Cuando éramos niñas, mi papá solía decirnos que nunca tuvo infancia. Nací a
los siete años. Y yo me pregunté por un buen rato que había pasado con esos
años que faltaban. ¿Cuántos años cumples hoy? Le pregunté hace rato. No sé.
Setenta y tres o setenta y cuatro. En otros tiempos, se podía asistir a la
primaria, a la secundaria, a la preparatoria y hasta a la universidad sin acta
de nacimiento. ¿Qué pasó entonces? Cuando cumplí diecinueve años decidí hablar
con mi papá y nos fuimos en ese momento al Registro Civil, que estaba en el
Palacio Municipal, y ahí mismo, con los trabajadores de testigos, se hizo un
acta de reconocimiento, donde quedé registrado como Carlos Gustavo. Eso fue
idea de tu abuelo, pero nunca usé ese nombre. En la primaria siempre había sido
Carlos Flores Gómez y por eso, años después, promoví un juicio para cambiar el
acta. En cuanto a la edad, tu abuelo hizo un cálculo del año en el que yo había
nacido, y así me registró. En ese tiempo, casi cualquiera podía registrar a otra persona.
Ahora, en cambio, piden una constancia del hospital, una constancia de
alumbramiento, la presencia de al menos uno de los padres, si no hay acta de
matrimonio. Hasta para pasar a ver al recién nacido, hay que acreditar el
parentesco en un hospital público. Cuando nació Antonio, me lo dejaron unos
segundos y lo que menos pensé fue a quién se parecía. Era más grande el milagro
de su presencia, que iluminaba todo. Más adelante, cuando ya tuve tiempo de
estudiar sus rasgos, descubrí lo que otros también dijeron: se parece a ti. Y
conforme fue creciendo, cada vez más escuché ese verbo que hasta ahora ha
definido sus rasgos físicos: abueleó. Me vinieron entonces a la mente esos
siete años que se habían extraviado y me convencí, con la certeza que no
necesita explicaciones, de que mi papá había regresado por fin a vivir ese
trozo de infancia que había quedado pendiente, en la presencia mágica de su
nieto.
A medida que Antonio crece en juventud, mi papá se aleja
para siempre, y cuando veo a mi hijo, me queda la seguridad de que ya no hacen
falta reconocimientos, ni testigos, ni actas ni registros civiles. Con el paso
de los años quizá cambien los rasgos de Antonio, pero su modo de sonreír es
idéntico al modo de su abuelo, aunque éste ría poco. Yo lo sé, y pienso que en ese y otros gestos seguirá viviendo mi
papá, y quedará ahí, a la mano, para seguir cumpliendo años; tantos, que ya no
importará si nació en cuarenta y tres o en el dos mil doce. Alguna vez su
infancia se extravió, pero una niña empecinada salió corriendo a rescatarla, la
tuvo entre sus brazos un instante y después la echó a volar, porque la infancia
es un milagro que ilumina todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario