Por culpa de las visitas desconocidas, a mí no me recibían. La Trujillo suelta la frase y nos recuerda a una turba enardecida que da portazo en el estadio. No sabemos la cifra exacta de quienes llegaron a tocar sin invitación pero sí de la terquedad de los excluidos y del magnetismo del domicilio. Algo así como la residencia de una celebridad. Era el lugar al que podían asomarse los que estaban buscando eso que se les había perdido. Y el aura atrae, aunque no sepamos qué estamos haciendo ahí. Lo cierto es que esa coleta a quien llamaremos “La Trujillo” era persistente y además sí tenía una invitación recibida por conducto de su papá. Mi oficina estaba próxima a la casa, afirma nuestra entrevistada y era fácil pasar a anunciarse cada tercer día. A fuerza de tocar el interfón y repetir el mantra irresistible “soy de San Cristóbal”, la Clarita no tuvo más remedio que darme audiencia en la cuarta intentona.
Somos tantos los que quisimos ser admitidos, los reclamadores de un derecho de admisión porque sí, es tanta la necesidad de ser reconocidos, que ahora todos participamos en esta rebatinga y exigimos la voz solista en este coro de recuerdos. A la hora de reconstruir las memorias de esa casa, todos pretendemos saber más que los demás. Hay quien asegura que el inmueble estaba situado en Calderón de la Barca. Otros afirman que esa calle nunca existió. Que si acaso, como afirma el dramaturgo, la vida es sueño. Las memorias, sueños son.
Apenas verla, la señora de la casa sonrió, como adivinando el aire de familia de las Ramos: ¿Qué no eres tú la hija del Chus Ardines? Tras un titubeo, respondió la recién llegada, subrayando las sílabas, a la manera coleta: Trujillo Ardines. Esa respuesta le ganó el mote alusivo al apellido paterno. Y ya no se animó a desplegar todo el árbol genealógico de su familia chiapaneca, porque en eso apareció don L.M. Tras una exclamación, ¡Aaaaah, muy bien! y de estrecharle la mano con énfasis, casi sacudiéndola, llevó a la invitada al comedor y le asignó su lugar en la mesa circular. Suponemos que la invitada, al ver aquella mesa redonda, se sintió en la Corte del Rey Arturo. Imaginé a todos los que habían quedado fuera ese día. Los que llegaban a pedir posada, un lugar en la mesa, un amuleto de la suerte, un autógrafo, un billete de lotería, una recomendación para abrir las puertas de otras casas, un libro. Hasta pasar al baño. Yo la verdad sólo tenía curiosidad de platicar. Ver qué decían doña Flash y don L.M., después de haber visto tanto mundo.
Sabemos por fuentes fidedignas que en esa casa las conversaciones se alargaban tanto que los tres tiempos de la comida se convertían en cena. Entre la especulación y la envidia, quisiéramos aventurar cómo fue el ritual de bienvenida. Qué curul, qué asiento le tocó a la Trujillo. Suponemos que el señor de la casa, don Javier, alias L.M., por nombramiento de su esposa, declaró formalmente inauguradas las comidas juevesinas, ritual a celebrarse el tiempo que durara la permanencia de la embajadora de Ocosingo y San Cristóbal en la ciudad de México. Lástima que no tengamos una grabación para probar la locuacidad del anfitrión, al fin campeón de oratoria. Sólo la invitada de la tarde nos ha confiado, después de mucho insistir, que las comidas en honor al dios Jove, figura principal del Olimpo, quedaron pactadas con esta frase del licenciado: Tu oficina queda a ochenta pasos de aquí; ya los conté. Así que nos vemos dentro de ocho días, a las tres con diecisiete minutos.
¿Que como eran las comidas? La Trujillo se ríe, inclinando la cabeza al hombro derecho. Mmm… Recuerdo que el licenciado tenía unas tarjetitas blancas y ahí apuntaba el orden del día. La minuta incluía el menú, los temas “de la vida y el amor”, la Cruz Roja y hasta las peripecias de mis hijos en la escuela.
Aquí interrumpe un testigo, uno que clama haber visitado la casa en más de una ocasión. Protesta enérgica: ¿Por qué estamos hablando de la Trujillo? Yo podría aportar más datos, yo era como de la familia, tenía derecho de picaporte, le hablaba de tú a doña Flash, sabía donde hallar las aguas minerales y conocía al dedillo cada ejemplar de la biblioteca al fondo de la casa. Domingo Montañés, tras sus lentes oscuros, me reconocía de inmediato. ¿Acaso puede haber otro testimonio más fidedigno?
Quizá. Un chingo. Pero esto no es una competencia de egos y ahora, en nuestra calidad de visitantes que nunca fuimos, no queremos aquí más figuras protagónicas que Doña Flash, la Trujillo y, si acaso para dar algo de color, un L.M. que entra corriendo con el agua mineral y las cocas de lata. Lavadas con jabón, aclara. Los demás, los que quedamos afuera, somos meros espectadores en gayola, aferrados a los asientos para no precipitarnos al vacío. Naturalmente, todos quisiéramos ser amigos de los anfitriones. A mí me saludó, yo estaba entre sus amistades favoritas, yo fui al cumpleaños del Chivo, yo estuve ahí cuando llegó una actriz famosa, a nosotros nos encantaban los chilaquiles que hacía Clarita, la cocinera. Yo fui el que más canciones le pidió al mariachi. ¿Reconocieron acaso a algún político famoso? Alguna vez hasta hubo un mago en el jolgorio. ¡Aaah! Pero a que ustedes no saben de la fiesta aquella que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, donde una vecina enfurecida y argentina se presentó con la policía, porque ya no aguantaba el chuntata de la orquesta de viento.
Apretados, metiendo el pie para que Domingo Montañés no cierre la puerta, luchamos a codazos por figurar en la crónica. Pero nos parece ver la figura distinguida de doña Flash, fumándose un cigarro en el umbral de la puerta. Nadie más lejano a las luchas del ego que ella. Todos disputándonos la zona VIP, el lugar en la foto y doña Flash llama tanto la atención que no tiene necesidad de pelear por un rol protagónico. Así sin más, era la Gardenia, la dama de mirada penetrante que nos desarmaba a todos con dos o tres comentarios precisos, pero sin herir susceptibilidades. El L.M., por contraste, nos hacía pasar a la tribuna para contar las revelaciones inopinadas que brotan tras dos o tres caballitos de tequila. Y luego ni como borrar lo confesado de la memoria de los presentes.
Pero volvamos a la Trujillo, esa que se coló y se sentó junto a la ventana. Regresemos a su fascinación por la charla los jueves. Cuéntanos, Trujillitos, de doña Flash. Es que tenía una percepción muy aguda, ¿saben? No hablaba tanto como el licenciado, pero te estudiaba largamente en cada calada, para después exhalar esas observaciones que se iban directo al alma. Esa imagen no es muy afortunada, decimos los envidiosos. Pues sí, pero esta es mi casa, diría don L.M., y estos son mis recuerdos.
¿Qué le contó doña Flash a la Trujillo? Le habrá contado, tal vez, de los kikapúes en Múzquiz, Chihuahua, famosos por su tenacidad y grandeza. Quizá de sus traducciones del francés al español. A la mejor, aventura la señora Cross, de la vez que, siendo niña, doña Flash -llamada entonces Efigeny- convenció a las monjitas del colegio de que probaran el rompope de las monjas clarisas, que al fin y al cabo eran sus hermanas y no había riesgo qué correr. La Trujillo dice que no escuchó esa anécdota, pero cree que de ahí le vino a doña Flash el hábito de no beber tanto en las fiestas, porque es sabido y comprobado que hasta las monjitas pueden hacer desfiguros.
La recordamos en las pachangas, sí. Un rato en las charlas y después, haciendo un discreto mutis. Y a propósito de Mutis, la señora de los tantos nombres, Doña Flash, también se convirtió en Muti tras un viaje a la India. Eso no lo dijo la Trujillo; lo sabemos por fuente fidedigna llegada a esta redacción, minutos antes de cerrar la crónica. ¿De dónde el mutismo? ¿Era muy callada, al contrario de don L.M., el gran conversador? Pues no, dice la fuente autorizada, un tal Chivo, testigo presencial en un viaje familiar a la India.
Al parecer, estando por allá doña Flash y su familia, fueron testigos de un duelo singular: una cobra de anteojos versus una mangosta, famosas ambas por sus reflejos velocísimos y letales. La mangosta, Muti, parecía llevar todas las de perder, por su tamaño menudo y apariencia frágil. Pero sus saltos casi invisibles a la vista humana decidieron el combate: sus dientes cayeron sobre el cráneo de la cobra y le sorbieron el seso. ¿Las cobras tienen seso?
Es probable que, impresionado por la escena, el Chivo asociara la velocidad deslumbrante de Muti con los flashazos de las cámaras fotográficas de antes. Ella no aplastaba cráneos, pero empleaba el método mayeútico en esas sesiones de la mesa redonda. No sé, opina la Trujillo. El que más preguntaba era el licenciado. Pero la que conocía los corazones humanos era doña Flash. Era tan educada, tan buena escucha que a todos nos hacía sentir importantes.
Todo lo que hemos dicho hasta ahora resulta sospechoso e inverificable; nos quedamos afuera pero dotamos a nuestro imaginario de memorias ajenas. Que si doña Flash traducía del francés, que si se graduó de la prepa junto con sus hijos, Chivo y Bere, porque los tres iban juntos a la escuela, y atendían a las clases rodeados de un grupo de adolescentes. Aquí nos llega una imagen de doña Flash pasando por la escuela de Antropología, su desplazamiento a Chiapas, sus intereses etnográficos. Sabemos de buena fuente que prologó, en coautoría con el doctor Víctor Esponda, un estudio sobre Cancuc, comunidad tzeltal de los Altos de Chiapas. Y sabemos que jamás necesitó que la nombraran primera dama porque siempre lo fue.
En este punto de nuestro relato la Trujillo recuerda haber visto en la sala una fotografía de la boda en la Catedral de San Cristóbal. La instantánea fue tomada por quién sabe quién, eso no pudimos averiguarlo, pero en cambio nuestra amiga de los jueves nos ofrece otros detalles. Se trata de una fotografía en blanco y negro; Doña Flash y el L.M. salen de la catedral ataviados con la indumentaria tradicional de Tenejapa, comunidad tzeltal de los Altos de Chiapas. La elección no es arbitraria. Los ancestros del L.M., por línea materna, provienen de ese lugar.
Otras voces se unen a nuestra semblanza, crónica o lo que sea este concierto de voces. Habla uno de los Shopenhauer, los médicos que también, en algún momento, tuvieron la fortuna de pasar por la casa de Berenice, como llamaba doña Flash a su hogar. Dice el Benjamín, alias Shopenhauer: Doña Gardenia era afable, alegre y estaba siempre dispuesta a escuchar. Era una mujer elegante y distinguida, apunta otro testigo conocido como el señor Platas. ¿Podrían agregar, por favor, su determinación y claridad a prueba de halagos? Solicitamos al Platas que sea más preciso. Vaya, nos dice, diccionario en mano. Que era amable, pero no al estilo coleto, con rodeos, circunloquios, perífrasis, diminutivos y evasivas. Amablemente norteña, decía las cosas como son.
Y le gustaba bailar. Testigos presenciales, afirman que la vieron bailar La Negra Tomasa en la fiesta de quince años de su hija Berenice. Bailó con el Charles Flowers, aunque nosotros lo dudamos porque él no se atrevía a bailar. Tenía atrofiado el sentido del ritmo. O, como decía Luis Flores, padrino de la quinceañera, tenía clavo su zapato. No vamos a extendernos aquí en la figura del Compa de doña Flash, el Luis, porque entonces estas líneas se perderían en la vasta región de las memorias indelebles. Ese Luis, tan callado, que nos saludaba en la calle, apenas alzando la ceja.
Pero volvamos ahora sí y de una vez por todas, a la Trujillo… A las charlas de los jueves, a su modo de entrar a la casa, como no queriendo, medio apenada. Por aquel entonces, doña Flash se había graduado de tanatóloga. Estaba haciendo sus prácticas profesionales en un hospital. No es fácil el duelo; menos la pérdida de los seres queridos. Doña Flash sabía mucho de despedidas; les dijo adiós a tantos que jamás se nos pasó por la cabeza que un día ella también emprendería el viaje, llevándose la esperanza de reencontrar a la Bere, don Miguel y doña Sofía en una región luminosa.
Así pues, desde el celular, seguimos escuchando la voz quebrada por la emoción de la Trujillo. La última vez que la visité, doña Flash estaba pintando. Cuando advirtió mi interés por su cuadro, me lo regaló. Agradecida, le pedí que me lo firmara. ¿Para qué? Preguntó ella. No tiene importancia o valor alguno. ¿Cómo no? Protesté: Por favor fírmelo, doña Efi. Para que todos sepan que me lo dio usted. Para que yo sepa que el cuadro viene de usted para mí. Doña Flash firmó, con esa caligrafía alta y fina, como ella.
Nosotros, los de afuera, contemplamos la escena y le damos las gracias a la Trujillo por sus evocaciones al tiempo que contempla el cerro de la Silla. Somos tantos quienes admiramos a doña Flash, que todos quisiéramos un primerísimo lugar en esta crónica. Desearíamos, si no es mucho pedir, hallar en esa casa eso que no encontramos y que doña Flash tenía a manos llenas; autenticidad. Por eso hemos optado por narrar desde la sombra y el colectivo. Porque del montón, de la turba y del nosotros de pronto surge una primera persona. Y esa, sin lugar a dudas, es la primera, la más incluyente y más plural de todas: doña Flash.
Ciudad de México, en el día del cumpleaños del Chivo; 28 de mayo, año 2022.

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