martes, 5 de febrero de 2019

Lecturas confusas

Porque yo en el amor soy un idiota
que ha sufrido mil derrotas


Nunca me interesó, hasta el doloroso instante de saberla amante del Chino. Apenas supe de su refocilar constante, todos mis sueños se poblaron de fantasías donde yo oficiaba de vouyeur. Los imaginaba fornicando de todos los modos posibles. Y por si me hacía falta alguno, compré una edición ilustrada del Kama Sutra y varios tomos de la enciclopedia sexual ilustrada.

Precisé, una por una, todas las situaciones inverosímiles en que yo hubiera deseado poseerlo a él. Los encuentros sexuales imaginarios se hicieron mi ritual de cada noche. Apagaba la luz, prendía el ventilador, cerraba los ojos y los veía. Los primeros escarceos, la vorágine, los jadeos, la cúspide y vuelta a empezar. Poco a poco, los amantes fueron haciéndose una película familiar. Y llegó el tedio de las repeticiones.

Violeta guardaba bajo su piel todo el sol de Tonalá. Tenía rasgos de Nefertiti, la reina egipcia. Incluida la nariz aguileña. El cabello redondo le caía hasta los hombros. Su cuerpo delgadísimo parecía a punto de quebrarse. Toda ella se cimbraba y parecía una serpiente.
Si me hubieran pedido que detallara mi ideal de mujer, no la hubiera construido así, con los huesos a punto de salírsele de la piel. Más bien hubiera dicho dos palabras; Claudia Schiffer, la musa de Karl Lagerfeld y mi pasión más encendida desde la primera vez que hojeé el Hola. Pero algo tenía la nueva amante del Chino: transpiraba sensualidad. Por algo era la modelo más popular en la escuela de artes plásticas.

Violeta llegó a la casa de huéspedes y a falta de espacio, la mandaron a mi cuarto. Al principio no imaginé su oficio. Yo salía a la universidad todas las mañanas y al volver la encontraba siempre en baby doll, pintándose las uñas de los pies, rizando sus pestañas o depilándose las piernas. Me extrañó sobremanera que gastara tanto en ropa interior. Tenía una lencería finísima; encajes franceses y diseños de fantasía.

Con todo y las evidencias, para mí Violeta no era más que una flaca de piel tostada que se obstinaba en agrandar sus ojos a fuerza de rimmel y exaltar sus formas con poses de contorsionista.  ¡Ah, cómo arqueaba la espalda para lucir la turgencia de sus senos diminutos!

La noche cómplice bien pudo haber propiciado un encuentro fugaz en mi cama. No fue así. Para empezar, porque ella casi nunca dormía en la casa. Y las noches de excepción, fueron de cigarros y largas charlas, donde su vida se develó paulatinamente. 

Su madre la había educado para llegar con el himen intacto a su noche de bodas. Ella cumplió el mandato íntegramente hasta los veintitrés años. Sólo que nadie le prohibió abusar de la vaselina, cuyo olor le provocaba náuseas. En otras palabras; abrió su esfínter a cuantos quisieron gozar las primicias de su virginidad. Pero su himen permaneció intacto.

De nada valió el sacrificio. El tipo que la desposó eligió un método infalible para poseerla; unas cuantas embestidas y dos o tres madrizas semanales a cuenta de posibles adulterios. Desesperada, Violeta huyó con el primer trailero que se apiadó de su figura escuálida. El hombretón la trajo a Tuxtla pero a mitad del camino la entregó a un federal de caminos que quería multarlo por transportar pasajeros en la cabina.

El federal la llevó a un hotel próximo al mercado y ahí la entrenó por espacio de un mes en las artes del himeneo, sin ayuda de enciclopedias o kamasutras. El romance terminó cuando el maestro fue comisionado a San Luis Potosí. Violeta se halló sola en la capital chiapaneca, con las ganas frustradas y sin ánimos de trabajar para sobrevivir.

Vagando por los bares, conoció a una amiga. La Nefertiti de Tonalá decidió que los lenones no le convenían y se introdujo en el mundo más sofisticado de las edecanes. Así pues, por las mañanas se dedicaba a inventar su belleza, por las tardes atendía sus llamadas telefónicas y en las noches complacía a su clientela. Era más puntual que un visitador de Hacienda. Además, en sus ratos libres hacía trabajitos extra con sus clientes favoritos, únicos que podían besarla. Ellos la conocían de antaño y pasaban por ella a la casa de huéspedes.

En una de esas recogidas me topé con el Chino en la puerta de la casa. Hubo desconcierto mutuo. Él pensó que el lugar era una casa de citas y que yo estaba en el negocio, tratando de llenar el hueco de su ausencia. Yo creí que se había arrepentido de sus desdenes y me había buscado de nuevo. Violeta disipó nuestros errores cuando salió de la casa luciendo su vestido rojo y se subió al carro.

Miré al Chino, después a Violeta y tomé una decisión: Ella nunca sabría de nuestro pasado común. No pude reprimir un ataque de envidia al verla caminar al coche. Fue la primera vez que me fijé en sus piernas, en su andar airoso y en sus senos pequeños que se adivinaban bajo la transparencia del vestido.

Entonces comencé a espiar todos sus movimientos. Comenzaron los sueños, mi fijación por sus nalgas, el fetichismo de permanecer horas y horas contemplando su fotografía. Descubrí que las orejas de Violeta eran iguales a las de él. No podía dormir hasta oírla llegar. Y los días que escuchaba el rumor del vocho del Chino, sufría mi ego y la excitación me apretaba las ingles, que dolían sobremanera.

Así hubiéramos estado semanas y meses, hasta que una noche Violeta me sorprendió, profundamente dormida, con sus calzones sobre mi rostro y el libro de Caro Vitrix sobre la almohada. Un roce en los labios me hizo despertar, sobresaltada.

La había soñado tantas veces en la cama del Chino que cuando me encaró, completamente desnuda, creí que estaba dentro de uno de mis sueños. Un sudor frío recorrió mi frente.
-¿Tienes miedo?- Violeta metió su mano entre mis piernas.
Se supone que debí contestar, no es lo que piensas, sólo quiero saber qué haces con el Chino. Pero en lugar de eso tragué saliva y balbuceé torpemente:

-Nunca he estado con una mujer.

Ella no dijo nada. Hizo ademán de volver a besarme y yo me replegué sobre las almohadas. Violeta tomó mi mano derecha y la puso sobre su pecho. En los senos tenía algunos hematomas. Según me explicó, eran las señales de su batalla más reciente con mi amante inalcanzable.

Violeta apagó la luz de la lámpara y se tendió en la cama. Entonces volví a pensar en el rechazo del Chino y por fin me atreví a preguntar cómo cogían. Violeta me relató minuciosamente todo aquello que yo espiaba en mis sueños.

La charla y la oscuridad deshicieron mis reticencias. Me tendí en la cama junto a ella y le pedí que hiciera todo eso conmigo. Ella no quiso escuchar y prosiguió su narración implacable sobre los usos diversos que el Chino le daba a su cuerpo. Fue entonces que me decidí a besarla. En las corvas, en los pliegues de los senos, en las pantorrillas; en todos los lugares que la enciclopedia negaba como zonas erógenas.

Violeta alargó una mano y encendió la lámpara. Su cuerpo tonalteco no tenía rastros de sol; estaba helado. Yo me afané en la exploración de su vulva. Por toda respuesta, ella tomó el libro de Rebolledo y lo hojeó distraídamente. ¡Ella, que no leía ni las etiquetas de los frascos!

Entonces la ebullición deseosa se transformó en cólera. Maldije al Chino y a la puta por sus rechazos. Perdí los estribos y le asesté a Violeta un golpe en el vientre. Ella se puso de pie lanzando un chillido. El libro cayó al suelo y Violeta y yo nos revolcamos en la cama. Otra vez, una pelea fue la más aproximación más cercana que el Chino y yo tuvimos al acto amoroso.

Al final, de nada valieron besos y súplicas. Ella se puso de pie y se vistió con parsimonia cruel. Su vestido rojo volvió a iluminar su piel. Violeta tomó su bolsa y se acercó al espejo. Pintó sus labios y acomodó sus cabellos alborotados. El sonido de un claxon conocido me volvió a la realidad. La vi salir corriendo al vocho del Chino, mientras me decía adiós con la mano y yo confundía su sabor amargo con mis lágrimas.



Tuxtla Gutiérrez, 8 de marzo de 2000.

martes, 29 de enero de 2019

What's up my dog...


Pasé la mañana componiendo el mundo con Tiberio. Él desde su oficina, yo frente al fregadero con un montón de platos.
Como quien quiere evadir su bochornosa realidad, lo acoso con dilemas. Tiberio, bendita Esfinge.

- A ver. Explícame ya. ¿Por qué te gusta tanto humillarte, ponerte de alfombra con los prepotentes? Te tratan peor que a un perro.
- Precisamente por eso. 
- ¿Por qué?- Su parsimonia me exaspera más que la grasa pegada en la cacerola de alumnio.
- Por placer. 
- ¿Qué?
- Por el placer inmenso que me causa mandarlos a la chingada una vez que ya agarraron confianza conmigo. No sé. Me encanta ver sus caras. 
- ¡Uf! 
Podría ser el fin de la conversación, pero Tiberio, Esfinge al fin, revira:
- ¿Por qué te extrañas? Tú haces lo mismo.
- ¿Eh?
- Sí; te pones de pechito con los más deleznables. Te les acercas, les hablas bonito, dejas que agarren confianza, se crezcan y te traten de mal en peor… Haces tu papel de perro apaleado. Y después de un tiempo, ¡a chingar a su madre!

Lo pienso unos segundos:

- Cada quien saca su rabia como puede. 
- Usa un poco de cloro para esa grasa.  Yo ya me voy, que ahí viene mi jefa.

domingo, 27 de enero de 2019

Garganta profunda

En aquellos días, al Barbaján le había dado por ir al cine y estaba muy emocionado por la proyección de Garganta Profunda. Ni siquiera cuando inauguraron el burdel, escondido en el periférico y no muy distante de la secundaria, el Barbaján se había alborotado tanto. Suponemos que se enamoró de la protagonista y andaba por las amplias explanadas de la escuela contándole la historia a quien quisiera escucharlo. Las mujeres, por supuesto, estábamos excluidas de la audiencia ávida de la pornografía del Barbaján. A lo lejos, la Temible y yo observábamos al corrillo de secundarios, en el campo de futbol, Barbaján al centro, contorsionándose, haciendo gárgaras y representando no sé qué hazañas que sólo él y los compañeros festejaban, muertos de la risa. De lejos parecía un orangután en celo.  Las representaciones se hacían más atractivas porque en la cafetería todos cooperaban para comprar una cocacola familiar, que el Barbaján usaba para cada función. El final era el mismo siempre. El Barbaján agitaba la coca y los perseguía a todos para bañarlos con el negro líquido.

-Vélo al Barba, no puede ni correr- apuntó la Temible.
-¿Será por tanta coca?- , dije yo.
- Nunca juega fut; puros cuentos chaquetos.

Así las cosas en esos días. Antes de la película habían sido las excursiones al prostíbulo, en la lancha del Barbaján, pues era uno de los pocos a los que su papá le prestaba el carro. Pero en cuanto se cercioró de que no quedara ningún inocente en el grupo, las excursiones pasaron de moda. Llegado el plazo, también su relato actuado de la película dejó de causar furor. Alguien del grupo señaló que la película ya era muy vieja, Linda la protagonista ya era abuela y por más que el gordo intentó echarle más coca, su audiencia se apagó.

Las compañeras del grupo, como dije antes, estábamos excluidas de las narraciones. En una ocasión el Barbaján pasó junto a nosotras, al volver de la cancha, y nos miró con desdén para soltar su famosa frase: Mientras ustedes van de ida, yo ya voy de regreso”. No entendí bien a bien qué quería decir, pero la frase nunca se me olvidó.  En venganza, nos pusimos a platicar las historias que circulaban sobre él.

Y es que Lichita, nuestra tímida compañera del grupo, era su vecina. Ella nos contaba de las borracheras, del Barbaján papá que llegaba en la lancha ebrio, a media noche, con una que otra acompañante, y que la mamá del Barbaján tenía que salir corriendo a refugiarse con alguna vecina caritativa, antes de que la levantara el gordo de la cama a punta de balazos.

-       ¿Para qué inventa historias- decía la Temible- si en su casa sucede la acción?


Certera observación; en efecto, el Barbaján no soltaba prenda de esos relatos turbios. A él le gustaban los otros, donde él era el héroe; donde quedaba bien parado. Él y su aire de mundo, el compañero de mayor edad, reprobado en el salón pero que ya venía de regreso de quién sabe qué mundos viciados.  Podía contarnos de sus múltiples novias (que no veíamos por ninguna parte), de la vez que la lancha se había quedado hundida en el camino de terracería del periférico, de los cigarros que fumaba cuando se escapaba del salón de clase, pero lo que pasaba en su casa se quedaba ahí adentro, igual que la película porno en las imaginaciones de los compañeros. Nosotras no podíamos escuchar esas cosas pues, según él, nuestros oídos nunca más serían los mismos.
-       Pero a ti, Lichita, te cuento lo que quieras- decía el Barbaján con voz melosa.

Lichita se ponía colorada y lo corría. La Temible lo ponía en su lugar: pinche gordo, deja de estar chingando.

Por lo que a mí respecta, yo no tenía ni idea porqué tanto alboroto con la garganta profunda, y tampoco me interesaba mucho. Eso sí, estaba yo muy pendiente de la otra historia. Como si fuera radionovela, cada lunes acosábamos a la Lichita con preguntas y ella nos pasaba el parte de las infaltables parrandas de sus vecinos. Que si don Barbaján había chocado la lancha con el poste de luz, que las amantes habían armado tremenda trifulca, que los vecinos ya querían llamar a la policía. Y que la mamá de nuestro compañero no se iba porque estaba amenazada de muerte. Más o menos lo mismo cada sábado.

Llegó la semana santa y nos fuimos de vacaciones. Luego nos dieron otra semana más por la feria del pueblo, donde uno de los barbajanes mayores sería chambelán de la reina. Volvimos a la secundaria a marchas forzadas, pero el barbaján nos superó en flojera. No se presentó todo un mes.

Cuando por fin se dignó volver, entró a la escuela quemando llantas y levantando nubes de grava. Desde el carro de su papá se sentía soñado; lentes oscuros, pelo engominado. Tiene aires de padrote, dijo la Temible. No le hicimos mucho caso y él siguió con sus  ironías acostumbradas, pero ya no nos dijo aquéllo de “ustedes van de ida…”

Tal vez por nuestro desdén, el caso es que a la hora del recreo sacó una cartera y, muy espléndido, nos invitó unas empanadas.  A la gorra ni quién le corra.  Para nuestra sorpresa, hasta Lichita aceptó.  Pero al final de la comida, Alicia Rosales, la Lichita, cuadro de honor perpetuo, nos dejó perplejas a todas las compañeras: vamos a pedirle que nos cuente el cuento de la garganta profunda. Yo no daba crédito. ¿Lichita, la pudorosa, con semejante idea?

Nerviosismo general y frases airadas:

-¿No les basta con todas las empanadas que ya se tragaron?
-¿Por qué tenemos que escuchar sus marranadas?
-Yo no le voy a comprar la cocacola.

Así las cosas, algunas compañeras huyeron, ofendidas. La Temible se quedó pidiendo coperacha para el refresco tamaño familiar, yo me crucé de brazos pensando qué tal vez esa garganta podía ser más impactante que el cañón del sumidero, y dos compañeras se pusieron a rezar el rosario. Bueno, no. Pero dijeron que si la historia estaba muy subida de tono, ellas se iban a ir. El Barbaján quedó encantado cuando la mismísima Lichita, que nunca le hablaba, le hizo la invitación.


Nos volamos la clase de Educación Artística y llegamos al campo de futbol. El Barbaján estaba feliz y nos contó la película. Pasarían muchos años para que yo advirtiera, aún sin haber visto la película, que el éxito de la narración estaba en todo lo que el gordo inventaba, no tanto en lo que había visto. Nosotros ya sabíamos que a mitad de la proyección don Pepe el boletero se había metido a la sala, linterna en mano, a correr a todos los muchachitos, con la rechifla general y los gritos de los señores sorprendidos con la bragueta abierta.  El Barbaján se había vuelto a su casa, sólo y triste. Pero ahí, en el campo de futbol, no hubo interrupciones, jamás fue expulsado, jamás apareció el prefecto y fue feliz con su atentísima audiencia.  Estaba tan emocionado que nos perdonó el baño de coca, cerró con un duelo de albures con la Temible, que se las sabía de todas todas porque tenía dos hermanos mayores, y se desternilló de risa porque nadie, absolutamente nadie, se quiso tomar la cocacola familiar, que hervía de manoseos y sol.
Hasta Lichita, roja de pena, festejó la anécdota y al final despedimos al Barbaján con aplausos. Hasta los lentes dejó tirados.  Todas las chicas nos quedamos en la cancha.

-Tampoco le aplaudan tanto- dijo la Temible. Es muy alzado.
Lichita suspiró.
-Bueno, dije yo. A ver, Alicia, ¿por qué tanto interés en la película? ¿Por qué no le preguntaste a tu papá, si dicen que también estaba en la función de medianoche? - La Temible me miró con ojos de alarma. Ella me lo había contado.

Para mi sorpresa, Lichita no se ofendió con mi comentario. Bajó los ojos, se puso como tomate, y dijo con voz entrecortada:
- Es que… si se los cuento, ¿prometen no decírselo a los compañeros?
- Abre la boca Lichita, cuenta…- La animé yo.
- Otra garganta profunda…
- -¡Sh! ¡Silencio, Temible! Que aquí hay otro cuento.

Y entonces la tímida Lichita, ahí mismo, en mitad del campo de futbol, acabó con nuestra inocencia.  Así de brutales pueden ser las palabras.


Pasaron treinta años. En el ínter hubo varias reuniones de secundaria a las que asistíamos más o menos los mismos. Y justo la vez que se hizo el encuentro en un martes de feria, se apareció el Barbaján, estrenando dientes de oro, lentes Ray Ban y toda la cosa.
 
Después de unos tequilas, salió a la luz la historia de Lichita. En pleno sábado de Gloria, el Barbaján papá había llegado a su casa a medianoche con sus amigas y su mamá, creyendo que su marido no se atrevería a irse de juerga en la semana mayor, no se había levantado a tiempo de la cama. El animalote se le fue encima y fue nuestro compañero, el Barbaján, quien tuvo que intervenir. Recibió tremenda madriza. El recuerdo sería más profundo que todas las gargantas del mundo, porque le reventaron la boca y hasta se le cayeron algunos dientes. Animado por los tragos, el gordo nos platicó que había ido a dar al hospital y por eso había faltado a la escuela.

Sólo Lichita, su vecina, supo la verdad y por primera vez guardó silencio en el recuento de los lunes, para no avergonzar al gordo.  En cambio, le levantó la moral con su ocurrencia.

-Pura risa ese día ¡todas las compañeras escandalizadas!- dije yo en la reunión. -Nosotros de ida y los recuerdos de regreso.

-Sí pues- dijo el Barbaján, y se le quebró la voz.


La Temible iba a hacerle un chiste sobre esa otra garganta que tenía dentro un  nudo de años, pero le hicimos un gesto. Detrás de los Ray Ban, al gordo le escurrían las lágrimas.

Proezas

Estábamos en una cantina con sus amigos, todos analizando a la chica de cabello largo que el buen Buddy les quería presentar. Yo guardaba un silencio respetuoso, hacía oídos sordos a sus fanfarronadas y comentarios poco amables para impresionar a los viejitos de la mesa vecina. Mientras, repasaba mentalmente los contenidos del examen del día siguiente. Modernismo, Generación del 29... De tanto en tanto, un manotazo al Buddy quien insistía en ponerme la mano sobre la pierna; pinche flaco, te voy a dar con el anillo de ámbar que me regaló mi abuelita.

En algún momento la conversación derivó en las hazañas de los caballeros; efectos del tequila, supongo. Y el Buddy cometió un pecado que disculparemos sólo por su fragilidad ósea; se jactó de sus erecciones interminables. Yo volteé a verlo e imaginé todo su cuerpo convertido en un sólo hueso fálico, militar, sin permiso de rendirse. No pude evitarlo; acabé con la magia de sus proezas con una frase: la imposibilidad de eyacular es el miedo a la madre. Buddy soltó mi rodilla y miró su reloj de pulsera, esa luna en su muñeca de bailarina. Me dedicó la mejor de sus sonrisas y dijo: ya es tarde y me esperan a cenar en casa. Yo le guiñé un ojo y le pasé mi anillo de ámbar: póntelo cuando saludes a tu jefa. Él me dio su reloj: cuando quieras, puedes tomarme el tiempo.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Algo de música

En mi vasto álbum de memorias familiares, hay una página ya lejana, escrita en la Hipódromo Condesa. La calle Yucatán, más que un domicilio, es un fragmento en la biografía de la tía Gloria. Si su vida fuera un libro, podría dividirse en capítulos nombrados según las casas que habitó en la ciudad de México. Y aunque Yucatán es sólo un trozo de su existencia, es ahí donde suelo evocarla, al grado de que cada vez que atravieso Insurgentes y Yucatán, miro instintivamente a la esquina del Hotel Roosevelt, como si la tía viniese por ahí, paseando a su perro. 
Nos conocimos una mañana en que mi papá y yo nos dirigimos al lugar donde las Flores Flores vivían. No recuerdo bien a bien si nos llevó un taxi, si caminamos desde Insurgentes o entramos por Álvaro Obregón, pero sí la puerta de aquel departamento que al abrirse mostraba una escalera estrecha y oscura, misma que daba acceso a la primera planta de una construcción rectangular de los años cincuenta. Del conjunto de viviendas que conformaban el número once, al que se entraba por una reja de herrería, sólo el departamento contiguo de la tía tenía un acceso directo a la calle, además de una escalera de caracol en su interior, que llegaba a la zotehuela de la vecina de abajo, la temible Mary. 
Entonces era evidente que la colonia Roma y la Condesa antaño habían vivido tiempos de esplendor y jamás hubiéramos imaginado que en los albores del siglo XXI la Roma y la Condechi tendrían un resurgimiento afresado y los precios de las viviendas se irían a las nubes. Era una época de rentas congeladas y aún no había hipsters paseando por los incontables cafés y restaurantes de la zona. Yucatán me impresionó porque era un eje vial, amplio y ruidoso. Yo no sabía que tiempo atrás había sido una calle con camellón y palmeras, al estilo de algunas que aún sobreviven en la colonia Roma. El departamento 11 B tenía ventanas con marcos de madera que se abrían para dar paso al rumor del tráfico.
Apenas había transcurrido un año del temblor de ochenta y cinco. En la Roma y otros puntos de la ciudad había evidencia palpable de los estragos del temblor. La ciudad de México estaba fracturada. Me pareció increíble que el inmenso edificio que hacía sombra al número once de Yucatán no se hubiera desplomado. Yo tenía apenas un mes de haber llegado de Chiapas y estaba tratando de adaptarme a la enormidad del Distrito Federal. 
Así las cosas, la búsqueda de casa nos llevó a enterarnos que el abuelo Gustavo tenía una hija en la ciudad de México, hermana de Pepe Chucho. Yo no conocí al abuelo, cuyo nombre se repite con frecuencia en la familia. Pero sí sabía que, aún muerto, seguía enviando señales del más allá. En este caso, su enviada resultó ser una señora de túnica yucateca, a juego con el nombre de la calle. Abrió la puerta y no hizo falta pedirle su acta de nacimiento: la tía Gloria compartía con mi padre los ojos grandes de mi abuelo Gustavo y el carácter tremebundo de los Flores. Curioso rasgo, éste último, porque la tía a primera vista era muy sonriente y sólo después de observarla unos segundos, se adivinaba su determinación. Frisaba los cuarenta y algo, tenía el cabello corto y rizado y vestía siempre vestidos amplios y pantunflas que sólo abandonaba para salir a la calle. Junto a ella estaba Maquiavelo, el Maqui, un perrazo que dejaba claro lo que pasaría si te atrevías a contrariar a su propietaria. 
El difunto abuelo nos tenía deparadas más sorpresas: la tía Gloria, por escasa diferencia de meses, tenía la misma edad de mi papá y de uno de los tíos Gustavos de Chiapas. Pero los hijos de aquí y allá parecían más que habituados a los afectos dispersos de mi abuelo. Hombre dado a la bohemia y al trabajo frenético, cuando se le acababa la lana, don Gustavo tenía sólo un domicilio seguro para encontrarlo: su despacho notarial en una habitación de la inmensa casa de sus papás en San Cristóbal de Las Casas.
A aquélla charla inicial con la tía se sumó la menor de sus tres hijas, Gloria, quien entonces estaba estudiando su último año de prepa, y por eso volvía a casa antes que sus hermanas, ya en la universidad. Ese día estaba muy sonriente. Aunque hace unos días la escuché decir que la conocí “cuando aún era pobre”, debo decir que parecía lo contrario; estaba muy formal, de vestido y zapatillas, y con frecuencia la vi dirigirse a la escuela vestida de ese modo y con peinado de salón. Aristócrata ya era; porque se distinguía con su talento para los estudios. Era la primera de su clase, igual que sus hermanas, y vestida de ese modo, sólo le faltaba llevar sus medallas en el suéter, como un general sus condecoraciones. Ese día tuve la impresión de que, entre risa y risa, nos estaba estudiando a mi papá y a mí. Aunque yo nunca fui alumna de dieces, quiero creer que al final de la charla ambas Glorias nos dieron su aprobación porque al poco tiempo, ya estaba yo instalada en Yucatán, lugar donde viviría poco más de un año. 
Ese espacio de convivencia me permitió incorporar a la tía y sus hijas, las Flores Flores, a mi familia. Es bien sabido que el parentesco a veces se afianza más con la convivencia que con los lazos consanguíneos. Como la tía Gloria era una gran conversadora, hablamos muchas veces sobre los Flores y los Domínguez, las dos ramas de su familia originaria de Chiapas. A los Flores de su línea paterna la tía los conocía poco, pues ella había vivido desde muy pequeña en la ciudad de México. Eso sí, había suplido la distancia geográfica con un sinfín de anécdotas donde la realidad familiar se había convertido más en un mito. Supongo que todas las familias tienden a idealizar a sus miembros, particularmente los difuntos. Los Flores no son la excepción. Cada pariente era famoso por algún rasgo de su personalidad. El bisabuelo era tacaño, el tío Armando era un príncipe, Pancholín un intérprete que rivalizaba con Jorge Negrete, y Gustavo, orador desde su infancia, el mejor abogado del estado. 
Mito o realidad, lo cierto es que la tía Gloria había tratado poco a su padre, pero evocaba con frecuencia el día que había viajado desde San Cristóbal a la ciudad de México, acompañado del tío Jorge. Los viajes a la capital del país eran un gran acontecimiento. El abuelo los había llevado a ambos a bailar a uno de los salones de moda entonces. Oyendo hablar a la tía Gloria, parecía como si ese recuerdo se hubiera suspendido en el tiempo; cada vez que lo narraba, volvía de nuevo a bailar en el salón. 
Ese detalle del baile, en apariencia trivial, es significativo a la hora de conocer a la tía Gloria. A primera vista tenía un carácter enérgico que no aceptaba negativas; cuando escuchaba música, se volvía una niña traviesa. 
Jamás dejó de sorprenderme el carácter enérgico de la tía Gloria. Me hacían falta muchos años de vida para entender que la fortaleza, más que una opción, a veces es la única alternativa. Educada por la abuela Catalina y el tío Guillermo, al igual que su hermano Gustavo, la vida la había dotado de una voluntad férrea, recurso indispensable para sobrevivir. Parecía que, aún si la vida no era exactamente como ella quería, tampoco había lugar para la tristeza. Y sin embargo, hay una foto de ella, colocada bajo el vidrio que cubría el buró junto a su cama, donde aparece, en blanco y negro (ella no era de medias tintas), con suéter y vestido, a la moda de los años sesenta, donde mira a la cámara con una mirada más bien triste. A la hora de las fotos, mi prima Adriana siempre le decía que sonriera. Es por eso que he elegido una imagen distinta a la mirada triste que a veces se deslizaba en sus fotografías. Y debo añadir que través de esos ojos, la tía Gloria me enseñó el significado de la palabra resiliencia. Crecer en circunstancias a veces adversas, pero crecer, pese a todo. Lo consiguió; tuvo tres hijas distintas, pero con el talento en común.
A diferencia de ella, su hermano Gustavo, con quien compartió su infancia, aprovechó su condición de varón para darse sus escapadas al estado de Chiapas y convivir con su papá y el resto de los Flores. Incluso vivió un tiempo en casa de mi abuela Adela. Por alguna razón, sus hermanos lo bautizaron como Pepe Chucho, aunque la tía Gloria se refería a él como “El caballero español”, nombre que el tío Guillermo le adjudicó por su porte distinguido. Fue allá en Chiapas donde Gustavo conoció a su esposa y fijó su residencia. La tía, en cambio, sólo viajaría a Chiapas hasta muchos años después, cuando Adriana la llevó en distintas ocasiones, primero a conocer a algunos de sus parientes en San Cristóbal y luego a pasar las navidades con los Flores Alfaro. Pero cuando yo la conocí, las figuras maternas eran todo su universo. Hablaba sobre todo de su primo Miguel, fallecido en el temblor y de la tía Zoila, quien era algo así como su ídolo particular; la tía Zoila era la autoridad, la señora elegante, la matriarca eternizada en un retrato familiar; hasta le puso su nombre a una de mis primas, sin reparar en que no era precisamente una buena combinación. Al tío Guillermo, pianista destacado, le decía papá pues era quien en realidad la había criado, al lado de la abuela. Eran todos una galería de parientes que compensaban las ausencias de aquéllos otros, en Chiapas. 
Pero si los ojos de la tía Gloria arrojan una imagen más bien melancólica, quiero decir que ese es apenas un rasgo de su personalidad. Hay otras pistas, y una de ellas está justamente en su apellido materno. Como todos los Domínguez, la tía traía la música por dentro. Le encantaba bailar y se encargó de transmitirles ese entusiasmo a mis primas, Adriana, Lulú y Gloria, todas muy bailadoras. Otro dato curioso es que tenía una fascinación por los artistas; la vida de la farándula. Estaba al pendiente de los famosos que vivían en la zona, como si los actores tuvieran un aura o un resplandor reservado exclusivamente a los santos. Si se encontraba a alguno en la calle o en un restaurante, no perdía ocasión de ir a saludarle. Sin duda por eso evocaba con agrado aquella salida con el abuelo. Siempre me quedé con las ganas de ver una fotografía de aquél encuentro, pero no sé si exista alguna. Sospecho que lo suyo, contradiciendo su imagen modesta, era el glamour.
Justo bajo el departamento de la tía Gloria, vivía Mary, una anciana solitaria y bravucona, con quien la tía Gloria tenía una relación muy particular. Era algo así como su némesis: Batman y el Guasón; la tía Gloria versus Mary. “Así como la ves, Italia, Mary es muy música”, me decía mi tía. Y esa expresión de la tía me hacía mucha gracia, porque nunca entendía yo como alguien “musical” podía ser mala onda, taimado o de plano muy cabrón. Seguro que la expresión era común en la ciudad de México cuando la tía la aprendió, pero yo jamás la había escuchado antes y es hasta ahora, al escribir estas líneas que he hallado en el internet una definición en un libro sobre el idioma español en México. Música, además de conjunto de sonidos, podía significar que alguien no era muy bueno o no tenía facilidad para algo y, “ser muy música”, un sinónimo de ser aprovechado o egoísta. Ejemplo: no seas música; préstame los apuntes. Así pues, según mi tía, Mary era muy música. Pero yo de esa anciana sólo advertía la soledad y el abandono en que vivía, reflejado en la suciedad y mugre de muchos meses en su departamento. ¡Cómo estaría aquél lugar! que Adriana bajó en más de una ocasión a ayudarla a limpiar. La casa de Mary era la antípoda de la otra casa, impecable, de la tía Gloria, aún con la presencia del Maqui. 
Con todo y que Mary era “muy música”, la tía Gloria fue la única vecina que se interesó por su destino final. Mary había tenido mejores años y más energía para chocar con los vecinos y lidiar con sus inquilinos que le proporcionaban algunos medios para vivir; conocí al último de ellos, célebre porque perfumaba el departamento con mariguana, para escándalo de mi tía. Yo creo que Mary no estaba tan a disgusto, porque después de todo, el inquilino le hacía compañía y le proporcionaba la posibilidad de viajar a mundos insospechados. Pero llegó el día en que Mary, sin un familiar en el mundo, ya sólo pudo viajar a ese otro mundo inevitable, se quedó inmóvil y la tía Gloria se las ingenió para que fuese sepultada y no fuera a parar a la fosa común. Tras esa aparente enemistad, la tía sabía reconocer a esas personas cuyo modo de conjurar la soledad es la pelea. Por ello, con todo y que no le gustaba el fiero modo de Mary, no titubeó en hacerse cargo de sus honras fúnebres. 
El Maqui primero, y después el Muñeco, eran las mascotas de la tía y los depositarios principales de su cariño, pues no tenían posibilidad de contradecirla, como Mary o la señora del cuatro. Al Muñeco lo recogió de la calle. Era un perro pequeño y de nombre engañoso, porque era intratable, peleonero y hasta policía, porque mordía a todo el mundo. Había sido propiedad de una vecina hasta que casi muere en un enfrentamiento con un perro gigante. La dueña lo dio por muerto y la tía Gloria llegó a rescatarlo, pagó su curación y se lo llevó a vivir con ella. El perro vapuleado por la vida sólo dejaba que la tía lo tocara. 
El Maqui, a quien recordamos todos los sobrinos que pasamos alguna vez por Yucatán, era un perro imponente y a decir de mi primo Tavo, quien mejor se alimentaba en esa casa. Todas las mañanas la tía picaba una porción considerable de verduras y la mezclaba con hígado de pollo. Se sospecha que de esa dieta tan saludable venía su fuerza portentosa, misma que desafiaba los esfuerzos de Adriana por sujetar la correa en las caminatas diarias por el circuito de Amsterdam.
Las relaciones con los humanos eran un poco más complejas. O eran buenas gentes o músicas. Como dije, la tía era de claroscuros, no tanto de matices. Con la Señora del cuatro (nunca me enteré de su nombre, porque mi tía se refería a ella de esa manera) a veces la relación era cordial, otras veces tirante, aunque no a los extremos de la anciana Mary. Cuando llegaban los hermanos Paniagua Domínguez, Óscar y Joaquín, la tía los recibía muy bien y los invitaba a comer, pues eran, después de todo, no sólo sus hermanos sino que constituían un lazo con la madre de tía Gloria, fallecida años atrás en algún lugar remoto de Chiapas. Con Joaquín tuvo la tía Gloria un noble gesto. Cuidó a su hija Claudia cuando ésta se quedó, como mi tía, en la orfandad. ¿Quién mejor para suplir esa carencia, que alguien que sabía lo que pesa la ausencia materna? 
Sin duda, la presencia distinguida en Yucatán 11B era el licenciado Pedro, a quien el tío Óscar llamaba Peter Pan, acaso porque al término de su visita abría la ventana y se iba volando a la tierra de Nunca Jamás. Ese día se paralizaba el mundo, había comida especial y la tía parecía olvidar por unas horas su insistencia en que su esposo era, simultáneamente, muy gente y muy música. 
No quise quebrarme la cabeza analizando el lado oscuro del señor originario de Chontla, Veracruz. Primero, porque ese señor de traje y buenos modales fue siempre amabilísimo conmigo (los recién llegados agradecemos la cortesía) y segundo, pero no menos importante, porque la tía lo veneró hasta la muerte. Como bien señaló Samuel, años más tarde, cuando el licenciado ya había fallecido: la tía siempre lo elevaba hasta las nubes cuando hablaba de él.   Ella insistía en que lo tuteara y le dijera tío. Me negué en redondo. Decirle licenciado y tratarlo de usted era mi manera de ser imparcial. Por algo la tía lo había elegido; era como mi abuelo, amable y fugaz.


Como todo en la vida, llegó un momento en que concluyó el capítulo Yucatán. La tía se fue a la Narvarte para emprender una aventura diferente, que habría de modificar sustancialmente su ánimo y manera de ver la vida. La tía de la Narvarte, con la llegada de los nietos, se convirtió en una abuela cariñosa rodeada del canto de los pájaros, disfrutó de viajes que ni Mary hubiera imaginado e incluso el gesto se le dulcificó. Salía de su casa elegantemente ataviada para ir a desayunar y así la recordamos, en un cumpleaños memorable que le organizó Adriana, en un restaurante de Polanco, donde recibió de regalo un Fiat que no se atrevería a manejar. 
En una de las visitas que le hice en la Narvarte, me señaló un cuadro colgado en la pared, y me preguntó si no lo reconocía. No sé, le dije. Era de Mary. Así pues, esa señora de carácter firme, a veces inflexible, tenía otra mirada, capaz de descubrir a una Mary no tan música o el lado humano del Muñeco mordelón. Otra música, la del tío Guillermo, sin duda le fue enseñando al paso de los años otras maneras de ver la vida. No el blanco o el negro, sino la complejidad de la que estamos hechos los seres humanos. 
La mañana del cinco de noviembre recibí un mensaje que revivió aquél viejo capítulo de la calle de Yucatán. Por la tarde, mientras me dirigía a la funeraria, fueron apareciendo todos aquéllos personajes de antaño y no pude creer que la tía se hubiera marchado así, de sopetón. Si no pudo escaparse a Chiapas cuando niña, para ver a su mamá, como sí le estaba concedido a su hermano varón, si le habían hecho falta más piezas para bailar en el salón con el abuelo, si tenía ganas de escuchar de nuevo la marimba de los Hermanos Domínguez, si le faltó correr a la Roma a despedirse de Miguel aquél fatídico diecinueve de septiembre, si se quedó con ganas de fumarse un churro con Mary o de reencontrarse, otra vez joven, con Pedro Flores, no dudo que se llevaría anotados esos pendientes para cumplirlos en un universo muy distinto a todos los conocidos.
No cualquiera desaparece así, de sopetón. Algunos se van despidiendo en una lenta e inexorable batalla que se sabe perdida de antemano. Pero ella, quizá porque tenía el hábito de aferrarse a las cosas, a ciertas creencias y a sus ídolos familiares, no iba a hacer mutis poco a poco. Por setenta y cinco años libró incontables batallas y salió victoriosa muchas veces. Tal vez por eso mismo, la única manera que sus dioses encontraron de llevársela fue así, de súbito, sin decir agua va. Quiero creer que en algún lugar me está leyendo y se vuelve a reír, con esa risita característica, tan suya, entre discreta y mal contenida, y me dice que le entregue ya mis apuntes y corrija la historia en los pasajes que no le gustan. Pero hoy, me temo, no voy a prestarle esos apuntes a nadie. Me los voy a guardar como recuerdo, porque eso son; ficción, memorias y también ¿por qué no? Algo de música.

Ciudad de México; 16 de noviembre de 2018.