jueves, 12 de julio de 2018

¡Cállate, Adela!

¡Cállate, Adela!

Tengo dieciocho años.  Estoy recién desempacada del estado de Chiapas. Vine a estudiar Derecho.  La ciudad parece un monstruo, un gigante que habrá de iniciarme en las grandes lecciones de la vida, que tienen poco o mucho que ver con la escuela o la cátedra universitaria.
Mi primera lección la recibo en la colonia Portales, lugar a donde me han hospedado unos compadres de mi abuela, amigos de la familia. Es la casa donde, en algún momento todos, abuelos, tíos, vamos a parar. El barrio es más bien de clase media, pero para los provincianos recién llegados, la Portales es una colonia de lujo. De la casa me impresionan la lámpara de lágrimas de cristal, el enorme reloj de pedestal que da las campanadas cada hora, la escalera de caracol, los acabados de yeso pintados de azul en el techo de la sala. No tengo edad aún para advertir que esa elegancia, imitación Luis XIV, es apenas un remedo del palacio de Versalles. 
A Don Manuel le gustan dos cosas. Beber sus copas y charlar. Y soy una escucha fiel, tanto como cuando los compadres llegan a San Cristóbal como ahora, que soy yo la visitante. Por su edad, don Manuel es contemporáneo de mi abuelo Gustavo, a quien yo no conocí, pero ellos fueron compañeros de primaria, la única escolaridad que don Manuel tuvo en la vida. Esos escasos estudios no le impidieron llegar a la capital del país y convertirse en un próspero fabricante de refrescos, en una época muy anterior al dominio de las trasnacionales como Pepsi y Coca Cola.
El señor de la casa sabe de mi interés por la figura de mi abuelo, el difunto abogado idealizado por mi familia paterna. Y en ese afán de satisfacer mi curiosidad, una tarde me cuenta dos anécdotas.
La primera es en el salón de clase. Un alumno temeroso pasa al frente e intenta, con torpeza, decir el poema que el maestro les encargó a todos aprender de memoria. Tras indecisiones y balbuceos, la voz estentórea del profesor lo interrumpe: ¡Cállate burro! Vete a tu lugar.  Después el maestro recorre con la vista los rostros esquivos del grupo y al final pronuncia el nombre de mi abuelo: ¡Gustavo, pasa al frente! Un niño pasa al pizarrón y declama sin que le tiemble la voz. Don Manuel rememora el episodio con fidelidad. Se ríe de la torpeza de su compañero, y evoca el aplomo de mi abuelo con admiración. Recuerda incluso la poesía completa. Una oda a un héroe o una loa a la madre, que sé yo. Cualquier verso para exaltar y conmover a la audiencia, para mi abuelo es pan comido. El grupo se desborda en aplausos. El burro se eclipsa.
La segunda anécdota tiene lugar en una fonda de mi pueblo natal. Los actores son mi abuelo, estudiante de Derecho, y la demandada (digámoslo así, por emplear la jerga jurídica) mi abuela. Una adolescente de unos catorce años, huérfana, recogida por unas señoras a quienes llama “las tías”, a quienes sirve en la fonda como criada. En una extraña mezcla de ignorancia y satisfacción, que mi juventud no alcanza a comprender, don Manuel me narra las risas nerviosas de Adela, cuando el abuelo comienza a manosearla. Como buen narrador, don Manuel imita los gritos de mi abuela acorralada: ¡ay, licenciado, ay licenciado! Ahí suelta la carcajada. En eso se escucha la voz de reproche de una de las tías: ¡Sh, Adela! ¡Deja que el licenciado te haga lo que quiera! Y prosiguen las carcajadas de don Manuel.
Han pasado más de treinta años de ese episodio, pero lo recuerdo con precisión. Me refiero, claro, a la charla en la colonia Portales, no al otro, que ocurrió en una fonda cuando yo todavía no nacía.  Mi memoria obedece al hecho de que don Manuel me contó ambos episodios más de una vez, en ese mes que permanecí en la casa de Emperadores, mientras encontraba un lugar donde vivir.
Hoy me produce estupor, incluso un nudo en la garganta, no haber tenido la capacidad de leer ambas anécdotas del modo en que las leo ahora. No dudo que en mi desconcierto yo incluso haya esbozado una sonrisa frente a la algarabía de don Manuel.  Esas carcajadas que festejaban el esquema del chingón y el chingado, como si fuese lo más aceptable del mundo.  Ambas historias se ceban en el torpe y el indefenso y celebran a la figura autoritaria quien exhibe o se chinga al otro, con la anuencia o indiferencia de los demás espectadores.
Cuando rememoro el episodio de la fonda, escucho con claridad esa voz que me dice, ¡Cállate Adela! y pienso en las incontables ocasiones en que yo misma he sido víctima de un atropello y no encuentro el modo de hablar y protestar.  Se me cierra la garganta y me da un coraje. Si ese don de defenderme lo hubiese aprendido en mi infancia, lo primero que le hubiera dicho a don Manuel era que muchas gracias por su hospitalidad, pero que yo no necesitaba escuchar esa anécdota, a todas luces trágica y humillante, del origen de mi familia.  El hecho mismo de que yo lleve el nombre de mi abuela, lo hacía más complicado. Ya en San Cristóbal me había tocado escuchar que Adela era nombre de sirvienta y he aquí que el compañero de clase de mi abuelo se encargaba de afirmar que ella, en efecto, había nacido para la servidumbre y la sumisión.
La vida, sin embargo, no transcurre en blanco y negro. Mi abuela tenía nombre de insurrecta y fue precisamente ella quien se encargó de tirar con su lengua implacable la idealización que toda la familia hacía del abogado don Gustavo.  Creo que yo no había cumplido aún los diez años, cuando la abuela, igual que don Manuel, se encargó de narrarme la historia del asedio del abuelo con la anuencia de las tías. Ya he contado otras veces que yo, con toda la ingenuidad del mundo, siempre llegaba a contarle a mi abuelita las leyendas con que la familia embellecía la figura del abuelo, y doña Adela las destruía con dos o tres frases contundentes. Es injusto decir destrucción. En realidad le llamaba al pan, pan y al vino, vino. Contaba las cosas como eran.
Al final, mi abuela vivió más de ochenta años, con una vitalidad y una alegría que mi abuelo, por desgracia, no tuvo oportunidad de conocer. Gustavo se suicidó porque no pudo con el encierro, el alcohol y la vida.  Y algo me dice que, aunque era un buen abogado y lo intentó, jamás pudo con el papel del actor que se chinga al demandado. Aunque sus alegatos y escritos eran impecables, a ese niño declamador no le enseñaron jamás a expresar sus emociones.  Lo habían educado para ser la figura exitosa, no para respetar a las mujeres o a los débiles. Yo de la escuela de derecho no quise saber nada y la abandoné a la primera oportunidad.  A menudo encuentro que los abogados se manejan con el viejo esquema de mi abuelo. Chingar cuando se pueda y emborracharse cuando haya ganas de llorar.
Ese modelo no me sorprende. Todavía ayer, en la calle, me detuve a ver cómo discutían un taxista, dos transeúntes y un ciclista. El de la bicicleta, el más educado de todos, le decía al taxista indignado: ¡señor, pero si yo no le falté al respeto! El taxista aceleraba pero sin bajar del coche.  Y uno de los transeúntes: ¿quieres que te hable al chile? ¡Pues te vas a la verga!
Es increíble cómo se ponen los varones cuando sienten amenazada su dignidad. Dignidad que en este caso se traduce en ver quién atraviesa primero la calle. El del taxi acelera, los encabronados peatones se le ponen enfrente; al ciclista casi lo atropellan.  Yo los observo a distancia y acelero el paso.
Miro la avenida y una voz, allá lejos, resuena en mi memoria. ¡Cállate Adela! Pienso en mi abuela, como la pienso siempre, viva y llevándome del brazo. Y les respondo a las tías: A la chingada. No nos vamos a callar.  Ni vamos a dejar que los abusivos hagan lo que quieran. Y vamos a dejar constancia de lo sucedido.  Tú sígueme contando una y otra vez, aunque nadie te crea.  Soy cobarde, pero el día menos pensado me voy a armar de valor y voy a escribirlo todo.


Ciudad de México; 12 de julio de 2018.

sábado, 16 de junio de 2018

La capa de Batman


Cuando tenía siete años, mi padre me llevó a lo más alto del edificio, a donde sólo se podía acceder por una escalera de hierro adosada a la pared. Ágil como un mono, me esperó arriba, divertido por mis esfuerzos.  Cuando logré el objetivo, lo encontré ahí, los brazos en jarras, en ese gesto que hacía para sentirse poderoso y con el marco del espectacular de la Rubia Superior a sus espaldas. Hice un esfuerzo y me levanté del suelo empolvado, tratando de que la tierra disimulara el sudor de mis manos.

Mi papá anunció en tono solemne: En la vida, hijo, hay que llegar a jefe.  Yo más bien quería ser como Batman, y por eso cuando jugaba me amarraba al cuello la toalla que usábamos para secar a Tobi.  Era negra, muy larga y ondeaba con el viento. ¿Por qué jefe, papá? ¿Cómo por qué?  ¡Pues para ser el mandamás del mercado! ¡Para chingar a los demás!    Alargó la A, como si la palabra pudiera lloverle no sólo a los transeúntes de la avenida, sino a toda la ciudad.

Aunque yo no tenía muy claro entonces por qué habría que fastidiar a los demás (yo no decía chingar en aquél entonces; me hubiera regañado la maestra), pensé en don Chucho, el taquero de la esquina. Él era jefe. Había conseguido el éxito, porque cuando picaba el suadero, ponía a temblar a los ayudantes a golpes de cuchillo y mentadas de madre.  ¿Yo tendría que hacer lo mismo en un futuro?  Me pregunté más tarde, mientras me anudaba la toalla al cuello. Pensé en el caballero de la noche. Batman, me dije, combate a los criminales.  Pero no parece un mandamás. Ni siquiera trata mal a su mayordomo.

Más exitoso que el taquero, era don Hernán, el español, dueño del edificio. En la escuela la maestra nos había platicado la conquista, y como le había dado en la torre a la gran Tenochtitlan.  A la mejor don Hernán era descendiente directo de ese otro hombre exitoso, que había vencido a los aztecas.  Lo único que no me quedaba muy claro era por qué había llorado en la noche triste.  Los chingones, decía mi papá, no lloraban nunca.  Bueno, mi papá sí, un poco, cuando tomaba, pero al día siguiente volvía a ser el de siempre, tan seguro de sí mismo.  En cuanto a don Hernán, trataba mal a la gente.  Y sólo tenía una preocupación; que no le fueran a robar su dinero. El taquero, al menos, repartía cada noche lo que no se vendía, y yo veía salir a los ayudantes, con sus tacos de bistec y suadero.  

Luis, mi compañero de banca, se reía de mí.  Decía que si la máquina del tiempo  nos llevara al sitio de la gran Tenochtitlan, nunca íbamos a estar en las filas de don Hernán.  Y lo peor, ni siquiera entre los Tlatoanis aztecas. Si acaso, sentenciaba Luis, seríamos del montón, porque cuándo has visto, aparte de don Porfirio y tu tocayo, que un prieto pelos necios llegue hasta las alturas. Con suerte seríamos achichincles de los aztecas. Y no había manera de hacer cambiar a Luis de opinión.

Pero el papá de Luis en realidad era otro hombre poderoso. Había pasado de chalán a chofer y de ahí, no sé cómo, a líder sindical.  Ahora tronaba los dedos y de inmediato corrían su chofer y su secretaria a preguntarle que quería.  Todos sus hijos tenían charola, algo así como un pase mágico que les abría todas las puertas. Batman tenía a Alfredo, el mayordomo. Pero no sé, creo que Batman no necesitaba que los demás supieran que era importante. Al contrario. Siempre se escondía en la oscuridad.

Mi padre siempre soñó con estar en las alturas. Y lo consiguió. Vivíamos en la azotea de un edificio de diez pisos, junto a los tendederos y los tanques de gas, en dos pequeños cuartos remachados con tablones y muebles conseguidos en La Lagunilla. Muy parecido al cuartel de Bruno Díaz, pensaba yo.  Mi papá se reía de todos los tíos, que del pueblo habían pasado a las orillas de la ciudad, y me decía: allá ellos, en los lodazales; lo importante es estar con la gente de razón.

Y don Hernán sería gente de razón, porque siempre la tenía, pero no veía con buenos ojos que yo fuera a la escuela. Mira Benito, lo que yo necesito es que tú aprendas plomería. Vas a ganar mucho dinero, pero a mí no me vas a cobrar.  Yo no decía nada. Sabía que no entendía más razón que la suya, aunque nunca aprendí a responderle del mismo modo que lo hacía mi papá: sí don Hernán, lo que usted mande don Hernán, ahorita mismo, don Hernán, ya está hecho don Hernán. Y así todos los días.

Apenas se iba el conquistador a vigilar sus otros edificios, mi papá cambiaba su tono de voz y entonces empezaba a hablar de un modo muy parecido al de don Hernán.  Así nos hablaba a mis hermanos y a mí.  Y así quería hablarles a los tíos cuando llegaban de visita.  Por eso la familia poco a poco se fue alejando.  El día que una de mis tías se casó con un abogado, mi papá le dejó de hablar.  Oye papá, pregunté: ¿Pero es que el abogado no es gente de razón?  Mi papá se puso nervioso con mi pregunta. ¡Qué abogado ni qué nada! Seguro compró su título en el portal de Santo Domingo.  Como mi papá no era amigo de los engaños, nos quedamos sin las visitas del falso abogado y los tíos del lodazal.  ¿Y si acaso Batman era de mentiras?  ¿Si le habían vendido el título y un disfraz?  No.  Batman era tan real como mi capa negra. Y aunque todos dijeran: es la toalla de Tobi, yo la guardaba como mi más preciado amuleto. Cuando me ponía la capa, no importaba que don Hernán quisiera convertirme en su mano de obra barata. Allá él y sus noches tristes.  Yo era el Caballero de la Noche y podía volar sobre todas las azoteas.

En eso estaba un día en clase, dizque haciendo mis apuntes en la escuela, que en realidad era una lista de todos los villanos derrotados, cuando la maestra  nos preguntó en qué trabajaban nuestros papás.  Armando era hijo de un mecánico; el papá de Javier vivía de sus rentas porque era dueño de una vecindad. Julio era uno de los hijos del taquero. Todos fueron respondiendo y en ese momento me di cuenta que yo jamás habría podido pronunciar la palabra portero. Si lo hacía, iba a quedarles clarísimo a todos que no había nadie más abajo en el grupo que mi papá y yo. Y cómo decir que no mandábamos a nadie.  Que don Hernán sí podía gritar y dar órdenes, pero mi papá, por más que soñara a diario con eso, no tenía ni cómo chingarse a los demás.

Volteé a ver a Luis, quien leyó mi angustia y mi cara petrificada. La maestra siguió preguntando. ¿Y tu papá qué hace, Benito?  Todas las miradas de la clase quedaron fijas en mí. Mis manos eran agua escurriendo por los barrotes de la escalera de hierro. Vi a la rubia superior sonriendo y sentí que me iba a morir. No podía decir portero. Todos eran algo de más categoría.  Mi papá no tenía un gato para darle órdenes, como sí lo hacía don Hernán, el papá de Luis con su chofer o el taquero con sus ayudantes.

Y no sé cómo, pero ahí mismo decidí que Batman jamás haría eso. Que aunque tenía una mansión y un mayordomo, no podía, ni de broma, chingarse a los demás. Él perseguía a los criminales. Les ponía un alto a los mandamases. Y temblé tanto con la revelación que por poco tiembla la ciudad entera.   Luis, más grande que la noche, vino en mi auxilio con su voz de tres veces campeón de oratoria y le dijo a la maestra lo que a mí me hubiera gustado decir: El papá de Benito es un caballero águila. La clase soltó la carcajada.  Es verdad, maestra, dijo Luis.  Don Hernán tiene sitiada a la gran Tenochtitlán pero el papá de Benito está ahí adentro, resistiendo.

Yo me acordé de la azotea y pensé que el éxito estaba más complicado cuando no éramos la rubia superior, ni don Hernán ni la gente de razón.  En ese momento sonó la chicharra salvadora y yo abracé a mi amigo.  ¿Sabes qué, Luis?  Nosotros no vamos a ser rubios ni superiores ni jefes ni Tlatoanis ni conquistadores. Y tampoco vamos a chingar a nadie. Vamos a ser algo mejor.  Vamos a ser los caballeros de la noche.

Estaba tan feliz con el descubrimiento que me fui corriendo al edificio; sin dejar de correr subí los escalones de los diez pisos,  arranqué la toalla del tendedero, boté esa razón que no servía para nada y les puedo jurar que cuando subí la escalera de hierro, esa vez no me sudaron las manos. Ya tenía puesta la capa de Batman.





jueves, 19 de abril de 2018

La abusadora

“Ni tú ni mi madre saben lo que es pasar hambres; siempre las han mantenido”.  La frase sale de sus labios con la superioridad moral de quienes afirman “yo siempre he trabajado, a mí nadie me regaló nada”.  Está bien. Pero añade: “Jamás he explotado a alguien”. A ver si puedes, capitalista.

Dorotea nunca dice su edad.  La fecha de mil novecientos treinta y tantos está escondida como su fe de bautismo, en una parroquia de un pueblo del sureste mexicano. Es la tercera de una familia de siete hijos. Para bautizarla, sus padres consultaron el santoral. Su género decidió su sino del nacimiento a la muerte: servir. Dora, la humilde servidora. A cargar con su cruz.

A propósito de dependencias, conviene recordar que todos los seres humanos pasamos por una etapa inicial de manutención. Dependemos de otros. De no ser así, moriríamos a las pocas horas de llegar al mundo. ¿No nos repiten hasta el cansancio, cuando nos quejamos de nuestros padres, que gracias a ellos no morimos de hambre y de frío? Que luego algunos no queramos abandonar la zona de confort es otro asunto. El mismo Dorito quería vivir con sus padres hasta en la eternidad. Por lo que a mí respecta, no desdeñaría una pensión vitalicia y hasta un postdoctorado. Pero doña Dora es otro cantar.

¿Mantenida tu mamá? “Lo digo como cumplido”, enfatiza el Dorito. “Yo la admiro por vivir  de otros”. ¡Ah, caray! ¿Entonces es Dora la vividora? El juego de sumar adjetivos con rima continúa. Me reservo algunos.

Por un lado, la palabra “mantenido(a)” es un insulto en este país. Por otro, es la ambición secreta de muchos. Todos quieren estar en la nómina, en la partida secreta o ser aviadores sin escrúpulos. Que nos mantenga papá gobierno. Y el que trabaja recibe ataques. Los lords y las ladies borrachas de las redes sociales insultan a los empleados con términos como “pinche gato” y “asalariado de mierda”. 

Las acepciones varían según el género. “Mantenida” es a todas luces peyorativo; si tiene lana, es una señora que sólo se ocupa en pintarse las uñas e ir al gym.  Si es pobre es un ama de casa que se parte el lomo atendiendo a su familia y se le acusa de fodonga y de “no hacer nada”.  “Mantenido” puede ser sinónimo de estatus: gigoló, vividor, padrote.  Sin embargo, también se le equipara con el mandilón, hombre dominado por su mujer o que hace labores domésticas. El gremio lo ridiculiza y hasta duda de su virilidad. La mujer puede quedarse en casa a criar a los hijos; si un hombre decide hacerlo, le llueven los ataques.

En el estado de Oaxaca se pregona, con orgullo, el empoderamiento de sus mujeres. Decimos Juchitán y nos viene a la mente el matriarcado y el traje de tehuana. Lástima que Dorita no nació ahí sino en un poblado recóndito a donde se llega, en pleno siglo veintiuno, por caminos empolvados de terracería. Y si eso es ahora, cuando Dorita llegó al mundo los patriarcas eran la autoridad absoluta y las mujeres no contaban más que como súbditos de los varones: papá, hermanos, tíos; hasta el cura. Y después el marido. Si Dora no se casaba, tenía dos opciones: vivir en la casa paterna, mantenida por los padres. Dora la chambeadora sin goce de sueldo. O bien, sirvienta en casa ajena.

El padre de Dora se casó con una mujer inmensa de piel blanca y largas trenzas, cualidades muy apreciadas en el pueblo. La blancura para mejorar la raza; las trenzas para jaloneárselas. El señor, celoso en extremo, le propinaba unas palizas ejemplares a su esposa, un día sí y el otro también, y después lloraba, arrepentido. La güera soportó estoicamente las madrizas hasta el día de su muerte. No sorprende que todas las Doritas se casaran con hombres golpeadores, si ahí no había más escuela que los madrazos y las oraciones. Dora la rezadora. Encomiéndate a dios porque vas a pagar tu sustento con mano de obra.

El viudo jamás se preguntó quién lo iba a mantener. En el pueblo esa cuestión está zanjada desde tiempos inmemoriales: todos los hijos nacen para mantener a los padres hasta la muerte de éstos. Es la tradición del pueblo, dicen los Doritos. Y antes era peor. En la primera mitad del siglo veinte, las niñas ni siquiera iban a la escuela. Si acaso un año, para aprender los rudimentos de la escritura y la gramática. Un profesor les sacaba del cuerpo su lengua materna, a punta de reglazos,  porque “hablar idioma”  era motivo de discriminación.  A la fecha, Doña Dora sólo habla esa otra lengua con su marido, cuando nadie más la escucha.

La servidumbre de Dora y sus hermanas, comenzó con las labores de la casa, y una vez que estuvieron grandecitas, fueron enviadas a las capitales del estado y del país, sucesivamente, para trabajar como empleadas domésticas. Cada mes llegaba a visitarlas uno de los hermanos mayores, para recoger el salario íntegro y enviarlo a los padres. Dora la proveedora. Ellas sabían que si se atrevían a guardarse algo, el castigo no se haría esperar. De esos años queda aún la imagen de una niña anciana y silenciosa, que comía poco y mal, escondida en un rincón de la cocina.


En una de esas raras visitas a la casa paterna, alguien se fijó en Dora. La muchacha era ya una solterona de treinta años. Una tradición del pueblo exigía que el pretendiente llegase a barrer la casa de la novia antes de la boda, en un gesto de sumisión a la familia política.  El novio de Dora se negó a cumplir el ritual. ¿Para qué –dijo el soberbio-, si ella es la barredora? Bonito nombre, reducido a la categoría de trabajos forzados: secadora, lavadora, planchadora. Hasta recogedora.

El marido tenía afanes de superación, así que emigró con su esposa a la ciudad de México. Pero la mejoría no incluía la emancipación de su señora. Él tenía la misión de mantenerla a ella y a sus hijos. Y ella, continuar siendo la sirvienta de la casa, además de recibir burlas, infidelidades y golpes de un señor que necesitaba afirmarse por la vía de la humillación y la violencia. Por añadidura, Dora la aguantadora volvió a emplearse como sirvienta, porque no alcanzaba con el salario del señor.


Hoy doña Dora es una anciana que renguea pero aún cocina, barre y lava a mano aunque ya tiene lavadora. No acepta que los Doritos le paguen una ayudante, porque su marido tiene el hábito de enamorar a las sirvientas jóvenes. Es una mujer que borró su identidad para construir la de otros. Habla poco pero eso sí, alza la voz cuando se trata de defender los valores de una buena mujer del pueblo; la sumisión y la invisibilidad. Desaprueba que sus hijos hagan labores caseras (¡si para eso se casaron!) y lamenta no haber tenido una hija que la cuidara hasta su muerte.

Es paradójico darle el atributo de mantenida a una mujer que ha dedicado una vida entera a sostener la economía familiar. Más paradójico, que su hijo le atribuya una condición privilegiada que jamás tuvo y disfrace con un eufemismo su servidumbre.  Esa palabra tiene un tinte de vergüenza inconfesable. A Dora no podemos adjetivarla como triunfadora. No tiene permiso. Si acaso, no dudo que haya disimulado su hartazgo.  Sólo he visto sus atisbos de rabia cuando me niego a probar su comida. Ella, la que come poco, quiere darme una sopa de su propio chocolate.

Me levanto, pues, a lavar los platos, con un clásico de Laura León a la hora de realizar los quehaceres: La abusadora . Y mientras abro las llaves y acomodo los trastes, voy fraguando un texto en mi cabeza. No sé lo que es pasar hambres. Sólo sé que la venganza es un plato que se sirve frío y se come despacio.

15 de marzo de 2018.





jueves, 5 de abril de 2018

San Cristóbal de Las Casas

Me llegan noticias de mi tierra.  El pueblo ha cumplido cuatrocientos noventa años. Una edad demasiado larga de escribir.  Recorro las letras con mis ojos y  me sobresalto.  Una escena infantil llega a mi mente; voy con mi grupo de primaria, todos uniformados, al parque central, a cantar “San Cristóbal de Las Casas, acuarela colonial/ donde se funden dos razas, bellas como un madrigal”.  Los cantos, que nos hemos aprendido de memoria, forman parte del evento conmemorativo de los cuatrocientos cincuenta años de la fundación de la ciudad.  Los años me caen encima de un golpe. ¡En la madre!  Han pasado cuarenta años desde aquella mañana en el parque. ¿En qué momento transcurrió mi vida? Golpe abrupto. ¿Cómo llegué hasta hoy, qué niños van a cantar bajo el palacio municipal, ahora convertido en museo, cuando se cumplan quinientos años y yo… ¿Estaré viva para entonces?

Había llegado un visitante distinguido desde Ciudad Real, España, con todo y su séquito. ¿Inauguraron una estatua del conquistador Don Diego (aquí titubeo, mi memoria me falla)?  El presidente municipal era el profesor Jorge Paniagua Herrera, distinguido cronista de la ciudad, el del habla culta y elegante, como de otra época, saludando desde el balcón.  Los niños estábamos concentrados en cantar, reproduciendo la letra ensayada mil veces.  Ahora que la cito, ya eso de la fundición de las razas me parece una ironía. Tan ríspida fue esa mezcla que resultó en un levantamiento en 1994, además de otros que la historia se ha encargado de disimular. Pero en ese momento no se trataba de descifrar el contenido de la canción. Era el himno para honrar aquella ciudad que yo consideraba la más bonita del mundo.

La habíamos recorrido hasta el cansancio, en automóvil, siempre rodeándola por el anillo periférico, entonces de terracería, y en efecto, el camino marcaba las afueras de la ciudad.  Mi padre iba a vuelta de rueda, en un coche demasiado largo, una lancha que casi arrastraba la carrocería por la superficie de grava blanca. La lentitud era una tortura para mi impaciencia infantil.  De vez en cuando, en el camino, un Judas, esperando su fin en sábado de gloria.  De pronto, las vacas volviendo de pastar, y su pastor caminando detrás, con la misma tranquilidad de los animales.  A veces, un motociclista sin casco que de tanto en tanto, se quedaba atorado y hacía malabares para volver a encender el motor.  Más allá, un improvisado puesto de frutas o tamales.  Una que otra choza; niños curiosos asomándose.  Y de golpe, la ignominia: la aparición imprevista de un banco de arena, oculto a la vista de los habitantes del valle.   ¿Por qué se quejan, jóvenes –me dijeron un día-, que no saben que ese banco le da de comer a muchas familias? Se referían a los que acarreaban el material; no a los dueños de los predios.

Bancos periféricos aparte, la carretera Panamericana hacía evidente un banco de arena enorme, próximo a la curva de Salsipuedes. La arena del cerro mermada, el cerro aún de pie, y hasta arriba, aquella roca que habíamos bautizado como “La mujer de piedra”, misma que al cabo de los años habría de convertirse en el augurio funesto de la destrucción de San Cristóbal.  No es que la roca en sí fuese un mal presagio.  Al contrario. Nos gustaba pasar, en el Renault 4, aquél con forma de zapatito, y saludar, desde abajo, a aquella mujer embozada y hierática, majestuosa e inamovible.  Miento con el último adjetivo.  Un día, ya pasados mis treinta años, alcé la vista y descubrí con horror que ya no estaban. Ni la mujer de piedra ni el cerro. Su desaparición fue el mal augurio.  Yo no quise volver más al periférico, pavimentado de tiempo atrás, porque sabía que aquellos bancos de arena medio disimulados habían crecido, que los camiones “materialistas” descendiendo por la colonia Real del Monte se estaban llevando, en efecto, la materia, la geografía de mi pueblo y que el paisaje de la ciudad más bonita del mundo no volvería a ser el mismo jamás. 

La mujer de piedra, ausente, había atestiguado cómo se iban minando las montañas y como caía el agua de lluvia, sin freno, sin árboles contenedores, sobre un valle al que le quedaban unos pocos humedales, un territorio siempre en peligro de desaparecer bajo un montón de viviendas.  Esa mujer sabía también que los cerros que circundaban el valle estaban poblándose ya por los expulsados de las comunidades aledañas.  Y que La Hormiga daría mucho de qué hablar más adelante.

Los años perdidos no volverán.  Lugar común.  Dichosos aquéllos que no saben cómo era el San Cristóbal de mis diez años. Los campos nocturnos iluminados por los marticuiles. No podrán extrañar ese parque infantil junto al mercado José Castillo Tielmans, porque nunca lo conocieron ni fueron a patinar ahí. Jamás fueron a caminar por el rumbo de San Nicolás ni se subieron al teleférico.  Por supuesto que las memorias de infancia (el pasado en general) se idealiza, a menos que nos vaya muy mal. Ya lo dijo Rosario: "el recuerdo embellece lo que toca". Y además de retocar, la memoria es selectiva y caprichosa. Sin ir más lejos: el presidente municipal en aquél lejano 1978 era don Pepe Jiménez, pero mi memoria instaló a don Jorge Paniagua en el balcón, sitio que ocuparía hasta un año después. Gracias a Gaby López Coello por la precisión.

Las contradicciones de un pueblo, esas que existen en todas las épocas de la historia, quizá pasen desapercibidas para los ojos de un niño, pero están a la vista de los adultos, las quieran ver o no.  A fin de cuentas, la Chayo no era bienvenida en Ciudad Real, porque había escrito un libro infame, donde mencionaba lo inmencionable.  Mi Sancris era de una belleza y un conservadurismo recalcitrante, un grupo de señores indignados porque los tuxtlecos “se robaron los poderes”, una añoranza aferrada a la discriminación. Años más tarde, recibirían el mote de “auténticos”, y pelearían con el obispo Samuel.

El pueblo de mi niñez no tenía andadores ni turistas atraídos por la etiqueta del “pueblo mágico”.  A las ocho de la noche la ciudad se hundía en la oscuridad y el silencio. Y sólo la despertaba el frío de la madrugada, cubierta por un manto de niebla. Y sus campos de escarcha por la helada. Los turistas de entonces, en su mayoría extranjeros, aquéllos que se habían detenido en Jovel, eran los que habían descubierto esa otra magia, no perceptible a las miradas indiferentes.  Eran los ojos de aquéllos que advertían que las dos razas no sólo no se habían fundido, sino que caminaban, según su jerarquía y su color, arriba o debajo de la banqueta.  Y que se fueron a la selva, en ese entonces una mina de oro para madereros y “descubridores” de ruinas y culturas milenarias.

Aquéllos eran los que habían cedido al embrujo que San Cristóbal ejerce aún sobre los visitantes, quienes ahora llegan por oleadas y compran casas y se enamoran de lo bonito, el primer cuadro y no ven las amenazas que se ciernen sobre el valle: basura, ríos contaminados (¿la canción no hablaba del Fogótico, del río Amarillo?), pugnas por el control del comercio, enfrentamientos en el mercado, líderes mercenarios, bloqueos, paraíso de políticos saqueadores, más arena para las construcciones, y un resentimiento sordo, una alegría amarga cuando linchan a alguien. ¿Y la fusión de la canción? ¿No que todo era paz y armonía? ¿Postal de calendario?

Y con todo, mi pueblo tiene su magia: el ponche con piquete, los tamalitos de mumu y chipilín, los intrépidos ciclistas que reivindicaron la frase que los tuxtlecos decían como insulto (¡pueblo bicicletero!), las fiestas de barrio, los maitines, los panzudos, los cuxtitaleros (hoy cuxtitalianos), los berridos de los pobres puercos, los carros alegóricos, la emoción de recibir un saludo de la reina, la coronación, la marimba tocando en el kiosko Caminito a San Cristóbal, las campanadas de las iglesias hoy dañadas con el temblor de septiembre, los carros engalanados para subir el cerrito de San Cristóbal cada veinticinco de julio, los tamalitos de manjar en el mercado, las señoras que van vendiendo atole de granillo, casa por casa, las calles de laja, tan resbalosas. Los vecinos tan fijados, tan pendientes. La estatua de Fray Ba, que nunca miro. Un mi cafecito con pan a las siete de la mañana, para espantar el frío.  Y mis recuerdos familiares: don Ramiro Ramos y doña Carmelita bailando para siempre en el patio de Francisco I. Madero número 24, decorado con bugambilias moradas, un pasodoble (¡Silverio Pérez!) con la marimba de Horacio. 

San Cristóbal es todo eso y más. Es un contingente derrumbando la estatua de don Diego de Mazariegos, a punta de marro, el doce de octubre de 1992.  Es el profesor Jorge que ya no está. Es una ciudad contradictoria y hermosa.  Es un nudo en mi garganta. Es un grupo de niños de diez años que volverán a cantar cuando se celebren los quinientos, los mil años. Y un reloj de arena que cae sin piedad.



Ciudad de México; 4 de abril de 2018.

Calle Doctor Felipe Flores