jueves, 28 de septiembre de 2017

No dobles la cerviz (Carta para el Rayo)




El edificio donde vivo se averió; las grietas surcan las paredes blancas y me duelen más que las extremidades.  Me cuesta creer lo que dijeron hace unos días los brigadistas: son sólo daños superficiales; las columnas están bien. El estructurista es más cauto en sus opiniones y no se fía de las trabes.  Donde los del colegio de arquitectos ven muros y columnas, yo en cambio veo el espacio donde ha crecido mi hijo y hasta ahora advierto el cariño que le tenemos a este lugar de unos cuantos metros cuadrados donde vemos entrar el sol cada mañana.  De pronto me pregunto si no será que la estructura de la torre es como mi cuerpo: por fuera todo está bien, “no me duele nada” (dice el señor Platas), pero yo, con mi eterno pesimismo, respondo:  la columna está madreada.  No es para menos. Dos accidentes automovilísticos. Un daño silencioso de treinta años.  Aunque me he entrenado para resistir y sacudirme los dolores día a día, para no doblar la cerviz ante la adversidad, la verdad no estaba preparada para una sacudida de este tamaño.

Justo ese día del temblor salí muy contenta del consultorio del quiropráctico. Tú sabes que cada diecinueve de septiembre me acuerdo de ti, y aunque no te gusta mucho recordar esos momentos, en cada aniversario te pido que me platiques tus memorias. Por eso te marco. Al cómo estás inicial respondo con la euforia de los huesos recién alineados: voy bien, ya no cargo cosas. El chino acupunturista es la neta y el quiro es dios padre. Entonces nos ponemos muy contentos en la charla telefónica porque me acuerdo de tu foto de perfil en whatsapp y sale a la luz que ya descubrimos Los detectives salvajes. A fines de marzo yo; tú hace poco en una librería de Comitán. Por espacio de cuarenta minutos,  platicamos sobre lo mucho que nos ha gustado el libro, del homenaje del autor a la ciudad de México,  de esas calles y lugares que Bolaño describe y habita en su novela, ya nuestra para siempre. Decimos de esa capacidad del autor para crear una complicidad entre lectores y personajes, y de cómo un chileno puede hacer una novela tan inmensa como su personaje, la ciudad de México. Avanzo por Minerva y me vas platicando de cuando descubriste el libro y te lo llevaste a tu casa para sumergirte entre sus páginas.  Me alegro porque cuentas que a medida que lo ibas leyendo, te convencías cada vez más de que "este libro le va a gustar a la Italia". Cierro los ojos, porque me gusta imaginar esos momentos en que irrumpo en tu cabeza con mi voz discreta y hasta escucho tu voz con toda claridad, mientras sostienes el libro entre las manos. Quien sabe, tal vez es de noche y tienes tu cigarro en la mano para espantar a los mosquitos. Todavía falta reparar algunas tejas que cayeron la semana pasada, pero tú prosigues la lectura entusiasta. No es para menos. Te devuelve un pedazo de tu geografía personal.

Nos ha gustado mucho la novela, sobre todas sus virtudes literarias, porque nos habla a ambos de esos lugares por los que ambos pasamos, en distintas épocas de nuestra vida, sin encontrarnos. Aquí andábamos, pisándonos los talones. ¡Hasta tuvimos amigos comunes!  Asimismo, nos inscribimos en carreras erróneas, las abandonamos… Esta ciudad fue el marco de nuestras incertidumbres. Pero aquí nacieron también dos certezas: la Tania  y el Antonio. Pasamos por la unam, las islas, la sogem, la ex hipódromo de Peralvillo, la cineteca, las funciones de cine en el Ché, Coyoacán...  En la sogem compré tu libro de los Cuentos jerigonzos, sólo porque Heriberto me dijo que el autor era de Chiapas, como yo. Otra vez cierro los ojos e imagino una escena improbable. Tú en la vieja casona de la sogem, en Eleuterio Méndez, poniendo tu libro en la vitrina de exhibición: ¡aquí le dejo un ejemplar a la Italia, que se inscribirá el próximo año; a ver qué le parece! 

Sin duda esas andanzas por el Distrito Federal nos hicieron cómplices y crearon una identificación inmediata cuando, a fuerza de desencuentros, coincidimos en Chiapas. Cuando por fin te saludé, reclamaste, porque te encantan las provocaciones: si ya nos presentaron varias veces, pero nunca me haces caso.  Sí, te estabas refiriendo a encuentros fortuitos en eventos culturales de Tuxtla; yo prefiero pensar que aludías a visitas a los mismos escenarios chilangos, aunque sin coincidencias temporales. Total que después de unas cuantas charlas ya habíamos recuperado esa amistad que el tiempo nos debía.

Y en eso suena la alerta sísmica en la calle de Minerva. ¡El simulacro, Rayo! Volteo, buscando de dónde proviene esa voz peculiar que hasta hoy no consigo sacar de dentro. Y te digo lo de cada año, que te recuerdo en esta fecha especial y siempre te veo resurgir, como el ave fénix, de entre las nubes de polvo. Y menciono el hermoso texto que escribiste, a partir de esa tragedia. Luego hablamos de la vida, te pido un consejo con la excusa de que eres mi gurú, yo que sólo tengo por religión el pesimismo. ¡Cómo te ríes! Lo piensas unos segundos y después me dices que no hay que bajar la cerviz; que en la vida uno encuentra gente con la que nomás no se puede, para qué desgastarse, pero que hay otros como el Roche, tu escudero, quien llegó con sus hermanos albañiles a tu casa en Terán, para ayudarte a componer el tejado. Y así fluye esa charla tan sabrosa hasta que llego al edificio y encuentro a algunos vecinos y señoras de la limpieza en la entrada, concluyendo el simulacro.



Dos horas después, cuando apenas volvíamos del colegio mi hijo y yo, escuché un rumor como de muebles pesados, arrastrándose. ¿Pero qué hacen los vecinos en el pasillo? Me asomé. Estaba vacío. No hizo falta más. Un terror animal me sacudió. Fue como si una mano invisible jalara los cimientos y obligara al edificio a sentarse. Escuchar cómo gime un edificio es el pavor absoluto. En mi cuerpo fue – literal-  una descarga eléctrica que bajó de las cervicales, y me apretó los músculos de los brazos y la espalda. Agarré la mano de mi hijo, con todo y mis nervios y volamos escaleras abajo. De dos en dos, contradiciendo toda indicación de protección civil. Temblé cuando vi la puerta de cristal cerrada. Seguro fueron unos segundos los que el vigilante tardó en aparecer y abrir, pero la sacudida los hizo eternos. En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos a mitad de la avenida, parados sobre el camellón, viendo los autos detenidos, los rostros desconcertados, el movimiento bajo nuestros pies y nosotros ahí, paralizados por el miedo. Los vecinos de la tlapalería miraban estupefactos las tres torres de edificios que se movían.  Sólo mi hijo parecía ajeno al desconcierto. Una señora de la limpieza no paraba de llorar. Y yo con la voz cortada, de miedo y coraje, repetía sin cesar un mantra absurdo: la puerta estaba cerrada. Y es que una semana antes, cuando tembló en Chiapas y se te cayeron las tejas, Rayo,  yo les dije a los de vigilancia que cómo íbamos a abrir la puerta si ellos, por lo que fuera, no estaban ahí para quitar el seguro eléctrico. Y la respuesta fue: siempre estamos.

Cuando las cosas se calmaron, volvimos a la entrada principal. Se asomaron los vecinos de los pisos más altos, quienes simplemente no habían podido bajar, porque el movimiento los hacía caer al suelo.  Asomaron cada vez más transeúntes. Me fui calmando y poco a poco empecé a sentir las contracturas, el dolor del estrés por la tensión acumulada, los nervios apretándome los brazos. Una vecina me pidió prestado el celular porque con la prisa no sacó ni la bolsa ni las llaves. Ahí nos dimos cuenta de que no había señal telefónica.

Alguien encendió el radio; después llegaron las noticias devastadoras a través de la televisión.  Se me hizo un nudo en la garganta cuando vi las imágenes de una escuela primaria derrumbada. Cualquier dolor físico me pareció irrelevante cuando cobré conciencia de lo que había sucedido en la ciudad de México. La ciudad dolía más. Me pregunté entonces qué había sucedido con mi vida, si horas antes estábamos tan contentos, festejando la labor hormiga del alemán que truena los huesos de la columna para que los nervios puedan seguir su camino sin ser molestados. Porque eso de los ajustes es un proceso muy lento, estéril en ocasiones; se parece un poco a la labor urgente, inmediata, de los rescatistas. Golpear en el lugar preciso, buscar un resquicio que ahuyente el miedo y dé cabida a la esperanza.

Lozas, huesos, martillos, nervios, cables, ánimos caídos, escombros. Así la vida Rayo. Cuando por fin volvimos al departamento, no podía creer que nuestras paredes blancas y esas columnas que vienen de muy abajo, de no sé cuántos metros de profundidad, se habían mecido como si fuesen un columpio. Había muchas grietas en las paredes, recubrimientos de yeso caídos. Curiosamente, en el departamento sólo tres objetos habían caído al suelo: una larga persiana, un Totoro de peluche y un diminuto hombre de hojalata, personaje de El mago de Oz.  Tu foto, Rayo, esa que te tomé en Tuxtla, cuando trabajábamos juntos, estaba en su lugar, junto a una pared lastimada.  Le tengo tanto cariño a esa imagen tuya. Porque no fue ensayada; la hice en el momento justo en que estabas escribiendo. No te diste cuenta hasta el momento preciso del click.

Tantas emociones en un mismo día. En el librero Los detectives salvajes, y adentro la Roma, la Condesa y otros lugares, hoy escenario de derrumbes y desolación.  En un solo día la vida nos había regalado una alegre charla y un sismo que, ahora lo entiendo por experiencia propia, también es un cisma en la vida de todos los que lo vivimos.  Bolaño nos regaló una charla feliz, tú allá en Chiapas, levantándote cada mañana con tu optimismo invencible que contagias a todos por la radio. Yo aquí, en este monstruo de ciudad hostil que no se deja abrazar y cuando se deja, tiembla hasta sacarnos las lágrimas. Ciudad de extremos, inundaciones, ríos entubados, asaltos, tráfico, caos. Ciudad que intimida y nos conmueve. Se derrumba y hay que levantarla de nuevo porque le tenemos un amor inmenso. Escribí cisma y no exageré; las circunstancias me invitan a abandonar la doctrina del pesimismo habitual, un tanto acomodaticio.

Ya me dijiste que hay que levantar la cerviz, tienes razón. Es sólo que a veces duele todo y sólo quiero estar echada en la cama.  Cómo reíste cuando te dije al final de la charla, “dime pues tu proverbio". No sé de dónde sacamos esa costumbre de cerrar ciertas charlas así. Yo te consulto cuando tengo algún problema y te da por citar, de memoria. Pero ese día me dijiste: hoy no se me ocurre nada. Y hasta parece, Rayo, que me estabas jugando una mala pasada. No se te ocurrió, porque la ocurrencia ya venía viajando desde no sé cuándo. Tiemblo al pensar que aquél día, cuando te fuiste para siempre del edificio Tamaulipas, pudieras haber pensado: aquí le dejo la ciudad a la Italia, que llega a México el próximo año. Le dejo también una computadora, desde la que ya mismo está escribiendo, ¿y por qué no? también mi foto en su librero, para que cuando abramos, por fin,  esa puerta de cristal, ya no hagan falta los proverbios y yo pueda darle la bienvenida, con una de esas frases que ella jamás cree, pero que hoy es más cierta que nunca:  ¡sos bien viva, pinche Italia!   Estoy, Rayito. Estoy.







miércoles, 31 de mayo de 2017

Las Adelas.



Ni las dos embolias, producto del coraje, hicieron que mi abuela perdiera jamás esa mirada de determinación que la levantó de la orfandad, la ausencia de un árbol genealógico, la maternidad temprana, las muertes de los otros. Tuvo energía suficiente para parir cuatro hijos, cargar las cubetas del nixtamal, traídas del molino, caminando, muy temprano, para hacer los tamales,levantar de la calle a su hijo balaceado, ir al mercado todas las mañanas, cocinar hasta el día de su muerte, hacer caramelos para sus nietos en una laja que robamos, para ese fin, de la calle y una voz contundente con la que afirmaba, categórica, su famosa pregunta: ¿qué te estás creyendo, pinchi pendejo?

Doña Adela, afirmaba el tío Juan, conocía vida y milagros de todo San Cristóbal, y sabía las cosas aún antes de que pasaran. Su red informativa era infalible: los rezos y novenarios donde, entre magníficas y rosarios, escudriñaba a todos y cada uno de los asistentes. Jamás fue a la escuela y nunca aprendió a leer, pero lo leía todo: veía a alguien y adivinaba dolencias, alegrías y secretos recónditos. No tenía pelos en la lengua, y era por tanto, un personaje incómodo. Nadie mejor que ella para derribar mitos familiares. Le gustaba bailar, y su bebida favorita era el tequila. Me contó tantas historias de los Flores, que aún antes de escribir, yo ya veía desfilar a tíos melancólicos y abuelos suicidas, mientras tomábamos café en vasos de peltre, rellenos con trozos de tortilla quemada, por la tarde. El eterno chal, el cabello teñido de negro, y la risa desconcertante. Y el remate de sus historias: "...pero no se lo digas a tu papá". Y yo, en mi ingenuidad infantil, cuando mi padre decía tal o cual cosa del abuelo, yo decía: "no es cierto; mi abuelita me contó que..."

Debo decir, para finalizar, que nunca me gustó haber heredado su nombre. Tuvieron que pasar muchos años para que yo entendiera que nadie quiere heredar una vida de pobreza, abusos y miseria. La conciliación llegó hasta que empecé a entender que Adela era eso y mucho más. Y me gusta pensar que algo, aunque sea mínimo, heredé de su entereza y determinación. De lo que sí no tengo ninguna duda, es de haber heredado su amor por las historias. "La gente habla...", decía mi abuela. A mí también me da por escarbar, por hallar eso que los otros no mencionan y que los hace más humanos. 

Cuando doña Adela cocinó su último mole, yo estaba estudiando mi maestría en Londres. Me enteré de la noticia leyendo un mail, en la biblioteca de la universidad. Chingona Adela, se fue, sin hospitales ni agonías; sin proferir quejido alguno. Mi hermana Nina, por correo y en su peculiar estilo, resumió el deceso: ya eres la única Adela de la familia. Y mi memoria regresó, veloz, a las tazas de café con tortillas, a las majaderías, a las historias clandestinas. No me dio tristeza, porque fue una vida grande, sin fecha de nacimiento conocida, plena y larga. En la biblioteca se hizo un silencio y por un momento, volví a ver su rostro, justo así, como el de esta foto, y escuché esa voz que parecía decir, sin rodeos: ¿qué se están creyendo, pinchis pendejos?

jueves, 23 de marzo de 2017

REINCIDIR

Sí se vale reincidir, pero con conciencia.

Te busqué de nuevo (reincidí): 

A) Porque no había alguien más disponible. B) Porque prefiero ser tu dios y no el despojo de otros. C)Porque tú sí me ayudas a pagar los gastos. D) Porque soy un acomplejado y no puedo aspirar a más. E) Porque no quería ir solo al cine. F) Porque me da pena decirles a mis amigos que no ando con, con, ¡con quien sea! G) Porque ya me están preguntando mis tías si soy gay. H) Porque no me animo a decir, soy soltero(a). I) Odio las tardes de domingo. J) ¿Con quién voy a la fiesta? K) Detesto las ataduras pero también llorar cuando nadie me ve. L) Extraño las noches de pasión (tú lavando mis calzones, más bien). M) Ando urgido. N)Me cortaron y no quiero quedar en ridículo. O) Nadie más quiere lavar mis guacareadas en el baño. Q) Porque tú sí pagas el mantenimiento. R) Ya se va a vencer el predial. S) Y la tenencia. T)Porque ¡ay, cómo me dan pena las abandonadas! U) No puedo decir en mi club de los lunes que ya no vienes ni los fines de semana…. V) Piensa en nuestros hijos, W) ¡En el perro! X) Ya juré en la cantina que no vuelvo pero ¿quién les cree a los bolos? Y) Supe que ya te dieron tu aguinaldo. Z) No te quiero devolver tus discos ni tus libros. (¿Más motivos? Uf. No hay abecedario que alcance).

No se vale disfrazar la reincidencia con el pretexto del AMOR. Se entiende que las más de las veces, la honestidad es un pasaporte para ser enviado a la mierda.

Y es que también se vale, por supuesto, mandar a la chingada al suplicante. Éste podrá haber disfrazado sus auténticos motivos, pero aquí se aplica el: no soy tu burla, págate un psiquiatra, aprende a lavar los platos, plancha tú las mangas de tus camisas sin dejarles raya, regresa a llorarle a tu peoresnada, usa el metro y dame las llaves de mi carro, y ¡ah, vete al buró de crédito tú solito, mi rey! O mi reina, o mi dulce compañía, no me desampares…

martes, 21 de marzo de 2017

Cómo te llamas

Cómo te llamas

Dichosos los que tienen un solo nombre, porque no tienen más remedio que usarlo. Incluso si tienen un alias o diminutivo, recuerdan con precisión cómo los asentaron en el registro civil.
Afortunados también los que tienen dos nombres combinables y además los usan. José Luis, Juan Carlos, María José…  José María no sé; siempre termina convertido en Chema.  Con acta o sin ella, van por la vida con la naturalidad de quien no tiene nombre que ocultar.
Pero Ay de quienes tienen dos nombres de pila (¡sí, tú, no te hagas!), y ocultan uno, como quien esconde un hijo incómodo. Ese segundo nombre es una piedra en el zapato. Aclaro, puede ser el primer nombre de pila, pero se convierte en el segundón, porque no lo usamos a la hora de las presentaciones.
El nombre “vergonzante”, se lleva porque los papás quisieron quedar bien, en algún momento, con los abuelitos o algún antepasado ilustre de la familia. O porque los papás creyeron que había que dotar al hijo de alguna cualidad excepcional, por si no iba a tener otra, y entonces agarraron el diccionario de donde salieron los nombres de próceres, mitos griegos, prehispánicos, exóticos, agringados, de artistas famosos y hasta los nombres inventados por los papás, en un esfuerzo de originalidad que provocará muchos dolores de cabeza en el hijo.
Lo peor del asunto es que los padres, o quienes bautizan al niño, primero ponen el nombre, y después son los primeros en no emplearlo. Como quien dice, no acostumbran al vástago a que, gústele o no, así se llama. Tampoco le dicen que más vale que ahorre para la rectificación de acta, sino que sólo  mencionan el nombre ignominioso cuando están encabronados.
Si uno pudiera cambiarse el nombre con la facilidad que se cambia de calzones, el asunto no tendría mayor relevancia. Pero como el tema de las rectificaciones se hace más engorroso: entre más documentos oficiales tenga el sujeto, más difícil cambiar el nombre. Así pues, no queda más remedio que usar un nombre y dejar el otro para la hora de llenar formularios.  
Sé que algunos se defenderán alegando que no usan el segundo nombre, pero SÍ les gusta. Está bien. Concedámosles el beneficio de la duda, siempre y cuando cambien su perfil de Facebook ahora mismo... Está bien; sí puede gustar el nombre omitido, pero nadie usa nombres demasiado largos. Ni los reyes que se echan encima todo su árbol genealógico.  Y bien pensado… ¿Para qué llamarse Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz, o Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, si al final puedes firmar como Amado Nervo o Juan Rulfo?
Glorias literarias aparte, hay quien opta por eliminar el nombre de sus documentos oficiales. A veces por la vía legal. Las más de las veces, en la práctica. Un día alguien amenaza de muerte a la familia y ay de ustedes cabrones si me vuelven a decir Fiacro porque me llamo Paco. Y qué bueno que idolatrabas a la tía Zoyla pero a mí no me vas a decir así. Toda la familia entiende bien por las buenas y por las malas entiende divinamente. Te dice como tú te quieres llamar y sólo cuando llega un momento crítico, la revisión del testamento o el llenado del pasaporte, nos enteramos de que la tía Conchita en realidad se llamaba Inocencia.
Los nombres también se asocian a cierto estatus social. Recuerdo el caso de dos maestros rurales, convertidos en celebridades gracias al sindicato, quienes de inmediato cambiaron sus nombres, habituales en la provincia de donde eran originarios, y eligieron algo más ad hoc con su nueva condición social.  Y ya las aportaciones de los sindicalistas se encargaron de resolver la parte legal. Y hasta la fe de bautismo.
Pero para aquellos mortales que tienen un nombre visible y otro sólo en el acta… Hay dos momentos donde el nombre oculto emerge con  brutalidad. El primero es la lista de asistencia de la primaria. El maestro va leyendo uno a uno los nombres, y estudiando el rostro de sus alumnos. Los niños  voltean a ver a sus compañeros, y cuando uno de esos nombres es traicionado por el rostro del titular, el grupo entero estalla en carcajadas. Los maestros más sensibles, preguntan al alumno cómo quieren que le llame. Cuál nombre le gusta más. Los alumnos más seguros de sí mismos, corrigen de inmediato al profe y piden que se borre ese innombrable de la lista. El acoso de los compañeros se manifiesta abiertamente o de manera disimulada. Se emplea el nombre aceptado al dirigirse al compañero, pero el otro cuando hablamos de él con terceros. Y quien no acepta su nombre, héroe trágico, otorga el poder a aquéllos que sí van a tener el gozo perverso de nombrarlo.
La experiencia de primaria entrena al titular para los episodios que le recordarán, de ahí en adelante, su segundo nombre. Habrá de pronunciarlo el cura, el juez del registro civil, los sinodales al leer el acta de titulación, el que lee la lista de los pacientes. Y tal vez sean instantes fugaces donde uno pueda pensar que ese nombre se refiere a otro, no a quien escucha.
El segundo momento amargo, tiene lugar al ingresar a un hospital. Además de la enfermedad a cuestas, ahí sí, todos, médicos, enfermeras, camilleros, residentes, afanadoras, todos, sin excepción están dotados de una intuición que sabe, sin lugar a dudas, cuál es el nombre toda una vida detestado. Y por supuesto, ¿cómo creen qué lo llaman a uno? Y ahí sí. La palabra maldita duele casi tanto como las sondas, el suero y los piquetes constantes porque las enfermeras no encuentran la vena.

Mi abuelita Carmela, por ejemplo, estaba registrada como Pipina del Carmen, y creo que hasta mi abuelo se casó con ella sin saberlo. Ella misma sólo se enteró cuando necesitó un acta para tener derecho al seguro social. Menos mal, los nietos bandidos nos enteramos de eso antes de que enfermara. Por fortuna, también, había por aquél entonces un boxeador llamado Pipino Cuevas, y cuando los nietos nos enteramos de su nombre, nos reímos mucho y celebramos la idea de tener una abuelita pugilista.  La Paulina Trujillo, empezó a decirle Pipina y nos fuimos habituando.  Y esa medida nos ahorró los tragos amargos que hubiéramos podido pasar en el hospital, a causa del nombre desconocido.
Apenas ingresó a Centro Médico, las enfermeras, con esa precisión que mencioné antes, escribieron el “…del Carmen” en los tarjetones, con tinta invisible. Y mi abuela, en sus últimos meses de vida, pasó a ser Pipina.  El único consuelo es que eso nos permitía creer que el tumor canceroso y la insuficiencia renal pertenecían a otra persona, un poco ajena, que no era ella, doña Carmen Navarro viuda de Ramos, quien siempre había tenido buena salud y un humor inmejorable. Pipina sería quien habría de batirse en el ring con esas enfermedades temibles. Y lo hizo lo mejor que pudo.
En cuanto a mi abuela paterna, tengo también una historia que contar. Baste saber, por ahora, que en mi infancia, repetí hasta el cansancio que no me gustaba su nombre, y menos que mi papá me lo hubiera impuesto. Decía también que me lo iba a quitar. Incluso fui a visitar a un abogado, amigo de mi papá, quien por supuesto no me hizo el menor caso.
Por fortuna, aparecieron otra vez mis primos los Trujillo, y me convertí en Adela sin mayor trámite. Fue un alivio dejar de sentirme extraña al ser llamada así, como si esa Adela fuera otra y no yo.  Y aún hoy a mis amigos podría dividirlos en dos grupos. Los que me dicen Italia, nombre que más usé en mis primeros quince años de vida, y los que me conocen como Adela, o Ades, nombre al que yo, como un guiño a mi espíritu contreras, agregué la H. Para descender, de una vez por todas, a los infiernos.
Lo que sí es una deuda pendiente con mi abuela, sobre todo, es explicar por qué me molestaba tanto llevar su nombre cuando yo era una niña. Una razón evidente es esa que ya mencioné. Que lo nombren a uno por quedar bien con alguien que, en la vida real, es más bien un personaje incómodo, da para muchas horas de terapia. Porque la ambivalencia no se advierte a primera vista. Hacen falta años para entenderlo. Y eso sí que ameritaría más de unas cuantas cuartillas Sólo cuando se adopta un nombre, entendiéndolo cabalmente, con sus claroscuros, se le puede querer. Y hay una diferencia abismal entre el cómo te llaman y cómo me llamo yo, a mí misma.
Más complicado es el caso de una prima mía, a quien a la fecha nadie conoce por su verdadero nombre, más bonito, por cierto, que aquél que usa. Le pusieron otro porque a uno de los tíos, cuando nació, se le ocurrió decir que le habían puesto nombre de meretriz. En un afán de enmendar “el error”, la familia empezó a llamarla de otra manera, sin darse cuenta que validar la opinión del tío era peor.
Cerremos, pues, el tema que nos ocupa. Sugiero a aquéllos que me lean, si tienen ese nombre extraño que no reconocen como suyo, vayan corriendo al registro civil a promover un juicio de rectificación de acta. En caso contrario, úsenlo. Úsenlo lo más que puedan. Hasta que la herida abierta cicatrice. O bien: nunca se enfermen.

miércoles, 22 de febrero de 2017

FELIPA

Para Celia. 

Nunca entendí por qué, de entre todas tus amigas, tenías que elegirme a mí para llevar a cabo tu perverso plan. Ahí estaba Prudencia, monja frustrada, o Matilde, quien hubiera aceptado casarse por una módica pensión para pagar sus estudios universitarios. ¡Pero no! Elegiste a la virgen ingenuota, feliz con el noviazgo de manita sudada, para obtener el restaurante que te regalarían tus papás si vivías para siempre en el armario.
 
No bien firmamos, surgieron tus negativas categóricas a consumar el matrimonio. Y hasta eso, te hubiera perdonado el engaño, Felipón. Pero cometiste un grave error: me echaste a mí la culpa. Estás muy fea, no me motivas, tus perros no me dejan concentrarme, te van a oír, eres demasiado impulsiva, me va a dar un infarto... Sólo faltó que dijeras que tu abuela iba a salir del armario en mitad de la noche. Más bien tú, la noche que te acorralé, te metiste al ropero de la difunta, y ahí dormiste, entre los abrigos y estolas de doña Felipa, para no salir sino hasta la mañana siguiente, oloroso a naftalina, cuando los meseros vinieron a rescatarte.

Prefieres el armario a la realidad, te dije yo. Años atrás, cuando eras un niño, doña Felipa, abuela venerable, había escandalizado a la familia entera, al huir con el joven jardinero. Y tú seguías refugiándote en el pesado mueble de caoba, entre las galas que tu abuela había dejado. Tus padres, en más de una ocasión, te habían sacado de ahí con los mitones y las zapatillas puestas. 

Convencida ya de la futilidad de mis aproximaciones, propuse una tregua. Un día bajé al restaurante a cocinar. Y en un lapso breve de tiempo ya me había hecho íntima de la Suripanta, tu capitán de meseros. Era una loca con sueños de corista. Era puro cantar y cocinar como los dioses. Entre las dos diseñábamos los menús que los meseros te servían, puntualmente, a las dos de la tarde, cada día.

¿Que estabas engordando, Felipón? Yo también, un poco, por tanta castidad forzosa. Hasta los perros estaban nerviosos por esa veda obligatoria. Lo más vital en nuestra habitación era ese armario donde vivía el espíritu de la abuela fugitiva, con cuerpo de María Conesa. Entre banquetes pantagruélicos transcurrió todo un año casto; la báscula del baño disparó su aguja y cuando comenzaste a preocuparte, te dije que cuál agitación y pesadez, si tú, además del armario y la afición por la gentuza, ibas a heredar la longevidad de doña Felipa. Tu madre juraba que la abuela había muerto de un infarto después de la juerga salvaje con el jardinero, donde se gastó todos sus ahorros. Pero yo creía que doña Felipa seguía por ahí, haciendo de las suyas. A los personajes incómodos de la familia no se les menciona a menudo.

La mañana en que la báscula se quebró, me fui llevándome a los perros y te dejé con tu séquito de meseros bulliciosos. No reclamé la parte del restaurante que me correspondía, según el contrato matrimonial. Ya había tenido bastante de comilonas. Sí me llevé muchos kilos de más, pero los fui perdiendo poco a poco hasta que no quedó ni un rastro de amargura. Meses después, la Suripanta me llamó para contarme, entre llorosa y culpable, que te había dado un coma diabético, después insuficiencia renal, y apenas la noche anterior te habían encontrado muerto dentro del armario de doña Felipa. 

Como aún no se firmaba el divorcio, volví por mis fueros y dispuse de inmediato que un carpintero usara la caoba de tu mueble favorito para hacer el ataúd. Pedí que te vistieran con el abrigo, las zapatillas, el vestido con lentejuelas, las medias y la estola de la única mujer a la que habías pertenecido en vida. La Suripanta se lució con el maquillaje y la peluca. Hasta una tiara consiguió. También cantó en la misa los cuplés de la Gatita Blanca, para escándalo de Prudencia, la monja recién ordenada. Los meseros lloraron. Yo me senté, solemne y enlutada, a recibir las condolencias que correspondían a la viuda virgen. Los familiares creyeron que doña Felipa por fin había vuelto al redil, para morir en paz, cobijada por su familia. Ayudado por Matilde, un jardinero solícito llenó de flores blancas la carroza fúnebre que aguardaba en el atrio de la iglesia.