La primera vez que lo vi, estaba sola en la casa, escribiendo, y con el rabillo del ojo, lo vi salir del baño, rumbo a mi librero. Pensé que era una cucaracha, de esas que abundan en la casa y que llegan en la temporada de lluvias, procedentes de la casa vecina. Las he encontrado hasta bajo mis cobijas, y son un asco con su cara de niño, sus movimientos con sonido roedor, y mentira que los niños tienen esas caras, o que los niños son cucarachas marca samsa, como algunos padres se empeñan en creer, cuando los aplastan con el pie.
No; ese zumbido ráfaga era un ratón. Pude verlo, cuando yo ya venía de vuelta de la cocina, insecticida en mano. Y entonces empezó el calvario. Hay un ratón en la casa. Y la Mónica ¿estás segura? ¿Lo viste bien? Me hizo dudar. Aguzamos el oído, suspendimos la música y estuvimos analizando las posibilidades. Si le abrimos la ventana ¿saldrá? ¿Si metemos al gato callejero? El Benjamín llegó con una trampa, de esas que yo sólo había visto en los cómics, con su garra letal y el trocito de queso gruyere, inocente, reposando pacientemente. No sé de dónde, al Benjamín se le ocurrió que al ratón le gustarían las crepas, y le puso una, con cajeta y todo. Pinche ratón, ni se acercó,y yo empecé a ponerme nerviosa, porque la trampa estuvo en la sala, tras el sillón, y el día que la encontré en la cocina bajo la estufa, me dije, vamos a quedar con los dedos amoratados, embarrados de cajeta.
Ni siquiera me atreví a tocarla. La empujé con la escoba y la mandé al patio. En su siguiente visita al mercado, Benjamín volvió con una trampa pegajosa donde, según él, el ratón quedaría pegado, sin posibilidad de escape, Ajá, y ¿luego qué? Nadie querrá verle la cara y menos ultimarlo.
Como si el ratón hubiera adivinado nuestros planes, desapareció. Ni un pinche ruidito. Por espacio de varias semanas, dejamos de encontrar señales de su existencia. Era extraño, porque en la cocina siempre hay galletas, pan bimbo en la alacena, cacahuates, y el ratón, creo yo, respetaba la comida y su dieta se reducía a las migajas esparcidas por el suelo de una cocina que barremos, cuando ya no queda otro remedio.
Pero creo yo que el ratón tenía algo así como una tendencia a aparecer cuando yo estaba sola en la casa, tecleando en la computadora, en absoluta soledad. Ese día, estaba yo en la sala, y pasó veloz, de la cocina a la sala. Si ya no hubiea vuelto a aparecer, quizá seguiría con vida. Pero a los pocos minutos, volvió a pasar junto a mí, ahora sí, más despacio; ya no había duda; un ratón, sí, una cucaracha inmunda,no, y clarito vi cuando se ocultó tras el refrigerador.
En ese momento llegaron Carlos, Mónica, Benjamín y las niñas. Yo ya había cerrado la puerta de la cocina y estaba con una escoba en la mano. El ratón está en la cocina,, tras el refrigerador; es nuestra única oportunidad de exterminarlo. Mónica salió corriendo; no quiso verlo. Las niñas salieron a buscar al gato, a quién habían alimentado, y en las últimas semanas, se había convertido en huésped de la casa,pero no desquitaba la hospitalidad.
Benjamín entró a la cocina; Italia, no está detrás del refrigerador. ¿Cómo qué no? Yo lo vi esconderse. Desconectó el refri, lo movió y por fin encontró un reducto lleno de cables, una cajita que podía aislarse del resto del refri. Pue por el encendedor que usamos para la estufa, y sí, ahí estaba el ratón.
Dice Benjamín que las ratas te miran a los ojos, "implorando compasión" (Cri Cri dixit). Nosotros estábamos afuera, todo exhortos a mi cuñado; no salgas sin el ratón. Benjamín; no quiere salir, puede estar horas y días dentro de la caja. Yo: ¿alimentándose de los cables? No, hay que sacarlo. Benjamín: voy a aislar la caja, dentro de una bolsa del súper. Yo: no, la va a morder, es muy delgada. Usa mejor esta de Liverpool. Athos entra a la cocina; aprueba el aislamiento; no se oye ni un chillido. La caja está aislada; sólo queda una pequeña abertura por donde pasan los cables, pues éstos no pueden ser desprendidos del refrigerador. El ratón no quiere salir; está en su crujía.
En eso me acuerdo del insecticida para los caras de niño. Échale insecticida, Benjamín. Nomás ten cuidado, es potente, no vayan a caer la Atenea y tú. Risas de mi hermana. Escucho el spray, me llega el olor. Benjamín; buena idea, inhibir su sistema nervioso. El ratón resiste la primera aspersión, pero a la segunda sale aturdido, a refugiarse en una esquina de Liverpool bag. Entonces anuncia Benjamín, con su estilo pausado: ya cayó. No se mueve. ¿Cómo, y si sólo está esperando para escaparse? Benjamín; no, está muerto. Le destrocé el cráneo de un puñetazo. Yo: lo dejaste como Pacquiao a Margarito.
Benjamín sale al jardín. Se hace unos guantes con bolsas de la Comer, y saca al ratón agarrado de la cola. Sigue completo por fuera. Sólo recibió un golpe, a diferencia del boxeador. El cerebro, claro, inhibido para siempre.
¿Ya habías cazado ratas antes? Sí, muchas veces. Recuerdo a una; la perseguí hasta que subió por la canaleta, y llegó a un punto donde ya no tenía escapatoria. Yo le apuntaba con un palo; la rata me miraba, como diciendo no me mates. Mónica se ríe; ¿cómo que te miró? Sí, las ratas te miran. Aunque este es un pequeño ratón, yo no resisto verlo por mucho tiempo. Benjamín se lo lleva y yo respiro aliviada. Siempre será más fácil acabar con un cara de niño, aunque truene y saque baba. Y con un niño, a decir de algunos padres.
22 de noviembre de 2010.
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