domingo, 27 de enero de 2019

Garganta profunda

En aquellos días, al Barbaján le había dado por ir al cine y estaba muy emocionado por la proyección de Garganta Profunda. Ni siquiera cuando inauguraron el burdel, escondido en el periférico y no muy distante de la secundaria, el Barbaján se había alborotado tanto. Suponemos que se enamoró de la protagonista y andaba por las amplias explanadas de la escuela contándole la historia a quien quisiera escucharlo. Las mujeres, por supuesto, estábamos excluidas de la audiencia ávida de la pornografía del Barbaján. A lo lejos, la Temible y yo observábamos al corrillo de secundarios, en el campo de futbol, Barbaján al centro, contorsionándose, haciendo gárgaras y representando no sé qué hazañas que sólo él y los compañeros festejaban, muertos de la risa. De lejos parecía un orangután en celo.  Las representaciones se hacían más atractivas porque en la cafetería todos cooperaban para comprar una cocacola familiar, que el Barbaján usaba para cada función. El final era el mismo siempre. El Barbaján agitaba la coca y los perseguía a todos para bañarlos con el negro líquido.

-Vélo al Barba, no puede ni correr- apuntó la Temible.
-¿Será por tanta coca?- , dije yo.
- Nunca juega fut; puros cuentos chaquetos.

Así las cosas en esos días. Antes de la película habían sido las excursiones al prostíbulo, en la lancha del Barbaján, pues era uno de los pocos a los que su papá le prestaba el carro. Pero en cuanto se cercioró de que no quedara ningún inocente en el grupo, las excursiones pasaron de moda. Llegado el plazo, también su relato actuado de la película dejó de causar furor. Alguien del grupo señaló que la película ya era muy vieja, Linda la protagonista ya era abuela y por más que el gordo intentó echarle más coca, su audiencia se apagó.

Las compañeras del grupo, como dije antes, estábamos excluidas de las narraciones. En una ocasión el Barbaján pasó junto a nosotras, al volver de la cancha, y nos miró con desdén para soltar su famosa frase: Mientras ustedes van de ida, yo ya voy de regreso”. No entendí bien a bien qué quería decir, pero la frase nunca se me olvidó.  En venganza, nos pusimos a platicar las historias que circulaban sobre él.

Y es que Lichita, nuestra tímida compañera del grupo, era su vecina. Ella nos contaba de las borracheras, del Barbaján papá que llegaba en la lancha ebrio, a media noche, con una que otra acompañante, y que la mamá del Barbaján tenía que salir corriendo a refugiarse con alguna vecina caritativa, antes de que la levantara el gordo de la cama a punta de balazos.

-       ¿Para qué inventa historias- decía la Temible- si en su casa sucede la acción?


Certera observación; en efecto, el Barbaján no soltaba prenda de esos relatos turbios. A él le gustaban los otros, donde él era el héroe; donde quedaba bien parado. Él y su aire de mundo, el compañero de mayor edad, reprobado en el salón pero que ya venía de regreso de quién sabe qué mundos viciados.  Podía contarnos de sus múltiples novias (que no veíamos por ninguna parte), de la vez que la lancha se había quedado hundida en el camino de terracería del periférico, de los cigarros que fumaba cuando se escapaba del salón de clase, pero lo que pasaba en su casa se quedaba ahí adentro, igual que la película porno en las imaginaciones de los compañeros. Nosotras no podíamos escuchar esas cosas pues, según él, nuestros oídos nunca más serían los mismos.
-       Pero a ti, Lichita, te cuento lo que quieras- decía el Barbaján con voz melosa.

Lichita se ponía colorada y lo corría. La Temible lo ponía en su lugar: pinche gordo, deja de estar chingando.

Por lo que a mí respecta, yo no tenía ni idea porqué tanto alboroto con la garganta profunda, y tampoco me interesaba mucho. Eso sí, estaba yo muy pendiente de la otra historia. Como si fuera radionovela, cada lunes acosábamos a la Lichita con preguntas y ella nos pasaba el parte de las infaltables parrandas de sus vecinos. Que si don Barbaján había chocado la lancha con el poste de luz, que las amantes habían armado tremenda trifulca, que los vecinos ya querían llamar a la policía. Y que la mamá de nuestro compañero no se iba porque estaba amenazada de muerte. Más o menos lo mismo cada sábado.

Llegó la semana santa y nos fuimos de vacaciones. Luego nos dieron otra semana más por la feria del pueblo, donde uno de los barbajanes mayores sería chambelán de la reina. Volvimos a la secundaria a marchas forzadas, pero el barbaján nos superó en flojera. No se presentó todo un mes.

Cuando por fin se dignó volver, entró a la escuela quemando llantas y levantando nubes de grava. Desde el carro de su papá se sentía soñado; lentes oscuros, pelo engominado. Tiene aires de padrote, dijo la Temible. No le hicimos mucho caso y él siguió con sus  ironías acostumbradas, pero ya no nos dijo aquéllo de “ustedes van de ida…”

Tal vez por nuestro desdén, el caso es que a la hora del recreo sacó una cartera y, muy espléndido, nos invitó unas empanadas.  A la gorra ni quién le corra.  Para nuestra sorpresa, hasta Lichita aceptó.  Pero al final de la comida, Alicia Rosales, la Lichita, cuadro de honor perpetuo, nos dejó perplejas a todas las compañeras: vamos a pedirle que nos cuente el cuento de la garganta profunda. Yo no daba crédito. ¿Lichita, la pudorosa, con semejante idea?

Nerviosismo general y frases airadas:

-¿No les basta con todas las empanadas que ya se tragaron?
-¿Por qué tenemos que escuchar sus marranadas?
-Yo no le voy a comprar la cocacola.

Así las cosas, algunas compañeras huyeron, ofendidas. La Temible se quedó pidiendo coperacha para el refresco tamaño familiar, yo me crucé de brazos pensando qué tal vez esa garganta podía ser más impactante que el cañón del sumidero, y dos compañeras se pusieron a rezar el rosario. Bueno, no. Pero dijeron que si la historia estaba muy subida de tono, ellas se iban a ir. El Barbaján quedó encantado cuando la mismísima Lichita, que nunca le hablaba, le hizo la invitación.


Nos volamos la clase de Educación Artística y llegamos al campo de futbol. El Barbaján estaba feliz y nos contó la película. Pasarían muchos años para que yo advirtiera, aún sin haber visto la película, que el éxito de la narración estaba en todo lo que el gordo inventaba, no tanto en lo que había visto. Nosotros ya sabíamos que a mitad de la proyección don Pepe el boletero se había metido a la sala, linterna en mano, a correr a todos los muchachitos, con la rechifla general y los gritos de los señores sorprendidos con la bragueta abierta.  El Barbaján se había vuelto a su casa, sólo y triste. Pero ahí, en el campo de futbol, no hubo interrupciones, jamás fue expulsado, jamás apareció el prefecto y fue feliz con su atentísima audiencia.  Estaba tan emocionado que nos perdonó el baño de coca, cerró con un duelo de albures con la Temible, que se las sabía de todas todas porque tenía dos hermanos mayores, y se desternilló de risa porque nadie, absolutamente nadie, se quiso tomar la cocacola familiar, que hervía de manoseos y sol.
Hasta Lichita, roja de pena, festejó la anécdota y al final despedimos al Barbaján con aplausos. Hasta los lentes dejó tirados.  Todas las chicas nos quedamos en la cancha.

-Tampoco le aplaudan tanto- dijo la Temible. Es muy alzado.
Lichita suspiró.
-Bueno, dije yo. A ver, Alicia, ¿por qué tanto interés en la película? ¿Por qué no le preguntaste a tu papá, si dicen que también estaba en la función de medianoche? - La Temible me miró con ojos de alarma. Ella me lo había contado.

Para mi sorpresa, Lichita no se ofendió con mi comentario. Bajó los ojos, se puso como tomate, y dijo con voz entrecortada:
- Es que… si se los cuento, ¿prometen no decírselo a los compañeros?
- Abre la boca Lichita, cuenta…- La animé yo.
- Otra garganta profunda…
- -¡Sh! ¡Silencio, Temible! Que aquí hay otro cuento.

Y entonces la tímida Lichita, ahí mismo, en mitad del campo de futbol, acabó con nuestra inocencia.  Así de brutales pueden ser las palabras.


Pasaron treinta años. En el ínter hubo varias reuniones de secundaria a las que asistíamos más o menos los mismos. Y justo la vez que se hizo el encuentro en un martes de feria, se apareció el Barbaján, estrenando dientes de oro, lentes Ray Ban y toda la cosa.
 
Después de unos tequilas, salió a la luz la historia de Lichita. En pleno sábado de Gloria, el Barbaján papá había llegado a su casa a medianoche con sus amigas y su mamá, creyendo que su marido no se atrevería a irse de juerga en la semana mayor, no se había levantado a tiempo de la cama. El animalote se le fue encima y fue nuestro compañero, el Barbaján, quien tuvo que intervenir. Recibió tremenda madriza. El recuerdo sería más profundo que todas las gargantas del mundo, porque le reventaron la boca y hasta se le cayeron algunos dientes. Animado por los tragos, el gordo nos platicó que había ido a dar al hospital y por eso había faltado a la escuela.

Sólo Lichita, su vecina, supo la verdad y por primera vez guardó silencio en el recuento de los lunes, para no avergonzar al gordo.  En cambio, le levantó la moral con su ocurrencia.

-Pura risa ese día ¡todas las compañeras escandalizadas!- dije yo en la reunión. -Nosotros de ida y los recuerdos de regreso.

-Sí pues- dijo el Barbaján, y se le quebró la voz.


La Temible iba a hacerle un chiste sobre esa otra garganta que tenía dentro un  nudo de años, pero le hicimos un gesto. Detrás de los Ray Ban, al gordo le escurrían las lágrimas.

2 comentarios: