martes, 21 de marzo de 2017

Cómo te llamas

Cómo te llamas

Dichosos los que tienen un solo nombre, porque no tienen más remedio que usarlo. Incluso si tienen un alias o diminutivo, recuerdan con precisión cómo los asentaron en el registro civil.
Afortunados también los que tienen dos nombres combinables y además los usan. José Luis, Juan Carlos, María José…  José María no sé; siempre termina convertido en Chema.  Con acta o sin ella, van por la vida con la naturalidad de quien no tiene nombre que ocultar.
Pero Ay de quienes tienen dos nombres de pila (¡sí, tú, no te hagas!), y ocultan uno, como quien esconde un hijo incómodo. Ese segundo nombre es una piedra en el zapato. Aclaro, puede ser el primer nombre de pila, pero se convierte en el segundón, porque no lo usamos a la hora de las presentaciones.
El nombre “vergonzante”, se lleva porque los papás quisieron quedar bien, en algún momento, con los abuelitos o algún antepasado ilustre de la familia. O porque los papás creyeron que había que dotar al hijo de alguna cualidad excepcional, por si no iba a tener otra, y entonces agarraron el diccionario de donde salieron los nombres de próceres, mitos griegos, prehispánicos, exóticos, agringados, de artistas famosos y hasta los nombres inventados por los papás, en un esfuerzo de originalidad que provocará muchos dolores de cabeza en el hijo.
Lo peor del asunto es que los padres, o quienes bautizan al niño, primero ponen el nombre, y después son los primeros en no emplearlo. Como quien dice, no acostumbran al vástago a que, gústele o no, así se llama. Tampoco le dicen que más vale que ahorre para la rectificación de acta, sino que sólo  mencionan el nombre ignominioso cuando están encabronados.
Si uno pudiera cambiarse el nombre con la facilidad que se cambia de calzones, el asunto no tendría mayor relevancia. Pero como el tema de las rectificaciones se hace más engorroso: entre más documentos oficiales tenga el sujeto, más difícil cambiar el nombre. Así pues, no queda más remedio que usar un nombre y dejar el otro para la hora de llenar formularios.  
Sé que algunos se defenderán alegando que no usan el segundo nombre, pero SÍ les gusta. Está bien. Concedámosles el beneficio de la duda, siempre y cuando cambien su perfil de Facebook ahora mismo... Está bien; sí puede gustar el nombre omitido, pero nadie usa nombres demasiado largos. Ni los reyes que se echan encima todo su árbol genealógico.  Y bien pensado… ¿Para qué llamarse Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz, o Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, si al final puedes firmar como Amado Nervo o Juan Rulfo?
Glorias literarias aparte, hay quien opta por eliminar el nombre de sus documentos oficiales. A veces por la vía legal. Las más de las veces, en la práctica. Un día alguien amenaza de muerte a la familia y ay de ustedes cabrones si me vuelven a decir Fiacro porque me llamo Paco. Y qué bueno que idolatrabas a la tía Zoyla pero a mí no me vas a decir así. Toda la familia entiende bien por las buenas y por las malas entiende divinamente. Te dice como tú te quieres llamar y sólo cuando llega un momento crítico, la revisión del testamento o el llenado del pasaporte, nos enteramos de que la tía Conchita en realidad se llamaba Inocencia.
Los nombres también se asocian a cierto estatus social. Recuerdo el caso de dos maestros rurales, convertidos en celebridades gracias al sindicato, quienes de inmediato cambiaron sus nombres, habituales en la provincia de donde eran originarios, y eligieron algo más ad hoc con su nueva condición social.  Y ya las aportaciones de los sindicalistas se encargaron de resolver la parte legal. Y hasta la fe de bautismo.
Pero para aquellos mortales que tienen un nombre visible y otro sólo en el acta… Hay dos momentos donde el nombre oculto emerge con  brutalidad. El primero es la lista de asistencia de la primaria. El maestro va leyendo uno a uno los nombres, y estudiando el rostro de sus alumnos. Los niños  voltean a ver a sus compañeros, y cuando uno de esos nombres es traicionado por el rostro del titular, el grupo entero estalla en carcajadas. Los maestros más sensibles, preguntan al alumno cómo quieren que le llame. Cuál nombre le gusta más. Los alumnos más seguros de sí mismos, corrigen de inmediato al profe y piden que se borre ese innombrable de la lista. El acoso de los compañeros se manifiesta abiertamente o de manera disimulada. Se emplea el nombre aceptado al dirigirse al compañero, pero el otro cuando hablamos de él con terceros. Y quien no acepta su nombre, héroe trágico, otorga el poder a aquéllos que sí van a tener el gozo perverso de nombrarlo.
La experiencia de primaria entrena al titular para los episodios que le recordarán, de ahí en adelante, su segundo nombre. Habrá de pronunciarlo el cura, el juez del registro civil, los sinodales al leer el acta de titulación, el que lee la lista de los pacientes. Y tal vez sean instantes fugaces donde uno pueda pensar que ese nombre se refiere a otro, no a quien escucha.
El segundo momento amargo, tiene lugar al ingresar a un hospital. Además de la enfermedad a cuestas, ahí sí, todos, médicos, enfermeras, camilleros, residentes, afanadoras, todos, sin excepción están dotados de una intuición que sabe, sin lugar a dudas, cuál es el nombre toda una vida detestado. Y por supuesto, ¿cómo creen qué lo llaman a uno? Y ahí sí. La palabra maldita duele casi tanto como las sondas, el suero y los piquetes constantes porque las enfermeras no encuentran la vena.

Mi abuelita Carmela, por ejemplo, estaba registrada como Pipina del Carmen, y creo que hasta mi abuelo se casó con ella sin saberlo. Ella misma sólo se enteró cuando necesitó un acta para tener derecho al seguro social. Menos mal, los nietos bandidos nos enteramos de eso antes de que enfermara. Por fortuna, también, había por aquél entonces un boxeador llamado Pipino Cuevas, y cuando los nietos nos enteramos de su nombre, nos reímos mucho y celebramos la idea de tener una abuelita pugilista.  La Paulina Trujillo, empezó a decirle Pipina y nos fuimos habituando.  Y esa medida nos ahorró los tragos amargos que hubiéramos podido pasar en el hospital, a causa del nombre desconocido.
Apenas ingresó a Centro Médico, las enfermeras, con esa precisión que mencioné antes, escribieron el “…del Carmen” en los tarjetones, con tinta invisible. Y mi abuela, en sus últimos meses de vida, pasó a ser Pipina.  El único consuelo es que eso nos permitía creer que el tumor canceroso y la insuficiencia renal pertenecían a otra persona, un poco ajena, que no era ella, doña Carmen Navarro viuda de Ramos, quien siempre había tenido buena salud y un humor inmejorable. Pipina sería quien habría de batirse en el ring con esas enfermedades temibles. Y lo hizo lo mejor que pudo.
En cuanto a mi abuela paterna, tengo también una historia que contar. Baste saber, por ahora, que en mi infancia, repetí hasta el cansancio que no me gustaba su nombre, y menos que mi papá me lo hubiera impuesto. Decía también que me lo iba a quitar. Incluso fui a visitar a un abogado, amigo de mi papá, quien por supuesto no me hizo el menor caso.
Por fortuna, aparecieron otra vez mis primos los Trujillo, y me convertí en Adela sin mayor trámite. Fue un alivio dejar de sentirme extraña al ser llamada así, como si esa Adela fuera otra y no yo.  Y aún hoy a mis amigos podría dividirlos en dos grupos. Los que me dicen Italia, nombre que más usé en mis primeros quince años de vida, y los que me conocen como Adela, o Ades, nombre al que yo, como un guiño a mi espíritu contreras, agregué la H. Para descender, de una vez por todas, a los infiernos.
Lo que sí es una deuda pendiente con mi abuela, sobre todo, es explicar por qué me molestaba tanto llevar su nombre cuando yo era una niña. Una razón evidente es esa que ya mencioné. Que lo nombren a uno por quedar bien con alguien que, en la vida real, es más bien un personaje incómodo, da para muchas horas de terapia. Porque la ambivalencia no se advierte a primera vista. Hacen falta años para entenderlo. Y eso sí que ameritaría más de unas cuantas cuartillas Sólo cuando se adopta un nombre, entendiéndolo cabalmente, con sus claroscuros, se le puede querer. Y hay una diferencia abismal entre el cómo te llaman y cómo me llamo yo, a mí misma.
Más complicado es el caso de una prima mía, a quien a la fecha nadie conoce por su verdadero nombre, más bonito, por cierto, que aquél que usa. Le pusieron otro porque a uno de los tíos, cuando nació, se le ocurrió decir que le habían puesto nombre de meretriz. En un afán de enmendar “el error”, la familia empezó a llamarla de otra manera, sin darse cuenta que validar la opinión del tío era peor.
Cerremos, pues, el tema que nos ocupa. Sugiero a aquéllos que me lean, si tienen ese nombre extraño que no reconocen como suyo, vayan corriendo al registro civil a promover un juicio de rectificación de acta. En caso contrario, úsenlo. Úsenlo lo más que puedan. Hasta que la herida abierta cicatrice. O bien: nunca se enfermen.

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