martes, 8 de noviembre de 2022

Efe de Fe

 La historia se repite cada tanto en las escuelas. Primer día de clases. Los alumnos van estudiando al profesorado. Hay varias clasificaciones pero una pregunta es esencial: Quiénes son estrictos y quiénes los barcos. Nada peor para un maestro que ser etiquetado por los adolescentes de secundaria como "buena gente". Lo bonachón se paga con la indisciplina de una horda de salvajes encabezados por algún líder incorregible. Imaginen el cielo atravesado por aviones, bolas de papel, gritos y hasta alguna trifulca en las filas de atrás. Los más prudentes se limitan a conversar con el compañero de al lado, en el siguiente nivel están los que empujan el banco del enemigo cuando éste va a sentarse. Los rudos, “ídolos de la afición”, echan desmadre y una que otra palabrota en la última fila. Que alguien calme al Calaca, por favor. Que si Carlos Gordillo está enojado porque patearon su portafolios. En el interior del Titanic, sólo las Lupitas y Karina Jiménez se portan bien. Ellas, puro cuadro de honor y nosotros, barbajanes. Sin mencionar a la Fabi, siempre adulta e incólume en su asiento, calculando activos y pasivos. Por allá suena la risa del Fito Samayoa.

Corría el año de 1981. El maestro Carlitos Hernández, caballero de la docencia, estaba por jubilarse. Llegó a relevarlo en el taller de Contabilidad y Mecanografía un maestro bajito, moreno y afable, cuyo sello era una sonrisa indeleble a prueba de alumnos desmadrosos. La misma que aparece en todas sus fotografías. El maestro saliente y su relevo podrían haber pasado por Don Quijote y su escudero, aunque el maestro Carlitos era más bien rollizo y en vez de lanza empuñaba un pincel durante la clase de Dibujo. Su severidad, la corbata y el traje de saco cruzado eran el escudo que imponía respeto.

Apenas entrar al aula, el maestro Chusito se ganó el epíteto de barco por su aspecto bonachón. Y unos minutos más tarde ya habíamos infringido todas las reglas desconocidas por el grupo. Comer en clase, platicar, levantarse del asiento, salir al baño sin permiso. Ajeno al desorden, Jesús Sánchez Rodríguez seguía sonriendo, como un pequeño Buda que guarda un secreto que los jóvenes no alcanzan a descifrar.

En el 2022, quienes fuimos jóvenes en la década de los ochenta ya somos unos viejos si comparamos la edad que tenía nuestro joven maestro de la Escuela Secundaria Técnica número uno, General Lázaro Cárdenas del Río. El taller de Contabilidad estaba dividido en dos grupos, el F y el H. Los del “efe” estábamos, comenta Pepe Barraza, entre los mejores promedios de la escuela. Un grupo variopinto, con alumnado del género femenino, en su mayoría, proveniente de los distintos barrios de San Cristóbal de Las Casas. De San Ramón habían llegado Ramona y Paty Velasco, de Guadalupe, Fito Samayoa; de Santa Lucía, Carlos Ramírez, Verónica León y Mónica Nieto. Víctor Hugo vivía en La Almolonga. Elsi y Pepe, en el Barrio de Mexicanos; Axa, en el de Tlaxcala. Por el Arco del Carmen, Carlos Gordillo. Era la época de los portafolios negros y rojos, el uniforme de camisas blancas y faldas o pantalones en color guinda. Los años de la música de Menudo y las fiestas de luz y sonido en la disco, las fiestas de quinceañeras, entre las que sobresalen los Quince años de Elsita Domínguez, donde echaron la casa por la ventana y los compañeros estrenaron su primer saco y corbata.

En nuestros años de secundaria ocurrió el cambio de la escuela secundaria del edificio ya demolido, frente a la Catedral, donde ahora está la Plaza de la Paz a la enorme escuela en las afueras. Vimos una inverosímil lluvia de ceniza, cuando hizo erupción el volcán Chichonal en 1982 y nos tocó el traslado a las nuevas instalaciones, en las faldas de un cerro, en el barrio de María Auxiliadora. Para todos estaba lejos, excepto para mí; vivía a unos pasos de la escuela, en la entonces orilla de la ciudad: el periférico sur oriente. Salvo el primer día, llegaba a la escuela en coche. El camino de terracería, un baño de grava blanca y los arrancones de la maestra Tirza que pasaba como bólido sirvieron para convencer a mi mamá de llevarnos en carro.

A la escuela llegaban los alumnos en los autobuses de la escuela, que se abordaban a un costado de la Catedral, en el primer cuadro de la ciudad, en la acera opuesta al Parque Central. Los maestros llegaban en automóvil. Las excepciones eran deportistas caminando. En su Renault llegaba el maestro Chusito. Lo veíamos llegar, apenas sobresaliendo su cabeza, como los muñequitos de lego en autos pequeños, amarillos o verdes. No sé bien el color. La memoria no me asiste en estos momentos.

Siempre fue un misterio para mí por qué el maestro Chusito era tan buena gente, pese a lo alborotadores que éramos todos. Es fácil regalar elogios a los que parten. La afabilidad del profe es neta y no elogio póstumo. Quizá hacía honor a su nombre, quería hacer milagros con los alumnos, bullies irredentos, aún a riesgo de ser crucificado. Nos pasamos de lanzas, dice Fito. Norma Díaz Estrada señala que “nunca regañaba, pedía las cosas sonriendo, jamás mostraba su enojo” y concluye, contundente, ¡Vaya que nos aguantaba!

José Barraza, hoy Ingeniero agrónomo, lo recuerda por su paciencia y su generosidad cuando solicitábamos prórrogas para entregar algún trabajo. A Verónica León le daba por conversar con él cuando no quería realizar las planas de mecanografía.

Hay un dato que no olvido. Nos trataba de Usted y a menudo se refería a nosotros por nuestros apellidos. No a todos se nos dio la contabilidad, afirma Rocío Reyes, la campeona en los concursos de matemáticas de la zona. Pero sin duda aprendimos del maestro Chusito una enseñanza que supera con creces cualquier cifra en la boleta de calificaciones. La certeza de que cada uno de nosotros alberga cualidades y la posibilidad de brillar, incluso si nuestra vida es un mar de confusiones. Confió en las capacidades de todos y cada uno, aunque nos empeñáramos en llevarle la contraria. Pepe Barraza lo define mejor que nadie con estas palabras: Un ser humano bondadoso que entendió nuestra etapa de desarrollo juvenil en la secundaria.

Años después, cuando esa etapa era ya un recuerdo lejano, coincidí con él en los taxis colectivos que viajan a Tuxtla. Tuvimos una breve charla y me sorprendió la fe inquebrantable que tenía aún en el grupo; estaba al tanto de las carreras que habíamos estudiado, los rumbos transitados. Tenía conocimiento de los contadores que habían salido del grupo, Carlos, Sergio, Paty Velasco, Rocío Anabell, Karina. Y a mí me regaló dos o tres elogios inmerecidos, porque sabía de mi amor por las Humanidades, aunque por lo general no sea una profesión identificada con el éxito económico. Le digo, profe. A la fecha, los números no se me dan.

Si el maestro Chusito tenía defectos, cabe señalar que jamás llevó al aula sus dificultades o conflictos económicos. Entrando al salón, toda tribulación quedaba atrás. Los problemas eran como ese apodo que no se nombra jamás frente al profesor. Como no sabía decir no, o tal vez porque éramos sus alumnas favoritas (las más insistentes), un día la temible Verónica y yo lo convencimos de que nos prestara el renolcito para dar un paseo por el periférico. Estábamos aprendiendo a manejar y el profe, sin pedirnos una improbable licencia o asegurarse de que al menos sabíamos maniobrar la caja de velocidades, nos entregó las llaves del carro. Se lo devolvimos intacto, después de un largo paseo. A la hora de salida, cuando íbamos al centro de la ciudad, lo vimos detenido, a la orilla de la carretera, maestro Chusito acalorado, con garrafa en mano. Habíamos vaciado el tanque de gasolina.

En el año de 2017, Fernando Angulo organizó un encuentro de la generación en el restaurante La diligencia. Se dio la coincidencia de que en una mesa contigua el maestro estuviese desayunando. Como al parecer no era rencoroso, accedió a tomarse una foto con los alumnos que tantos dolores de cabeza le habían dado.

En la secundaria hubo oportunidad de devolver algo de su amabilidad. Cuando cumplí quince años, a mi papá se le ocurrió organizar un desayuno, al cual invitó a mis maestros de la escuela y a algunas de mis compañeras. En las fotos aparece el maestro Chusito, sentado a mi lado izquierdo, frente al pastel coronado con una quinceañera kitch color rosa, antítesis de la festejada, lectora de Salgari. El profe luce su habitual suéter azul y sonrisa acostumbrada. Circulan desde ayer varias fotografías en las esquelas que participan su ausencia. Sus alumnos del grupo F sabemos que aquí queda el recuerdo de alguien quien, en efecto, creía que era F de formidables. Efe de Fe en uno mismo.

En las fotos más recientes no lo reconozco; adelgazado por completo, excepto en su sonrisa. Yo prefiero recordarlo como en esa foto tomada el día que cumplí quince años, el veinte de enero de 1983. Muchas gracias, maestro Chusito. Parece usted un niño entusiasta en espera de que la vida le regale una generosa rebanada de pastel.


Ciudad de México, 8 de noviembre de 2022.





martes, 14 de junio de 2022

Primera persona del plural








Por culpa de las visitas desconocidas, a mí no me recibían. La Trujillo suelta la frase y nos recuerda a una turba enardecida que da portazo en el estadio. No sabemos la cifra exacta de quienes llegaron a tocar sin invitación pero sí de la terquedad de los excluidos y del magnetismo del domicilio. Algo así como la residencia de una celebridad. Era el lugar al que podían asomarse los que estaban buscando eso que se les había perdido. Y el aura atrae, aunque no sepamos qué estamos haciendo ahí. Lo cierto es que esa coleta a quien llamaremos “La Trujillo” era persistente y además sí tenía una invitación recibida por conducto de su papá. Mi oficina estaba próxima a la casa, afirma nuestra entrevistada y era fácil pasar a anunciarse cada tercer día. A fuerza de tocar el interfón y repetir el mantra irresistible “soy de San Cristóbal”, la Clarita no tuvo más remedio que darme audiencia en la cuarta intentona.

Somos tantos los que quisimos ser admitidos, los reclamadores de un derecho de admisión porque sí, es tanta la necesidad de ser reconocidos, que ahora todos participamos en esta rebatinga y exigimos la voz solista en este coro de recuerdos. A la hora de reconstruir las memorias de esa casa, todos pretendemos saber más que los demás. Hay quien asegura que el inmueble estaba situado en Calderón de la Barca. Otros afirman que esa calle nunca existió. Que si acaso, como afirma el dramaturgo, la vida es sueño. Las memorias, sueños son.

Apenas verla, la señora de la casa sonrió, como adivinando el aire de familia de las Ramos: ¿Qué no eres tú la hija del Chus Ardines? Tras un titubeo, respondió la recién llegada, subrayando las sílabas, a la manera coleta: Trujillo Ardines. Esa respuesta le ganó el mote alusivo al apellido paterno. Y ya no se animó a desplegar todo el árbol genealógico de su familia chiapaneca, porque en eso apareció don L.M. Tras una exclamación, ¡Aaaaah, muy bien! y de estrecharle la mano con énfasis, casi sacudiéndola, llevó a la invitada al comedor y le asignó su lugar en la mesa circular. Suponemos que la invitada, al ver aquella mesa redonda, se sintió en la Corte del Rey Arturo. Imaginé a todos los que habían quedado fuera ese día. Los que llegaban a pedir posada, un lugar en la mesa, un amuleto de la suerte, un autógrafo, un billete de lotería, una recomendación para abrir las puertas de otras casas, un libro. Hasta pasar al baño. Yo la verdad sólo tenía curiosidad de platicar. Ver qué decían doña Flash y don L.M., después de haber visto tanto mundo.

Sabemos por fuentes fidedignas que en esa casa las conversaciones se alargaban tanto que los tres tiempos de la comida se convertían en cena. Entre la especulación y la envidia, quisiéramos aventurar cómo fue el ritual de bienvenida. Qué curul, qué asiento le tocó a la Trujillo. Suponemos que el señor de la casa, don Javier, alias L.M., por nombramiento de su esposa, declaró formalmente inauguradas las comidas juevesinas, ritual a celebrarse el tiempo que durara la permanencia de la embajadora de Ocosingo y San Cristóbal en la ciudad de México. Lástima que no tengamos una grabación para probar la locuacidad del anfitrión, al fin campeón de oratoria. Sólo la invitada de la tarde nos ha confiado, después de mucho insistir, que las comidas en honor al dios Jove, figura principal del Olimpo, quedaron pactadas con esta frase del licenciado: Tu oficina queda a ochenta pasos de aquí; ya los conté. Así que nos vemos dentro de ocho días, a las tres con diecisiete minutos.
¿Que como eran las comidas? La Trujillo se ríe, inclinando la cabeza al hombro derecho. Mmm… Recuerdo que el licenciado tenía unas tarjetitas blancas y ahí apuntaba el orden del día. La minuta incluía el menú, los temas “de la vida y el amor”, la Cruz Roja y hasta las peripecias de mis hijos en la escuela.

Aquí interrumpe un testigo, uno que clama haber visitado la casa en más de una ocasión. Protesta enérgica: ¿Por qué estamos hablando de la Trujillo? Yo podría aportar más datos, yo era como de la familia, tenía derecho de picaporte, le hablaba de tú a doña Flash, sabía donde hallar las aguas minerales y conocía al dedillo cada ejemplar de la biblioteca al fondo de la casa. Domingo Montañés, tras sus lentes oscuros, me reconocía de inmediato. ¿Acaso puede haber otro testimonio más fidedigno?

Quizá. Un chingo. Pero esto no es una competencia de egos y ahora, en nuestra calidad de visitantes que nunca fuimos, no queremos aquí más figuras protagónicas que Doña Flash, la Trujillo y, si acaso para dar algo de color, un L.M. que entra corriendo con el agua mineral y las cocas de lata. Lavadas con jabón, aclara. Los demás, los que quedamos afuera, somos meros espectadores en gayola, aferrados a los asientos para no precipitarnos al vacío. Naturalmente, todos quisiéramos ser amigos de los anfitriones. A mí me saludó, yo estaba entre sus amistades favoritas, yo fui al cumpleaños del Chivo, yo estuve ahí cuando llegó una actriz famosa, a nosotros nos encantaban los chilaquiles que hacía Clarita, la cocinera. Yo fui el que más canciones le pidió al mariachi. ¿Reconocieron acaso a algún político famoso? Alguna vez hasta hubo un mago en el jolgorio. ¡Aaah! Pero a que ustedes no saben de la fiesta aquella que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, donde una vecina enfurecida y argentina se presentó con la policía, porque ya no aguantaba el chuntata de la orquesta de viento.

Apretados, metiendo el pie para que Domingo Montañés no cierre la puerta, luchamos a codazos por figurar en la crónica. Pero nos parece ver la figura distinguida de doña Flash, fumándose un cigarro en el umbral de la puerta. Nadie más lejano a las luchas del ego que ella. Todos disputándonos la zona VIP, el lugar en la foto y doña Flash llama tanto la atención que no tiene necesidad de pelear por un rol protagónico. Así sin más, era la Gardenia, la dama de mirada penetrante que nos desarmaba a todos con dos o tres comentarios precisos, pero sin herir susceptibilidades. El L.M., por contraste, nos hacía pasar a la tribuna para contar las revelaciones inopinadas que brotan tras dos o tres caballitos de tequila. Y luego ni como borrar lo confesado de la memoria de los presentes.

Pero volvamos a la Trujillo, esa que se coló y se sentó junto a la ventana. Regresemos a su fascinación por la charla los jueves. Cuéntanos, Trujillitos, de doña Flash. Es que tenía una percepción muy aguda, ¿saben? No hablaba tanto como el licenciado, pero te estudiaba largamente en cada calada, para después exhalar esas observaciones que se iban directo al alma. Esa imagen no es muy afortunada, decimos los envidiosos. Pues sí, pero esta es mi casa, diría don L.M., y estos son mis recuerdos.

¿Qué le contó doña Flash a la Trujillo? Le habrá contado, tal vez, de los kikapúes en Múzquiz, Chihuahua, famosos por su tenacidad y grandeza. Quizá de sus traducciones del francés al español. A la mejor, aventura la señora Cross, de la vez que, siendo niña, doña Flash -llamada entonces Efigeny- convenció a las monjitas del colegio de que probaran el rompope de las monjas clarisas, que al fin y al cabo eran sus hermanas y no había riesgo qué correr. La Trujillo dice que no escuchó esa anécdota, pero cree que de ahí le vino a doña Flash el hábito de no beber tanto en las fiestas, porque es sabido y comprobado que hasta las monjitas pueden hacer desfiguros.

La recordamos en las pachangas, sí. Un rato en las charlas y después, haciendo un discreto mutis. Y a propósito de Mutis, la señora de los tantos nombres, Doña Flash, también se convirtió en Muti tras un viaje a la India. Eso no lo dijo la Trujillo; lo sabemos por fuente fidedigna llegada a esta redacción, minutos antes de cerrar la crónica. ¿De dónde el mutismo? ¿Era muy callada, al contrario de don L.M., el gran conversador? Pues no, dice la fuente autorizada, un tal Chivo, testigo presencial en un viaje familiar a la India.

Al parecer, estando por allá doña Flash y su familia, fueron testigos de un duelo singular: una cobra de anteojos versus una mangosta, famosas ambas por sus reflejos velocísimos y letales. La mangosta, Muti, parecía llevar todas las de perder, por su tamaño menudo y apariencia frágil. Pero sus saltos casi invisibles a la vista humana decidieron el combate: sus dientes cayeron sobre el cráneo de la cobra y le sorbieron el seso. ¿Las cobras tienen seso?

Es probable que, impresionado por la escena, el Chivo asociara la velocidad deslumbrante de Muti con los flashazos de las cámaras fotográficas de antes. Ella no aplastaba cráneos, pero empleaba el método mayeútico en esas sesiones de la mesa redonda. No sé, opina la Trujillo. El que más preguntaba era el licenciado. Pero la que conocía los corazones humanos era doña Flash. Era tan educada, tan buena escucha que a todos nos hacía sentir importantes.

Todo lo que hemos dicho hasta ahora resulta sospechoso e inverificable; nos quedamos afuera pero dotamos a nuestro imaginario de memorias ajenas. Que si doña Flash traducía del francés, que si se graduó de la prepa junto con sus hijos, Chivo y Bere, porque los tres iban juntos a la escuela, y atendían a las clases rodeados de un grupo de adolescentes. Aquí nos llega una imagen de doña Flash pasando por la escuela de Antropología, su desplazamiento a Chiapas, sus intereses etnográficos. Sabemos de buena fuente que prologó, en coautoría con el doctor Víctor Esponda, un estudio sobre Cancuc, comunidad tzeltal de los Altos de Chiapas. Y sabemos que jamás necesitó que la nombraran primera dama porque siempre lo fue.

En este punto de nuestro relato la Trujillo recuerda haber visto en la sala una fotografía de la boda en la Catedral de San Cristóbal. La instantánea fue tomada por quién sabe quién, eso no pudimos averiguarlo, pero en cambio nuestra amiga de los jueves nos ofrece otros detalles. Se trata de una fotografía en blanco y negro; Doña Flash y el L.M. salen de la catedral ataviados con la indumentaria tradicional de Tenejapa, comunidad tzeltal de los Altos de Chiapas. La elección no es arbitraria. Los ancestros del L.M., por línea materna, provienen de ese lugar.

Otras voces se unen a nuestra semblanza, crónica o lo que sea este concierto de voces. Habla uno de los Shopenhauer, los médicos que también, en algún momento, tuvieron la fortuna de pasar por la casa de Berenice, como llamaba doña Flash a su hogar. Dice el Benjamín, alias Shopenhauer: Doña Gardenia era afable, alegre y estaba siempre dispuesta a escuchar. Era una mujer elegante y distinguida, apunta otro testigo conocido como el señor Platas. ¿Podrían agregar, por favor, su determinación y claridad a prueba de halagos? Solicitamos al Platas que sea más preciso. Vaya, nos dice, diccionario en mano. Que era amable, pero no al estilo coleto, con rodeos, circunloquios, perífrasis, diminutivos y evasivas. Amablemente norteña, decía las cosas como son.

Y le gustaba bailar. Testigos presenciales, afirman que la vieron bailar La Negra Tomasa en la fiesta de quince años de su hija Berenice. Bailó con el Charles Flowers, aunque nosotros lo dudamos porque él no se atrevía a bailar. Tenía atrofiado el sentido del ritmo. O, como decía Luis Flores, padrino de la quinceañera, tenía clavo su zapato. No vamos a extendernos aquí en la figura del Compa de doña Flash, el Luis, porque entonces estas líneas se perderían en la vasta región de las memorias indelebles. Ese Luis, tan callado, que nos saludaba en la calle, apenas alzando la ceja.

Pero volvamos ahora sí y de una vez por todas, a la Trujillo… A las charlas de los jueves, a su modo de entrar a la casa, como no queriendo, medio apenada. Por aquel entonces, doña Flash se había graduado de tanatóloga. Estaba haciendo sus prácticas profesionales en un hospital. No es fácil el duelo; menos la pérdida de los seres queridos. Doña Flash sabía mucho de despedidas; les dijo adiós a tantos que jamás se nos pasó por la cabeza que un día ella también emprendería el viaje, llevándose la esperanza de reencontrar a la Bere, don Miguel y doña Sofía en una región luminosa.

Así pues, desde el celular, seguimos escuchando la voz quebrada por la emoción de la Trujillo. La última vez que la visité, doña Flash estaba pintando. Cuando advirtió mi interés por su cuadro, me lo regaló. Agradecida, le pedí que me lo firmara. ¿Para qué? Preguntó ella. No tiene importancia o valor alguno. ¿Cómo no? Protesté: Por favor fírmelo, doña Efi. Para que todos sepan que me lo dio usted. Para que yo sepa que el cuadro viene de usted para mí. Doña Flash firmó, con esa caligrafía alta y fina, como ella.

Nosotros, los de afuera, contemplamos la escena y le damos las gracias a la Trujillo por sus evocaciones al tiempo que contempla el cerro de la Silla. Somos tantos quienes admiramos a doña Flash, que todos quisiéramos un primerísimo lugar en esta crónica. Desearíamos, si no es mucho pedir, hallar en esa casa eso que no encontramos y que doña Flash tenía a manos llenas; autenticidad. Por eso hemos optado por narrar desde la sombra y el colectivo. Porque del montón, de la turba y del nosotros de pronto surge una primera persona. Y esa, sin lugar a dudas, es la primera, la más incluyente y más plural de todas: doña Flash.

Ciudad de México, en el día del cumpleaños del Chivo; 28 de mayo, año 2022.



domingo, 19 de septiembre de 2021

Instantáneas

 Creo haberla visto hace algunos años en la ciudad de México, estudiando fotografía. Me parece que le obsequié un tanque revelador y cuando lo sostuvo entre sus manos, me pude imaginar su pericia táctil en el cuarto oscuro. La película enrollándose con la paciencia de la fotógrafa. Por mi memoria se deslizan algunas de sus imágenes. Es amante de los detalles minuciosos, de los dientes de león, del instante preciso en que una gota de rocío se abandona en el pétalo de una flor.


Dicen que cuando el maestro llegó a la universidad Intercultural, había ahí, entre la nutrida concurrencia, una morena de ojos claroscuro (esos ojos de la abuelita Carmela) bebiéndose las palabras de José Emilio Pacheco. No quería que lo interrumpieran con tanto aplauso. Ella quería escuchar. Y cuando, en una rueda de prensa, también entre la multitud, escuchó al periodista increpando a Sabina, ¿estás borracho?, casi saltó del asiento y le dieron ganas de meterse debajo de la silla plegable. ¿No hay, por dios, preguntas más originales?

Hay a quienes les consta; habla bajito y rara vez levanta la voz. Ni siquiera cuando salió volando de la bicicleta y recibió el impacto en el rostro, los gritos estrellaron a las piedras. No la arredran los golpazos. Ha rodado su bicicleta, reinventando los senderos en las montañas que rodean al valle.

Cuentan que pasaba las horas en guardia, esperando que su mamá advirtiera por fin su presencia. A veces creo que la tía se levantó de la cama de hospital para premiar su constancia.

Según, hay por ahí un video donde está bailando Payaso de rodeo, en la boda de su hermano Pepe. Me cuesta trabajo asociar su naturaleza tímida con las coreografías multitudinarias y el relajo de los antros y las fiestas. Pero alguna vez me ha contado de su poder para desaparecer los horarios, salir a pasos subrepticios en la noche y fiestear hasta borrar todo rastro de oscuridad.

Ayer me llegaron noticias de San Cristóbal. La prima Paulina afirma que voló desde el norte del país hasta Chiapas para asistir a un instante imperdible y grabarlo en su memoria. Asegura, categórica, que la tarde del dieciocho de septiembre, Carla Morales no estuvo tras la cámara ni en el cuarto oscuro revelando fotografías. Tampoco se enfrascó en un duelo de pedales, para subir una cuesta bajo el calor del mediodía. No fue la habitual presencia discreta de las conferencias y las ruedas de prensa. Ayer saltó al primer plano de la fotografía y todos nosotros, hasta los presentes en ausencia, recibimos rosas y aplaudimos cuando la feliz pareja abrió el azul de la pista de baile con el blanco de sus vestidos. No exagero al afirmar que todos nos asomamos a ese momento, tal y como lo hubiese visto alguien con los ojos de la abuela Carmen: Atentos a disparar en un tris y capturar una instantánea de la felicidad.

Ciudad de México; 19 de septiembre de 2021.

domingo, 18 de octubre de 2020

Un tequila para Gloria

 


Casi a punto de salir a Gayosso, se me aparece el recuerdo de Gloria. No una imagen vaga sino una voz contundente, como su carácter.  Oye, qué te pasa, prima – me dice–, no vas a ir así a la funeraria. Bajo la vista y contemplo mis tenis; el raído pantalón de mezclilla. Lamento mi torpeza en materia de peinados de salón. Quiero lanzar una excusa. Al final prefiero no discutir. Uno sabe a lo que se expone cuando se enfrenta al talante de las Flores. 

 

De modo que me resigno a cambiarme de ropa. Negro riguroso. Le advierto, eso sí, mis prisas; por nada del mundo me maquillaré.  Busco un cubrebocas oscuro y en un último gesto conciliador, accedo a ponerme un collar de cuentas negras.  Lo malo de ser fachoso es que luego no encuentra uno el modo de resolverlo. Nada que ver con la Gloria de pestañas postizas, uñas de fantasía, brillo y glamour. Menos los tubos para describir ese copete ochentero, curvado sobre la frente.  

 

Llega el Uber. Le doy las señas para hacer una escala en la casa de la doctora. En el tráfico de medio día, me asaltan mil preguntas. ¿Me puedo imaginar a mi prima Gloria en el más allá?  La verdad no. Aún cuando escriba después unas líneas la podré imaginar, asomándose sobre mi hombro y opinando sobre mis comentarios. Con el sol inclemente, cayendo sobre mi ropa negra a través del cristal, sé que asistir al mismo velatorio donde despedimos a su mamá hace dos años, no será fácil.  La doctora sube al coche y el Uber enfila en dirección a Reforma, por el circuito interior. 

 

Hacemos algunos comentarios. La ocasión nos ha vuelto solemnes. Sabemos nada. Un día la prima entró al hospital y al poco desapareció, en un acto de prestidigitación. Mi mente lanza preguntas obsesivas: ¿Cómo así? ¿Y las décadas que le faltaba vivir, por la simple razón de la edad? Tan poco creíble resulta su muerte que, cuando llegamos a la funeraria, los restos de Gloria Flores aún no están.  Nos ha dejado plantados.

 

En cambio, coincidimos en la entrada, frente al elevador, con Samuel, el compañero de mi prima.  En uno de esos arrebatos de inconsciencia, olvido el protocolo, la sana distancia y le doy un abrazo con la frase primera que se me viene a la mente: Estuviste ahí para ella, la cuidaste, sin importar qué. Subrayo: lo sabemos todos.  Frases atropelladas y nerviosas. Son mi manera de resumir esa unión, esa complicidad única de veinte años en unas cuantas palabras. Sin previo acuerdo, la doctora dice algo similar; gracias por cuidarla. No hace falta mencionar operaciones quirúrgicas o días nublados. Sabemos que él estuvo al pie del cañón y con eso basta.  

 

Subimos a la sala vacía; una o dos personas preguntando si es ahí, si es la hora correcta. Pero es difícil saber si es o no el momento preciso para marcharse del mundo. Así pues, nos sentamos a esperar la llegada de las cenizas.  El covid ha proscrito las ceremonias de cuerpo presente.  A pesar del polvo del olvido, me acomodo en un sillón oscuro y sacudo mis recuerdos. Veo a una Gloria combativa como esa que me reclamó una vez por qué no la invité al bautizo de mi hijo en Chiapas. Sabe que sólo le llamé a Adriana. Nunca se me ha dado bien mentir y le digo la verdad: pues porque no ibas a ir.  En ese momento me da una lección: aún así, me hubieras hablado a mí. Tiene razón. Y no le tiembla la voz para llamar las cosas por su nombre.

 

Llega la tía Tana y nos saluda desde lejos, como preguntándose quiénes somos. Yo estoy sonriendo porque ahora mi mente me lleva a otra faceta menos conocida de Gloria, la que parece tocar el cielo de la conciliación; sus excursiones a la riviera maya con Samuel, el azul inolvidable del mar del Caribe, el momento en que la vi vestida de novia y  ese otro momento suspendido en el tiempo, en que la vi cantando con su esposo en una fiesta. 

 

Porque esa Gloria claridosa de frases puntuales también tenía un espíritu musical y danzarín. Era tan traviesa que celebró el encuentro de dos mundos lanzándose al mar de lo desconocido, como el almirante Colón. Para eso se necesita temple, o como decía Gloria cuando citaba la canasta básica de Odin Dupeyron: "Leche, huevos, terapia, ¡muchos huevos para ir a terapia!".

 

También me la imagino niña, con su falda con olanes y la canasta bajo el brazo.  No dudo que bajo la manta, esa cesta lleve mucha proteína. ¿De dónde, sino, obtuvo sus primeros lugares en la preparatoria y le ganó la batalla al cáncer? Hay fotos memorables, cuando participaba en la marcha rosa de octubre, con el moño y el ánimo por todo lo alto. 

 

Vuelvo a sonreir en la sala fría. Es que recuerdo con precisión cuando conocimos a las dos Glorias en la Roma. Llegamos mi papá y yo, una tarde de 1986; el escenario de la colonia Roma aún con los vestigios del temblor.  Estuvimos charlando un rato y ese día la Gloria de las travesuras rió mucho con las ocurrencias de mi papá. Se ve simpática la gordita, concluyó mi papá cuando bajamos las escaleras.  Menos mal mi prima no lo escuchó; no creo que le hubiera gustado escuchar esa palabra. Estaba en su peso, pero tenía la cara redonda y las formas rollizas de quien anuncia que subirá de peso con facilidad. Ni hablar, prima. Subir y bajar, como en la rueda de la fortuna. 

 

Para aliviar la tensión de la espera, Samuel nos regala entonces una imagen espléndida que viene a sumarse a mi álbum de recuerdos. Hace poco – nos dice– nos fuimos a comer al Cardenal, como le gustaba. Gloria pidió su chile en nogada. Hasta me dijo, ¿Y qué estás tomando? Tequila. ¿Y a mí por qué no me pediste uno? Y le pedí su tequila. 

 

La calidez del tequila le pone ambiente a mis memorias. ¡Salud! Se abre el telón y Gloria Flores vuelve ser como la tía Zoila, toda collar de perlas y foto de estudio, lista para ir a la sala de conciertos. Mi prima llevaba el nombre de su tía, figura importante en la familia. Lo malo de tener dos nombres es que todos piensan que se oculta el que gusta menos. Al rato me dirá: Y si vamos a decir la verdad, mejor ya cállate Adela Flores, que no me está gustando ese escrito, ¿eh?


Le cuento a la doctora Mónica que siempre me gustó la crónica de los conciertos por Facebook. Gloria subía un anuncio en los momentos previos, a veces una foto en un restaurante o ya en la sala del Lunario o el Auditorio Nacional. Y después venía el video, para que los espectadores de su página supiéramos que había estado cantando. Matute, leí una vez. ¿Y quién diablos es Matute?  Yo sabía que a Gloria le encantaban Don Gato y su pandilla, en especial Benito. Pero, ¿Matute el policía, siempre timado por el astuto gato del barril? ¡Noooo! La doctora precisa que Matute es un grupo que canta covers de los ochenta.

 

A la sala llegan dos amigos de Adriana, el primo Mario, figuras para mí desconocidas; se escuchan pasos en la escalera. Como una ráfaga, alcanzo a ver a Gloria vestida de novia, sonriente y etérea, desmintiendo los kilos que le puso el tío Carlos. Nada de gordita, ¿eh?  Mi mente vuela. ¿Cómo le hago para no pensar en la tía Gloria, el día de la boda, contenta y confundida a la vez, porque se le va su última hija soltera? Un recuerdo más: Gloria disfrazada de arlequín, entregándoles dulces a los niños del edificio en el día de Halloween.  A su lado ladran las perritas, Chelsy y Keisy. Porque esta crónica no puede quedar sin ellas, sin Aló Hawaii o sin Gloria diciendo que su mamá recibía a los visitantes especiales de Yucatán 11 B como si fuesen el Marahá de Pocajú. ¡Habráse visto!

 

Mis primas Lulú y Adriana pronuncian unas palabras para desearle un buen viaje a su hermana pequeña. La que se peinaba de coletas; la que era tan delgada que había que sujetarle la falda con resortes. En ese momento advierto que en mi torbellino de recuerdos falta una Gloria; la de la ternura. La tía consentidora; la tía de Daniel, Michel e Iván. No me sorprende que sea este último quien reciba la urna. Es el único entre todos los presentes con estatura suficiente para acomodar a su tía entre dos nubes, como quien pone el tesoro a resguardo en la parte más alta de la estantería, para que el olvido no pueda tocarlo. 

 

 

Alguien anuncia que la misa está por comenzar. Adriana pide un aplauso para Gloria, agradece a los presentes por estar y se dirige a su cuñado para cerrar la ceremonia. Al igual que Gloria, Samuel es contador de profesión. Pero lo que mejor cuenta son las bendiciones recibidas en su vida. Adriana suspira en el epílogo; gracias por cuidarla.  Samuel no titubea al responder: nada que agradecer; ella también me apoyó mucho a mí. Y lo que hice, lo hice con mucho amor.  

 

 

 

Ciudad de México, 18 de octubre de 2020.







 

 

 

 

viernes, 18 de septiembre de 2020

Tragedia en Cosamaloapan

 




 

1. Los expedicionarios -abuelos y dos nietas-  salen de San Crisis a las ocho de la mañana, a bordo de la Land Rover, con destino a la ciudad de México.

2. Al momento de encender la camioneta, se prende un sospechoso  "foquito rojo" cuya única intención es desestabilizar los ánimos de los tripulantes delanteros. No saben -ni sabrán, Teofilitos- qué quiere decir esa luz agorera, pero el abuelo dice que así pasa siempre. Convencido de que los servicios de la agencia son un robo en despoblado, y que la compra de un auto no requiere futuros pagos por mantenimiento, dictamina que el foquito es ya parte de la rutina; después se apaga y todo sin novedad.

 

3. Desayuno en Tuxtla.

 

4. A las 3 de la tarde, veinte kilómetros  después de decirle adiós a la caseta de Cosamaloapan, el foquito implacable da muestras de un poder insospechado:  se quedan varados a la orilla de la carretera, en el vil monte.

 

5. Los abuelos hacen válido el seguro de la autopista: buscan su recibo de pago de la caseta y llaman a una grúa.

 

6. Llega la grúa salvadora a las 5:30 p.m.; pero la salvación tiene límites: el seguro cubre únicamente el trayecto a la caseta más próxima. Esto es, van de retache a Cosamaloapan, abuelo en la cabina de la grúa; abuela y nietas en la camioneta.

 

7. 6 p.m. Un mecánico ya los espera en la caseta, para obsequiarles un poco de corriente. Hace más: les diagnostica "un problema eléctrico". La camioneta enciende y -nomás por no dejar- deciden llevarla a una "revisadita" al taller del mecánico. El mecánico se adelanta.

 

8. Carretera; en plena curva, a mitad de un trébol, rumbo al pueblo, otra vez la comioneta se apaga.

 

9. Salta el abuelo de la camioneta y corre desesperado, en un afán de revivir sus tiempos de maratonista,  para alcanzar al mecánico.

 

10. No esperemos milagros de un corredor de fondo. ¡Sí! Pasa un motociclista y lo lleva a toda velocidad.

 

11. Abuelo y mecánico alcanzado vuelven a pasarle corriente a la camioneta. Enciende de nuevo.

 

12. Cuatro kilómetros separan a la caseta del pueblo. Los recorren al increible promedio prehistórico de un kilómetro por hora. Miento: caminando seguro llegan antes. La caravana se integra como sigue: a la cabeza,  un taxi con luces intermitentes; a continuación,  el mecánico, muy ufano de la corrientez invaluable de su carcachita. Cerrando el cortejo, una Land Rover humillada, que se desquita apagándose a cada rato. El mecánico se detiene para repetir el ritual eléctrico. Y vuelta a empezar.

 

13. En determinado momento, los caravaneros deciden que ya está bien de jugar a los toques eléctricos de feria , y se deciden por un método ancestralmente eficaz:  jalar la Land Rover con una reata. Las niñas y su abuela, siempre arriba de la camioneta, observan las maniobras.

 

14. Al final, todos los expedicionarios se bajan para empujar la camioneta,  al interior del taller-casa del mecánico. Para probar que sí empujó, el abuelo muestra sus palmas empolvadas a las niñas.

 

15. A eso de  las diez y media de la noche,  el mecánico los lleva en su carcachita a la terminal de camiones, donde las niñas comen los huevos duros sobrantes del desayuno,  y la más pequeña se duerme en una banca, mientras pasa algún camión.

 

16. A la medianoche, ¡por fin! suben a un camión infame, sin baño ni aire acondicionado, pero ni falta que les hace, pues: no hace calor. La suerte se acaba en los fríos de Puebla en madrugada. A eso de las siete y media de la mañana, cuando ya temblaron a gusto -Puebla, brrrr-  llegan a la Tapo.

 

17. 8 de la mañana del día siguente a la expedición, llegan a Sole, lugar donde sí hay baño. El viaje ha durado exactamente veinticuatro horas.

 

18. Albricias; en la agencia, los abuelos son informados del servicio gratuito de rescate de Land Rover: los agentes ya van por la camioneta y se calcula que como a las 5:30 p.m. estén de vuelta en la agencia de Picacho. Se espera que, más tarde o temprano, esclarezcan qué chingados quiere decir el "foquito rojo".

 

Notas:

-La abuela envió mensajes frenéticos a la ciudad de México, dirigidos sobre todo a la mamá de las niñas, hasta que se le acabó el crédito. El último mensaje fue enviado en el momento climático de la expedición: cuando se quedaron parados en la curva. Sólo decía "estamos peor".

 

-El abuelo también habló varias veces por teléfono, para denunciar la traición del foco rojo.-Tía y mamá estuvieron a punto de ir al rescate de las niñas en la camioneta de la madre de éstas; una Mitsubishi que ha hecho varias veces el trayecto Chiapas-D.F. y nunca se ha descompuesto.

 

-Mientras los expedicionarios eran arrastrados a Cosamaloapan, tía y primo estaban en ascuas, recibiendo mensajes de texto y viendo la  la película de 2012, sobre el fin del mundo, en casa de una amiga de la tía. Ambos coinciden en afirmar que  "estaba más intenso el asunto de la camioneta."

 


Ciudad de México; 23 de agosto de 2010

jueves, 10 de septiembre de 2020

El último taxi


De todos los hermanos, era el que más se parecía al abuelo Ramiro. Tenía la piel morena, esa mirada sagaz y la misma sonrisa maliciosa que conquistaron a más de una mujer, a veces todas a un tiempo y fueron no pocas veces motivo de desavenencias amorosas.


Ricardo nació antes de la bonanza del abuelo y quizá debido a la precariedad y apuros económicos de su primer hogar, su madre decidió enviarlo a vivir con su papá, cuando éste se casó con Carmelita, la de los ojos verdes. Todavía estaban lejos los años de bonanza. Ramiro era peluquero y doña Carmelita, estilista o “peluquera”, como decían las señoras encopetadas del pueblo, un tanto despectivamente. Pero esa peluquera ganaba incluso más que su esposo y el abuelo, picado en su amor propio, se volvió comerciante y propietario de “Las tres erres”, nombre de la tienda en alusión a su nombre completo: Ramiro Ramos Ruiz.


En el que fuera su primer cambio de casa, Ricardo conoció a una joven madrastra y, contra todos los pronósticos, con el correr de los años tuvo con ella una relación entrañable, aunque no exenta de momentos difíciles porque el niño insumiso vistió de rebeldía su soledad. Sin embargo, cuando él tuvo la oportunidad de convertirse en padre, entendió más de la vida y tengo la imagen de Ricardo abrazando a Carmelita, como le decía, mientras caminaban por el patio de la casa. 


Un dato confirma la complicidad de esos dos; el día que murió Carmelita, afuera de la iglesia había muchos taxistas en el cortejo fúnebre. Estaban ahí por el tío Ricardo, taxista de profesión, como varios de los hermanos de su papá. Aunque no era su madre biológica, jamás dejó de visitarla, ni aún después de la muerte temprana de Ramiro. Entre los más asiduos a la casa de la abuela estaban la tía Irma, primera esposa de Ricardo, y sus hijos a quienes la abuela tomó como nietos de corazón.


La abuela Carmen contaría, años después, que Ricardo niño fue rebelde y, como decimos en San Cristóbal, “no se hallaba”. Desarraigado de la casa materna, presenciando una y otra vez la llegada de nuevos hermanos, Ricardo se la pasó toda una vida buscando un lugar al cual pertenecer. De una casa a otra, de un hogar a otro, hubo siempre en él un niño extraviado y, más que nada, un espíritu indomable que jamás se dejó domesticar. 


Cometí un error con ese niño indómito, dijo una vez la abuela. Cada vez que se portaba mal, la solución inmediata era: “Le voy a dar la queja a tu papá”. La consecuencia de la queja eran los golpes que Ramiro propinaba a su hijo. Lejos de arredrarse, Ricardo crecía en rebeldía. Al paso de los años, la abuela reconoció que denunciarlo no había sido una buena solución, porque los castigos corporales eran frecuentes. Las tías recordarían que tenían que llorar frente al abuelo y decir: “no, papacito, ya no le pegues”.


El abuelo Ramiro cerraba la tienda a las dos de la tarde y volvía a comer. Era un hombre estricto que no permitía conversación alguna en la mesa. Hasta pedir una tortilla era un desafío. Los nueve tíos desarrollaron una serie de códigos, miradas, levantamientos de ceja o codazos, para pedir los platillos acomodados en la larga mesa; una comunicación sin palabras y un silencio presidido por el caballero de corbata, cabello engominado y suéter azul. 


Sería por el régimen marcial del abuelo y la orfandad primera, el caso es que el tío Ricardo vivió escapando siempre de casa. Y no perdió esa costumbre jamás. De niño, tenían que salir a buscarlo a los lugares donde se quedara a dormir. Tenía muchas guaridas. Un escondite por el cerrito de San Cristóbal, la casa de doña Adela Gómez y todo aquel lugar donde hubiese transportes que lo llevaran a otro lugar. La felicidad tenía para él un destino incierto.


La escuela nunca le gustó. Todo sitio donde olfateara rigor y disciplina era enemigo de su libertad. Lo inscribieron en la escuela particular más prestigiada de San Cristóbal, dirigida por un profesor alemán, José Weber. Por supuesto, se volvió a escapar sin tomarse la molestia siquiera de aprender a escribir. Hábil en ardides, desarrolló una astucia para que otros leyeran por él y cuando se volvió gestor de trámites automovilísticos, claro que ninguna de las partes interesadas advertía que “el licenciado zorri” no podía leer el alfabeto. Leía las mentes, eso sí. 


Trabajó un tiempo en lo que en aquél entonces se llamaba “Tránsito municipal” y el nombre no pudo ser más adecuado para el transportista en permanente desplazamiento, como los marineros. El tío Ricardo era, por supuesto, un hombre inteligente (el apodo lleva razón) y sólo cuando su trabajo peligró, se puso a estudiar en un tiempo brevísimo los nueve o diez años de vida que le habrían hecho falta para terminar la primaria y la secundaria. 


Cuando el abuelo se cansó de los correctivos y Ricardo demostró que tenía una voluntad a prueba de cinchazos, lo mandaron al rancho del tío Tiburcio y ahí se quedó hasta que se volvió adulto. De esos años duros regresó transformado y dispuesto a aprender un oficio para vivir. Fue así como, con ayuda del abuelo se convirtió en taxista y ahí comenzó una larga historia en los sitios de taxis San Cristóbal y Ciudad Real, oficio que desempeñarían más tarde sus hijos mayores.


De su matrimonio con tía Irma, nacieron mis primos Ricardo, Gerardo, Paty y Aurora. Vivieron en una casa muy próxima al barrio de Cuxtitali, hasta que el tío Ricardo volvió a cambiar de casa una vez más y dejó a los primos con la tremenda faena de labrarse un futuro por sí mismos, a costa de esfuerzos y sacrificios como abandonar la universidad para trabajar. No hay padre perfecto. El tío Ricardo tuvo a mi abuelo, severo frente a la rebeldía y el tío Ricardo fue un padre siempre en tránsito, de una escala a otra, con la tristeza que eso implica para quienes lo veían partir. 


Y sin embargo, había también en él un lado festivo, un espíritu de liderazgo, un leguleyo nato y un sentido del humor que los golpes de la vida no pudieron derrotar jamás. Famoso por su alias, “zorrita”, que llevaba inscrito en el taxi, el tío Ricardo creó una leyenda en torno a su famoso sobrenombre. Decían sus hermanos que de niño disparaba flatulencias a sus amigos sin pudor alguno, que repelía cualquier ataque con un olor que se dejaba sentir a metros y también que su astucia para resolver conflictos en la vida no tenía igual. 


Hoy, todos los Ramos de la familia, queremos recordarlo con esa sonrisa tan suya que parecía siempre dispuesta a promocionar un dentífrico o a perdonar y hacerse perdonar cualquier ofensa sufrida. En la foto que acompaña esta publicación está trajeado y serio pero, si se fijan, hay otra donde suelta la carcajada, abrazado de sus grandes amigos Armando Aguilar y Juan Fores, con quienes hoy se reúne para seguir el relajo. 


Esta mañana, el mayor de los Ramos, Ricardo Ramos Gordillo, ha tomado su último taxi con destino a la que, suponemos, será su última morada. Conociéndolo, podemos pensar que Ricardo no se estará quieto y seguirá viajando para recordar todos los lugares donde alguna vez amó la vida. 

Sirva esta pequeña crónica para desearle un buen viaje a quien fuera un eterno transeúnte. Quiero imaginarlo en un carro que más parece una lancha, como las de antes, un Ford Galaxie 500, y con la radio encendida. Suena Pérez Prado con "El mambo del ruletero" y dice: Yo soy, de San Cristóbal... 


Viaja en paz, tío Ricardo. Y cuando veas a tu hermano Alfredo en el camino, no dudes en hacerle la parada.



Ciudad de México; 10 de septiembre de 2020.




 

 

martes, 14 de enero de 2020

El Famosísimo Manos de Seda





Don Juan Brazos, le decían, porque era lo que más ejercitaba en el gimnasio. ¡Brazotes!  Pero lo que mejor te puedo contar es de dónde salió eso de las famosas “Manos”.

Enero y esos días en que la temporada de Futbol Americano está más intensa.  Mira que me hubiera quedado en la casa, preparando las botanas y hasta un pastel para ver el próximo partido.  Pero Manos estuvo varias veces en el sedem, lo digo con “ESE” porque así le pusieron al letrero, así que no me vengan ahora conque es C.E.D.E.M.  Y tampoco me preguntes qué significan las siglas.  Todos los coletos saben que es el lugar al que tarde o temprano vas a ir a parar cuando quieres hacer ejercicio.  Y nosotros jugábamos con los Búhos ahí.    Y bueno, si tu tío o Manos, como le decía yo, iba a echarse sus vueltas al sedem, yo también quise ir a despedirlo, que eso es un decir, porque la despedida definitiva es cuando uno olvida a las personas y este no es el caso.  

Te decía pues que tu tío Juan siempre estaba al tanto de nuestras actividades deportivas. Iba a hacer ejercicio al sedem y también presenciaba uno que otro partido.  Pero no era sólo ahí donde yo me lo encontraba.  Éramos vecinos de calle, sólo que él estaba a dos cuadras del centro y yo hasta el Barrio de Guadalupe. Pero la calle era la misma. Yo me iba caminando hasta mi casa por toda la José Felipe Flores y ya sabes, justo en la bajadota, al lado de donde vivía tu abuelita, estaba ahí afuera de su casa, parado.  Me veía venir y me decía: “Famosísimo Manos de Seda”.  Y lo decía así, con énfasis, alzando la voz y marcando los acentos, para darle más sabor al epíteto. Lo decía con tanta convicción que no podías desmentirlo. Cuando te ponía el título, ya tenía hasta el marco y la cédula profesional.   Y la cosa no paraba ahí: “Ydiay, Famosísimo Manos de Seda, el mayor arrancador de muelas de mamut en el sedem”.  Yo me moría de la risa.  Tu tío hacía asociaciones y engarzaba historias; sabía por ejemplo que alguien decía haber encontrado huesos de mamut en el sedem. Se le venía a la mente que ahí jugábamos Americano y que en cada encontronazo con los visitantes, seguro algún diente salía volando. Y entonces su ingeniería verbal hacía imágenes de mamuts tacleando a los búhos del equipo contrario.  Pero hasta eso, nos favorecía. Porque entre los búhos había uno, el de las manos de seda, o sea yo, que era el arrancador de muelas. ¿Cómo no me iba yo a atacar de la risa? Menos mal no dijo “arrancador de colmillos de mamut”, porque arrancar uno de esos pues sí está cabrón.    No sé si volé algunas muelas, el casco limita la visión, pero mínimo sí les dábamos a los rivales unas revolcadas en el lodo que ya te podrás imaginar cómo quedábamos. Y pues nosotros ¡Ah, qué alegre!  Total era la Chagüis la que iba a lavar los calcetines percudidos que alguna vez habían sido blancos… 

Fui pues a la misa…  Y era extraño un acto tan solemne para alguien con tanto sentido del humor.  No podías platicar con él sin reírte.  Yo estaba casi en la última fila, pero me parecía que en cualquier momento iba a escuchar el “Famosísimo Manos” en el mismísimo altar. Y sin necesidad de micrófono. La verdad que no me hubiera sorprendido. 

El calificativo salió de un programa del Canal trece. Eran los años setenta, cuando teníamos tele en blanco y negro y sólo había televisión rural y canal trece. ¿Te acuerdas? Pasaban un programa inglés, doblado al español. Raffles, se llamaba. Eran las aventuras de un gentleman inglés que era ladrón. Muy fino y habilidoso. Por eso el mote de “Manos de seda”.  Yo creo que a tu tío le gustaba el programa.  Bueno, no había mucho de dónde elegir entonces. No era como hoy, netflix, pago por evento, internet. Era otro mundo, otro San Cristóbal.  Y todos pendientes de los escasos programas que valían la pena. Pero ya me estoy saliendo del tema…

Resulta que un día íbamos camino a la casa mis hermanos y yo. Y en una de esas se nos empareja un vocho rojo que en ese tiempo era de los modelos viejitos, pero que ahora es todo un clásico. El conductor nos preguntó si íbamos para la casa. Yo me quedé sorprendido porque no lo reconocí y a los niños nos dicen que no hablemos con extraños. Pero mis hermanos sí lo conocían y nos subimos al auto. A esa edad, un vocho se antoja un automóvil enorme. Hasta cabe uno en el último rincón, junto al vidrio posterior del escarabajo. Para mi sorpresa, en el asiento trasero había muchos cuadernos, agendas y plumas. Era como si toda la papelería de las monjitas hubiera invadido la parte de atrás del Volkswagen.  Y entonces hice lo que no hubiera podido hacer en la papelería de las monjas. Empecé a pedir: madre, deme por favor tres plumas bic, dos cuadernos, no, mejor tres de esos de color rojo…  Y ya sabes, la madre muy amable, pasándome todo el material. Hasta un calendario. Total que cuando bajamos yo ya le había prometido a la Hermana Imaginaria que iba a emplear los artículos escolares para mis futuros estudios. Y digo futuros, porque hasta ese momento, no estudiaba mucho que digamos. Lo mío era el futbol americano. Pero bajé del vocho con muy buenos propósitos y el material necesario para cumplirlos, escondido entre la ropa.  El ingenuo conductor hasta me abrió la puerta.   Con lo que no contaba es que al llegar a su casa tu tío descubrió que ya no tenía sus cosas y claro, le llamó por teléfono a mi papá y ya sabrás; me pusieron como lazo de cochino y a devolver todo el material. Yo creo que tu tío vio que podría arruinar mi futuro estudiantil porque, hasta eso, como premio, me permitió quedarme con una agenda y unas plumas.  Y después de años de jugar con los Búhos, un día me apliqué y terminé mi carrera. ¡Touch down en el examen profesional! Pero eso sí; ni ser licenciado me salvó de formar parte del anecdotario de don Juan. Tu tío con todo hacía historias para contar. Y no fui la excepción. De ese trayecto en el vochito rojo salió el alias: Manos de Seda. Con los años se convirtió sólo en Manos. Y por supuesto que yo también empecé a decírselo a él.  Al final algo de profético tuvo el nombre; no volví a saquear papelerías ni a robar balones pero salí buenísimo para hacer pasteles. La cantidad exacta de royal. El pan esponjándose lentamente dentro del horno; la pericia para partirlo y colocar el relleno de mermelada. La receta de la abuela, claro.

Ya pasaron muchos años; nos reímos no sé cuántas veces con las famosísimas Manos de Seda. ¿Sabes? Tu tío tenía eso. Él no contaba anécdotas. Las vivía. En cada recuento, otra vez eran los años de Raffles y las tardes viendo el programa, mientras tomábamos café con pan. De nuevo era yo un niño en un vocho rojo, contemplando la papelería con ojos de maravilla. ¿Dónde nos íbamos a imaginar entonces que las hojas de la agenda se iban a terminar?  ¿Que la vida se pasa en un instante y al final nos quedan los puros recuerdos? Las muelas del mamut, las volteretas en el lodazal del sedem, mi mamá volviendo blancos esos uniformes imposibles… Por eso Manos era genial. Para mí nunca fue viejo, sino un clásico: Cada una de sus historias era pura risa y en cada carcajada, la vida se multiplicaba y se vivía muchas veces.   

Ciudad de México; 14 de enero de 2020.