Me llegan noticias de mi tierra.
El pueblo ha cumplido cuatrocientos noventa años. Una edad demasiado
larga de escribir. Recorro las letras
con mis ojos y me sobresalto. Una escena infantil llega a mi mente; voy con
mi grupo de primaria, todos uniformados, al parque central, a cantar “San
Cristóbal de Las Casas, acuarela colonial/ donde se funden dos razas, bellas
como un madrigal”. Los cantos, que nos
hemos aprendido de memoria, forman parte del evento conmemorativo de los
cuatrocientos cincuenta años de la fundación de la ciudad. Los años me caen encima de un golpe. ¡En la
madre! Han pasado cuarenta años desde aquella mañana en el parque. ¿En qué momento transcurrió mi vida? Golpe
abrupto. ¿Cómo llegué hasta hoy, qué niños van a cantar bajo el palacio municipal,
ahora convertido en museo, cuando se cumplan quinientos años y yo… ¿Estaré
viva para entonces?
Había llegado un visitante distinguido desde Ciudad Real, España, con todo y su séquito. ¿Inauguraron
una estatua del conquistador Don Diego (aquí titubeo, mi memoria me falla)? El presidente municipal era el profesor Jorge
Paniagua Herrera, distinguido cronista de la ciudad, el del habla culta y
elegante, como de otra época, saludando desde el balcón. Los niños estábamos concentrados en cantar,
reproduciendo la letra ensayada mil veces.
Ahora que la cito, ya eso de la fundición de las razas me parece una
ironía. Tan ríspida fue esa mezcla que resultó en un levantamiento en 1994,
además de otros que la historia se ha encargado de disimular. Pero en ese
momento no se trataba de descifrar el contenido de la canción. Era el himno
para honrar aquella ciudad que yo consideraba la más bonita del mundo.
La habíamos recorrido hasta el cansancio, en automóvil, siempre
rodeándola por el anillo periférico, entonces de terracería, y en efecto, el
camino marcaba las afueras de la ciudad.
Mi padre iba a vuelta de rueda, en un coche demasiado largo, una lancha
que casi arrastraba la carrocería por la superficie de grava blanca. La lentitud
era una tortura para mi impaciencia infantil. De vez en cuando, en el camino, un Judas,
esperando su fin en sábado de gloria. De
pronto, las vacas volviendo de pastar, y su pastor caminando detrás, con la
misma tranquilidad de los animales. A
veces, un motociclista sin casco que de tanto en tanto, se quedaba atorado y
hacía malabares para volver a encender el motor. Más allá, un improvisado puesto de frutas o
tamales. Una que otra choza; niños
curiosos asomándose. Y de golpe, la
ignominia: la aparición imprevista de un banco de arena, oculto a la vista de
los habitantes del valle. ¿Por qué se
quejan, jóvenes –me dijeron un día-, que no saben que ese banco le da de comer
a muchas familias? Se referían a los que acarreaban el material; no a los
dueños de los predios.
Bancos periféricos aparte, la carretera Panamericana hacía
evidente un banco de arena enorme, próximo a la curva de Salsipuedes. La arena
del cerro mermada, el cerro aún de pie, y hasta arriba, aquella roca que
habíamos bautizado como “La mujer de piedra”, misma que al cabo de los años
habría de convertirse en el augurio funesto de la destrucción de San
Cristóbal. No es que la roca en sí fuese
un mal presagio. Al contrario. Nos
gustaba pasar, en el Renault 4, aquél con forma de zapatito, y saludar,
desde abajo, a aquella mujer embozada y hierática, majestuosa e
inamovible. Miento con el último
adjetivo. Un día, ya pasados mis treinta
años, alcé la vista y descubrí con horror que ya no estaban. Ni la mujer de
piedra ni el cerro. Su desaparición fue el mal augurio. Yo no quise volver más al periférico, pavimentado
de tiempo atrás, porque sabía que aquellos bancos de arena medio disimulados
habían crecido, que los camiones “materialistas” descendiendo por la colonia
Real del Monte se estaban llevando, en efecto, la materia, la geografía de mi
pueblo y que el paisaje de la ciudad más bonita del mundo no volvería a ser el
mismo jamás.
La mujer de piedra, ausente, había atestiguado cómo se iban
minando las montañas y como caía el agua de lluvia, sin freno, sin árboles
contenedores, sobre un valle al que le quedaban unos pocos humedales, un
territorio siempre en peligro de desaparecer bajo un montón de viviendas. Esa mujer sabía también que los cerros que
circundaban el valle estaban poblándose ya por los expulsados de las
comunidades aledañas. Y que La Hormiga
daría mucho de qué hablar más adelante.
Los años perdidos no volverán.
Lugar común. Dichosos aquéllos
que no saben cómo era el San Cristóbal de mis diez años. Los campos nocturnos
iluminados por los marticuiles. No podrán extrañar ese parque infantil junto al
mercado José Castillo Tielmans, porque nunca lo conocieron ni fueron a patinar
ahí. Jamás fueron a caminar por el rumbo de San Nicolás ni se subieron al
teleférico. Por supuesto que las
memorias de infancia (el pasado en general) se idealiza, a menos que nos vaya muy mal. Ya lo dijo Rosario: "el recuerdo embellece lo que toca". Y además de retocar, la memoria es selectiva y caprichosa. Sin ir más lejos: el presidente municipal en aquél lejano 1978 era don Pepe Jiménez, pero mi memoria instaló a don Jorge Paniagua en el balcón, sitio que ocuparía hasta un año después. Gracias a Gaby López Coello por la precisión.
Las contradicciones de un pueblo, esas que existen en todas las épocas de la historia, quizá pasen desapercibidas para los ojos de un niño, pero están a la vista de los adultos, las quieran ver o no. A fin de cuentas, la Chayo no era bienvenida en Ciudad Real, porque había escrito un libro infame, donde mencionaba lo inmencionable. Mi Sancris era de una belleza y un conservadurismo recalcitrante, un grupo de señores indignados porque los tuxtlecos “se robaron los poderes”, una añoranza aferrada a la discriminación. Años más tarde, recibirían el mote de “auténticos”, y pelearían con el obispo Samuel.
Las contradicciones de un pueblo, esas que existen en todas las épocas de la historia, quizá pasen desapercibidas para los ojos de un niño, pero están a la vista de los adultos, las quieran ver o no. A fin de cuentas, la Chayo no era bienvenida en Ciudad Real, porque había escrito un libro infame, donde mencionaba lo inmencionable. Mi Sancris era de una belleza y un conservadurismo recalcitrante, un grupo de señores indignados porque los tuxtlecos “se robaron los poderes”, una añoranza aferrada a la discriminación. Años más tarde, recibirían el mote de “auténticos”, y pelearían con el obispo Samuel.
El pueblo de mi niñez no tenía andadores ni turistas atraídos por
la etiqueta del “pueblo mágico”. A las
ocho de la noche la ciudad se hundía en la oscuridad y el silencio. Y sólo la despertaba el frío de la madrugada, cubierta por un manto de niebla. Y sus
campos de escarcha por la helada. Los turistas de entonces, en su mayoría
extranjeros, aquéllos que se habían detenido en Jovel, eran los que habían
descubierto esa otra magia, no perceptible a las miradas indiferentes. Eran los ojos de aquéllos que advertían que
las dos razas no sólo no se habían fundido, sino que caminaban, según su
jerarquía y su color, arriba o debajo de la banqueta. Y que se fueron a la selva, en ese entonces
una mina de oro para madereros y “descubridores” de ruinas y culturas
milenarias.
Aquéllos eran los que habían cedido al embrujo que San Cristóbal
ejerce aún sobre los visitantes, quienes ahora llegan por oleadas y compran
casas y se enamoran de lo bonito, el primer cuadro y no ven las amenazas que se
ciernen sobre el valle: basura, ríos contaminados (¿la canción no hablaba del
Fogótico, del río Amarillo?), pugnas por el control del comercio,
enfrentamientos en el mercado, líderes mercenarios, bloqueos, paraíso de políticos
saqueadores, más arena para las construcciones, y un resentimiento sordo, una
alegría amarga cuando linchan a alguien. ¿Y la fusión de la canción? ¿No que
todo era paz y armonía? ¿Postal de calendario?
Y con todo, mi pueblo tiene
su magia: el ponche con piquete, los tamalitos de mumu y chipilín, los
intrépidos ciclistas que reivindicaron la frase que los tuxtlecos decían como
insulto (¡pueblo bicicletero!), las fiestas de barrio, los maitines, los
panzudos, los cuxtitaleros (hoy cuxtitalianos), los berridos de los pobres
puercos, los carros alegóricos, la emoción de recibir un saludo de la reina, la
coronación, la marimba tocando en el kiosko Caminito
a San Cristóbal, las campanadas de las iglesias hoy dañadas con el temblor
de septiembre, los carros engalanados para subir el cerrito de San Cristóbal cada veinticinco de julio,
los tamalitos de manjar en el mercado, las señoras que van vendiendo atole de
granillo, casa por casa, las calles de laja, tan resbalosas. Los vecinos tan fijados, tan pendientes. La estatua de Fray Ba, que nunca miro. Un mi cafecito con pan a las siete de la mañana, para espantar el frío.… Y mis
recuerdos familiares: don Ramiro Ramos y doña Carmelita bailando para siempre
en el patio de Francisco I. Madero número 24, decorado con bugambilias moradas,
un pasodoble (¡Silverio Pérez!) con la marimba de Horacio.
San Cristóbal es todo eso y más. Es un contingente derrumbando la
estatua de don Diego de Mazariegos, a punta de marro, el doce de octubre de
1992. Es el profesor Jorge que ya no
está. Es una ciudad contradictoria y hermosa. Es un nudo en mi garganta. Es un grupo de
niños de diez años que volverán a cantar cuando se celebren los quinientos, los
mil años. Y un reloj de arena que cae sin piedad.
Ciudad
de México; 4 de abril de 2018.
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| Calle Doctor Felipe Flores |

Magistral mi querida Italia.
ResponderEliminarGracias, Gabita. Vos demasiado generosa, como siempre.
EliminarEl final tiene el tono como si volviera a empezar, pero es un texto bello. Soy tu fan
ResponderEliminar¿Y por qué precisamente esa calle It?, ia basta
ResponderEliminarNo tienes por qué saberlo, Peque, pero esa foto la tomé yo misma hace años. Y ahí estuvo estacionado ese camioncito por años. El día que ya no lo vi más, supe que algo había cambiado, para siempre. En esa calle, además, viven mis tías Ramos. Mis afectos, pues.
EliminarEn efecto, magistral. Es como la segunda parte de Oro de siglos, en prosa poetica..Final amargo..
ResponderEliminarGracias, Nina. El final amargo era inevitable.
EliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarHermosa narrativa. Yo también viví mi niñez en San Cristobalito.
ResponderEliminaralguien me podria decir quien es el compositor de la cancion san cristobal de las casas acuerela colonial ,
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