¿Por qué Tuxtla? Le pregunté a Raymundo
Zenteno, hará ya como unos quince años. Tuxtla es palúdica, sofocante y
palurda, mi estimado. Como decía don Amado Avendaño, “sólo bolo o loco se puede
vivir ahí”. Justo por eso, me
contestó.
No hay nada como denostar lo que uno
detesta. No es que yo crea –seguí diciendo- que San Cristóbal es mejor. Los
coletos tienen lo suyo. Buen clima, historia antiquísima; pueblo mágico, pues.
Y claro, conservadores, racistas, auténticos y no sé qué más acusaciones. Pero
es la cuna de la cultura. En cambio
Tuxtla… Y saltaron los ejemplos de barbarismo. Arrasaron con sus edificaciones
antiguas para modernizar el centro. Privilegiaron unas construcciones atroces,
en lugar de sacarle partido a su vegetación. Lo único florido ahí, es el
lenguaje. Puro verdor ruborizado. Además se empeñan en tener su aeropuerto
escondido en la niebla y usar, de mientras, el de Terán.
Enumeré desaciertos, y eso que entonces
todavía no sabíamos lo que vendría después. Iban a quitar su fuente emblemática
para poner un puente peatonal y a derribar árboles para sembrar concreto en el
libramiento. Lo único bueno de Tuxtla es el zoológico y los turistas aterrizan
aquí porque no les queda de otra. Pero se van derechito al Cañón del Sumidero
(sin tanta basura, en aquél entonces).
Aunque repetí lugares comunes, bien
conocidos por todos, y el Rayo no dudó en agregar unos más, al final volvió
sobre su idea central. Tuxtla necesitaba una propuesta distinta a lo ya
conocido. No hay, me decía, un programa de radio para niños. Alguien que les
cuente historias y ponga música de distintas partes del mundo. ¿Te imaginas?
Estás, por ejemplo, en Bochil o en Yajalón; de pronto enciendes la radio y hay
canciones de Japón y Checoslovaquia.
Visto ahora, cuando el 2015 está por
terminar, tal vez esas palabras no sorprendan tanto. El internet ha traído
cosas con las que no hubiéramos soñado en el siglo XX. La música de todo el
mundo está en youtube y los curiosos no tienen más que encender la computadora
y teclear en un buscador. Pero hace cincuenta años era el siglo pasado.
Raymundo nació y creció en Bochil y vivió feliz, con todo y las vías de
comunicación limitadas. Me platicó de la
tía que le había enviado una carta y un libro cuando era niño, de sus juegos
con sus hermanos en el río, de ese
universo que luego trasladaría a los “Cuentos Jerigonzos y otras hormigas”, y
hasta de la hermosa voz de su papá, el profesor Floselo. También me preguntó si
conocía a Salarrué, y su cuento “Semos malos”, donde un adulto y un niño viajan
a pie, por Guatemala, llevando el espectáculo de sus discos y un fonógrafo. Una
elipsis diluye el momento en que los viajeros desaparecen de la historia, pero
nos deja con la imagen de un grupo de forajidos, quienes se conmueven hasta las
lágrimas, al escuchar la música.
El Rayo, pues, sabía de lo que estaba
hablando. De la importancia de imaginar, de crear, y sobre todo, de creer. En
mi escepticismo, yo no tenía empacho en despedazar a la ciudad donde nací, y si
le caían siete plagas, me parecía lo más natural del mundo. Los zopilotes, le
dije al Raymundo, son unas aves inmundas, carroñeras. ¿Cómo te pueden gustar?
¡Es que vuelan bien bonito! Respondió.
Estaba tan entusiasmado, que ya no dije
nada. Daba envidia ver cómo su optimismo rescataba lo bello de los lugares más
inimaginables. Era el señor del gramófono, y caminaba por senderos intrincados,
sin importar si en una de esas se le iban los pies por el desfiladero. Y sobre
todo, no se ponía nomás a renegar. Él sí, andando. Y manos a la obra.
Así pues, no me quedó más remedio que
sumarme a su aventura. Por pura coincidencia, salí de Chiapas cuando el Rayo
estaba por echar al vuelo al zopilote. Ese sí podía llegar por los aires a todo
el estado. País por el que pasaba, yo me iba directo a las tiendas de discos, a
preguntar qué tenían para niños, cuáles canciones eran las más populares, de
dónde venían las historias. Recuerdo particularmente mi visita a una tienda de
discos en Dinamarca, porque no entendía nada del idioma y puse en apuros a la
vendedora. Todavía me emociono al contemplar en el recuerdo el desfile de un
grupo de niños de preescolar en Lisboa, tomados de la mano de sus maestras,
rumbo al museo. Todo lo que tenía que ver con el programa era emocionante.
Porque no era sólo visitar las tiendas. Compraba los discos, visitaba las
oficinas de correos, y hasta poner estampillas en los paquetes era de lo más
divertido. En esas búsquedas, entendí
que la grandeza de un país se mide por la importancia que conceden a sus niños.
Raymundo Zopilote y Thania Gaviota,
mientras tanto, hacían sus programas radiofónicos en Tuxtla, e iban surgiendo
personajes aquí y allá: don Ramiro Carretero, taciturno y enamorado, y doña
Eulolia, esa cubana entrañable de sabiduría oaxaqueña. Por el programa pasaron Ratadihule,
apasionado de la poesía, el pirata Miguelón Trototuero y el ya célebre Gerasio
Contreras.
Sin temor a exagerar, puedo decir que
antes de Radiombligo, sólo unos pocos niños en Tuxtla conocían algo más allá de
El Chavo del ocho y las propuestas del canal dos. Esos pocos afortunados eran
lectores y seguramente tenían a alguien en su familia dispuestos a enseñarles
que también estaba Cri Cri. Pero con la llegada del zopilote a la radio, se
dieron pistas para explorar universos distintos. No sólo la música, el arte, la
literatura, el teatro. Todo aquél que tuviera algo que decir a los niños tenía
cabida en el programa: un doctor, una maestra de natación, los alfabetizadores,
un brasileño, las canciones de Maruca, un inventor llamado Emilio. Y además,
las repetidoras de la radio permitieron que Radiombligo y todas esas voces
llegaran más allá del Cerro del Rebote y Tuxtla de los conejos. Por teléfono,
el Rayo me contaba emocionado: “ya llegó una carta de Tapachula”. Otro día:
¡qué crees, Italiota, ya nos escuchan en Guatemala! O bien: recibimos una
llamada de Villahermosa.
Y luego vino la magia. El cartero se
contagió del entusiasmo de los radiombligos y además de llevar las cartas,
hasta grabó un mensaje y tocó su silbato un doce de noviembre. La casa de Terán
donde estaban los amigos del Cerro del Rebote se volvió popular entre los
bicitaxis. ¡AH, sí! Me dijo un taxista un día. ¡Es donde está el trompo! La
puerta de madera, con uno de los trazos alocados de Raymundo. Bueno, hasta don
Jaime Sabines revivió para grabar un programa que después fue premiado en la
Bienal de Radio.
El zopilote me ha contado muchas historias
más. Lo acompañé incluso a recibir uno de sus tantos premios de la Bienal en la
ciudad de México, cuando mi hijito ya venía en camino. En esa espera de nueve
meses, Antonio y yo escuchamos los programas vía internet. Y aunque es difícil
pensar en una anécdota en particular (Los Moneditas bajando del camión, acalorados,
después de horas sentados, para llegar a Tuxtla; la Gaviota y el Zopilote una noche,
comiendo tacos, sudorosos y decepcionados, porque el programa no salió bien ese
día, y de pronto el taquero les reconoce la voz y les alegra el corazón), mi
historia favorita es la de Rochito Cundapí.
El Roche, albañil de profesión, llegó para
quedarse en Radiombligo. Había llegado a hacer unos adobes para la construcción
de la casa, y poco a poco se aficionó a las locuras del zopilote. Cuenta el
Rayo que un día le dijo: oigá usté don Rayo, yo quiero ser su mozo. Y no fue
mozo, porque no era tan joven, pero sí niño de corazón que se fue metiendo al
mundo de las canciones, a los conciertos, con su esposa y sus hijos, y de
pronto ya estaba en el programa con su papá y sus hermanos, para celebrar el
día del albañil y echándoles un vistazo a los libros, y tomándose una selfie
con Luis Pescetti. El Roche pintó las
paredes de Radiombligo con su risa peculiar. Y creo que Radiombligo no hubiera
sido el mismo sin esa inyección de optimismo.
Me gusta esa historia, entre todas, porque
prueba cuán contagioso es el espíritu de Radiombligo. No hace falta que lo diga
yo. Ahí están las cartas y los mensajes que reciben día con día, pero sobre
todo los radioescuchas que encienden sus radios a las siete de la mañana o los
escuchan por internet. No son únicamente niños y sus papás. En los taxis y los
microbuses escuchan Radiombligo. El señor del puesto del mercado, o el que se
aparece en la cabina del Cerro del Rebote para regalar un pan.
Gracias
a ellos y al zopilote, poco a poco he ido descubriendo ese otro Tuxtla, que no
se advierte a primera vista. Hay un calor infernal, sí, pero hay un Gordo
Escobar que se afana dando funciones de teatro infantil, y viaja a donde lo
llamen. Escondidos en las orillas de Tuxtla, trabajan afanosamente Elke y
Darinel en Vientos Culturales. Y detrás de un viaje a la Casa Blanca, hay una
chica llamada Valeria quien se empeñó en llevarlos hasta allá, representando a
Chiapas y al país, porque sabía lo que valía ese programa. Personas como ellos
forman parte importante del movimiento cultural en Tuxtla.
Decir que un lugar es la capital cultural
del estado es una frase vacía de sentido.
La cultura de un lugar la hacen sus habitantes. Y por eso no me
sorprende que Radiombligo, sonido e imaginación, participe activamente en el
rescate de un parque, la recolección de basura o la siembra de arbolitos. El zopilote lo mismo transmite por la radio o
lee en las escuelas, que escribe para
defender a un chico encarcelado injustamente. Sus palabras se traducen en
hechos concretos, mucho más vivificantes que el pavimento incendiado de las
calles.
Más allá de apatías y resentimientos,
puedo decir que las plagas ya llegaron a Tuxtla, con distintos nombres; y chikungunya no es el peor de los males. Pero
Tuxtla tiene también sus bienes. Y el programa del Zopi y la Gaviota es uno de
ellos. La locura es necesaria para vivir. Larga vida, pues, a Radiombligo.
Mexico, D.F.; 8 de diciembre de 2015.
