En aquellos días, al Barbaján le había
dado por ir al cine y estaba muy emocionado por la proyección de Garganta Profunda. Ni siquiera cuando
inauguraron el burdel, escondido en el periférico y no muy distante de la
secundaria, el Barbaján se había alborotado tanto. Suponemos que se enamoró de
la protagonista y andaba por las amplias explanadas de la escuela contándole la
historia a quien quisiera escucharlo. Las mujeres, por supuesto, estábamos
excluidas de la audiencia ávida de la pornografía del Barbaján. A lo lejos, la
Temible y yo observábamos al corrillo de secundarios, en el campo de futbol,
Barbaján al centro, contorsionándose, haciendo gárgaras y representando no sé
qué hazañas que sólo él y los compañeros festejaban, muertos de la risa. De
lejos parecía un orangután en celo. Las
representaciones se hacían más atractivas porque en la cafetería todos
cooperaban para comprar una cocacola familiar, que el Barbaján usaba para cada función.
El final era el mismo siempre. El Barbaján agitaba la coca y los perseguía a
todos para bañarlos con el negro líquido.
-Vélo al Barba, no puede ni correr- apuntó
la Temible.
-¿Será por tanta coca?- , dije yo.
- Nunca juega fut; puros cuentos chaquetos.
Así las cosas en esos días. Antes de la
película habían sido las excursiones al prostíbulo, en la lancha del Barbaján,
pues era uno de los pocos a los que su papá le prestaba el carro. Pero en
cuanto se cercioró de que no quedara ningún inocente en el grupo, las
excursiones pasaron de moda. Llegado el plazo, también su relato actuado de la
película dejó de causar furor. Alguien del grupo señaló que la película ya era
muy vieja, Linda la protagonista ya era abuela y por más que el gordo intentó
echarle más coca, su audiencia se apagó.
Las compañeras del grupo, como dije antes,
estábamos excluidas de las narraciones. En una ocasión el Barbaján pasó junto a
nosotras, al volver de la cancha, y nos miró con desdén para soltar su famosa
frase: Mientras ustedes van de ida, yo ya voy de regreso”. No entendí bien a
bien qué quería decir, pero la frase nunca se me olvidó. En venganza, nos pusimos a platicar las
historias que circulaban sobre él.
Y es que Lichita, nuestra tímida compañera
del grupo, era su vecina. Ella nos contaba de las borracheras, del Barbaján
papá que llegaba en la lancha ebrio, a media noche, con una que otra
acompañante, y que la mamá del Barbaján tenía que salir corriendo a refugiarse
con alguna vecina caritativa, antes de que la levantara el gordo de la cama a
punta de balazos.
-
¿Para
qué inventa historias- decía la Temible- si en su casa sucede la acción?
Certera observación; en efecto, el
Barbaján no soltaba prenda de esos relatos turbios. A él le gustaban los otros,
donde él era el héroe; donde quedaba bien parado. Él y su aire de mundo, el
compañero de mayor edad, reprobado en el salón pero que ya venía de regreso de
quién sabe qué mundos viciados. Podía
contarnos de sus múltiples novias (que no veíamos por ninguna parte), de la vez
que la lancha se había quedado hundida en el camino de terracería del periférico,
de los cigarros que fumaba cuando se escapaba del salón de clase, pero lo que
pasaba en su casa se quedaba ahí adentro, igual que la película porno en las
imaginaciones de los compañeros. Nosotras no podíamos escuchar esas cosas pues,
según él, nuestros oídos nunca más serían los mismos.
-
Pero
a ti, Lichita, te cuento lo que quieras- decía el Barbaján con voz melosa.
Lichita se ponía colorada y lo corría. La
Temible lo ponía en su lugar: pinche gordo, deja de estar chingando.
Por lo que a mí respecta, yo no tenía ni
idea porqué tanto alboroto con la garganta profunda, y tampoco me interesaba
mucho. Eso sí, estaba yo muy pendiente de la
otra historia. Como si fuera radionovela, cada lunes acosábamos a la
Lichita con preguntas y ella nos pasaba el parte de las infaltables parrandas
de sus vecinos. Que si don Barbaján había chocado la lancha con el poste de luz,
que las amantes habían armado tremenda trifulca, que los vecinos ya querían
llamar a la policía. Y que la mamá de nuestro compañero no se iba porque estaba
amenazada de muerte. Más o menos lo mismo cada sábado.
Llegó la semana santa y nos fuimos de
vacaciones. Luego nos dieron otra semana más por la feria del pueblo, donde uno
de los barbajanes mayores sería chambelán de la reina. Volvimos a la secundaria
a marchas forzadas, pero el barbaján nos superó en flojera. No se presentó todo
un mes.
Cuando por fin se dignó volver, entró a la
escuela quemando llantas y levantando nubes de grava. Desde el carro de su papá
se sentía soñado; lentes oscuros, pelo engominado. Tiene aires de padrote, dijo
la Temible. No le hicimos mucho caso y él siguió con sus ironías acostumbradas,
pero ya no nos dijo aquéllo de “ustedes van de ida…”
Tal vez por nuestro desdén, el caso es que
a la hora del recreo sacó una cartera y, muy espléndido, nos invitó unas
empanadas. A la gorra ni quién le corra. Para nuestra sorpresa, hasta
Lichita aceptó. Pero al final de la comida, Alicia Rosales, la Lichita, cuadro de
honor perpetuo, nos dejó perplejas a todas las compañeras: vamos a pedirle que nos cuente
el cuento de la garganta profunda. Yo no daba crédito. ¿Lichita, la pudorosa,
con semejante idea?
Nerviosismo general y frases airadas:
-¿No les basta con todas las empanadas que
ya se tragaron?
-¿Por qué tenemos que escuchar sus
marranadas?
-Yo no le voy a comprar la cocacola.
Así las cosas, algunas compañeras huyeron,
ofendidas. La Temible se quedó pidiendo coperacha para el refresco tamaño
familiar, yo me crucé de brazos pensando qué tal vez esa garganta podía ser más impactante que el cañón del sumidero, y dos compañeras se pusieron a rezar el rosario. Bueno, no. Pero
dijeron que si la historia estaba muy subida de tono, ellas se iban a ir. El
Barbaján quedó encantado cuando la mismísima Lichita, que nunca le hablaba, le
hizo la invitación.
Nos volamos la clase de Educación
Artística y llegamos al campo de futbol. El Barbaján estaba feliz y nos contó
la película. Pasarían muchos años para que yo advirtiera, aún sin haber visto la
película, que el éxito de la narración estaba en todo lo que el gordo
inventaba, no tanto en lo que había visto. Nosotros ya sabíamos que a mitad de
la proyección don Pepe el boletero se había metido a la sala, linterna en mano,
a correr a todos los muchachitos, con la rechifla general y los gritos de los
señores sorprendidos con la bragueta abierta.
El Barbaján se había vuelto a su casa, sólo y triste. Pero ahí, en el
campo de futbol, no hubo interrupciones, jamás fue expulsado, jamás apareció el prefecto y fue feliz con su
atentísima audiencia. Estaba tan emocionado que nos perdonó el baño de
coca, cerró con un duelo de albures con la Temible, que se las sabía de todas
todas porque tenía dos hermanos mayores, y se desternilló de risa porque nadie,
absolutamente nadie, se quiso tomar la cocacola familiar, que hervía de
manoseos y sol.
Hasta Lichita, roja de pena, festejó la
anécdota y al final despedimos al Barbaján con aplausos. Hasta los lentes dejó tirados. Todas las chicas nos quedamos en la cancha.
-Tampoco le aplaudan tanto- dijo la
Temible. Es muy alzado.
Lichita suspiró.
-Bueno, dije yo. A ver, Alicia, ¿por qué
tanto interés en la película? ¿Por qué no le preguntaste a tu papá, si dicen
que también estaba en la función de medianoche? - La Temible me miró con ojos
de alarma. Ella me lo había contado.
Para mi sorpresa, Lichita no se ofendió
con mi comentario. Bajó los ojos, se puso como tomate, y dijo con voz
entrecortada:
- Es que… si se los cuento, ¿prometen no
decírselo a los compañeros?
- Abre la boca Lichita, cuenta…- La animé
yo.
- Otra garganta profunda…
- -¡Sh! ¡Silencio, Temible! Que aquí hay
otro cuento.
Y entonces la tímida Lichita, ahí mismo,
en mitad del campo de futbol, acabó con nuestra inocencia. Así de brutales pueden ser las palabras.
Pasaron treinta años. En el ínter hubo
varias reuniones de secundaria a las que asistíamos más o menos los mismos. Y
justo la vez que se hizo el encuentro en un martes de feria, se apareció el
Barbaján, estrenando dientes de oro, lentes Ray Ban y toda la cosa.
Después de unos tequilas, salió a la luz
la historia de Lichita. En pleno sábado de Gloria, el Barbaján papá había
llegado a su casa a medianoche con sus amigas y su mamá, creyendo que su marido
no se atrevería a irse de juerga en la semana mayor, no se había levantado a
tiempo de la cama. El animalote se le fue encima y fue nuestro compañero, el
Barbaján, quien tuvo que intervenir. Recibió tremenda madriza. El recuerdo
sería más profundo que todas las gargantas del mundo, porque le reventaron la
boca y hasta se le cayeron algunos dientes. Animado por los tragos, el gordo
nos platicó que había ido a dar al hospital y por eso había faltado a la
escuela.
Sólo Lichita, su vecina, supo la verdad y
por primera vez guardó silencio en el recuento de los lunes, para no avergonzar
al gordo. En cambio, le levantó la moral
con su ocurrencia.
-Pura risa ese día ¡todas las compañeras
escandalizadas!- dije yo en la reunión. -Nosotros de ida y los recuerdos de
regreso.
-Sí pues- dijo el Barbaján, y se le quebró
la voz.
La Temible iba a hacerle un chiste sobre
esa otra garganta que tenía dentro un
nudo de años, pero le hicimos un gesto. Detrás de los Ray Ban, al gordo
le escurrían las lágrimas.
Maravilloso relato ������
ResponderEliminarMuchas gracias, Gabita.
ResponderEliminar