domingo, 27 de noviembre de 2016

Radiombligo

¿Por qué Tuxtla? Le pregunté a Raymundo Zenteno, hará ya como unos quince años. Tuxtla es palúdica, sofocante y palurda, mi estimado. Como decía don Amado Avendaño, “sólo bolo o loco se puede vivir ahí”.  Justo por eso, me contestó. 

No hay nada como denostar lo que uno detesta. No es que yo crea –seguí diciendo- que San Cristóbal es mejor. Los coletos tienen lo suyo. Buen clima, historia antiquísima; pueblo mágico, pues. Y claro, conservadores, racistas, auténticos y no sé qué más acusaciones. Pero es la cuna de la cultura.  En cambio Tuxtla… Y saltaron los ejemplos de barbarismo. Arrasaron con sus edificaciones antiguas para modernizar el centro. Privilegiaron unas construcciones atroces, en lugar de sacarle partido a su vegetación. Lo único florido ahí, es el lenguaje. Puro verdor ruborizado. Además se empeñan en tener su aeropuerto escondido en la niebla y usar, de mientras, el de Terán. 

Enumeré desaciertos, y eso que entonces todavía no sabíamos lo que vendría después. Iban a quitar su fuente emblemática para poner un puente peatonal y a derribar árboles para sembrar concreto en el libramiento. Lo único bueno de Tuxtla es el zoológico y los turistas aterrizan aquí porque no les queda de otra. Pero se van derechito al Cañón del Sumidero (sin tanta basura, en aquél entonces).
Aunque repetí lugares comunes, bien conocidos por todos, y el Rayo no dudó en agregar unos más, al final volvió sobre su idea central. Tuxtla necesitaba una propuesta distinta a lo ya conocido. No hay, me decía, un programa de radio para niños. Alguien que les cuente historias y ponga música de distintas partes del mundo. ¿Te imaginas? Estás, por ejemplo, en Bochil o en Yajalón; de pronto enciendes la radio y hay canciones de Japón y Checoslovaquia.

Visto ahora, cuando el 2015 está por terminar, tal vez esas palabras no sorprendan tanto. El internet ha traído cosas con las que no hubiéramos soñado en el siglo XX. La música de todo el mundo está en youtube y los curiosos no tienen más que encender la computadora y teclear en un buscador. Pero hace cincuenta años era el siglo pasado. Raymundo nació y creció en Bochil y vivió feliz, con todo y las vías de comunicación limitadas.  Me platicó de la tía que le había enviado una carta y un libro cuando era niño, de sus juegos con sus hermanos en el río,  de ese universo que luego trasladaría a los “Cuentos Jerigonzos y otras hormigas”, y hasta de la hermosa voz de su papá, el profesor Floselo. También me preguntó si conocía a Salarrué, y su cuento “Semos malos”, donde un adulto y un niño viajan a pie, por Guatemala, llevando el espectáculo de sus discos y un fonógrafo. Una elipsis diluye el momento en que los viajeros desaparecen de la historia, pero nos deja con la imagen de un grupo de forajidos, quienes se conmueven hasta las lágrimas, al escuchar la música.

El Rayo, pues, sabía de lo que estaba hablando. De la importancia de imaginar, de crear, y sobre todo, de creer. En mi escepticismo, yo no tenía empacho en despedazar a la ciudad donde nací, y si le caían siete plagas, me parecía lo más natural del mundo. Los zopilotes, le dije al Raymundo, son unas aves inmundas, carroñeras. ¿Cómo te pueden gustar? ¡Es que vuelan bien bonito! Respondió.

Estaba tan entusiasmado, que ya no dije nada. Daba envidia ver cómo su optimismo rescataba lo bello de los lugares más inimaginables. Era el señor del gramófono, y caminaba por senderos intrincados, sin importar si en una de esas se le iban los pies por el desfiladero. Y sobre todo, no se ponía nomás a renegar. Él sí, andando. Y manos a la obra.

Así pues, no me quedó más remedio que sumarme a su aventura. Por pura coincidencia, salí de Chiapas cuando el Rayo estaba por echar al vuelo al zopilote. Ese sí podía llegar por los aires a todo el estado. País por el que pasaba, yo me iba directo a las tiendas de discos, a preguntar qué tenían para niños, cuáles canciones eran las más populares, de dónde venían las historias. Recuerdo particularmente mi visita a una tienda de discos en Dinamarca, porque no entendía nada del idioma y puse en apuros a la vendedora. Todavía me emociono al contemplar en el recuerdo el desfile de un grupo de niños de preescolar en Lisboa, tomados de la mano de sus maestras, rumbo al museo. Todo lo que tenía que ver con el programa era emocionante. Porque no era sólo visitar las tiendas. Compraba los discos, visitaba las oficinas de correos, y hasta poner estampillas en los paquetes era de lo más divertido.  En esas búsquedas, entendí que la grandeza de un país se mide por la importancia que conceden a sus niños.

Raymundo Zopilote y Thania Gaviota, mientras tanto, hacían sus programas radiofónicos en Tuxtla, e iban surgiendo personajes aquí y allá: don Ramiro Carretero, taciturno y enamorado, y doña Eulolia, esa cubana entrañable de sabiduría oaxaqueña.  Por el programa pasaron Ratadihule, apasionado de la poesía, el pirata Miguelón Trototuero y el ya célebre Gerasio Contreras.

Sin temor a exagerar, puedo decir que antes de Radiombligo, sólo unos pocos niños en Tuxtla conocían algo más allá de El Chavo del ocho y las propuestas del canal dos. Esos pocos afortunados eran lectores y seguramente tenían a alguien en su familia dispuestos a enseñarles que también estaba Cri Cri. Pero con la llegada del zopilote a la radio, se dieron pistas para explorar universos distintos. No sólo la música, el arte, la literatura, el teatro. Todo aquél que tuviera algo que decir a los niños tenía cabida en el programa: un doctor, una maestra de natación, los alfabetizadores, un brasileño, las canciones de Maruca, un inventor llamado Emilio. Y además, las repetidoras de la radio permitieron que Radiombligo y todas esas voces llegaran más allá del Cerro del Rebote y Tuxtla de los conejos. Por teléfono, el Rayo me contaba emocionado: “ya llegó una carta de Tapachula”. Otro día: ¡qué crees, Italiota, ya nos escuchan en Guatemala! O bien: recibimos una llamada de Villahermosa.

Y luego vino la magia. El cartero se contagió del entusiasmo de los radiombligos y además de llevar las cartas, hasta grabó un mensaje y tocó su silbato un doce de noviembre. La casa de Terán donde estaban los amigos del Cerro del Rebote se volvió popular entre los bicitaxis. ¡AH, sí! Me dijo un taxista un día. ¡Es donde está el trompo! La puerta de madera, con uno de los trazos alocados de Raymundo. Bueno, hasta don Jaime Sabines revivió para grabar un programa que después fue premiado en la Bienal de Radio.

El zopilote me ha contado muchas historias más. Lo acompañé incluso a recibir uno de sus tantos premios de la Bienal en la ciudad de México, cuando mi hijito ya venía en camino. En esa espera de nueve meses, Antonio y yo escuchamos los programas vía internet. Y aunque es difícil pensar en una anécdota en particular (Los Moneditas bajando del camión, acalorados, después de horas sentados, para llegar a Tuxtla; la Gaviota y el Zopilote una noche, comiendo tacos, sudorosos y decepcionados, porque el programa no salió bien ese día, y de pronto el taquero les reconoce la voz y les alegra el corazón), mi historia favorita es la de Rochito Cundapí.

El Roche, albañil de profesión, llegó para quedarse en Radiombligo. Había llegado a hacer unos adobes para la construcción de la casa, y poco a poco se aficionó a las locuras del zopilote. Cuenta el Rayo que un día le dijo: oigá usté don Rayo, yo quiero ser su mozo. Y no fue mozo, porque no era tan joven, pero sí niño de corazón que se fue metiendo al mundo de las canciones, a los conciertos, con su esposa y sus hijos, y de pronto ya estaba en el programa con su papá y sus hermanos, para celebrar el día del albañil y echándoles un vistazo a los libros, y tomándose una selfie con Luis Pescetti.  El Roche pintó las paredes de Radiombligo con su risa peculiar. Y creo que Radiombligo no hubiera sido el mismo sin esa inyección de optimismo.

Me gusta esa historia, entre todas, porque prueba cuán contagioso es el espíritu de Radiombligo. No hace falta que lo diga yo. Ahí están las cartas y los mensajes que reciben día con día, pero sobre todo los radioescuchas que encienden sus radios a las siete de la mañana o los escuchan por internet. No son únicamente niños y sus papás. En los taxis y los microbuses escuchan Radiombligo. El señor del puesto del mercado, o el que se aparece en la cabina del Cerro del Rebote para regalar un pan.

 Gracias a ellos y al zopilote, poco a poco he ido descubriendo ese otro Tuxtla, que no se advierte a primera vista. Hay un calor infernal, sí, pero hay un Gordo Escobar que se afana dando funciones de teatro infantil, y viaja a donde lo llamen. Escondidos en las orillas de Tuxtla, trabajan afanosamente Elke y Darinel en Vientos Culturales. Y detrás de un viaje a la Casa Blanca, hay una chica llamada Valeria quien se empeñó en llevarlos hasta allá, representando a Chiapas y al país, porque sabía lo que valía ese programa. Personas como ellos forman parte importante del movimiento cultural en Tuxtla.

Decir que un lugar es la capital cultural del estado es una frase vacía de sentido.  La cultura de un lugar la hacen sus habitantes. Y por eso no me sorprende que Radiombligo, sonido e imaginación, participe activamente en el rescate de un parque, la recolección de basura o la siembra de arbolitos.  El zopilote lo mismo transmite por la radio o lee en las escuelas,  que escribe para defender a un chico encarcelado injustamente. Sus palabras se traducen en hechos concretos, mucho más vivificantes que el pavimento incendiado de las calles.

Más allá de apatías y resentimientos, puedo decir que las plagas ya llegaron a Tuxtla, con distintos nombres;  y chikungunya no es el peor de los males. Pero Tuxtla tiene también sus bienes. Y el programa del Zopi y la Gaviota es uno de ellos. La locura es necesaria para vivir. Larga vida, pues, a Radiombligo.

Mexico, D.F.; 8 de diciembre de 2015.


sábado, 26 de noviembre de 2016

Reflexiones a partir de Eduardo...

Reflexiones a partir de Eduardo, tocando el tambor con don Lauro,
la madrugada del 01 de enero de 2011.

En unos cuantos días, cumpliré cuarenta y tres años. Arribo a ese momento con la convicción de que en este mundo, sólo me tengo a mí misma y que me debo, en principio y al final de cuentas, a mi persona. Me congratulo por ello. En segundo término quedan los vínculos familiares, los amores, las preocupaciones sociales, religiosas, el planeta y demás abstracciones posibles. ¿Cómo pensar en fantasmas, cuándo no he amado antes mi propio rostro?

No podría jamás, ni por asomo, dejarme de la mano de dios, abandonarme al primero que pase, para que decida que hacer con mi vida, mi cuerpo y mis pasos futuros. No puedo permitirme, aunque a veces yo misma lo pida a gritos, que otros carguen conmigo y me liberen de toda responsabilidad; no puedo cargar a otros. No puedo ser un cuarto vacío y helado, por el que transitan visitantes ocasionales, lo vacían más con su presencia, y después se van. Soy, ahora lo sé, habitante de mí misma, y yo soy ese lugar que sólo me pertenece a mí y a nadie más.

Entiendo que a veces las circunstancias externas rebasan a los individuos, y se ven sometidos, doblegados, nulificados, apagados, muy a su pesar, por la guerra, las enfermedades, el dolor; la violencia ejercida por un poder superior a las propias fuerzas. Yo no soy ajena a todo eso, claro está. Soy tan humana como cualquiera. Y sé que las prisiones, las cárceles de mi espíritu son tan tiránicas, o más, que las de la realidad.

Pero sé también que yo soy mucho más que un títere. Sé que dentro de mí hay una llama que arde, intermitente, y una voz atrapada en la caja toráxica (Torácica, dice la RAE) que aúlla y patalea, clamando, cada vez más fuerte, por salir y reclamar su derecho a la vida y a escribir en el aire, con los dedos, los antónimos correspondientes: donde la historia escribió someter, apuntar verbos como respetar, liberar; a doblegar, oponer la rebelión, la resistencia, la insubordinación; que mi voz, en lugar de anular, infunda nuevos bríos; que yo no apague; antes bien, que encienda, prenda y avive.

Parecen palabras tan vacías, lugares tan comunes, tan ordinarios, mercancía barata de esa que jamás miramos al pasar. Pero mi cuerpo reclama, se duele, y en algún lugar secreto se pregunta si la felicidad es una mera utopía, una búsqueda quimérica, o ese algo que está ahí, del otro lado de la costa; el eco de un tambor en la montaña, un faro encendido que mantiene vivas mis esperanzas. Y yo, yo estoy en el medio del mar, abrazada de mis libros, esas tablas de salvación, temblando de expectación y a veces también, de frío.


2 de enero de 2011

Para Paco, las Calacas.

Hay quienes pasan por muertos,
EST núm. 1. Generación 1980-1983
Sin pasar a mejor vida,
Es el caso de este cuerpo,
Al que Paco le decían.

Cuán amable  era Paquito,
Y ofrecía tantos favores,
Que su vida parecía,
Pura, sana y sin rencores.

Pero la Parca no entiende,
De clases ni privilegios,
Y a quien ya fuera Calaca,
Se lo llevó al cementerio.

A la cita en el velorio,
Llegaron sus compañeros,
Con sus galas y abalorios,
Y además muy plañideros.

Abrumado por la pena,
Se aburría Jorge Luis,
Hasta que del saco extrajo,
Su preciado tanguarnis.

Doña Miriam más prudente,
Mistelitas en charola,
Ofrecía a los dolientes,
Y prendía la rocola.

El Fito y sus veladoras,
También se hicieron presentes.
Samayoa muy puntual,
Dio la cuenta a los dolientes.

Fernando Angulo volteó
y dijo sin disimulo:
que la cuenta esa la pague
Doña Chituris Angulo.

¿Yo por qué si ni me acuerdo,
del difunto y sus hazañas?
Lo que sí muy bien recuerdo,
es  toditas sus mañas.

¡Qué callen a esa malcriada!
¿Quién dijo eso, Chío Reyes?
¡Ay no se hagan, si son bueyes!
Pues lo dijo Díaz Estrada.

Yo volví  bueno a Paquito,
dijo Anibal el Piadoso.
Con perdón, yo me desquito,
Ni en la secu fui miedoso.

Elsita más comedida,
Regañó a los habladores.
Si no están en sus zapatos,
Mejor recen y echen flores.

A Paty quiso Paquito
colocarla en un altar.
Porque tuvo nuestra amiga,
a bien el grupo inventar.

Claudia Nava de ese grupo,
dictó implacable sentencia.
En la muerte siempre hay cupo,
ahí lo ven con su conciencia.

Mejor hubiera sido callarse
y escapar como Cancino,
que de vidas enterarse,
y saber su mal destino.

Yo por eso puros memes,
y videos les mandé.
Y porque me llamo Carlos,
nunca prenda les solté.

¿Se acuerdan cuando el difunto,
quiso matar a su suegra?
¡Comadre Monica Nieto,
eso jamás se recuerda!

Las protestas arreciaron:
Prometió litros de posh,
¡A mí me cambió hasta el nombre!
Y no dio un kilo de arroz.

A todas nos dijo bellas,
dijo doña Elsita Cruz.
Que el espejo se los pruebe,
Yo me tomo mi alipuz.

Yo por eso me mantuve,
alejada del Calaca.
Ay Gilda como serás,
amiga suya de ingrata.

¿No lo vieron manejar?
¡Era un peligro al volante!
¿Y qué opina su ex mujer?
¡Tenía cara de maleante!

Como la Vero tomó,
sus cursos de diplomacia,
se puso seria y calló:
Muchachas, no tienen gracia.

Quiso el doctor Artemio,
un discurso improvisar,
con elogios y proemio,
para ese loco de atar.

Buscó títulos y honores,
y le dio un honoris causa:
"En este mundo no avanza,
El que jamás hizo tranza".

El buen Sergio ya no pudo,
su risa disimular:
¡Si no hubiera muerto Paco,
Aquí se lo han de acabar!

Doña Inés en cuchicheos,
le decía a Marisela:
Está bueno el comadreo,
salud pues, otra mistela.

Para comadres el Paco,
Conocía a medio mundo.
Y en materias muy diversas,
Su saber era rotundo.

Todos seremos Calacas,
en un futuro inminente,
pero la muerte matraca,
nombró a Paco Presidente.

Cesó por fin don Artemio,
su discurso y el proemio,
Y Barraza ya entonado,
pidió el Brindis del Bohemio. 

Edgardo siempre correcto,
Puso al féretro coronas,
Y que nadie se las tome,
Que la muerte no perdona.

Como ya no había más trago,
todos vieron el caldero,
y Karina enfureció,
¡Esto no es un bebedero!

Tanto  grito y jaloneo,
al difunto despertó,
adiós féretro y coronas,
todititas las tomó.

Gordillo tragó saliva:
nos dolió cuando moriste,
nos remata tu regreso,
vuelve allá donde te fuiste.

Óiganme bien hijos todos,
de su repelona madre,
por funeral no pedí,
que me hicieran un desmadre.

Así que vámonos juntos,
Con mi comadre la Flaca.
Cuando vean el panteón,
Se les quita la resaca.

Galante la Flaca amable,
tendió el brazo a la Doctora,
y al buen Paco lo escoltaron,
sus amigas pecadoras.

Termina pues pinche Italia,
mi dichosa calavera.
Yo sí tomo represalias,
¡Ay de ti donde me hieras!