Cuando tenía siete años, mi padre me
llevó a lo más alto del edificio, a donde sólo se podía acceder por una
escalera de hierro adosada a la pared. Ágil como un mono, me esperó arriba,
divertido por mis esfuerzos. Cuando
logré el objetivo, lo encontré ahí, los brazos en jarras, en ese gesto que hacía para
sentirse poderoso y con el marco del espectacular de la Rubia Superior a sus
espaldas. Hice un esfuerzo y me levanté del suelo empolvado, tratando de que la
tierra disimulara el sudor de mis manos.
Mi papá anunció en tono solemne: En la
vida, hijo, hay que llegar a jefe. Yo más
bien quería ser como Batman, y por eso cuando jugaba me amarraba al cuello la
toalla que usábamos para secar a Tobi. Era
negra, muy larga y ondeaba con el viento. ¿Por qué jefe, papá? ¿Cómo por
qué? ¡Pues para ser el mandamás del
mercado! ¡Para chingar a los demás! Alargó
la A, como si la palabra pudiera lloverle no sólo a los transeúntes de la
avenida, sino a toda la ciudad.
Aunque yo no tenía muy claro entonces por
qué habría que fastidiar a los demás (yo no decía chingar en aquél entonces; me
hubiera regañado la maestra), pensé en don Chucho, el taquero de la esquina. Él
era jefe. Había conseguido el éxito, porque cuando picaba el suadero, ponía a
temblar a los ayudantes a golpes de cuchillo y mentadas de madre. ¿Yo tendría que hacer lo mismo en un
futuro? Me pregunté más tarde, mientras me anudaba la toalla al
cuello. Pensé en el caballero de la noche. Batman, me dije, combate a los
criminales. Pero no parece un mandamás.
Ni siquiera trata mal a su mayordomo.
Más exitoso que el taquero, era don
Hernán, el español, dueño del edificio. En la escuela la maestra nos había
platicado la conquista, y como le había dado en la torre a la gran
Tenochtitlan. A la mejor don Hernán era
descendiente directo de ese otro hombre exitoso, que había vencido a los
aztecas. Lo único que no me quedaba muy
claro era por qué había llorado en la noche triste. Los chingones, decía mi papá, no lloraban
nunca. Bueno, mi papá sí, un poco,
cuando tomaba, pero al día siguiente volvía a ser el de siempre, tan seguro de
sí mismo. En cuanto a don Hernán,
trataba mal a la gente. Y sólo tenía una
preocupación; que no le fueran a robar su dinero. El taquero, al menos,
repartía cada noche lo que no se vendía, y yo veía salir a los ayudantes, con
sus tacos de bistec y suadero.
Luis, mi compañero de banca, se reía de
mí. Decía que si la máquina del
tiempo nos llevara al sitio de la gran
Tenochtitlan, nunca íbamos a estar en las filas de don Hernán. Y lo peor, ni siquiera entre los Tlatoanis
aztecas. Si acaso, sentenciaba Luis, seríamos del montón, porque cuándo has
visto, aparte de don Porfirio y tu tocayo, que un prieto pelos necios llegue
hasta las alturas. Con suerte seríamos achichincles de los aztecas. Y no había
manera de hacer cambiar a Luis de opinión.
Pero el papá de Luis en realidad era otro
hombre poderoso. Había pasado de chalán a chofer y de ahí, no sé cómo, a líder
sindical. Ahora tronaba los dedos y de
inmediato corrían su chofer y su secretaria a preguntarle que quería. Todos sus hijos tenían charola, algo así como
un pase mágico que les abría todas las puertas. Batman tenía a Alfredo, el
mayordomo. Pero no sé, creo que Batman no necesitaba que los demás supieran que
era importante. Al contrario. Siempre se escondía en la oscuridad.
Mi padre siempre soñó con estar en las
alturas. Y lo consiguió. Vivíamos en la azotea de un edificio de diez pisos,
junto a los tendederos y los tanques de gas, en dos pequeños cuartos remachados
con tablones y muebles conseguidos en La Lagunilla. Muy parecido al cuartel de
Bruno Díaz, pensaba yo. Mi papá se reía
de todos los tíos, que del pueblo habían pasado a las orillas de la ciudad, y
me decía: allá ellos, en los lodazales; lo importante es estar con la gente de
razón.
Y don Hernán sería gente de razón, porque
siempre la tenía, pero no veía con buenos ojos que yo fuera a la escuela. Mira
Benito, lo que yo necesito es que tú aprendas plomería. Vas a ganar mucho
dinero, pero a mí no me vas a cobrar. Yo
no decía nada. Sabía que no entendía más razón que la suya, aunque nunca
aprendí a responderle del mismo modo que lo hacía mi papá: sí don Hernán, lo
que usted mande don Hernán, ahorita mismo, don Hernán, ya está hecho don Hernán.
Y así todos los días.
Apenas se iba el conquistador a vigilar
sus otros edificios, mi papá cambiaba su tono de voz y entonces empezaba a
hablar de un modo muy parecido al de don Hernán. Así nos hablaba a mis hermanos y a mí. Y así quería hablarles a los tíos cuando
llegaban de visita. Por eso la familia
poco a poco se fue alejando. El día que
una de mis tías se casó con un abogado, mi papá le dejó de hablar. Oye papá, pregunté: ¿Pero es que el abogado
no es gente de razón? Mi papá se puso
nervioso con mi pregunta. ¡Qué abogado ni qué nada! Seguro compró su título en
el portal de Santo Domingo. Como mi papá
no era amigo de los engaños, nos quedamos sin las visitas del falso abogado y
los tíos del lodazal. ¿Y si acaso Batman
era de mentiras? ¿Si le habían vendido
el título y un disfraz? No. Batman era tan real como mi capa negra. Y
aunque todos dijeran: es la toalla de Tobi, yo la guardaba como mi más preciado
amuleto. Cuando me ponía la capa, no importaba que don Hernán quisiera
convertirme en su mano de obra barata. Allá él y sus noches tristes. Yo era el Caballero de la Noche y podía volar
sobre todas las azoteas.
En eso estaba un día en clase, dizque haciendo
mis apuntes en la escuela, que en realidad era una lista de todos los villanos
derrotados, cuando la maestra nos preguntó
en qué trabajaban nuestros papás.
Armando era hijo de un mecánico; el papá de Javier vivía de sus rentas
porque era dueño de una vecindad. Julio era uno de los hijos del taquero. Todos
fueron respondiendo y en ese momento me di cuenta que yo jamás habría podido
pronunciar la palabra portero. Si lo hacía, iba a quedarles clarísimo a todos
que no había nadie más abajo en el grupo que mi papá y yo. Y cómo decir que no
mandábamos a nadie. Que don Hernán sí podía
gritar y dar órdenes, pero mi papá, por más que soñara a diario con eso, no
tenía ni cómo chingarse a los demás.
Volteé a ver a Luis, quien leyó mi
angustia y mi cara petrificada. La maestra siguió preguntando. ¿Y tu papá qué
hace, Benito? Todas las miradas de la
clase quedaron fijas en mí. Mis manos eran agua escurriendo por los barrotes de
la escalera de hierro. Vi a la rubia superior sonriendo y sentí que me iba a
morir. No podía decir portero. Todos eran algo de más categoría. Mi papá no tenía un gato para darle órdenes,
como sí lo hacía don Hernán, el papá de Luis con su chofer o el taquero con sus ayudantes.
Y no sé cómo, pero ahí mismo decidí que
Batman jamás haría eso. Que aunque tenía una mansión y un mayordomo, no podía,
ni de broma, chingarse a los demás. Él perseguía a los criminales. Les ponía un
alto a los mandamases. Y temblé tanto con la revelación que por poco tiembla la
ciudad entera. Luis, más grande que la noche, vino en mi
auxilio con su voz de tres veces campeón de oratoria y le dijo a la maestra lo
que a mí me hubiera gustado decir: El papá de Benito es un caballero águila. La
clase soltó la carcajada. Es verdad,
maestra, dijo Luis. Don Hernán tiene
sitiada a la gran Tenochtitlán pero el papá de Benito está ahí adentro,
resistiendo.
Yo me acordé de la azotea y pensé que el
éxito estaba más complicado cuando no éramos la rubia superior, ni don Hernán
ni la gente de razón. En ese momento
sonó la chicharra salvadora y yo abracé a mi amigo. ¿Sabes qué, Luis? Nosotros no vamos a ser rubios ni superiores
ni jefes ni Tlatoanis ni conquistadores. Y tampoco vamos a chingar a nadie. Vamos
a ser algo mejor. Vamos a ser los
caballeros de la noche.
Estaba tan feliz con el descubrimiento que
me fui corriendo al edificio; sin dejar de correr subí los escalones de los
diez pisos, arranqué la toalla del
tendedero, boté esa razón que no servía para nada y les puedo jurar que cuando
subí la escalera de hierro, esa vez no me sudaron las manos. Ya tenía puesta la
capa de Batman.
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