíritu son tan tiránicas, o más, que las de la realidad.
Pero sé también que yo soy mucho más que un
títere. Sé que dentro de mí hay una llama que arde, intermitente, y una voz
atrapada en la caja toráxica (Torácica, dice la RAE) que aúlla y patalea,
clamando, cada vez más fuerte, por salir y reclamar su derecho a la vida y a
escribir en el aire, con los dedos, los antónimos correspondientes: donde la
historia escribió someter, apuntar verbos como respetar, liberar; a doblegar,
oponer la rebelión, la resistencia, la insubordinación; que mi voz, en lugar de
anular, infunda nuevos bríos; que yo no apague; antes bien, que encienda,
prenda y avive.
Parecen palabras tan vacías,
lugares tan comunes, tan ordinarios, mercancía barata de esa que jamás miramos
al pasar. Pero mi cuerpo reclama, se duele, y en algún lugar secreto se
pregunta si la felicidad es una mera utopía, una búsqueda quimérica, o ese algo
que está ahí, del otro lado de la costa; el eco de un tambor en la montaña, un
faro encendido que mantiene vivas mis esperanzas. Y yo, yo estoy en el medio del
mar, abrazada de mis libros, esas tablas de salvación, temblando de expectación
y a veces también, de frío.
2 de enero de 2011
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