Antonio y yo estamos esperando el metrobús, frente al acceso al primer vagón: niños, mujeres, sillas de ruedas y personas de la tercera edad. Sujeto a mi niño con mano firme y le pido que no se acerque a la raya amarilla. Una viejita de andar trabajoso se acerca. Es más bajita que mi suegra, que ya es mucho decir. Me hago a un lado para dejarla pasar pero se coloca junto a mí. La anciana sonríe a mi hijo y le dice: ¡hola bebé! Mi niño la mira con expresión huraña y se esconde. Así son los niños; de inmediato saben quién les gusta y quién no. Ella no se desanima y le sonríe, agitando la mano. El Antonio se pone serio, me aprieta la mano y mira para otro lado. Guardamos silencio. El metrobús se aproxima. Sonrío para marcar el fin del encuentro. Entonces la viejita se dirige a mí en un tono cómplice:
-No vaya usted a pensar que me gustan las mujeres…
Vaya manera de presentarse.
-…Lo que pasa es que las admiro.
Perplejidad. Creo que mi abuelita no abordaba así a las señoras con niños.
Suena el silbato del metrobús. Bajo la vista y observo a esa viejita con cara de que no rompe un plato.
-Tome usted mucha agua, para conservar su piel.
Y el remate:
-Está usted muy bonita.
Las puertas del metrobús se abren.

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