sábado, 26 de noviembre de 2016

Jesús en tu corazón

A la madre Lupita y a mi sabia hermana Nina.


I

En una ocasión, durante mi niñez, fuimos a la iglesia. A diferencia de mis primos que cumplían siempre el rito dominical, nosotras, las niñas Flores, estábamos a salvo por rojillas y herejes. Yo me estaba aburriendo y de plano me puse a platicar con una de mis hermanas. Los murmullos iniciales terminaron en carcajadas. La mujer de la banca delantera se molestó por las risas, y al parecer creyó que nos estábamos riendo de ella. En lugar de pedirnos que guardáramos silencio, esperó el momento de dar la mano de la paz, y con la indignación atragantada, farfulló: “si la molesté, discúlpeme”. Yo le di la mano, desconcertada por el usted. En los minutos siguientes seguí riéndome con mi hermana, de modo que al terminar la misa, la mujer indignada se hizo la señal de la cruz, se paró de un salto y me miró con furia. “Pendeja”. Eso sí no lo farfulló. Lo dijo con toditita claridad, para que todos pudiéramos escucharlo.  A mi corta edad, no supe si la hostia y la mano de la paz eran para agarrar valor y después pendejearme. Pendeja, sí, pero por darle la mano, hipócrita de mierda. No, no se emocionen. A mi corta edad no podía responderle eso. Yo no decía “malcriadezas”. Yo me reía en plena misa, pero no ponía cara mustia como los que pasaban a comulgar y después soltaban palabrotas. A mí no me cabía siquiera un “pinche”.

No todos fingimos en la misma medida ni con la misma intensidad. A veces decimos la verdad en los temas donde nos jugamos la vida, pero cuando es una cuestión menor, simulamos sin empacho alguno. Tachamos de hipócrita a la amiga que nos saluda de beso, ¡Judas!, pero no escatimamos cumplidos a la odiosa cajera del banco, con tal de que nos atienda bien. Nuestra reacción depende del interés que tengamos en juego. Virulentos con la simulación ajena, indulgentes con la propia. Fingimos que nos entra el pantalón. Y para que no se vean las lonjas, nos echamos encima una camisa holgada. Pero a los demás les decimos: ¿por qué no haces ejercicio? Simulamos que somos muy trabajadores, aunque estemos jugando solitario en la computadora. Pero regañamos a los demás compañeros del trabajo por huevones. El ejercicio de la hipocresía es el único deporte que no nos cuesta ningún trabajo realizar. Todos somos hipócritas. El diccionario no deja lugar a dudas y muy poco margen para la excepción. “Hipócrita: Que finge una cualidad, sentimiento, virtud u opinión que no tiene”.

Eso de la expresión contrita fue un misterio que me intrigó por años. Saber, si en efecto, al probar la hostia, los creyentes eran transportados, si la contrición era una droga de efectos instantáneos y por eso volvían a su lugar con expresión piadosa y se arrodillaban con el firme propósito de volver a pecar nunca de los nuncas. Ya después me di cuenta que la expresión piadosa era más convincente si había muchos feligreses observando. Vean, hermanos, que yo sí cambié. Treinta segundos, pero cambié, ¡chingao! Y a acumular más faltas para borrarlas en la próxima confesión. Así pues, el Don podía formarse en la misma cola que sus empleados. La comunión era el único momento en que bebían del mismo vino, pero ya después él se consagraba en casa un añejo especial, y volvía a su tienda a tratar a sus empleados con la punta del pie.

Dice mi comadre: ¡Momento! ¡Hay de hipócritas a hipócritas! No es lo mismo decir que la comida está deliciosa, para no ofender al anfitrión, que robar (¿y que te cachen?).

Cuando cursaba la primaria, yo veía como bichos raros a los niños que por alguna razón repetían el año. Los reprobados, como les llamaban, eran burros. Esa creencia había de marcarme de por vida. Y es que al concluir la primaria, en mi casa tuvieron a bien hacerme repetir el sexto año de primaria, no por burra –dijeron- , sino por un afán de prolongar mi infancia. Me faltaban aún seis meses para cumplir doce años, en enero. Mis papás no sabían lo caro que les iba a resultar eso de la niña eterna, así que fui a dar al colegio de monjas, para no pasar por la humillación de repetir año en la escuela donde ya había cursado seis. De ese año recursado, recuerdo con claridad dos hechos memorables.

El primero fue la primera comunión. La madre Lupita fue quien insistió en que yo recibiera a Jesús en mi corazón. Frase textual. La monja estaba tan conmovida cuando me la dijo, que yo no protesté. Después de todo, esa monja diminuta me ayudaba a sobrevivir a la reprobación, que yo vivía como un oprobio.  Un optimista hubiera pensado que el año era fácil por ya conocido, pero mi carácter era más sombrío.  El día que vi una ilustración de un desfile medieval donde los condenados desfilaban con orejas de burro, me identifiqué de inmediato con ellos.

Además del fervor religioso, me conmovía la ingenuidad de la madre Lupita en los asuntos terrenales. Cuando llegamos al esperado capítulo de la reproducción sexual, en el libro de Ciencias Naturales, nos separó en dos grupos. Las niñas en uno, y los sobrinos del obispo en el otro. Creo que la madre Lupita era de una inocencia ejemplar, o de plano se hacía, porque hasta yo, aún sin tener una idea precisa de que diablos era eso de la cópula, había escuchado una serie de historias de boca de mis compañeras de salón. Ellas hubieran podido darle la clase a la monja.

En ningún lugar escuché hablar de sexo tanto como en el colegio de las madres. Los temas de las alumnas avispadas iban más o menos así: los novios de las internas, las fugas de las internas, las que ya se habían saltado la barda (literal) del colegio, la llegada de la señorita regla y los besos pecaminosos de quienes ya tenían novio. Más adelante, los relatos se irían volviendo más sofisticados. Porque las alumnas de mayor experiencia no podían arriesgarse a la condena social, pero también estaban ávidas de contar sus escarceos amorosos. Y entonces inventaban un chingo de eufemismos que cumplían con la exigencia de los escuchas (emocionarse con las peripecias y el temor a lo desconocido), y dejaban a salvo su himen, requisito indispensable para el matrimonio.

Vaya enseñanzas de aquéllos años. Las niñas podían seguir siendo vírgenes, siempre y cuando aceptaran ese pacto no hablado. Simular. Los niños, en cambio, estaban obligados a alardear de proezas sexuales nunca imaginadas por mortal alguno. También podían ser vírgenes, siempre y cuando sus historias probaran lo contrario. Más fingimientos. El terror al desvirgamiento en dos vertientes: la condena porque ya, o el oprobio porque todavía no. Y ya saben. Pobres muchachos. Aparecía el tío sabelotodo deseoso de apadrinar y vámonos al burdel y zas, el sobrino arrojado a un cuartucho. Demuestra que eres un hombrecito y pobre de ti si no se te para.  A cumplir porque a la abuela o la tía ya les estaba preocupando que te fueras a volver puto. Ya, ya.

Tomado de un foro de Yahoo: “hay personas que son muy hipócritas y se vuelven insoportables, una de las cosas más asquerosas es ver a un hipócrita en acción... pero bueno, un poquito para decirle a tu amigo lo estupendo que se ve aunque no sea tan así, creo que ayuda...”

Pueden pensar que estoy exagerando. Pero eran otros tiempos. El final de los años setenta en un pueblo donde decir que ya ibas con mujeres era la certificación de la virilidad. Dichosos aquéllos que eligen cómo, dónde y con quién. Sin presiones ni empujones. Nada de que “dame tu prueba de amor” o de que ya caíste en desgracia porque “ya tuvimos relaciones”. Esa frase de mi pueblo me gusta tanto como aquélla otra, de las historias de Yolanda Vargas Dulché, que aparecía con frecuencia en la literatura barata que compraban mis tías y yo leía con avidez: “sació sus bajos instintos”. Nunca me quedó claro que era eso, pero hacía la historia más emocionante.

Circula por el Facebook un video donde un grupo conservador denuncia la conspiración de la ONU contra los niños. Dice el documental que quieren sexualizarlos a edad temprana, con fines perversos.  Vean el testimonio de las buenas conciencias. Después los invito a leer la crónica “Los Acapulco kids” de Alejandro Almazán. Dos visiones distintas de la realidad. Una corrupción orquestada con libros de educación sexual, en las escuelas (dicen) y otra cruda y despiadada, en las calles.

Pero volvamos al sagrado corazón de Jesús. Yo no quería asistir a las tardes de catecismo, pero tampoco sabía cómo negarme. Así que embarqué a mis hermanas y una tarde cumplimos con esa formalidad. La catequista preguntó: ¿quién es el mejor amigo del hombre? Y mi hermana Nina, sin titubear, respondió: ¡El perro! La madre Lupita se dio por satisfecha con la respuesta, hizo caso omiso de nuestras ausencias en las sesiones siguientes y un buen día anunció que ya podíamos presentarnos en Santo Domingo, para realizar la primera comunión. Todas las niñas iban muy elegantes, pero nosotros optamos por un vestido corto, más sencillo. Eso para mi pesar, porque si de por sí era ya una niña siempre avergonzada de sí misma, mis piernas largas y flacas no ayudaban a disminuir mis complejos. La vergüenza, con todo, no fue mayor a la decepción al probar la hostia. No hubo sacudida ni paroxismo, mucho menos un éxtasis de Santa Teresa de Bernini, pero lo que sí refulgió, instantáneo, fue el rostro de humildad que me salió en ese momento. Y tal vez para disculpar ese fingimiento involuntario, concluí que la simulación no es tan perniciosa en ocasiones. Sirve para el ámbito teatral.

Con todo y su trayectoria de horrores y mentiras, debo decir que la Iglesia (cualquier iglesia), no patentó ni inventó la hipocresía. ¿La simulación es inherente a todo ser humano o la aprendemos? ¿Depende de la moral en turno? Quizá finjan más los políticos, los curas y los gobernantes; ganan mucho dinero por ello. Pero sí, empiezo a creer que la simulación es inherente a todo ser humano. Es estrategia para sobrevivir e instrumento de dominación.

El segundo hecho memorable de mi año en colegio de monjas fue otro performance, pero laico. Al final del curso, convencí a la madre Lupita, para entonces gran amiga mía, de que realizáramos una obra de teatro en el salón de clases. Yo sería la maestra dictadora que reprobaba a los niños (conseguí para la personificación un abrigo y botas setenteras de una de mis tías; sólo me faltó una peluca afro), y Regina Olivia sería “Glonoldo”, el niño gordo y respondón que me daría un pastelazo en la cara al final de la obra. La Gina también se tomó muy en serio su papel y llegó vestida con gorra de colegial, short y tirantes, que la hacían lucir ese trasero legendario que hubiera sido la envidia de Chabelo. Nuestro ejercicio de slapstick fue todo un éxito. Yo quedé muy satisfecha por mi simbólico ataque a la autoridad y de ver al grupo y a la monja tan felices. La obra de mi invención la hizo reír hasta las lágrimas.

Ya la secundaria, seguí con el hábito de ir a la iglesia sólo para los bautizos, primeras comuniones, bodas y demás eventos sociales. Me abstenía de comulgar, eso sí, porque eso de la confesión no me convencía en lo más mínimo y además les tenía pavor a los confesionarios. Mi catolicismo era social. Los que sí practican se ponen hechos una furia. Ellos se han ganado su ascensión al cielo acumulando puntos por cada misa dominical. Por cada confesión. Por cada bendición del párroco. Por cada propiedad cedida a los del Opus Dei (Bienaventurados aquéllos cuya mano del párroco Sólo tocó su frente y nunca más abajo). En esas misas aburridas, me daba a la tarea de examinar detenidamente todas las imágenes religiosas que colgaban de los muros. De las carcajadas, había pasado al horror de ver a Jesús azotado y atormentado por sus romanos, judiciales de la época. Quedó hecho un Cristo, decía mi mamá. Y sí, en esas pinturas estaba clarísimo como quedaba un detenido después de una tortura.

Si en la infancia los fingimientos y simulaciones eran hasta cierto punto involuntarios, aquí sí, en esa primera adolescencia ya no había cabida para las medias tintas. Había un código social que exigía respeto. Un código religioso. Una moral incorruptible, tan falsa pero tan socorrida en los sermones. El problema ya no era transgredir las reglas. La única exigencia, no negociable: simular. Nada de salir del clóset. Nada de engrosar la fila de hippies mariguanos. Sube al cerro enfrente de la secundaria y fúmatelo entero, pero después regresa a tu banca y guarda la compostura. Hasta eso, la mota entre mis compañeros era una rareza antropológica, pero lo que sí caía en el terreno de lo ambiguo era el espinoso tema de la sexualidad. Los novios temerarios se robaban a la novia; ya después los hacían casarse uno, dos años, para que naciera el chamaco con todas las de la ley. Hubo quién fue linchado por el suegro iracundo, y el linchamiento cayó bocas y la novia volvió a la escuela sin mácula alguna y el honor del padre intacto. Del novio no se supo más pero corrieron rumores de que lo habían castrado. Esas fugas tipo Romeo y Julieta eran deportes extremos. Pero los que no se fugaban sí veían la manera de resolver sus apremios calenturientos de diversos modos. Ya antes mencioné la visita reglamentaria al burdel. Pero ninguna tentación mayor que tentar a la novia virginal.

De ahí se desprendieron historias no escritas que yo sí apunté en mis notas con la acuciosidad de quien realiza un censo. Estaban los novios bien portados “de manita sudada”; los novios sofocados a puro beso de aspiradora y la lista no paraba ahí. Las novias que se dejaban tocar, pero por fuera, sin quitarse la ropa. Y el novio, claro, terminaba todo empapado y a taparse el pantalón con el portafolios. Las prefectas voyeristas recorrían los sitios apartados de la secundaria, que era enorme, y sabían ya donde pillar a los desinhibidos antes de que pasaran a mayores. Los novios que casi consumaban el acto sexual, pero no; un poco por inexperiencia y otro poco para evitar los embarazos. Las enfermedades venéreas, curiosamente, no constituían un freno. Ya había sida, pero no daba. Eso sólo sucedía en Hollywood. O esa era la creencia de los alumnos.

Quienes pasaron a vivir experiencias más audaces, como un amorío con algún profesor, guardaron sus historias dentro de los salones de clase, convertidos en el recinto de los encuentros urgentes, en el lapso de tiempo transcurrido entre el toque de la chicharra de salida y los minutos para correr a tomar el último autobús. Pero nunca supe de alguna historia sórdida, como esa que sí escuché de boca de una maestra, muchos años después, cuando las drogas ya habían tomado mi antigua escuela por asalto y del sexo más o menos clandestino, se había pasado al abuso como práctica habitual. La historia que me horrorizó hablaba de un grupo de alumnos quienes, en complicidad con un alguien del personal, habían encerrado en el salón a una pobre chica, para después violarla y dejársela por último al adulto cómplice. La historia salió de esos muros y se volvió secreto a voces. Pero la escuela hizo oídos sordos a esa que, mucho me temo, es algo más que una leyenda negra. Por supuesto, el código de pretender “aquí no pasa nada”, se respetó, al pie de la letra.

En una conversación con un periodista, éste afirmó que quienes tenían relaciones sexuales con menores, por lo general niños de la calle, no necesitaban obligarlos. Basta – decía-, que les regalen un par de zapatos y ellos aceptan. Cuando dijo eso me resistí a creerlo. Hasta muchos años después, cuando leí la crónica de Almazán sobre el comercio sexual infantil en Acapulco, lloré de impotencia por lo viles que somos los seres humanos en ocasiones.

  Aunque creo que la época que me tocó vivir fue un poco más tranquila que la presente, quizá mi visión es tan ingenua como la de la madre Lupita. Después de todo, yo no era más que lo que ahora llaman freak o weirdo, una chica con sus apuntes y esa obsesión por escarbar historias ocultas, que heredé de doña Adela. Pero también pasaron cosas que rebasaban mi entendimiento. Justo ahora que escribo estas líneas, me viene a la memoria que ya entonces circulaban en mi pueblo historias de un fotógrafo siniestro que había convertido a sus hijas en sus concubinas. Y las habladurías populares se complacían en adornar la leyenda con algunas curiosidades como ésta: que si las tenía a ambas con cinturón de castidad, para que ninguno más que él abusara de ellas. Aunque nunca pude comprobar la veracidad de esa infame historia, sí recibí una enseñanza de dicho episodio. Los crímenes sexuales contra niños eran tan horrendos, que la sociedad prefería ignorarlos. Lo que no se nombra no existe. Una vez más, once again, bastaba que el señor hiciera sus cochinadas con la puerta cerrada, y a llevar la fiesta en paz. Si había abusos o hijos escondidos por "malitos" en las respetables familias, todo se evaporaba, como la helada coleta que bajaba todas las madrugadas al valle.

Afirma el arzobispado mexicano: “un niño tiene más posibilidades de sufrir abusos sexuales de un padre homosexual”. Se puede ser hipócrita y además cínico. Aquí sí cabe un pinche cínico. No porque un homosexual no pueda ser también un violador. Sino porque mientras la iglesia católica acusa abiertamente a los gays de violadores y pederastas, ellos perpetran esos crímenes día a día en total impunidad, cobijados por un dios muy indulgente. Dios al que por cierto, no tienen derecho las minorías.

Otra enseñanza de aquéllos años, y que creo que me molestaba más incluso que los fingimientos, era la creencia tan popular, de que la honra propia se preserva destruyendo la ajena. Maledicencia pura para el prójimo, indulgencia para mí mismo. Habladurías para espantar mis fechorías.  Es una ley no escrita pero conocida por todos. Si ya caíste en el fango, procura enlodar o por lo menos salpicar a quien se deje. Si no has caído aún, enlódalos a todos, porque tienes la autoridad moral para hacerlo. Tengo credibilidad, mi conducta correcta me avala, y ya siento que dios me expidió una licencia para hacer leña del árbol caído, del no caído, del próximo a caer y de ese que viene ahí, cayendo en cámara lenta. ¡Aguas! Y una tercera posibilidad; si no tienes elementos para condenar a alguien, invéntale los cargos.

En la secundaria, y más adelante también, la manera más fácil de atacar era la afirmación tajante: es una puta. Sustantivo y adjetivo, aplicado por igual a mujeres y hombres. La honra, pues, se destruía de un latigazo verbal, y eso bastaba para llevar a la brujita a la hoguera.  Por supuesto, la putería no era la única manera de desacreditar a alguien. Recuerdo otros temas de peso. Que alguien fuese adoptado, fuereño, hijo de padres divorciados o adúlteros, ¡huérfano! Las habladurías de la escuela también se fijaban en los maestros que se habían separado de su cónyuge, en los amoríos del director con la prefecta tal, o en el obnubilado presidente municipal que ya se había enredado con su secre. Y ni hablar de los sospechosos de homosexualidad. Porque ese pecado nefando sí que no existía, pero daba lugar a innumerables chistes. Mampo, volteadón, afeminado…

Mis compañeros de secundaria tenían la misión de defender la hombría, propia y ajena, so pena de ser estigmatizados. Podían jugar “chinchinagua”, ese deporte donde se trenzan unos con otros para formar un trenecito y después servir de soporte a los que saltan por los aires para quedar montados en el dichoso tren. Ignoro el significado, pero la palabra que nombra el juego era el grito de guerra, antes del salto. Pero ahí no pasaba de que alguno se revolcara de dolor porque ya le habían aplastado los huevos. La cumbre de la hombría eran las excursiones al recién inaugurado burdel del cerro, no lejos la secundaria. Se escapaban en las horas libres, con alguien que ya llevaba carro (siempre había un conductor precoz, al que le daban “gasto” y permiso de circular), para regresar muy ufanos, alardeando de lo bien que les había ido, en voz alta, para que pudiéramos escucharlos. Me encontré a un amigo de mi papá allá arriba, y me saludó. ¡Ah, que orgullo! Me preguntó si me hacía falta dinero. ¡Qué magnánimo!

Parece que un rasgo común de la hipocresía consiste en proclamar las virtudes contrarias a los vicios que uno practica en secreto. Nunca he conocido mejores defensores de la honra, lealtad, verdad y virtud que los farsantes. Uno de los hombres más mentirosos que he conocido, proclama a voz en cuello, “estoy limpio, soy inocente”. Explicación no pedida, acusación manifiesta. La defensora recalcitrante de la virginidad, la pureza y el vestido blanco exigía la contención de los demás, pero ella era incontenible. Y luego esas historias, ya no tan hilarantes, de los niños regalados y dejados a terceros, después de nueve meses de ocultar un embarazo en Nueva York. Todo en aras de preservar la honra de la familia.

Por algo la narrativa abunda en ejemplos sobre el odio que las madres profesan a sus hijas (la literatura infantil, más benévola, las llama madrastras). No es el horror o la envidia a la concupiscencia ajena (ya dije que la propia es pecata minuta), lo que se castiga. Es un afán de sujetar, ejercer el poder y someter a quien ha osado transgredir las reglas. Visto así, los destierros, los hijos convertidos en hermanos y los casamientos forzosos no están muy lejos del cinturón de castidad medieval. Se daña más en nombre de la moral y las buenas costumbres, que por ignorancia. Y claro, suena más bonito el discurso del qué dirán, y la sociedad, y no te vayan a señalar. Diría mi abuela: la gente habla…

En la prepa, cuando ya se había superado el tema del temor al embarazo y los primeros encuentros sexuales, pude constatar que la simulación, los fingimientos y los alaridos eran materia de la vida misma y no sólo parte del show pornográfico que la inefable Lolis nos obligó a ver, una tarde, en casa de su papá ausente. Oh, my god! Sacó sus videos y nos recetó una dosis de pornó dejar, “para que se les quite lo mustias, pinches coletas”.  Ni modo, tengo que confesarlo. En el Tec, o quizá en todo el estado, los coletos (gentilicio para los sancristobalenses)  teníamos, ¡tenemos! fama de hipócritas. Con un vocabulario más digno de los peones de su rancho que de una señorita, Lolis se complacía escandalizándonos. No recuerdo bien la película, pero sus expresiones de carretonero jamás se me olvidaron.

En la prepa se podía mentir, copiar en el examen, fumar mota, ir al motel o a la casa del novio porque los papás se habían ido, andar con el profesor o la profesora (el Parabólico hizo historia porque todos juraban que salía con la maestra de inglés), abortar una, dos, las veces que fuesen necesarias, robarle la cartera al papá de tu mejor amigo aprovechando su ausencia de casa, chantajear a la novia o al gay que ya no era tan de clóset… Todo se podía. Siempre y cuando jamás se admitiera. La compostura y los buenos modales seguían vigentes. Aquí rescato una anécdota muy divertida. La del amigo que volvía a su casa por la noche, después de visitar al hijo del zapatero, para darle un beso a su mamá, todavía con los labios manchados de semen. O eso dice él. Al parecer, las urgencias amorosas no reparaban en clases sociales, pero eso sí, estaban supeditadas a las reglas de urbanidad. Tenías que llegar a tiempo a cenar. Y añadiría yo, a rezar el rosario, si no fuera porque mi amigo no era católico.

Un señor llamado Carlos Crespo escribió esa canción que cantaba, entre otros, Antonio Badú. La estoy escuchando gracias al Youtube. “Perversa, te burlaste de mí/con tu savia fatal me emponzoñaste/ y sé que inútilmente, me enamoré de ti”. “Como hiedra del mal te me enredaste/ y como no me quieres, me voy a morir”. Pues muérete, cabrón, pero ya. Así habrá un hipócrita menos en el mundo. Es curioso que la hipocresía se considere un rasgo propio de las mujeres. ¿Y no se han puesto a pensar que la víctima tiene también un papel activo en el cuento?

Si las chicas oscilaban entre el angustioso dilema de “darse a desear” o ser chicas fáciles (“ya pasó por todos”, era la frase), a los varones no les iba mejor. Tenían que fanfarronear y maltratar a las novias. Y otra vez, ahí, agazapado, el tema ese de la hombría. Porque entre varones, el mundo del alcohol ya permitía licencias que en la sobriedad hubieran sido inaceptables. Mis rijosos compañeros de secundaria organizaban el concurso de chaquetas. Habrase visto: el ganador era el que se venía más pronto, ¡Por vida suya! Pero la velocidad de las eyaculaciones y la medición del miembro viril, juego común de la secundaria, fueron pasatiempos inocentes comparadas con la obsesión preparatoriana de defender la hombría, porque, como dice la máxima, “no hay macho calado”.  Circulaba entonces la leyenda picante de aquél compañero de la escuela que, ya borracho, había propuesto un trío a su mejor amigo y una muchacha audaz. La muchacha, con toda su audacia, se quedó con un palmo de narices, porque al final en el trío, cantaron sólo dos. Y tu mamá también. Los oyentes no intentamos penetrar los misterios de aquélla noche, pero uno de los agraviados salió a decir que no había permitido los avances de su otrora mejor amigo. Lo interesante es que la historia trascendió, con las consabidas apuestas de quién se había cogido a quién. ¡Páguenme! Los rumores se acallaron, años después, cuando los dos caballeros se casaron con esposas dispuestas a tolerar sus aventuras clandestinas. México, siempre fiel (a la imagen).

Hace años me tocó seguir de cerca un proceso judicial donde el inculpado de robo, clamaba su inocencia, en virtud de que le faltaba una mano. Con un silogismo tramposo, quería convencernos de que si era manco, era imposible que fuese un ladrón. Lo mismo pasó cuando un acusado de violación esgrimió como prueba de su inocencia, que era gay. Las pruebas en el proceso y el testimonio de la víctima eran irrelevantes.

La lógica era determinista, como en las películas de Pedro Infante. Soy pobre, entonces soy bueno. Eres rico, eres un culero. ¿Así, todo en la vida, tan simplista?  Norberto se escuda con argumentos parecidos. Soy el ministro de dios. Ergo, me absuelvo. Absolvemos a los pederastas y mandamos a la hoguera a todos los maricones que no lleven puesta una sotana.


II.
Y así la vida. Lo que fue iniciación en los vericuetos de la verdad y la mentira se volvió más complicado aún cuando cumplí la mayoría de edad. Como había sido educada con una visión maniqueísta de esto es bueno o malo, esto es blanco o negro, tuve serios problemas para comprender la hipocresía generalizada del mundo y la mía propia, además de aborrecerme en secreto cada que me daba cuenta que estaba simulando algo que no sentía. Por años me peleé conmigo misma, y pasaba de los silencios obstinados a la franqueza abrupta, cuando ya no podía soportar tanta simulación. En algún momento, no pude más con tanto cuaderno de notas, y una mañana les prendí fuego con gasolina. En el colmo de la estupidez, hice la hoguera al lado del boiler. Por suerte no pasó a mayores.

Cuando quería empezar este escrito, pensaba hablar de la hipocresía con mayúsculas, pues tenía fresca la imagen de las marchas en apoyo a la familia y los discursos intolerantes del sábado pasado. La discriminación y el odio. Y de pronto, al sentarme frente a la pantalla, caí en la cuenta de que no podía hablar de la hipocresía con mayúsculas, porque la simulación y el fingimiento no son propiedad de uno u otro bando, sino más bien algo en lo que todos nos movemos todos los días. Y entonces hice a un lado las generalizaciones y empecé a escribir sobre mí.

A la mitad del escrito, llegué a la conclusión de que, bien mirado, no es tan sorprendente la actitud de los jerarcas sinvergüenzas que se asumen como modelos de virtud. Creo que en la vida se empieza por simular cosas aparentemente inocuas, y así se va creciendo hasta llegar a cosas que denigran al ser humano. No pretendo afirmar, por supuesto, que alguien que ya se inició copiando en el examen o diciendo mentiras por temor a que le peguen en su casa, se vaya a convertir en una persona fraudulenta que huya del país con el dinero de los contribuyentes. Quiero creer, con el optimismo de la madre Lupita, que en algún momento la honestidad y el respeto a nuestros semejantes se pueden convertir en un valor que no necesite ser pregonado, sino una práctica cotidiana que empiece por los actos más sencillos.

Todos somos hipócritas cuando nos conviene. Pero la verdad es que la bondad y la maldad anidan en todos los corazones. Hasta en el de Jesús. Los adjetivos aplicables a un sujeto no dependen de su raza, posición social, profesión, género o apellido de su familia. Hay personas mejores y otras peores. Aunque sucede todos los días, no entiendo ni podré estar de acuerdo jamás con el hecho de que un ser humano se aproveche de otro por estar en una posición de superioridad, cualesquiera que esta sea. Me duele que no se respete la integridad de otro ser humano. Que se le pase encima como si fuera un objeto desechable. Y el colmo; aparte de atropellar, salir a "darse baños de pureza", como dice la tía Paty.

Y volviendo a la monjita de marras. Su breve paso por mi biografía me recordó que no todos los religiosos son deleznables. 

 Aunque me considero más bien cobarde, admiro a quienes se atreven a vivir en el terreno de la verdad y arrostrar los peligros, sin importar las consecuencias y en aras de una vida con la frente en alto. Son personas heroicas. Y luego los hechos de todos los días. El que sale del closet, el que no se deja del bullying, el que tiene el valor de aceptar que la regó, o pedir perdón si es necesario. El que tiene el valor de denunciar una injusticia, incluso si nadie le cree. El que respeta a los demás. Otra vez me recuerdo a mí misma que no es negro o blanco. Los seres humanos, como tales, llevamos dentro las virtudes y los vicios de nuestra humanidad. Puedo ser un asesino en potencia, sin haber matado nunca a alguien. Seguro que mi vida y mis circunstancias determinarán mis actos. También un sentido de la responsabilidad. O los valores que me hayan inculcado. Qué sé yo. Y por supuesto que hasta el tipo más abyecto pudo tener, alguna vez un rasgo de generosidad.

Tengo una última historia. Es una conversación que tuve con mi primo el Chivo, sabedor de cosas de la vida, mientras desayunábamos en el aeropuerto. No recuerdo que obsesión me atormentaba por esos días, pero le dije que había elaborado una lista de mis conocidos y amigos, dividida en dos columnas. Los ojetes y los buena onda. ¿En qué lista estoy yo? Quiso saber. Y me dio mucha risa. Después se quedó pensando y al final me dijo: tienes razón, pero ¿sabes qué? A veces la gente se mueve de una lista a otra. Y me contó de un tipo mala onda quien, sin embargo, se le había acercado en un momento difícil para ofrecerle sus condolencias.

Vuelvo a esa charla porque la vida es dulce y amarga. Difícil y complicada. Hay una vida perra, de la chingada. Hay gente que no cambia, ni cambiará, don Teofilito. Pero ahora sé que no hay niños burros o inteligentes. Hay niños deseosos de que los quieran. Hay un nivel superficial en las historias y otro, más profundo, donde se tocan las heridas más hondas. Hay empatía y corazón. Y menos mal que, con todo y mi sambenito colgado, existe la ficción.


2 comentarios:

  1. Sin afán de fingir o quedar bien contigo, debo decirte que me gustó mucho el texto. Es una amplia reflexión que se mueve en los terrenos del ensayo y la narración, esto es, de la hibridez. Un gusto leerte, Italia.

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    1. Edgar: creo que eres la primer persona que visita mi blog. Lo considero un gran augurio. Y además eres muy generoso en tus comentarios. Muchas gracias.

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