De todos los hermanos, era el que más se parecía al abuelo Ramiro. Tenía la piel morena, esa mirada sagaz y la misma sonrisa maliciosa que conquistaron a más de una mujer, a veces todas a un tiempo y fueron no pocas veces motivo de desavenencias amorosas.
Ricardo nació antes de la bonanza del abuelo y quizá debido a la precariedad y apuros económicos de su primer hogar, su madre decidió enviarlo a vivir con su papá, cuando éste se casó con Carmelita, la de los ojos verdes. Todavía estaban lejos los años de bonanza. Ramiro era peluquero y doña Carmelita, estilista o “peluquera”, como decían las señoras encopetadas del pueblo, un tanto despectivamente. Pero esa peluquera ganaba incluso más que su esposo y el abuelo, picado en su amor propio, se volvió comerciante y propietario de “Las tres erres”, nombre de la tienda en alusión a su nombre completo: Ramiro Ramos Ruiz.
En el que fuera su primer cambio de casa, Ricardo conoció a una joven madrastra y, contra todos los pronósticos, con el correr de los años tuvo con ella una relación entrañable, aunque no exenta de momentos difíciles porque el niño insumiso vistió de rebeldía su soledad. Sin embargo, cuando él tuvo la oportunidad de convertirse en padre, entendió más de la vida y tengo la imagen de Ricardo abrazando a Carmelita, como le decía, mientras caminaban por el patio de la casa.
Un dato confirma la complicidad de esos dos; el día que murió Carmelita, afuera de la iglesia había muchos taxistas en el cortejo fúnebre. Estaban ahí por el tío Ricardo, taxista de profesión, como varios de los hermanos de su papá. Aunque no era su madre biológica, jamás dejó de visitarla, ni aún después de la muerte temprana de Ramiro. Entre los más asiduos a la casa de la abuela estaban la tía Irma, primera esposa de Ricardo, y sus hijos a quienes la abuela tomó como nietos de corazón.
La abuela Carmen contaría, años después, que Ricardo niño fue rebelde y, como decimos en San Cristóbal, “no se hallaba”. Desarraigado de la casa materna, presenciando una y otra vez la llegada de nuevos hermanos, Ricardo se la pasó toda una vida buscando un lugar al cual pertenecer. De una casa a otra, de un hogar a otro, hubo siempre en él un niño extraviado y, más que nada, un espíritu indomable que jamás se dejó domesticar.
Cometí un error con ese niño indómito, dijo una vez la abuela. Cada vez que se portaba mal, la solución inmediata era: “Le voy a dar la queja a tu papá”. La consecuencia de la queja eran los golpes que Ramiro propinaba a su hijo. Lejos de arredrarse, Ricardo crecía en rebeldía. Al paso de los años, la abuela reconoció que denunciarlo no había sido una buena solución, porque los castigos corporales eran frecuentes. Las tías recordarían que tenían que llorar frente al abuelo y decir: “no, papacito, ya no le pegues”.
El abuelo Ramiro cerraba la tienda a las dos de la tarde y volvía a comer. Era un hombre estricto que no permitía conversación alguna en la mesa. Hasta pedir una tortilla era un desafío. Los nueve tíos desarrollaron una serie de códigos, miradas, levantamientos de ceja o codazos, para pedir los platillos acomodados en la larga mesa; una comunicación sin palabras y un silencio presidido por el caballero de corbata, cabello engominado y suéter azul.
Sería por el régimen marcial del abuelo y la orfandad primera, el caso es que el tío Ricardo vivió escapando siempre de casa. Y no perdió esa costumbre jamás. De niño, tenían que salir a buscarlo a los lugares donde se quedara a dormir. Tenía muchas guaridas. Un escondite por el cerrito de San Cristóbal, la casa de doña Adela Gómez y todo aquel lugar donde hubiese transportes que lo llevaran a otro lugar. La felicidad tenía para él un destino incierto.
La escuela nunca le gustó. Todo sitio donde olfateara rigor y disciplina era enemigo de su libertad. Lo inscribieron en la escuela particular más prestigiada de San Cristóbal, dirigida por un profesor alemán, José Weber. Por supuesto, se volvió a escapar sin tomarse la molestia siquiera de aprender a escribir. Hábil en ardides, desarrolló una astucia para que otros leyeran por él y cuando se volvió gestor de trámites automovilísticos, claro que ninguna de las partes interesadas advertía que “el licenciado zorri” no podía leer el alfabeto. Leía las mentes, eso sí.
Trabajó un tiempo en lo que en aquél entonces se llamaba “Tránsito municipal” y el nombre no pudo ser más adecuado para el transportista en permanente desplazamiento, como los marineros. El tío Ricardo era, por supuesto, un hombre inteligente (el apodo lleva razón) y sólo cuando su trabajo peligró, se puso a estudiar en un tiempo brevísimo los nueve o diez años de vida que le habrían hecho falta para terminar la primaria y la secundaria.
Cuando el abuelo se cansó de los correctivos y Ricardo demostró que tenía una voluntad a prueba de cinchazos, lo mandaron al rancho del tío Tiburcio y ahí se quedó hasta que se volvió adulto. De esos años duros regresó transformado y dispuesto a aprender un oficio para vivir. Fue así como, con ayuda del abuelo se convirtió en taxista y ahí comenzó una larga historia en los sitios de taxis San Cristóbal y Ciudad Real, oficio que desempeñarían más tarde sus hijos mayores.
De su matrimonio con tía Irma, nacieron mis primos Ricardo, Gerardo, Paty y Aurora. Vivieron en una casa muy próxima al barrio de Cuxtitali, hasta que el tío Ricardo volvió a cambiar de casa una vez más y dejó a los primos con la tremenda faena de labrarse un futuro por sí mismos, a costa de esfuerzos y sacrificios como abandonar la universidad para trabajar. No hay padre perfecto. El tío Ricardo tuvo a mi abuelo, severo frente a la rebeldía y el tío Ricardo fue un padre siempre en tránsito, de una escala a otra, con la tristeza que eso implica para quienes lo veían partir.
Y sin embargo, había también en él un lado festivo, un espíritu de liderazgo, un leguleyo nato y un sentido del humor que los golpes de la vida no pudieron derrotar jamás. Famoso por su alias, “zorrita”, que llevaba inscrito en el taxi, el tío Ricardo creó una leyenda en torno a su famoso sobrenombre. Decían sus hermanos que de niño disparaba flatulencias a sus amigos sin pudor alguno, que repelía cualquier ataque con un olor que se dejaba sentir a metros y también que su astucia para resolver conflictos en la vida no tenía igual.
Hoy, todos los Ramos de la familia, queremos recordarlo con esa sonrisa tan suya que parecía siempre dispuesta a promocionar un dentífrico o a perdonar y hacerse perdonar cualquier ofensa sufrida. En la foto que acompaña esta publicación está trajeado y serio pero, si se fijan, hay otra donde suelta la carcajada, abrazado de sus grandes amigos Armando Aguilar y Juan Fores, con quienes hoy se reúne para seguir el relajo.
Esta mañana, el mayor de los Ramos, Ricardo Ramos Gordillo, ha tomado su último taxi con destino a la que, suponemos, será su última morada. Conociéndolo, podemos pensar que Ricardo no se estará quieto y seguirá viajando para recordar todos los lugares donde alguna vez amó la vida.
Sirva esta pequeña crónica para desearle un buen viaje a quien fuera un eterno transeúnte. Quiero imaginarlo en un carro que más parece una lancha, como las de antes, un Ford Galaxie 500, y con la radio encendida. Suena Pérez Prado con "El mambo del ruletero" y dice: Yo soy, de San Cristóbal...
Viaja en paz, tío Ricardo. Y cuando veas a tu hermano Alfredo en el camino, no dudes en hacerle la parada.
Ciudad de México; 10 de septiembre de 2020.

No hay comentarios:
Publicar un comentario