jueves, 5 de abril de 2018

San Cristóbal de Las Casas

Me llegan noticias de mi tierra.  El pueblo ha cumplido cuatrocientos noventa años. Una edad demasiado larga de escribir.  Recorro las letras con mis ojos y  me sobresalto.  Una escena infantil llega a mi mente; voy con mi grupo de primaria, todos uniformados, al parque central, a cantar “San Cristóbal de Las Casas, acuarela colonial/ donde se funden dos razas, bellas como un madrigal”.  Los cantos, que nos hemos aprendido de memoria, forman parte del evento conmemorativo de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación de la ciudad.  Los años me caen encima de un golpe. ¡En la madre!  Han pasado cuarenta años desde aquella mañana en el parque. ¿En qué momento transcurrió mi vida? Golpe abrupto. ¿Cómo llegué hasta hoy, qué niños van a cantar bajo el palacio municipal, ahora convertido en museo, cuando se cumplan quinientos años y yo… ¿Estaré viva para entonces?

Había llegado un visitante distinguido desde Ciudad Real, España, con todo y su séquito. ¿Inauguraron una estatua del conquistador Don Diego (aquí titubeo, mi memoria me falla)?  El presidente municipal era el profesor Jorge Paniagua Herrera, distinguido cronista de la ciudad, el del habla culta y elegante, como de otra época, saludando desde el balcón.  Los niños estábamos concentrados en cantar, reproduciendo la letra ensayada mil veces.  Ahora que la cito, ya eso de la fundición de las razas me parece una ironía. Tan ríspida fue esa mezcla que resultó en un levantamiento en 1994, además de otros que la historia se ha encargado de disimular. Pero en ese momento no se trataba de descifrar el contenido de la canción. Era el himno para honrar aquella ciudad que yo consideraba la más bonita del mundo.

La habíamos recorrido hasta el cansancio, en automóvil, siempre rodeándola por el anillo periférico, entonces de terracería, y en efecto, el camino marcaba las afueras de la ciudad.  Mi padre iba a vuelta de rueda, en un coche demasiado largo, una lancha que casi arrastraba la carrocería por la superficie de grava blanca. La lentitud era una tortura para mi impaciencia infantil.  De vez en cuando, en el camino, un Judas, esperando su fin en sábado de gloria.  De pronto, las vacas volviendo de pastar, y su pastor caminando detrás, con la misma tranquilidad de los animales.  A veces, un motociclista sin casco que de tanto en tanto, se quedaba atorado y hacía malabares para volver a encender el motor.  Más allá, un improvisado puesto de frutas o tamales.  Una que otra choza; niños curiosos asomándose.  Y de golpe, la ignominia: la aparición imprevista de un banco de arena, oculto a la vista de los habitantes del valle.   ¿Por qué se quejan, jóvenes –me dijeron un día-, que no saben que ese banco le da de comer a muchas familias? Se referían a los que acarreaban el material; no a los dueños de los predios.

Bancos periféricos aparte, la carretera Panamericana hacía evidente un banco de arena enorme, próximo a la curva de Salsipuedes. La arena del cerro mermada, el cerro aún de pie, y hasta arriba, aquella roca que habíamos bautizado como “La mujer de piedra”, misma que al cabo de los años habría de convertirse en el augurio funesto de la destrucción de San Cristóbal.  No es que la roca en sí fuese un mal presagio.  Al contrario. Nos gustaba pasar, en el Renault 4, aquél con forma de zapatito, y saludar, desde abajo, a aquella mujer embozada y hierática, majestuosa e inamovible.  Miento con el último adjetivo.  Un día, ya pasados mis treinta años, alcé la vista y descubrí con horror que ya no estaban. Ni la mujer de piedra ni el cerro. Su desaparición fue el mal augurio.  Yo no quise volver más al periférico, pavimentado de tiempo atrás, porque sabía que aquellos bancos de arena medio disimulados habían crecido, que los camiones “materialistas” descendiendo por la colonia Real del Monte se estaban llevando, en efecto, la materia, la geografía de mi pueblo y que el paisaje de la ciudad más bonita del mundo no volvería a ser el mismo jamás. 

La mujer de piedra, ausente, había atestiguado cómo se iban minando las montañas y como caía el agua de lluvia, sin freno, sin árboles contenedores, sobre un valle al que le quedaban unos pocos humedales, un territorio siempre en peligro de desaparecer bajo un montón de viviendas.  Esa mujer sabía también que los cerros que circundaban el valle estaban poblándose ya por los expulsados de las comunidades aledañas.  Y que La Hormiga daría mucho de qué hablar más adelante.

Los años perdidos no volverán.  Lugar común.  Dichosos aquéllos que no saben cómo era el San Cristóbal de mis diez años. Los campos nocturnos iluminados por los marticuiles. No podrán extrañar ese parque infantil junto al mercado José Castillo Tielmans, porque nunca lo conocieron ni fueron a patinar ahí. Jamás fueron a caminar por el rumbo de San Nicolás ni se subieron al teleférico.  Por supuesto que las memorias de infancia (el pasado en general) se idealiza, a menos que nos vaya muy mal. Ya lo dijo Rosario: "el recuerdo embellece lo que toca". Y además de retocar, la memoria es selectiva y caprichosa. Sin ir más lejos: el presidente municipal en aquél lejano 1978 era don Pepe Jiménez, pero mi memoria instaló a don Jorge Paniagua en el balcón, sitio que ocuparía hasta un año después. Gracias a Gaby López Coello por la precisión.

Las contradicciones de un pueblo, esas que existen en todas las épocas de la historia, quizá pasen desapercibidas para los ojos de un niño, pero están a la vista de los adultos, las quieran ver o no.  A fin de cuentas, la Chayo no era bienvenida en Ciudad Real, porque había escrito un libro infame, donde mencionaba lo inmencionable.  Mi Sancris era de una belleza y un conservadurismo recalcitrante, un grupo de señores indignados porque los tuxtlecos “se robaron los poderes”, una añoranza aferrada a la discriminación. Años más tarde, recibirían el mote de “auténticos”, y pelearían con el obispo Samuel.

El pueblo de mi niñez no tenía andadores ni turistas atraídos por la etiqueta del “pueblo mágico”.  A las ocho de la noche la ciudad se hundía en la oscuridad y el silencio. Y sólo la despertaba el frío de la madrugada, cubierta por un manto de niebla. Y sus campos de escarcha por la helada. Los turistas de entonces, en su mayoría extranjeros, aquéllos que se habían detenido en Jovel, eran los que habían descubierto esa otra magia, no perceptible a las miradas indiferentes.  Eran los ojos de aquéllos que advertían que las dos razas no sólo no se habían fundido, sino que caminaban, según su jerarquía y su color, arriba o debajo de la banqueta.  Y que se fueron a la selva, en ese entonces una mina de oro para madereros y “descubridores” de ruinas y culturas milenarias.

Aquéllos eran los que habían cedido al embrujo que San Cristóbal ejerce aún sobre los visitantes, quienes ahora llegan por oleadas y compran casas y se enamoran de lo bonito, el primer cuadro y no ven las amenazas que se ciernen sobre el valle: basura, ríos contaminados (¿la canción no hablaba del Fogótico, del río Amarillo?), pugnas por el control del comercio, enfrentamientos en el mercado, líderes mercenarios, bloqueos, paraíso de políticos saqueadores, más arena para las construcciones, y un resentimiento sordo, una alegría amarga cuando linchan a alguien. ¿Y la fusión de la canción? ¿No que todo era paz y armonía? ¿Postal de calendario?

Y con todo, mi pueblo tiene su magia: el ponche con piquete, los tamalitos de mumu y chipilín, los intrépidos ciclistas que reivindicaron la frase que los tuxtlecos decían como insulto (¡pueblo bicicletero!), las fiestas de barrio, los maitines, los panzudos, los cuxtitaleros (hoy cuxtitalianos), los berridos de los pobres puercos, los carros alegóricos, la emoción de recibir un saludo de la reina, la coronación, la marimba tocando en el kiosko Caminito a San Cristóbal, las campanadas de las iglesias hoy dañadas con el temblor de septiembre, los carros engalanados para subir el cerrito de San Cristóbal cada veinticinco de julio, los tamalitos de manjar en el mercado, las señoras que van vendiendo atole de granillo, casa por casa, las calles de laja, tan resbalosas. Los vecinos tan fijados, tan pendientes. La estatua de Fray Ba, que nunca miro. Un mi cafecito con pan a las siete de la mañana, para espantar el frío.  Y mis recuerdos familiares: don Ramiro Ramos y doña Carmelita bailando para siempre en el patio de Francisco I. Madero número 24, decorado con bugambilias moradas, un pasodoble (¡Silverio Pérez!) con la marimba de Horacio. 

San Cristóbal es todo eso y más. Es un contingente derrumbando la estatua de don Diego de Mazariegos, a punta de marro, el doce de octubre de 1992.  Es el profesor Jorge que ya no está. Es una ciudad contradictoria y hermosa.  Es un nudo en mi garganta. Es un grupo de niños de diez años que volverán a cantar cuando se celebren los quinientos, los mil años. Y un reloj de arena que cae sin piedad.



Ciudad de México; 4 de abril de 2018.

Calle Doctor Felipe Flores

10 comentarios:

  1. El final tiene el tono como si volviera a empezar, pero es un texto bello. Soy tu fan

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  2. ¿Y por qué precisamente esa calle It?, ia basta

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    1. No tienes por qué saberlo, Peque, pero esa foto la tomé yo misma hace años. Y ahí estuvo estacionado ese camioncito por años. El día que ya no lo vi más, supe que algo había cambiado, para siempre. En esa calle, además, viven mis tías Ramos. Mis afectos, pues.

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  3. En efecto, magistral. Es como la segunda parte de Oro de siglos, en prosa poetica..Final amargo..

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  5. Hermosa narrativa. Yo también viví mi niñez en San Cristobalito.

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  6. alguien me podria decir quien es el compositor de la cancion san cristobal de las casas acuerela colonial ,

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