sábado, 26 de noviembre de 2016

Feliz cumpleaños, papá.


Cuando éramos niñas, mi papá solía decirnos que nunca tuvo infancia. Nací a los siete años. Y yo me pregunté por un buen rato que había pasado con esos años que faltaban. ¿Cuántos años cumples hoy? Le pregunté hace rato. No sé. Setenta y tres o setenta y cuatro. En otros tiempos, se podía asistir a la primaria, a la secundaria, a la preparatoria y hasta a la universidad sin acta de nacimiento. ¿Qué pasó entonces? Cuando cumplí diecinueve años decidí hablar con mi papá y nos fuimos en ese momento al Registro Civil, que estaba en el Palacio Municipal, y ahí mismo, con los trabajadores de testigos, se hizo un acta de reconocimiento, donde quedé registrado como Carlos Gustavo. Eso fue idea de tu abuelo, pero nunca usé ese nombre. En la primaria siempre había sido Carlos Flores Gómez y por eso, años después, promoví un juicio para cambiar el acta. En cuanto a la edad, tu abuelo hizo un cálculo del año en el que yo había nacido, y así me registró. En ese tiempo, casi cualquiera podía  registrar a otra persona.

Ahora, en cambio, piden una constancia del hospital, una constancia de alumbramiento, la presencia de al menos uno de los padres, si no hay acta de matrimonio. Hasta para pasar a ver al recién nacido, hay que acreditar el parentesco en un hospital público. Cuando nació Antonio, me lo dejaron unos segundos y lo que menos pensé fue a quién se parecía. Era más grande el milagro de su presencia, que iluminaba todo. Más adelante, cuando ya tuve tiempo de estudiar sus rasgos, descubrí lo que otros también dijeron: se parece a ti. Y conforme fue creciendo, cada vez más escuché ese verbo que hasta ahora ha definido sus rasgos físicos: abueleó. Me vinieron entonces a la mente esos siete años que se habían extraviado y me convencí, con la certeza que no necesita explicaciones, de que mi papá había regresado por fin a vivir ese trozo de infancia que había quedado pendiente, en la presencia mágica de su nieto.

A medida que Antonio crece en juventud, mi papá se aleja para siempre, y cuando veo a mi hijo, me queda la seguridad de que ya no hacen falta reconocimientos, ni testigos, ni actas ni registros civiles. Con el paso de los años quizá cambien los rasgos de Antonio, pero su modo de sonreír es idéntico al modo de su abuelo, aunque éste ría poco. Yo lo sé, y pienso que  en ese y otros gestos seguirá viviendo mi papá, y quedará ahí, a la mano, para seguir cumpliendo años; tantos, que ya no importará si nació en cuarenta y tres o en el dos mil doce. Alguna vez su infancia se extravió, pero una niña empecinada salió corriendo a rescatarla, la tuvo entre sus brazos un instante y después la echó a volar, porque la infancia es un milagro que ilumina todo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario