Memoria del tío Luis.
La primera vez que mis ojos tropezaron con la palabra vulva, estaba leyendo
un cuento del tío Luis. Vulva. Yo no tenía ni idea de qué significaba aquéllo,
pero la atmósfera del cuento me hacía oscilar entre la sorpresa y el estupor.
Para una niña como yo, aquella primera versión mecanográfica de “Castalia”, el
cuento del tío Luis Flores (muchos años después aparecería en su libro de
cuentos, “Los siete pecados capitales”), no era un ejercicio de ficción. Yo
creía estar leyendo un texto autobiográfico.
El callado tío Luis, quien defendía su privacidad a toda costa, aquél que
no tenía teléfono en casa, y cuando por fin lo tuvo, no respondía a las
llamadas, sí, ¡ese mismo!, no soltaba
prenda, pero en cambio se despojaba de todo en la escritura. Ahí tenía, frente
a mis ojos, sus más íntimos secretos. O
eso creí yo en ese instante epifánico: El narrador y mi silencioso tío eran la
misma persona. En las letras, Luis Flores era un gran conversador; leerlo era
conocerlo. Y yo estaba ahí, escondida
tras las hojas, alerta por si alguien se acercaba, enterándome de sus peripecias
amorosas. Y entonces sucedió el milagro.
Empecé a fabular. A los lugares donde iba mi narrador con su protagonista, les
fui poniendo nombre. El café del cuento, no podía ser otro que ese café de la
calle Real de Guadalupe, donde el tío Luis tomaba su café a la una de la tarde.
Y el bar, ese bar, seguro era de un hotel próximo, en la General Utrilla, donde
había música en vivo por las noches… Mi tío me contaba por escrito, y en mi
cabeza, yo iba escribiendo mi propia historia.
El tío Luis Flores, tan poco amigo de hablar, en cambio hacía gala de su
dominio del lenguaje en sus narraciones. Y en este cuento, de una malicia que
no se dejaba traslucir en sus maneras corteses y elegantes de todos los días.
De silencioso a licencioso. De modo que
concluí el cuento sintiéndome una espía. De verdad que sentía que lo había
pillado desprevenido. Aquellas cosas que me intrigaban de él entonces, su
reserva, la soltería tenaz, la decisión de aislarse del mundo, quedaban
explicadas perfectamente en la narración. Ya sabía yo que era nocturno y dormía
poco. Pero a partir de ese cuento, no fue más un solitario lector o ajedrecista
noctámbulo. Sin lugar a dudas, tenía también algo de vampiro y sus mejores
partidas tenían lugar en la oscuridad. Qué sangre ni que nada. En la vulva
estaba el nectarín.
No era fácil leer los cuentos del tío Luis si no se poseía un amplio
vocabulario. Pero a mí me gustaban las palabras extrañas, y en mi afán por
avanzar, no me detenía a consultar el diccionario. A la fecha, conservo el
vicio de escribir palabras sin saber bien a bien qué significan. Además, que
confundiera a mi tío con la voz narrativa no se debía tanto al hecho de tener
apenas diez años. Realidad y ficción a menudo se confunden. El asunto es que para mí Luis Flores ya era
la frontera incierta entre la realidad y la ficción. Un reino al que ya
pertenecía, pues era desde entonces el escritor de la familia. Había viajado a
la ciudad de México para estudiar filosofía, pero al final optó por volver a su
pueblo para cursar la carrera de licenciado en Derecho. En el universo de San
Cristóbal, no exento de caracteres peculiares, era mi personaje favorito.
Conocí al tío Luis de toda la vida. Al poco de que yo nací, mi papá se
convirtió en notario, y convenció al tío Luis, quien jamás conoció jefe alguno,
de trabajar con él, con un buen argumento. Las escrituras iban a proporcionarle
el medio de dedicarse a sus propias, y más interesantes escrituras. Mi padre y
mi tío son hijos de notarios. El tío Luis pudo haberlo sido, porque tenía harto
talento e inteligencia; pero él prefería lo que ahora llaman bajo perfil.
Laborar, según sus condiciones, el menor tiempo posible, y sobre todo, sin que
lo molestaran. Vivía con modestia y sin ostentación. Su tiempo libre lo
dedicaba a la lectura, una de sus pasiones. De los géneros literarios, prefería
la narrativa breve. Leía con atención los ejemplares de la revista “El Cuento”,
de Edmundo Valadés, de donde tomaba notas para sus propias historias y
transcribía las sugerencias que los editores hacían a los colaboradores. La
literatura, el ajedrez, las noches de bohemia con un reducido grupo de amigos
fieles, los cigarros, la observación y la introspección, eran parte importante
de la vida del tío Luis.
Mi papá, desde aquellos primeros años de la notaría, no escatimaba elogios
para “el licenciado Willie”. Así le decía, aunque mi tío no se llamara
Guillermo, sino Luis Alberto. Y era
tanta la admiración que sentía por su primo hermano, que acabó contagiándonos a
todas sus hijas. El tío Luis era el epítome de la inteligencia, el ingenio de
la familia. En la fauna de los Flores, Luis brillaba por su talento y su
sencillez. Viéndolo así, tan discreto, siempre me pregunté cómo podía formar
parte de las escandalosas francachelas de otros miembros de la familia. Las
carcajadas y los exabruptos de unos por acá, y por allá, en el otro extremo de
la mesa, el flemático tío Luis, fumándose un cigarro. Era parte de su sabiduría.
Así pues, fui creciendo, entre la escuela, la casa de Cabo Kennedy y
ocasionales visitas al despacho, donde mi tío hacía apariciones breves, pero
contundentes. Como San Judas, era el abogado que resolvía todas las causas
difíciles, el salvador de los tesistas desesperados, el que mejor firmaba (pudo
ser, de haber querido, un calígrafo notable)
y quien convertía la máquina de escribir en una ametralladora.
Velocísimas, sin errores, sus manos tecleaban cuartilla tras cuartilla. Lo veía
pasar papel tras papel por el rodillo, escuchaba los timbrazos frenéticos al
concluir cada línea, y me sorprendía el rostro del tío Luis, imperturbable. En
el interior de la notaría, era el único ajeno a los estallidos de ira del
notario. Ya se sabía sus horarios. Me dijo una vez que llegaba hecho una furia,
y conforme pasaban las horas, se iba aplacando. Lo conocía bien. Ajeno a esas
veleidades, el tío hacía su trabajo en un dos por tres y acto seguido,
desaparecía sigiloso, con su boina y llevando un libro o el periódico bajo el
brazo. Con frecuencia yo hallaba en mi casa libros que tenían, en la primera
página, en el extremo superior derecho, la firma del tío Luis. Cuando quería
recuperar algún ejemplar, me encargaba que yo lo rescatara. En aquél entonces, su rutina diaria se
efectuaba con precisión, a decir suyo, en la misma manzana del primer cuadro de
la ciudad. Ahí estaba todo. Su casa, en una esquina. En otra, la notaría. En
los portales, el banco. Hasta el café estaba en lo que ahora es el andador
guadalupano.
Más que tío y sobrina, siempre fuimos amigos. No a la manera
condescendiente con que algunos adultos tratan a los niños. No era dado a las
demostraciones de afecto, pero el tío Luis era respetuoso y sabía cómo tratar a
las personas. Sabía de mi gusto por la literatura, y prestaba atención cada que
yo llegaba a preguntar o contarle algo que había leído. Recuerdo con mucho gusto un viaje a la ciudad
de México en compañía del tío Luis. Yo tenía unos diez años, cuando mucho. El
tío Luis aún no se casaba. Viajamos por tierra. Manejaba mi papá. Y al llegar a
México nos hospedamos en la colonia Portales, en la calle de Emperadores, como
correspondía a la ocasión.
No conocí en mi infancia persona más cariñosa que él. No sólo por el modo
en que se dirigía a mí. Era un afecto que además se traducía en porras. Porque
siempre tuvo palabras de aliento para mí.
Hasta Inglaterra me mandó sus publicaciones (“Baúl de Bagatelas” y el
tomo VI de “Juan Jovel”), acompañadas de unas líneas llenas de afecto y sentido
del humor. Nuestras conversaciones sobre literatura, en años recientes, tenían
lugar en el café Yik. Para atraparlo, tenía que llamar a la notaría, y en cuanto
la secretaria me decía “aquí está”, salía yo corriendo para alcanzarlo.
Llegábamos al Yik, pedía un café, encendía un cigarro y era todo oídos. Platicábamos de libros, que yo le hacía
llegar a través de mi papá, o de sus proyectos literarios más recientes. A
veces, a petición mía, me contaba algo de sus hermanos, de su papá, o alguna
noticia sobre su hijo Humberto, de quien siempre hablaba con orgullo.
Curiosamente, lo que más recuerdo de esas charlas en el Yik, era cómo reía el
serio tío Luis cuando le contaba yo las aventuras del tío Jorge, a quien
también ayudó con la transcripción de algunos de sus escritos. Porque el tío
Jorge, otro personaje de la familia, hasta la fecha, sólo escribe a mano.
Otras veces, cuando yo iba a San Cristóbal, coincidíamos para comer con mis
tíos Efigenia y Javier, sus compadres. Ahí estuvimos en más de una ocasión, en
la mesa redonda, hasta tarde, bebiendo tequila y compartiendo confidencias.
Aunque no teníamos mayores diferencias, al tío Javier le gustaba la polémica en
la mesa. Y se dio sobre todo cuando tuvimos una conversación sobre la
paternidad. El tío Luis afirmó que en el
medio coleto no era lo mismo tener un hijo varón que una hija. Un hijo varón
era sinónimo de estatus. Y claro que a mí no me gustó escuchar eso. Soy la
primogénita de una familia de hijas. Pero el tío Luis no emitía juicios.
Simplemente se refería a la realidad coleta que le había tocado vivir. A un
mundo donde, en las familias como la de los Flores, la supremacía de los
varones era derecho de nacimiento. Y si los hechos probaban lo contrario, la
mujeres tenían que hacerse de la vista gorda.
Si menciono ese dato, es porque me sorprende que aún viviendo en un medio
donde los varones valían por sus genitales, nunca mermó su fe en las aptitudes
de su sobrina. Leía mis cuentos con interés, hacía caso omiso de mi inseguridad
y temores, y era un entusiasta de cualquier atrevimiento literario mío, por más
que yo lo considerara una aberración. Cuando vine a ver, ya me había incluido
en una de sus antologías. Sólo era implacable en la corrección de estilo. Se
sabía de memoria todas las reglas ortográficas; incluso las más sutiles. A
diferencia de otros escritores, con menos talento y sí mucha soberbia, el tío
Luis se interesaba en los esfuerzos literarios de otros. Se dio a la tarea de
leer y reunir textos breves de narradores coletos (nacidos o radicados en San
Cristóbal), en publicaciones editadas por él mismo. Con frecuencia hacía
corrección de estilo. Pero él ni siquiera se daba crédito como editor. Los volúmenes
de “Retazos y Retozos”, los firmaba Juan Jovel. La editorial Arcotete era
creación suya, tenía como dirección su domicilio, él era el editor, auxiliado
en la tarea por algún amigo suyo. En ese mismo domicilio de la calle Francisco
I. Madero, tuvo alguna vez un café al
que llamó Macondo, en homenaje a García Márquez.
El viernes pasado recibí la noticia de su partida. La tristeza se mezcló
con el alivio, como sucede cuando un ser muy querido está agobiado por una
dolorosa enfermedad. Me preparé un café y me metí a mi estudio a hojear sus
libros de cuentos. Otra vez recordé su risa. En el volumen de “Los siete
pecados capitales”, de su puño y letra, hay una dedicatoria: “Italita: para que
no sigas cometiendo estos pecados nefandos, con un abrazo”. El cuento que
ilustra el pecado de la Lujuria es, por supuesto, “Castalia”. Volví a leer ese
relato, y me sorprendieron dos cosas de esta versión. El final, sorpresivo,
como le gustaban al tío Luis. En aquella lectura de antaño, mi mente estaba tan
enfrascada tejiendo conjeturas, que no presté atención a las pistas que
conducían al final. Ni siquiera estoy segura de haberlas entendido o incluso de
haber llegado al final del cuento. La parte del cachondeo era más emocionante.
¡Ah, qué tío Luis! Él, tan de Sancris, y venir a descubrir ahora que su
Castalia es un homenaje a las féminas del mundo. Nunca dejará de sorprenderme.
Yo respondí a su dedicatoria diciéndole ese viernes, veintidós de enero, que si
hay pecado nefando, ese es no atreverse a vivir según los dictados de la propia
imaginación. Él sí que lo hizo. La fidelidad a sí mismo fue la mayor enseñanza
de Luis Flores. La segunda sorpresa, en esta lectura, fue la ausencia de ese
término incendiario que desató mi curiosidad y sueños. La palabra vulva no estaba
más. Pero no hacía falta. El milagro ya estaba consumado.
México,
D.F.; 26 de enero de 2016.

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