jueves, 19 de abril de 2018

La abusadora

“Ni tú ni mi madre saben lo que es pasar hambres; siempre las han mantenido”.  La frase sale de sus labios con la superioridad moral de quienes afirman “yo siempre he trabajado, a mí nadie me regaló nada”.  Está bien. Pero añade: “Jamás he explotado a alguien”. A ver si puedes, capitalista.

Dorotea nunca dice su edad.  La fecha de mil novecientos treinta y tantos está escondida como su fe de bautismo, en una parroquia de un pueblo del sureste mexicano. Es la tercera de una familia de siete hijos. Para bautizarla, sus padres consultaron el santoral. Su género decidió su sino del nacimiento a la muerte: servir. Dora, la humilde servidora. A cargar con su cruz.

A propósito de dependencias, conviene recordar que todos los seres humanos pasamos por una etapa inicial de manutención. Dependemos de otros. De no ser así, moriríamos a las pocas horas de llegar al mundo. ¿No nos repiten hasta el cansancio, cuando nos quejamos de nuestros padres, que gracias a ellos no morimos de hambre y de frío? Que luego algunos no queramos abandonar la zona de confort es otro asunto. El mismo Dorito quería vivir con sus padres hasta en la eternidad. Por lo que a mí respecta, no desdeñaría una pensión vitalicia y hasta un postdoctorado. Pero doña Dora es otro cantar.

¿Mantenida tu mamá? “Lo digo como cumplido”, enfatiza el Dorito. “Yo la admiro por vivir  de otros”. ¡Ah, caray! ¿Entonces es Dora la vividora? El juego de sumar adjetivos con rima continúa. Me reservo algunos.

Por un lado, la palabra “mantenido(a)” es un insulto en este país. Por otro, es la ambición secreta de muchos. Todos quieren estar en la nómina, en la partida secreta o ser aviadores sin escrúpulos. Que nos mantenga papá gobierno. Y el que trabaja recibe ataques. Los lords y las ladies borrachas de las redes sociales insultan a los empleados con términos como “pinche gato” y “asalariado de mierda”. 

Las acepciones varían según el género. “Mantenida” es a todas luces peyorativo; si tiene lana, es una señora que sólo se ocupa en pintarse las uñas e ir al gym.  Si es pobre es un ama de casa que se parte el lomo atendiendo a su familia y se le acusa de fodonga y de “no hacer nada”.  “Mantenido” puede ser sinónimo de estatus: gigoló, vividor, padrote.  Sin embargo, también se le equipara con el mandilón, hombre dominado por su mujer o que hace labores domésticas. El gremio lo ridiculiza y hasta duda de su virilidad. La mujer puede quedarse en casa a criar a los hijos; si un hombre decide hacerlo, le llueven los ataques.

En el estado de Oaxaca se pregona, con orgullo, el empoderamiento de sus mujeres. Decimos Juchitán y nos viene a la mente el matriarcado y el traje de tehuana. Lástima que Dorita no nació ahí sino en un poblado recóndito a donde se llega, en pleno siglo veintiuno, por caminos empolvados de terracería. Y si eso es ahora, cuando Dorita llegó al mundo los patriarcas eran la autoridad absoluta y las mujeres no contaban más que como súbditos de los varones: papá, hermanos, tíos; hasta el cura. Y después el marido. Si Dora no se casaba, tenía dos opciones: vivir en la casa paterna, mantenida por los padres. Dora la chambeadora sin goce de sueldo. O bien, sirvienta en casa ajena.

El padre de Dora se casó con una mujer inmensa de piel blanca y largas trenzas, cualidades muy apreciadas en el pueblo. La blancura para mejorar la raza; las trenzas para jaloneárselas. El señor, celoso en extremo, le propinaba unas palizas ejemplares a su esposa, un día sí y el otro también, y después lloraba, arrepentido. La güera soportó estoicamente las madrizas hasta el día de su muerte. No sorprende que todas las Doritas se casaran con hombres golpeadores, si ahí no había más escuela que los madrazos y las oraciones. Dora la rezadora. Encomiéndate a dios porque vas a pagar tu sustento con mano de obra.

El viudo jamás se preguntó quién lo iba a mantener. En el pueblo esa cuestión está zanjada desde tiempos inmemoriales: todos los hijos nacen para mantener a los padres hasta la muerte de éstos. Es la tradición del pueblo, dicen los Doritos. Y antes era peor. En la primera mitad del siglo veinte, las niñas ni siquiera iban a la escuela. Si acaso un año, para aprender los rudimentos de la escritura y la gramática. Un profesor les sacaba del cuerpo su lengua materna, a punta de reglazos,  porque “hablar idioma”  era motivo de discriminación.  A la fecha, Doña Dora sólo habla esa otra lengua con su marido, cuando nadie más la escucha.

La servidumbre de Dora y sus hermanas, comenzó con las labores de la casa, y una vez que estuvieron grandecitas, fueron enviadas a las capitales del estado y del país, sucesivamente, para trabajar como empleadas domésticas. Cada mes llegaba a visitarlas uno de los hermanos mayores, para recoger el salario íntegro y enviarlo a los padres. Dora la proveedora. Ellas sabían que si se atrevían a guardarse algo, el castigo no se haría esperar. De esos años queda aún la imagen de una niña anciana y silenciosa, que comía poco y mal, escondida en un rincón de la cocina.


En una de esas raras visitas a la casa paterna, alguien se fijó en Dora. La muchacha era ya una solterona de treinta años. Una tradición del pueblo exigía que el pretendiente llegase a barrer la casa de la novia antes de la boda, en un gesto de sumisión a la familia política.  El novio de Dora se negó a cumplir el ritual. ¿Para qué –dijo el soberbio-, si ella es la barredora? Bonito nombre, reducido a la categoría de trabajos forzados: secadora, lavadora, planchadora. Hasta recogedora.

El marido tenía afanes de superación, así que emigró con su esposa a la ciudad de México. Pero la mejoría no incluía la emancipación de su señora. Él tenía la misión de mantenerla a ella y a sus hijos. Y ella, continuar siendo la sirvienta de la casa, además de recibir burlas, infidelidades y golpes de un señor que necesitaba afirmarse por la vía de la humillación y la violencia. Por añadidura, Dora la aguantadora volvió a emplearse como sirvienta, porque no alcanzaba con el salario del señor.


Hoy doña Dora es una anciana que renguea pero aún cocina, barre y lava a mano aunque ya tiene lavadora. No acepta que los Doritos le paguen una ayudante, porque su marido tiene el hábito de enamorar a las sirvientas jóvenes. Es una mujer que borró su identidad para construir la de otros. Habla poco pero eso sí, alza la voz cuando se trata de defender los valores de una buena mujer del pueblo; la sumisión y la invisibilidad. Desaprueba que sus hijos hagan labores caseras (¡si para eso se casaron!) y lamenta no haber tenido una hija que la cuidara hasta su muerte.

Es paradójico darle el atributo de mantenida a una mujer que ha dedicado una vida entera a sostener la economía familiar. Más paradójico, que su hijo le atribuya una condición privilegiada que jamás tuvo y disfrace con un eufemismo su servidumbre.  Esa palabra tiene un tinte de vergüenza inconfesable. A Dora no podemos adjetivarla como triunfadora. No tiene permiso. Si acaso, no dudo que haya disimulado su hartazgo.  Sólo he visto sus atisbos de rabia cuando me niego a probar su comida. Ella, la que come poco, quiere darme una sopa de su propio chocolate.

Me levanto, pues, a lavar los platos, con un clásico de Laura León a la hora de realizar los quehaceres: La abusadora . Y mientras abro las llaves y acomodo los trastes, voy fraguando un texto en mi cabeza. No sé lo que es pasar hambres. Sólo sé que la venganza es un plato que se sirve frío y se come despacio.

15 de marzo de 2018.





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