miércoles, 6 de marzo de 2019

Epifanía

Chiapas le debe a Honduras, entre otras cosas, haber despertado las ilusiones de un artista de corazón tan vasto como el universo a donde se fue de gira eterna, el día de ayer.
Hace poco más de cinco años, el veintiuno de julio de 2013, para ser exactos, le escribí a Jorge Escobar para felicitarlo pues sabía que su grupo Vámonos teatreando andaba de gira por rumbos diversos; Arriaga y el Teatro de la Ciudad eran algunos de los escenarios. Si hacer teatro en Chiapas es una labor heroica, ¿cómo le hace, maestro? 

" Gracias Preciosa... Es disfrutar mis sueños. Cuando era niño descubrí el teatro por mi padre. Él me llevó a ver, en Arriaga, a "La Fragua" (Grupo de Teatro de Honduras) que andaba dando un gira por México y al ver el espectáculo quedé tan conectado con el hecho escénico que soñé algún día estar ahí; en el escenario. Meses después mi papá me inscribió a unos cursos de teatro en verano que organizaba el Ayuntamiento con el INBA (México y Oaxaca) con estudiantes de teatro que tenían que hacer prácticas. 
A ese mismo lugar caluroso y ventarroso (Arriaga), llegaban los húngaros con su circos, cine y mujeres blancas; mi madre (Testiga de Jehova) nos echaba miedo: que eran robachicos. Pero eso nunca impidió espiar, ni ante el castigo de Doña Becky, los maravillosos baúles que traían, como cuando Melquiades llevó a Macondo magia e inventos. Y yo como Arcadio Buendía me maravillaba y soñaba con ser un Viajero llevando magia a través del teatro... Ese sueño poco a poco se ha ido cumpliendo con cómplices como tú, Ray, Thania, Yayo, Maricela, Laura, Lennin, Leobardo... que creen en el arte.".


TIRO DE GRACIA


Estoy buscando un libro de Fabio Morábito en el caos de mi librero. Ni siquiera estoy segura de haberlo comprado. Le mando un mensaje a Edgar y me dice que sí, recuerda haber visto una foto de ese libro en mi muro. Y añade: te gusta presumir tus libros. Ni cómo rebatirlo; he subido varias fotos al facebook. 
El asunto se queda rondando mi cabeza y más tarde busco a mi amigo en el messenger: pues sí, presumo esos libros porque son ediciones lindas, de esas publicaciones que da gusto hojear. Y no me da culpa alguna subrayarlos con mis lápices fosforescentes. Cada quién sus gustos. Pero quizá haya otra explicación: presumo los libros ajenos a falta de uno de mi autoría.
Cuando por fin aparece "El idioma materno", lo abro sin pensar, en la página diecisiete donde hay un relato titulado La vanidad de subrayar. Es el relato sobre un tipo que se la pasa subrayando sus libros. No entraré en detalles, salvo la conclusión: el subrayador nunca se va a atrever a escribir algo. Puta madre. Casi puedo escuchar las carcajadas del Edgar.


Aguas


Antonio y yo estamos esperando el metrobús, frente al acceso al primer vagón: niños, mujeres, sillas de ruedas y personas de la tercera edad. Sujeto a mi niño con mano firme y le pido que no se acerque a la raya amarilla. Una viejita de andar trabajoso se acerca. Es más bajita que mi suegra, que ya es mucho decir. Me hago a un lado para dejarla pasar pero se coloca junto a mí. La anciana sonríe a mi hijo y le dice: ¡hola bebé! Mi niño la mira con expresión huraña y se esconde. Así son los niños; de inmediato saben quién les gusta y quién no. Ella no se desanima y le sonríe, agitando la mano. El Antonio se pone serio, me aprieta la mano y mira para otro lado. Guardamos silencio. El metrobús se aproxima. Sonrío para marcar el fin del encuentro. Entonces la viejita se dirige a mí en un tono cómplice:

-No vaya usted a pensar que me gustan las mujeres…
Vaya manera de presentarse. 
-…Lo que pasa es que las admiro.
Perplejidad. Creo que mi abuelita no abordaba así a las señoras con niños.
Suena el silbato del metrobús. Bajo la vista y observo a esa viejita con cara de que no rompe un plato.
-Tome usted mucha agua, para conservar su piel. 
Y el remate:
-Está usted muy bonita.
Las puertas del metrobús se abren.


martes, 5 de febrero de 2019

Lecturas confusas

Porque yo en el amor soy un idiota
que ha sufrido mil derrotas


Nunca me interesó, hasta el doloroso instante de saberla amante del Chino. Apenas supe de su refocilar constante, todos mis sueños se poblaron de fantasías donde yo oficiaba de vouyeur. Los imaginaba fornicando de todos los modos posibles. Y por si me hacía falta alguno, compré una edición ilustrada del Kama Sutra y varios tomos de la enciclopedia sexual ilustrada.

Precisé, una por una, todas las situaciones inverosímiles en que yo hubiera deseado poseerlo a él. Los encuentros sexuales imaginarios se hicieron mi ritual de cada noche. Apagaba la luz, prendía el ventilador, cerraba los ojos y los veía. Los primeros escarceos, la vorágine, los jadeos, la cúspide y vuelta a empezar. Poco a poco, los amantes fueron haciéndose una película familiar. Y llegó el tedio de las repeticiones.

Violeta guardaba bajo su piel todo el sol de Tonalá. Tenía rasgos de Nefertiti, la reina egipcia. Incluida la nariz aguileña. El cabello redondo le caía hasta los hombros. Su cuerpo delgadísimo parecía a punto de quebrarse. Toda ella se cimbraba y parecía una serpiente.
Si me hubieran pedido que detallara mi ideal de mujer, no la hubiera construido así, con los huesos a punto de salírsele de la piel. Más bien hubiera dicho dos palabras; Claudia Schiffer, la musa de Karl Lagerfeld y mi pasión más encendida desde la primera vez que hojeé el Hola. Pero algo tenía la nueva amante del Chino: transpiraba sensualidad. Por algo era la modelo más popular en la escuela de artes plásticas.

Violeta llegó a la casa de huéspedes y a falta de espacio, la mandaron a mi cuarto. Al principio no imaginé su oficio. Yo salía a la universidad todas las mañanas y al volver la encontraba siempre en baby doll, pintándose las uñas de los pies, rizando sus pestañas o depilándose las piernas. Me extrañó sobremanera que gastara tanto en ropa interior. Tenía una lencería finísima; encajes franceses y diseños de fantasía.

Con todo y las evidencias, para mí Violeta no era más que una flaca de piel tostada que se obstinaba en agrandar sus ojos a fuerza de rimmel y exaltar sus formas con poses de contorsionista.  ¡Ah, cómo arqueaba la espalda para lucir la turgencia de sus senos diminutos!

La noche cómplice bien pudo haber propiciado un encuentro fugaz en mi cama. No fue así. Para empezar, porque ella casi nunca dormía en la casa. Y las noches de excepción, fueron de cigarros y largas charlas, donde su vida se develó paulatinamente. 

Su madre la había educado para llegar con el himen intacto a su noche de bodas. Ella cumplió el mandato íntegramente hasta los veintitrés años. Sólo que nadie le prohibió abusar de la vaselina, cuyo olor le provocaba náuseas. En otras palabras; abrió su esfínter a cuantos quisieron gozar las primicias de su virginidad. Pero su himen permaneció intacto.

De nada valió el sacrificio. El tipo que la desposó eligió un método infalible para poseerla; unas cuantas embestidas y dos o tres madrizas semanales a cuenta de posibles adulterios. Desesperada, Violeta huyó con el primer trailero que se apiadó de su figura escuálida. El hombretón la trajo a Tuxtla pero a mitad del camino la entregó a un federal de caminos que quería multarlo por transportar pasajeros en la cabina.

El federal la llevó a un hotel próximo al mercado y ahí la entrenó por espacio de un mes en las artes del himeneo, sin ayuda de enciclopedias o kamasutras. El romance terminó cuando el maestro fue comisionado a San Luis Potosí. Violeta se halló sola en la capital chiapaneca, con las ganas frustradas y sin ánimos de trabajar para sobrevivir.

Vagando por los bares, conoció a una amiga. La Nefertiti de Tonalá decidió que los lenones no le convenían y se introdujo en el mundo más sofisticado de las edecanes. Así pues, por las mañanas se dedicaba a inventar su belleza, por las tardes atendía sus llamadas telefónicas y en las noches complacía a su clientela. Era más puntual que un visitador de Hacienda. Además, en sus ratos libres hacía trabajitos extra con sus clientes favoritos, únicos que podían besarla. Ellos la conocían de antaño y pasaban por ella a la casa de huéspedes.

En una de esas recogidas me topé con el Chino en la puerta de la casa. Hubo desconcierto mutuo. Él pensó que el lugar era una casa de citas y que yo estaba en el negocio, tratando de llenar el hueco de su ausencia. Yo creí que se había arrepentido de sus desdenes y me había buscado de nuevo. Violeta disipó nuestros errores cuando salió de la casa luciendo su vestido rojo y se subió al carro.

Miré al Chino, después a Violeta y tomé una decisión: Ella nunca sabría de nuestro pasado común. No pude reprimir un ataque de envidia al verla caminar al coche. Fue la primera vez que me fijé en sus piernas, en su andar airoso y en sus senos pequeños que se adivinaban bajo la transparencia del vestido.

Entonces comencé a espiar todos sus movimientos. Comenzaron los sueños, mi fijación por sus nalgas, el fetichismo de permanecer horas y horas contemplando su fotografía. Descubrí que las orejas de Violeta eran iguales a las de él. No podía dormir hasta oírla llegar. Y los días que escuchaba el rumor del vocho del Chino, sufría mi ego y la excitación me apretaba las ingles, que dolían sobremanera.

Así hubiéramos estado semanas y meses, hasta que una noche Violeta me sorprendió, profundamente dormida, con sus calzones sobre mi rostro y el libro de Caro Vitrix sobre la almohada. Un roce en los labios me hizo despertar, sobresaltada.

La había soñado tantas veces en la cama del Chino que cuando me encaró, completamente desnuda, creí que estaba dentro de uno de mis sueños. Un sudor frío recorrió mi frente.
-¿Tienes miedo?- Violeta metió su mano entre mis piernas.
Se supone que debí contestar, no es lo que piensas, sólo quiero saber qué haces con el Chino. Pero en lugar de eso tragué saliva y balbuceé torpemente:

-Nunca he estado con una mujer.

Ella no dijo nada. Hizo ademán de volver a besarme y yo me replegué sobre las almohadas. Violeta tomó mi mano derecha y la puso sobre su pecho. En los senos tenía algunos hematomas. Según me explicó, eran las señales de su batalla más reciente con mi amante inalcanzable.

Violeta apagó la luz de la lámpara y se tendió en la cama. Entonces volví a pensar en el rechazo del Chino y por fin me atreví a preguntar cómo cogían. Violeta me relató minuciosamente todo aquello que yo espiaba en mis sueños.

La charla y la oscuridad deshicieron mis reticencias. Me tendí en la cama junto a ella y le pedí que hiciera todo eso conmigo. Ella no quiso escuchar y prosiguió su narración implacable sobre los usos diversos que el Chino le daba a su cuerpo. Fue entonces que me decidí a besarla. En las corvas, en los pliegues de los senos, en las pantorrillas; en todos los lugares que la enciclopedia negaba como zonas erógenas.

Violeta alargó una mano y encendió la lámpara. Su cuerpo tonalteco no tenía rastros de sol; estaba helado. Yo me afané en la exploración de su vulva. Por toda respuesta, ella tomó el libro de Rebolledo y lo hojeó distraídamente. ¡Ella, que no leía ni las etiquetas de los frascos!

Entonces la ebullición deseosa se transformó en cólera. Maldije al Chino y a la puta por sus rechazos. Perdí los estribos y le asesté a Violeta un golpe en el vientre. Ella se puso de pie lanzando un chillido. El libro cayó al suelo y Violeta y yo nos revolcamos en la cama. Otra vez, una pelea fue la más aproximación más cercana que el Chino y yo tuvimos al acto amoroso.

Al final, de nada valieron besos y súplicas. Ella se puso de pie y se vistió con parsimonia cruel. Su vestido rojo volvió a iluminar su piel. Violeta tomó su bolsa y se acercó al espejo. Pintó sus labios y acomodó sus cabellos alborotados. El sonido de un claxon conocido me volvió a la realidad. La vi salir corriendo al vocho del Chino, mientras me decía adiós con la mano y yo confundía su sabor amargo con mis lágrimas.



Tuxtla Gutiérrez, 8 de marzo de 2000.

martes, 29 de enero de 2019

What's up my dog...


Pasé la mañana componiendo el mundo con Tiberio. Él desde su oficina, yo frente al fregadero con un montón de platos.
Como quien quiere evadir su bochornosa realidad, lo acoso con dilemas. Tiberio, bendita Esfinge.

- A ver. Explícame ya. ¿Por qué te gusta tanto humillarte, ponerte de alfombra con los prepotentes? Te tratan peor que a un perro.
- Precisamente por eso. 
- ¿Por qué?- Su parsimonia me exaspera más que la grasa pegada en la cacerola de alumnio.
- Por placer. 
- ¿Qué?
- Por el placer inmenso que me causa mandarlos a la chingada una vez que ya agarraron confianza conmigo. No sé. Me encanta ver sus caras. 
- ¡Uf! 
Podría ser el fin de la conversación, pero Tiberio, Esfinge al fin, revira:
- ¿Por qué te extrañas? Tú haces lo mismo.
- ¿Eh?
- Sí; te pones de pechito con los más deleznables. Te les acercas, les hablas bonito, dejas que agarren confianza, se crezcan y te traten de mal en peor… Haces tu papel de perro apaleado. Y después de un tiempo, ¡a chingar a su madre!

Lo pienso unos segundos:

- Cada quien saca su rabia como puede. 
- Usa un poco de cloro para esa grasa.  Yo ya me voy, que ahí viene mi jefa.

domingo, 27 de enero de 2019

Garganta profunda

En aquellos días, al Barbaján le había dado por ir al cine y estaba muy emocionado por la proyección de Garganta Profunda. Ni siquiera cuando inauguraron el burdel, escondido en el periférico y no muy distante de la secundaria, el Barbaján se había alborotado tanto. Suponemos que se enamoró de la protagonista y andaba por las amplias explanadas de la escuela contándole la historia a quien quisiera escucharlo. Las mujeres, por supuesto, estábamos excluidas de la audiencia ávida de la pornografía del Barbaján. A lo lejos, la Temible y yo observábamos al corrillo de secundarios, en el campo de futbol, Barbaján al centro, contorsionándose, haciendo gárgaras y representando no sé qué hazañas que sólo él y los compañeros festejaban, muertos de la risa. De lejos parecía un orangután en celo.  Las representaciones se hacían más atractivas porque en la cafetería todos cooperaban para comprar una cocacola familiar, que el Barbaján usaba para cada función. El final era el mismo siempre. El Barbaján agitaba la coca y los perseguía a todos para bañarlos con el negro líquido.

-Vélo al Barba, no puede ni correr- apuntó la Temible.
-¿Será por tanta coca?- , dije yo.
- Nunca juega fut; puros cuentos chaquetos.

Así las cosas en esos días. Antes de la película habían sido las excursiones al prostíbulo, en la lancha del Barbaján, pues era uno de los pocos a los que su papá le prestaba el carro. Pero en cuanto se cercioró de que no quedara ningún inocente en el grupo, las excursiones pasaron de moda. Llegado el plazo, también su relato actuado de la película dejó de causar furor. Alguien del grupo señaló que la película ya era muy vieja, Linda la protagonista ya era abuela y por más que el gordo intentó echarle más coca, su audiencia se apagó.

Las compañeras del grupo, como dije antes, estábamos excluidas de las narraciones. En una ocasión el Barbaján pasó junto a nosotras, al volver de la cancha, y nos miró con desdén para soltar su famosa frase: Mientras ustedes van de ida, yo ya voy de regreso”. No entendí bien a bien qué quería decir, pero la frase nunca se me olvidó.  En venganza, nos pusimos a platicar las historias que circulaban sobre él.

Y es que Lichita, nuestra tímida compañera del grupo, era su vecina. Ella nos contaba de las borracheras, del Barbaján papá que llegaba en la lancha ebrio, a media noche, con una que otra acompañante, y que la mamá del Barbaján tenía que salir corriendo a refugiarse con alguna vecina caritativa, antes de que la levantara el gordo de la cama a punta de balazos.

-       ¿Para qué inventa historias- decía la Temible- si en su casa sucede la acción?


Certera observación; en efecto, el Barbaján no soltaba prenda de esos relatos turbios. A él le gustaban los otros, donde él era el héroe; donde quedaba bien parado. Él y su aire de mundo, el compañero de mayor edad, reprobado en el salón pero que ya venía de regreso de quién sabe qué mundos viciados.  Podía contarnos de sus múltiples novias (que no veíamos por ninguna parte), de la vez que la lancha se había quedado hundida en el camino de terracería del periférico, de los cigarros que fumaba cuando se escapaba del salón de clase, pero lo que pasaba en su casa se quedaba ahí adentro, igual que la película porno en las imaginaciones de los compañeros. Nosotras no podíamos escuchar esas cosas pues, según él, nuestros oídos nunca más serían los mismos.
-       Pero a ti, Lichita, te cuento lo que quieras- decía el Barbaján con voz melosa.

Lichita se ponía colorada y lo corría. La Temible lo ponía en su lugar: pinche gordo, deja de estar chingando.

Por lo que a mí respecta, yo no tenía ni idea porqué tanto alboroto con la garganta profunda, y tampoco me interesaba mucho. Eso sí, estaba yo muy pendiente de la otra historia. Como si fuera radionovela, cada lunes acosábamos a la Lichita con preguntas y ella nos pasaba el parte de las infaltables parrandas de sus vecinos. Que si don Barbaján había chocado la lancha con el poste de luz, que las amantes habían armado tremenda trifulca, que los vecinos ya querían llamar a la policía. Y que la mamá de nuestro compañero no se iba porque estaba amenazada de muerte. Más o menos lo mismo cada sábado.

Llegó la semana santa y nos fuimos de vacaciones. Luego nos dieron otra semana más por la feria del pueblo, donde uno de los barbajanes mayores sería chambelán de la reina. Volvimos a la secundaria a marchas forzadas, pero el barbaján nos superó en flojera. No se presentó todo un mes.

Cuando por fin se dignó volver, entró a la escuela quemando llantas y levantando nubes de grava. Desde el carro de su papá se sentía soñado; lentes oscuros, pelo engominado. Tiene aires de padrote, dijo la Temible. No le hicimos mucho caso y él siguió con sus  ironías acostumbradas, pero ya no nos dijo aquéllo de “ustedes van de ida…”

Tal vez por nuestro desdén, el caso es que a la hora del recreo sacó una cartera y, muy espléndido, nos invitó unas empanadas.  A la gorra ni quién le corra.  Para nuestra sorpresa, hasta Lichita aceptó.  Pero al final de la comida, Alicia Rosales, la Lichita, cuadro de honor perpetuo, nos dejó perplejas a todas las compañeras: vamos a pedirle que nos cuente el cuento de la garganta profunda. Yo no daba crédito. ¿Lichita, la pudorosa, con semejante idea?

Nerviosismo general y frases airadas:

-¿No les basta con todas las empanadas que ya se tragaron?
-¿Por qué tenemos que escuchar sus marranadas?
-Yo no le voy a comprar la cocacola.

Así las cosas, algunas compañeras huyeron, ofendidas. La Temible se quedó pidiendo coperacha para el refresco tamaño familiar, yo me crucé de brazos pensando qué tal vez esa garganta podía ser más impactante que el cañón del sumidero, y dos compañeras se pusieron a rezar el rosario. Bueno, no. Pero dijeron que si la historia estaba muy subida de tono, ellas se iban a ir. El Barbaján quedó encantado cuando la mismísima Lichita, que nunca le hablaba, le hizo la invitación.


Nos volamos la clase de Educación Artística y llegamos al campo de futbol. El Barbaján estaba feliz y nos contó la película. Pasarían muchos años para que yo advirtiera, aún sin haber visto la película, que el éxito de la narración estaba en todo lo que el gordo inventaba, no tanto en lo que había visto. Nosotros ya sabíamos que a mitad de la proyección don Pepe el boletero se había metido a la sala, linterna en mano, a correr a todos los muchachitos, con la rechifla general y los gritos de los señores sorprendidos con la bragueta abierta.  El Barbaján se había vuelto a su casa, sólo y triste. Pero ahí, en el campo de futbol, no hubo interrupciones, jamás fue expulsado, jamás apareció el prefecto y fue feliz con su atentísima audiencia.  Estaba tan emocionado que nos perdonó el baño de coca, cerró con un duelo de albures con la Temible, que se las sabía de todas todas porque tenía dos hermanos mayores, y se desternilló de risa porque nadie, absolutamente nadie, se quiso tomar la cocacola familiar, que hervía de manoseos y sol.
Hasta Lichita, roja de pena, festejó la anécdota y al final despedimos al Barbaján con aplausos. Hasta los lentes dejó tirados.  Todas las chicas nos quedamos en la cancha.

-Tampoco le aplaudan tanto- dijo la Temible. Es muy alzado.
Lichita suspiró.
-Bueno, dije yo. A ver, Alicia, ¿por qué tanto interés en la película? ¿Por qué no le preguntaste a tu papá, si dicen que también estaba en la función de medianoche? - La Temible me miró con ojos de alarma. Ella me lo había contado.

Para mi sorpresa, Lichita no se ofendió con mi comentario. Bajó los ojos, se puso como tomate, y dijo con voz entrecortada:
- Es que… si se los cuento, ¿prometen no decírselo a los compañeros?
- Abre la boca Lichita, cuenta…- La animé yo.
- Otra garganta profunda…
- -¡Sh! ¡Silencio, Temible! Que aquí hay otro cuento.

Y entonces la tímida Lichita, ahí mismo, en mitad del campo de futbol, acabó con nuestra inocencia.  Así de brutales pueden ser las palabras.


Pasaron treinta años. En el ínter hubo varias reuniones de secundaria a las que asistíamos más o menos los mismos. Y justo la vez que se hizo el encuentro en un martes de feria, se apareció el Barbaján, estrenando dientes de oro, lentes Ray Ban y toda la cosa.
 
Después de unos tequilas, salió a la luz la historia de Lichita. En pleno sábado de Gloria, el Barbaján papá había llegado a su casa a medianoche con sus amigas y su mamá, creyendo que su marido no se atrevería a irse de juerga en la semana mayor, no se había levantado a tiempo de la cama. El animalote se le fue encima y fue nuestro compañero, el Barbaján, quien tuvo que intervenir. Recibió tremenda madriza. El recuerdo sería más profundo que todas las gargantas del mundo, porque le reventaron la boca y hasta se le cayeron algunos dientes. Animado por los tragos, el gordo nos platicó que había ido a dar al hospital y por eso había faltado a la escuela.

Sólo Lichita, su vecina, supo la verdad y por primera vez guardó silencio en el recuento de los lunes, para no avergonzar al gordo.  En cambio, le levantó la moral con su ocurrencia.

-Pura risa ese día ¡todas las compañeras escandalizadas!- dije yo en la reunión. -Nosotros de ida y los recuerdos de regreso.

-Sí pues- dijo el Barbaján, y se le quebró la voz.


La Temible iba a hacerle un chiste sobre esa otra garganta que tenía dentro un  nudo de años, pero le hicimos un gesto. Detrás de los Ray Ban, al gordo le escurrían las lágrimas.

Proezas

Estábamos en una cantina con sus amigos, todos analizando a la chica de cabello largo que el buen Buddy les quería presentar. Yo guardaba un silencio respetuoso, hacía oídos sordos a sus fanfarronadas y comentarios poco amables para impresionar a los viejitos de la mesa vecina. Mientras, repasaba mentalmente los contenidos del examen del día siguiente. Modernismo, Generación del 29... De tanto en tanto, un manotazo al Buddy quien insistía en ponerme la mano sobre la pierna; pinche flaco, te voy a dar con el anillo de ámbar que me regaló mi abuelita.

En algún momento la conversación derivó en las hazañas de los caballeros; efectos del tequila, supongo. Y el Buddy cometió un pecado que disculparemos sólo por su fragilidad ósea; se jactó de sus erecciones interminables. Yo volteé a verlo e imaginé todo su cuerpo convertido en un sólo hueso fálico, militar, sin permiso de rendirse. No pude evitarlo; acabé con la magia de sus proezas con una frase: la imposibilidad de eyacular es el miedo a la madre. Buddy soltó mi rodilla y miró su reloj de pulsera, esa luna en su muñeca de bailarina. Me dedicó la mejor de sus sonrisas y dijo: ya es tarde y me esperan a cenar en casa. Yo le guiñé un ojo y le pasé mi anillo de ámbar: póntelo cuando saludes a tu jefa. Él me dio su reloj: cuando quieras, puedes tomarme el tiempo.