Estábamos en una cantina con sus amigos, todos analizando a la chica de cabello largo que el buen Buddy les quería presentar. Yo guardaba un silencio respetuoso, hacía oídos sordos a sus fanfarronadas y comentarios poco amables para impresionar a los viejitos de la mesa vecina. Mientras, repasaba mentalmente los contenidos del examen del día siguiente. Modernismo, Generación del 29... De tanto en tanto, un manotazo al Buddy quien insistía en ponerme la mano sobre la pierna; pinche flaco, te voy a dar con el anillo de ámbar que me regaló mi abuelita.
En algún momento la conversación derivó en las hazañas de los caballeros; efectos del tequila, supongo. Y el Buddy cometió un pecado que disculparemos sólo por su fragilidad ósea; se jactó de sus erecciones interminables. Yo volteé a verlo e imaginé todo su cuerpo convertido en un sólo hueso fálico, militar, sin permiso de rendirse. No pude evitarlo; acabé con la magia de sus proezas con una frase: la imposibilidad de eyacular es el miedo a la madre. Buddy soltó mi rodilla y miró su reloj de pulsera, esa luna en su muñeca de bailarina. Me dedicó la mejor de sus sonrisas y dijo: ya es tarde y me esperan a cenar en casa. Yo le guiñé un ojo y le pasé mi anillo de ámbar: póntelo cuando saludes a tu jefa. Él me dio su reloj: cuando quieras, puedes tomarme el tiempo.
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