La historia se repite cada tanto en las escuelas. Primer día de clases. Los alumnos van estudiando al profesorado. Hay varias clasificaciones pero una pregunta es esencial: Quiénes son estrictos y quiénes los barcos. Nada peor para un maestro que ser etiquetado por los adolescentes de secundaria como "buena gente". Lo bonachón se paga con la indisciplina de una horda de salvajes encabezados por algún líder incorregible. Imaginen el cielo atravesado por aviones, bolas de papel, gritos y hasta alguna trifulca en las filas de atrás. Los más prudentes se limitan a conversar con el compañero de al lado, en el siguiente nivel están los que empujan el banco del enemigo cuando éste va a sentarse. Los rudos, “ídolos de la afición”, echan desmadre y una que otra palabrota en la última fila. Que alguien calme al Calaca, por favor. Que si Carlos Gordillo está enojado porque patearon su portafolios. En el interior del Titanic, sólo las Lupitas y Karina Jiménez se portan bien. Ellas, puro cuadro de honor y nosotros, barbajanes. Sin mencionar a la Fabi, siempre adulta e incólume en su asiento, calculando activos y pasivos. Por allá suena la risa del Fito Samayoa.
martes, 8 de noviembre de 2022
Efe de Fe
martes, 14 de junio de 2022
Primera persona del plural
domingo, 19 de septiembre de 2021
Instantáneas
Creo haberla visto hace algunos años en la ciudad de México, estudiando fotografía. Me parece que le obsequié un tanque revelador y cuando lo sostuvo entre sus manos, me pude imaginar su pericia táctil en el cuarto oscuro. La película enrollándose con la paciencia de la fotógrafa. Por mi memoria se deslizan algunas de sus imágenes. Es amante de los detalles minuciosos, de los dientes de león, del instante preciso en que una gota de rocío se abandona en el pétalo de una flor.
domingo, 18 de octubre de 2020
Un tequila para Gloria
Casi a punto de salir a Gayosso, se me aparece el recuerdo de Gloria. No una imagen vaga sino una voz contundente, como su carácter. Oye, qué te pasa, prima – me dice–, no vas a ir así a la funeraria. Bajo la vista y contemplo mis tenis; el raído pantalón de mezclilla. Lamento mi torpeza en materia de peinados de salón. Quiero lanzar una excusa. Al final prefiero no discutir. Uno sabe a lo que se expone cuando se enfrenta al talante de las Flores.
De modo que me resigno a cambiarme de ropa. Negro riguroso. Le advierto, eso sí, mis prisas; por nada del mundo me maquillaré. Busco un cubrebocas oscuro y en un último gesto conciliador, accedo a ponerme un collar de cuentas negras. Lo malo de ser fachoso es que luego no encuentra uno el modo de resolverlo. Nada que ver con la Gloria de pestañas postizas, uñas de fantasía, brillo y glamour. Menos los tubos para describir ese copete ochentero, curvado sobre la frente.
Llega el Uber. Le doy las señas para hacer una escala en la casa de la doctora. En el tráfico de medio día, me asaltan mil preguntas. ¿Me puedo imaginar a mi prima Gloria en el más allá? La verdad no. Aún cuando escriba después unas líneas la podré imaginar, asomándose sobre mi hombro y opinando sobre mis comentarios. Con el sol inclemente, cayendo sobre mi ropa negra a través del cristal, sé que asistir al mismo velatorio donde despedimos a su mamá hace dos años, no será fácil. La doctora sube al coche y el Uber enfila en dirección a Reforma, por el circuito interior.
Hacemos algunos comentarios. La ocasión nos ha vuelto solemnes. Sabemos nada. Un día la prima entró al hospital y al poco desapareció, en un acto de prestidigitación. Mi mente lanza preguntas obsesivas: ¿Cómo así? ¿Y las décadas que le faltaba vivir, por la simple razón de la edad? Tan poco creíble resulta su muerte que, cuando llegamos a la funeraria, los restos de Gloria Flores aún no están. Nos ha dejado plantados.
En cambio, coincidimos en la entrada, frente al elevador, con Samuel, el compañero de mi prima. En uno de esos arrebatos de inconsciencia, olvido el protocolo, la sana distancia y le doy un abrazo con la frase primera que se me viene a la mente: Estuviste ahí para ella, la cuidaste, sin importar qué. Subrayo: lo sabemos todos. Frases atropelladas y nerviosas. Son mi manera de resumir esa unión, esa complicidad única de veinte años en unas cuantas palabras. Sin previo acuerdo, la doctora dice algo similar; gracias por cuidarla. No hace falta mencionar operaciones quirúrgicas o días nublados. Sabemos que él estuvo al pie del cañón y con eso basta.
Subimos a la sala vacía; una o dos personas preguntando si es ahí, si es la hora correcta. Pero es difícil saber si es o no el momento preciso para marcharse del mundo. Así pues, nos sentamos a esperar la llegada de las cenizas. El covid ha proscrito las ceremonias de cuerpo presente. A pesar del polvo del olvido, me acomodo en un sillón oscuro y sacudo mis recuerdos. Veo a una Gloria combativa como esa que me reclamó una vez por qué no la invité al bautizo de mi hijo en Chiapas. Sabe que sólo le llamé a Adriana. Nunca se me ha dado bien mentir y le digo la verdad: pues porque no ibas a ir. En ese momento me da una lección: aún así, me hubieras hablado a mí. Tiene razón. Y no le tiembla la voz para llamar las cosas por su nombre.
Llega la tía Tana y nos saluda desde lejos, como preguntándose quiénes somos. Yo estoy sonriendo porque ahora mi mente me lleva a otra faceta menos conocida de Gloria, la que parece tocar el cielo de la conciliación; sus excursiones a la riviera maya con Samuel, el azul inolvidable del mar del Caribe, el momento en que la vi vestida de novia y ese otro momento suspendido en el tiempo, en que la vi cantando con su esposo en una fiesta.
Porque esa Gloria claridosa de frases puntuales también tenía un espíritu musical y danzarín. Era tan traviesa que celebró el encuentro de dos mundos lanzándose al mar de lo desconocido, como el almirante Colón. Para eso se necesita temple, o como decía Gloria cuando citaba la canasta básica de Odin Dupeyron: "Leche, huevos, terapia, ¡muchos huevos para ir a terapia!".
También me la imagino niña, con su falda con olanes y la canasta bajo el brazo. No dudo que bajo la manta, esa cesta lleve mucha proteína. ¿De dónde, sino, obtuvo sus primeros lugares en la preparatoria y le ganó la batalla al cáncer? Hay fotos memorables, cuando participaba en la marcha rosa de octubre, con el moño y el ánimo por todo lo alto.
Vuelvo a sonreir en la sala fría. Es que recuerdo con precisión cuando conocimos a las dos Glorias en la Roma. Llegamos mi papá y yo, una tarde de 1986; el escenario de la colonia Roma aún con los vestigios del temblor. Estuvimos charlando un rato y ese día la Gloria de las travesuras rió mucho con las ocurrencias de mi papá. Se ve simpática la gordita, concluyó mi papá cuando bajamos las escaleras. Menos mal mi prima no lo escuchó; no creo que le hubiera gustado escuchar esa palabra. Estaba en su peso, pero tenía la cara redonda y las formas rollizas de quien anuncia que subirá de peso con facilidad. Ni hablar, prima. Subir y bajar, como en la rueda de la fortuna.
Para aliviar la tensión de la espera, Samuel nos regala entonces una imagen espléndida que viene a sumarse a mi álbum de recuerdos. Hace poco – nos dice– nos fuimos a comer al Cardenal, como le gustaba. Gloria pidió su chile en nogada. Hasta me dijo, ¿Y qué estás tomando? Tequila. ¿Y a mí por qué no me pediste uno? Y le pedí su tequila.
La calidez del tequila le pone ambiente a mis memorias. ¡Salud! Se abre el telón y Gloria Flores vuelve ser como la tía Zoila, toda collar de perlas y foto de estudio, lista para ir a la sala de conciertos. Mi prima llevaba el nombre de su tía, figura importante en la familia. Lo malo de tener dos nombres es que todos piensan que se oculta el que gusta menos. Al rato me dirá: Y si vamos a decir la verdad, mejor ya cállate Adela Flores, que no me está gustando ese escrito, ¿eh?
Le cuento a la doctora Mónica que siempre me gustó la crónica de los conciertos por Facebook. Gloria subía un anuncio en los momentos previos, a veces una foto en un restaurante o ya en la sala del Lunario o el Auditorio Nacional. Y después venía el video, para que los espectadores de su página supiéramos que había estado cantando. Matute, leí una vez. ¿Y quién diablos es Matute? Yo sabía que a Gloria le encantaban Don Gato y su pandilla, en especial Benito. Pero, ¿Matute el policía, siempre timado por el astuto gato del barril? ¡Noooo! La doctora precisa que Matute es un grupo que canta covers de los ochenta.
A la sala llegan dos amigos de Adriana, el primo Mario, figuras para mí desconocidas; se escuchan pasos en la escalera. Como una ráfaga, alcanzo a ver a Gloria vestida de novia, sonriente y etérea, desmintiendo los kilos que le puso el tío Carlos. Nada de gordita, ¿eh? Mi mente vuela. ¿Cómo le hago para no pensar en la tía Gloria, el día de la boda, contenta y confundida a la vez, porque se le va su última hija soltera? Un recuerdo más: Gloria disfrazada de arlequín, entregándoles dulces a los niños del edificio en el día de Halloween. A su lado ladran las perritas, Chelsy y Keisy. Porque esta crónica no puede quedar sin ellas, sin Aló Hawaii o sin Gloria diciendo que su mamá recibía a los visitantes especiales de Yucatán 11 B como si fuesen el Marahá de Pocajú. ¡Habráse visto!
Mis primas Lulú y Adriana pronuncian unas palabras para desearle un buen viaje a su hermana pequeña. La que se peinaba de coletas; la que era tan delgada que había que sujetarle la falda con resortes. En ese momento advierto que en mi torbellino de recuerdos falta una Gloria; la de la ternura. La tía consentidora; la tía de Daniel, Michel e Iván. No me sorprende que sea este último quien reciba la urna. Es el único entre todos los presentes con estatura suficiente para acomodar a su tía entre dos nubes, como quien pone el tesoro a resguardo en la parte más alta de la estantería, para que el olvido no pueda tocarlo.
Alguien anuncia que la misa está por comenzar. Adriana pide un aplauso para Gloria, agradece a los presentes por estar y se dirige a su cuñado para cerrar la ceremonia. Al igual que Gloria, Samuel es contador de profesión. Pero lo que mejor cuenta son las bendiciones recibidas en su vida. Adriana suspira en el epílogo; gracias por cuidarla. Samuel no titubea al responder: nada que agradecer; ella también me apoyó mucho a mí. Y lo que hice, lo hice con mucho amor.
Ciudad de México, 18 de octubre de 2020.
viernes, 18 de septiembre de 2020
Tragedia en Cosamaloapan
1. Los expedicionarios -abuelos y dos nietas- salen de San Crisis a las ocho de la mañana, a bordo de la Land Rover, con destino a la ciudad de México.
2. Al momento de encender la camioneta, se prende un sospechoso "foquito rojo" cuya única intención es desestabilizar los ánimos de los tripulantes delanteros. No saben -ni sabrán, Teofilitos- qué quiere decir esa luz agorera, pero el abuelo dice que así pasa siempre. Convencido de que los servicios de la agencia son un robo en despoblado, y que la compra de un auto no requiere futuros pagos por mantenimiento, dictamina que el foquito es ya parte de la rutina; después se apaga y todo sin novedad.
3. Desayuno en Tuxtla.
4. A las 3 de la tarde, veinte kilómetros después de decirle adiós a la caseta de Cosamaloapan, el foquito implacable da muestras de un poder insospechado: se quedan varados a la orilla de la carretera, en el vil monte.
5. Los abuelos hacen válido el seguro de la autopista: buscan su recibo de pago de la caseta y llaman a una grúa.
6. Llega la grúa salvadora a las 5:30 p.m.; pero la salvación tiene límites: el seguro cubre únicamente el trayecto a la caseta más próxima. Esto es, van de retache a Cosamaloapan, abuelo en la cabina de la grúa; abuela y nietas en la camioneta.
7. 6 p.m. Un mecánico ya los espera en la caseta, para obsequiarles un poco de corriente. Hace más: les diagnostica "un problema eléctrico". La camioneta enciende y -nomás por no dejar- deciden llevarla a una "revisadita" al taller del mecánico. El mecánico se adelanta.
8. Carretera; en plena curva, a mitad de un trébol, rumbo al pueblo, otra vez la comioneta se apaga.
9. Salta el abuelo de la camioneta y corre desesperado, en un afán de revivir sus tiempos de maratonista, para alcanzar al mecánico.
10. No esperemos milagros de un corredor de fondo. ¡Sí! Pasa un motociclista y lo lleva a toda velocidad.
11. Abuelo y mecánico alcanzado vuelven a pasarle corriente a la camioneta. Enciende de nuevo.
12. Cuatro kilómetros separan a la caseta del pueblo. Los recorren al increible promedio prehistórico de un kilómetro por hora. Miento: caminando seguro llegan antes. La caravana se integra como sigue: a la cabeza, un taxi con luces intermitentes; a continuación, el mecánico, muy ufano de la corrientez invaluable de su carcachita. Cerrando el cortejo, una Land Rover humillada, que se desquita apagándose a cada rato. El mecánico se detiene para repetir el ritual eléctrico. Y vuelta a empezar.
13. En determinado momento, los caravaneros deciden que ya está bien de jugar a los toques eléctricos de feria , y se deciden por un método ancestralmente eficaz: jalar la Land Rover con una reata. Las niñas y su abuela, siempre arriba de la camioneta, observan las maniobras.
14. Al final, todos los expedicionarios se bajan para empujar la camioneta, al interior del taller-casa del mecánico. Para probar que sí empujó, el abuelo muestra sus palmas empolvadas a las niñas.
15. A eso de las diez y media de la noche, el mecánico los lleva en su carcachita a la terminal de camiones, donde las niñas comen los huevos duros sobrantes del desayuno, y la más pequeña se duerme en una banca, mientras pasa algún camión.
16. A la medianoche, ¡por fin! suben a un camión infame, sin baño ni aire acondicionado, pero ni falta que les hace, pues: no hace calor. La suerte se acaba en los fríos de Puebla en madrugada. A eso de las siete y media de la mañana, cuando ya temblaron a gusto -Puebla, brrrr- llegan a la Tapo.
17. 8 de la mañana del día siguente a la expedición, llegan a Sole, lugar donde sí hay baño. El viaje ha durado exactamente veinticuatro horas.
18. Albricias; en la agencia, los abuelos son informados del servicio gratuito de rescate de Land Rover: los agentes ya van por la camioneta y se calcula que como a las 5:30 p.m. estén de vuelta en la agencia de Picacho. Se espera que, más tarde o temprano, esclarezcan qué chingados quiere decir el "foquito rojo".
Notas:
-La abuela envió mensajes frenéticos a la ciudad de México, dirigidos sobre todo a la mamá de las niñas, hasta que se le acabó el crédito. El último mensaje fue enviado en el momento climático de la expedición: cuando se quedaron parados en la curva. Sólo decía "estamos peor".
-El abuelo también habló varias veces por teléfono, para denunciar la traición del foco rojo.-Tía y mamá estuvieron a punto de ir al rescate de las niñas en la camioneta de la madre de éstas; una Mitsubishi que ha hecho varias veces el trayecto Chiapas-D.F. y nunca se ha descompuesto.
-Mientras los expedicionarios eran arrastrados a Cosamaloapan, tía y primo estaban en ascuas, recibiendo mensajes de texto y viendo la la película de 2012, sobre el fin del mundo, en casa de una amiga de la tía. Ambos coinciden en afirmar que "estaba más intenso el asunto de la camioneta."
Ciudad de México; 23 de agosto de 2010
jueves, 10 de septiembre de 2020
El último taxi
De todos los hermanos, era el que más se parecía al abuelo Ramiro. Tenía la piel morena, esa mirada sagaz y la misma sonrisa maliciosa que conquistaron a más de una mujer, a veces todas a un tiempo y fueron no pocas veces motivo de desavenencias amorosas.
Ricardo nació antes de la bonanza del abuelo y quizá debido a la precariedad y apuros económicos de su primer hogar, su madre decidió enviarlo a vivir con su papá, cuando éste se casó con Carmelita, la de los ojos verdes. Todavía estaban lejos los años de bonanza. Ramiro era peluquero y doña Carmelita, estilista o “peluquera”, como decían las señoras encopetadas del pueblo, un tanto despectivamente. Pero esa peluquera ganaba incluso más que su esposo y el abuelo, picado en su amor propio, se volvió comerciante y propietario de “Las tres erres”, nombre de la tienda en alusión a su nombre completo: Ramiro Ramos Ruiz.
En el que fuera su primer cambio de casa, Ricardo conoció a una joven madrastra y, contra todos los pronósticos, con el correr de los años tuvo con ella una relación entrañable, aunque no exenta de momentos difíciles porque el niño insumiso vistió de rebeldía su soledad. Sin embargo, cuando él tuvo la oportunidad de convertirse en padre, entendió más de la vida y tengo la imagen de Ricardo abrazando a Carmelita, como le decía, mientras caminaban por el patio de la casa.
Un dato confirma la complicidad de esos dos; el día que murió Carmelita, afuera de la iglesia había muchos taxistas en el cortejo fúnebre. Estaban ahí por el tío Ricardo, taxista de profesión, como varios de los hermanos de su papá. Aunque no era su madre biológica, jamás dejó de visitarla, ni aún después de la muerte temprana de Ramiro. Entre los más asiduos a la casa de la abuela estaban la tía Irma, primera esposa de Ricardo, y sus hijos a quienes la abuela tomó como nietos de corazón.
La abuela Carmen contaría, años después, que Ricardo niño fue rebelde y, como decimos en San Cristóbal, “no se hallaba”. Desarraigado de la casa materna, presenciando una y otra vez la llegada de nuevos hermanos, Ricardo se la pasó toda una vida buscando un lugar al cual pertenecer. De una casa a otra, de un hogar a otro, hubo siempre en él un niño extraviado y, más que nada, un espíritu indomable que jamás se dejó domesticar.
Cometí un error con ese niño indómito, dijo una vez la abuela. Cada vez que se portaba mal, la solución inmediata era: “Le voy a dar la queja a tu papá”. La consecuencia de la queja eran los golpes que Ramiro propinaba a su hijo. Lejos de arredrarse, Ricardo crecía en rebeldía. Al paso de los años, la abuela reconoció que denunciarlo no había sido una buena solución, porque los castigos corporales eran frecuentes. Las tías recordarían que tenían que llorar frente al abuelo y decir: “no, papacito, ya no le pegues”.
El abuelo Ramiro cerraba la tienda a las dos de la tarde y volvía a comer. Era un hombre estricto que no permitía conversación alguna en la mesa. Hasta pedir una tortilla era un desafío. Los nueve tíos desarrollaron una serie de códigos, miradas, levantamientos de ceja o codazos, para pedir los platillos acomodados en la larga mesa; una comunicación sin palabras y un silencio presidido por el caballero de corbata, cabello engominado y suéter azul.
Sería por el régimen marcial del abuelo y la orfandad primera, el caso es que el tío Ricardo vivió escapando siempre de casa. Y no perdió esa costumbre jamás. De niño, tenían que salir a buscarlo a los lugares donde se quedara a dormir. Tenía muchas guaridas. Un escondite por el cerrito de San Cristóbal, la casa de doña Adela Gómez y todo aquel lugar donde hubiese transportes que lo llevaran a otro lugar. La felicidad tenía para él un destino incierto.
La escuela nunca le gustó. Todo sitio donde olfateara rigor y disciplina era enemigo de su libertad. Lo inscribieron en la escuela particular más prestigiada de San Cristóbal, dirigida por un profesor alemán, José Weber. Por supuesto, se volvió a escapar sin tomarse la molestia siquiera de aprender a escribir. Hábil en ardides, desarrolló una astucia para que otros leyeran por él y cuando se volvió gestor de trámites automovilísticos, claro que ninguna de las partes interesadas advertía que “el licenciado zorri” no podía leer el alfabeto. Leía las mentes, eso sí.
Trabajó un tiempo en lo que en aquél entonces se llamaba “Tránsito municipal” y el nombre no pudo ser más adecuado para el transportista en permanente desplazamiento, como los marineros. El tío Ricardo era, por supuesto, un hombre inteligente (el apodo lleva razón) y sólo cuando su trabajo peligró, se puso a estudiar en un tiempo brevísimo los nueve o diez años de vida que le habrían hecho falta para terminar la primaria y la secundaria.
Cuando el abuelo se cansó de los correctivos y Ricardo demostró que tenía una voluntad a prueba de cinchazos, lo mandaron al rancho del tío Tiburcio y ahí se quedó hasta que se volvió adulto. De esos años duros regresó transformado y dispuesto a aprender un oficio para vivir. Fue así como, con ayuda del abuelo se convirtió en taxista y ahí comenzó una larga historia en los sitios de taxis San Cristóbal y Ciudad Real, oficio que desempeñarían más tarde sus hijos mayores.
De su matrimonio con tía Irma, nacieron mis primos Ricardo, Gerardo, Paty y Aurora. Vivieron en una casa muy próxima al barrio de Cuxtitali, hasta que el tío Ricardo volvió a cambiar de casa una vez más y dejó a los primos con la tremenda faena de labrarse un futuro por sí mismos, a costa de esfuerzos y sacrificios como abandonar la universidad para trabajar. No hay padre perfecto. El tío Ricardo tuvo a mi abuelo, severo frente a la rebeldía y el tío Ricardo fue un padre siempre en tránsito, de una escala a otra, con la tristeza que eso implica para quienes lo veían partir.
Y sin embargo, había también en él un lado festivo, un espíritu de liderazgo, un leguleyo nato y un sentido del humor que los golpes de la vida no pudieron derrotar jamás. Famoso por su alias, “zorrita”, que llevaba inscrito en el taxi, el tío Ricardo creó una leyenda en torno a su famoso sobrenombre. Decían sus hermanos que de niño disparaba flatulencias a sus amigos sin pudor alguno, que repelía cualquier ataque con un olor que se dejaba sentir a metros y también que su astucia para resolver conflictos en la vida no tenía igual.
Hoy, todos los Ramos de la familia, queremos recordarlo con esa sonrisa tan suya que parecía siempre dispuesta a promocionar un dentífrico o a perdonar y hacerse perdonar cualquier ofensa sufrida. En la foto que acompaña esta publicación está trajeado y serio pero, si se fijan, hay otra donde suelta la carcajada, abrazado de sus grandes amigos Armando Aguilar y Juan Fores, con quienes hoy se reúne para seguir el relajo.
Esta mañana, el mayor de los Ramos, Ricardo Ramos Gordillo, ha tomado su último taxi con destino a la que, suponemos, será su última morada. Conociéndolo, podemos pensar que Ricardo no se estará quieto y seguirá viajando para recordar todos los lugares donde alguna vez amó la vida.
Sirva esta pequeña crónica para desearle un buen viaje a quien fuera un eterno transeúnte. Quiero imaginarlo en un carro que más parece una lancha, como las de antes, un Ford Galaxie 500, y con la radio encendida. Suena Pérez Prado con "El mambo del ruletero" y dice: Yo soy, de San Cristóbal...
Viaja en paz, tío Ricardo. Y cuando veas a tu hermano Alfredo en el camino, no dudes en hacerle la parada.
Ciudad de México; 10 de septiembre de 2020.




