miércoles, 6 de marzo de 2019

Epifanía

Chiapas le debe a Honduras, entre otras cosas, haber despertado las ilusiones de un artista de corazón tan vasto como el universo a donde se fue de gira eterna, el día de ayer.
Hace poco más de cinco años, el veintiuno de julio de 2013, para ser exactos, le escribí a Jorge Escobar para felicitarlo pues sabía que su grupo Vámonos teatreando andaba de gira por rumbos diversos; Arriaga y el Teatro de la Ciudad eran algunos de los escenarios. Si hacer teatro en Chiapas es una labor heroica, ¿cómo le hace, maestro? 

" Gracias Preciosa... Es disfrutar mis sueños. Cuando era niño descubrí el teatro por mi padre. Él me llevó a ver, en Arriaga, a "La Fragua" (Grupo de Teatro de Honduras) que andaba dando un gira por México y al ver el espectáculo quedé tan conectado con el hecho escénico que soñé algún día estar ahí; en el escenario. Meses después mi papá me inscribió a unos cursos de teatro en verano que organizaba el Ayuntamiento con el INBA (México y Oaxaca) con estudiantes de teatro que tenían que hacer prácticas. 
A ese mismo lugar caluroso y ventarroso (Arriaga), llegaban los húngaros con su circos, cine y mujeres blancas; mi madre (Testiga de Jehova) nos echaba miedo: que eran robachicos. Pero eso nunca impidió espiar, ni ante el castigo de Doña Becky, los maravillosos baúles que traían, como cuando Melquiades llevó a Macondo magia e inventos. Y yo como Arcadio Buendía me maravillaba y soñaba con ser un Viajero llevando magia a través del teatro... Ese sueño poco a poco se ha ido cumpliendo con cómplices como tú, Ray, Thania, Yayo, Maricela, Laura, Lennin, Leobardo... que creen en el arte.".


TIRO DE GRACIA


Estoy buscando un libro de Fabio Morábito en el caos de mi librero. Ni siquiera estoy segura de haberlo comprado. Le mando un mensaje a Edgar y me dice que sí, recuerda haber visto una foto de ese libro en mi muro. Y añade: te gusta presumir tus libros. Ni cómo rebatirlo; he subido varias fotos al facebook. 
El asunto se queda rondando mi cabeza y más tarde busco a mi amigo en el messenger: pues sí, presumo esos libros porque son ediciones lindas, de esas publicaciones que da gusto hojear. Y no me da culpa alguna subrayarlos con mis lápices fosforescentes. Cada quién sus gustos. Pero quizá haya otra explicación: presumo los libros ajenos a falta de uno de mi autoría.
Cuando por fin aparece "El idioma materno", lo abro sin pensar, en la página diecisiete donde hay un relato titulado La vanidad de subrayar. Es el relato sobre un tipo que se la pasa subrayando sus libros. No entraré en detalles, salvo la conclusión: el subrayador nunca se va a atrever a escribir algo. Puta madre. Casi puedo escuchar las carcajadas del Edgar.


Aguas


Antonio y yo estamos esperando el metrobús, frente al acceso al primer vagón: niños, mujeres, sillas de ruedas y personas de la tercera edad. Sujeto a mi niño con mano firme y le pido que no se acerque a la raya amarilla. Una viejita de andar trabajoso se acerca. Es más bajita que mi suegra, que ya es mucho decir. Me hago a un lado para dejarla pasar pero se coloca junto a mí. La anciana sonríe a mi hijo y le dice: ¡hola bebé! Mi niño la mira con expresión huraña y se esconde. Así son los niños; de inmediato saben quién les gusta y quién no. Ella no se desanima y le sonríe, agitando la mano. El Antonio se pone serio, me aprieta la mano y mira para otro lado. Guardamos silencio. El metrobús se aproxima. Sonrío para marcar el fin del encuentro. Entonces la viejita se dirige a mí en un tono cómplice:

-No vaya usted a pensar que me gustan las mujeres…
Vaya manera de presentarse. 
-…Lo que pasa es que las admiro.
Perplejidad. Creo que mi abuelita no abordaba así a las señoras con niños.
Suena el silbato del metrobús. Bajo la vista y observo a esa viejita con cara de que no rompe un plato.
-Tome usted mucha agua, para conservar su piel. 
Y el remate:
-Está usted muy bonita.
Las puertas del metrobús se abren.