domingo, 18 de noviembre de 2018

Algo de música

En mi vasto álbum de memorias familiares, hay una página ya lejana, escrita en la Hipódromo Condesa. La calle Yucatán, más que un domicilio, es un fragmento en la biografía de la tía Gloria. Si su vida fuera un libro, podría dividirse en capítulos nombrados según las casas que habitó en la ciudad de México. Y aunque Yucatán es sólo un trozo de su existencia, es ahí donde suelo evocarla, al grado de que cada vez que atravieso Insurgentes y Yucatán, miro instintivamente a la esquina del Hotel Roosevelt, como si la tía viniese por ahí, paseando a su perro. 
Nos conocimos una mañana en que mi papá y yo nos dirigimos al lugar donde las Flores Flores vivían. No recuerdo bien a bien si nos llevó un taxi, si caminamos desde Insurgentes o entramos por Álvaro Obregón, pero sí la puerta de aquel departamento que al abrirse mostraba una escalera estrecha y oscura, misma que daba acceso a la primera planta de una construcción rectangular de los años cincuenta. Del conjunto de viviendas que conformaban el número once, al que se entraba por una reja de herrería, sólo el departamento contiguo de la tía tenía un acceso directo a la calle, además de una escalera de caracol en su interior, que llegaba a la zotehuela de la vecina de abajo, la temible Mary. 
Entonces era evidente que la colonia Roma y la Condesa antaño habían vivido tiempos de esplendor y jamás hubiéramos imaginado que en los albores del siglo XXI la Roma y la Condechi tendrían un resurgimiento afresado y los precios de las viviendas se irían a las nubes. Era una época de rentas congeladas y aún no había hipsters paseando por los incontables cafés y restaurantes de la zona. Yucatán me impresionó porque era un eje vial, amplio y ruidoso. Yo no sabía que tiempo atrás había sido una calle con camellón y palmeras, al estilo de algunas que aún sobreviven en la colonia Roma. El departamento 11 B tenía ventanas con marcos de madera que se abrían para dar paso al rumor del tráfico.
Apenas había transcurrido un año del temblor de ochenta y cinco. En la Roma y otros puntos de la ciudad había evidencia palpable de los estragos del temblor. La ciudad de México estaba fracturada. Me pareció increíble que el inmenso edificio que hacía sombra al número once de Yucatán no se hubiera desplomado. Yo tenía apenas un mes de haber llegado de Chiapas y estaba tratando de adaptarme a la enormidad del Distrito Federal. 
Así las cosas, la búsqueda de casa nos llevó a enterarnos que el abuelo Gustavo tenía una hija en la ciudad de México, hermana de Pepe Chucho. Yo no conocí al abuelo, cuyo nombre se repite con frecuencia en la familia. Pero sí sabía que, aún muerto, seguía enviando señales del más allá. En este caso, su enviada resultó ser una señora de túnica yucateca, a juego con el nombre de la calle. Abrió la puerta y no hizo falta pedirle su acta de nacimiento: la tía Gloria compartía con mi padre los ojos grandes de mi abuelo Gustavo y el carácter tremebundo de los Flores. Curioso rasgo, éste último, porque la tía a primera vista era muy sonriente y sólo después de observarla unos segundos, se adivinaba su determinación. Frisaba los cuarenta y algo, tenía el cabello corto y rizado y vestía siempre vestidos amplios y pantunflas que sólo abandonaba para salir a la calle. Junto a ella estaba Maquiavelo, el Maqui, un perrazo que dejaba claro lo que pasaría si te atrevías a contrariar a su propietaria. 
El difunto abuelo nos tenía deparadas más sorpresas: la tía Gloria, por escasa diferencia de meses, tenía la misma edad de mi papá y de uno de los tíos Gustavos de Chiapas. Pero los hijos de aquí y allá parecían más que habituados a los afectos dispersos de mi abuelo. Hombre dado a la bohemia y al trabajo frenético, cuando se le acababa la lana, don Gustavo tenía sólo un domicilio seguro para encontrarlo: su despacho notarial en una habitación de la inmensa casa de sus papás en San Cristóbal de Las Casas.
A aquélla charla inicial con la tía se sumó la menor de sus tres hijas, Gloria, quien entonces estaba estudiando su último año de prepa, y por eso volvía a casa antes que sus hermanas, ya en la universidad. Ese día estaba muy sonriente. Aunque hace unos días la escuché decir que la conocí “cuando aún era pobre”, debo decir que parecía lo contrario; estaba muy formal, de vestido y zapatillas, y con frecuencia la vi dirigirse a la escuela vestida de ese modo y con peinado de salón. Aristócrata ya era; porque se distinguía con su talento para los estudios. Era la primera de su clase, igual que sus hermanas, y vestida de ese modo, sólo le faltaba llevar sus medallas en el suéter, como un general sus condecoraciones. Ese día tuve la impresión de que, entre risa y risa, nos estaba estudiando a mi papá y a mí. Aunque yo nunca fui alumna de dieces, quiero creer que al final de la charla ambas Glorias nos dieron su aprobación porque al poco tiempo, ya estaba yo instalada en Yucatán, lugar donde viviría poco más de un año. 
Ese espacio de convivencia me permitió incorporar a la tía y sus hijas, las Flores Flores, a mi familia. Es bien sabido que el parentesco a veces se afianza más con la convivencia que con los lazos consanguíneos. Como la tía Gloria era una gran conversadora, hablamos muchas veces sobre los Flores y los Domínguez, las dos ramas de su familia originaria de Chiapas. A los Flores de su línea paterna la tía los conocía poco, pues ella había vivido desde muy pequeña en la ciudad de México. Eso sí, había suplido la distancia geográfica con un sinfín de anécdotas donde la realidad familiar se había convertido más en un mito. Supongo que todas las familias tienden a idealizar a sus miembros, particularmente los difuntos. Los Flores no son la excepción. Cada pariente era famoso por algún rasgo de su personalidad. El bisabuelo era tacaño, el tío Armando era un príncipe, Pancholín un intérprete que rivalizaba con Jorge Negrete, y Gustavo, orador desde su infancia, el mejor abogado del estado. 
Mito o realidad, lo cierto es que la tía Gloria había tratado poco a su padre, pero evocaba con frecuencia el día que había viajado desde San Cristóbal a la ciudad de México, acompañado del tío Jorge. Los viajes a la capital del país eran un gran acontecimiento. El abuelo los había llevado a ambos a bailar a uno de los salones de moda entonces. Oyendo hablar a la tía Gloria, parecía como si ese recuerdo se hubiera suspendido en el tiempo; cada vez que lo narraba, volvía de nuevo a bailar en el salón. 
Ese detalle del baile, en apariencia trivial, es significativo a la hora de conocer a la tía Gloria. A primera vista tenía un carácter enérgico que no aceptaba negativas; cuando escuchaba música, se volvía una niña traviesa. 
Jamás dejó de sorprenderme el carácter enérgico de la tía Gloria. Me hacían falta muchos años de vida para entender que la fortaleza, más que una opción, a veces es la única alternativa. Educada por la abuela Catalina y el tío Guillermo, al igual que su hermano Gustavo, la vida la había dotado de una voluntad férrea, recurso indispensable para sobrevivir. Parecía que, aún si la vida no era exactamente como ella quería, tampoco había lugar para la tristeza. Y sin embargo, hay una foto de ella, colocada bajo el vidrio que cubría el buró junto a su cama, donde aparece, en blanco y negro (ella no era de medias tintas), con suéter y vestido, a la moda de los años sesenta, donde mira a la cámara con una mirada más bien triste. A la hora de las fotos, mi prima Adriana siempre le decía que sonriera. Es por eso que he elegido una imagen distinta a la mirada triste que a veces se deslizaba en sus fotografías. Y debo añadir que través de esos ojos, la tía Gloria me enseñó el significado de la palabra resiliencia. Crecer en circunstancias a veces adversas, pero crecer, pese a todo. Lo consiguió; tuvo tres hijas distintas, pero con el talento en común.
A diferencia de ella, su hermano Gustavo, con quien compartió su infancia, aprovechó su condición de varón para darse sus escapadas al estado de Chiapas y convivir con su papá y el resto de los Flores. Incluso vivió un tiempo en casa de mi abuela Adela. Por alguna razón, sus hermanos lo bautizaron como Pepe Chucho, aunque la tía Gloria se refería a él como “El caballero español”, nombre que el tío Guillermo le adjudicó por su porte distinguido. Fue allá en Chiapas donde Gustavo conoció a su esposa y fijó su residencia. La tía, en cambio, sólo viajaría a Chiapas hasta muchos años después, cuando Adriana la llevó en distintas ocasiones, primero a conocer a algunos de sus parientes en San Cristóbal y luego a pasar las navidades con los Flores Alfaro. Pero cuando yo la conocí, las figuras maternas eran todo su universo. Hablaba sobre todo de su primo Miguel, fallecido en el temblor y de la tía Zoila, quien era algo así como su ídolo particular; la tía Zoila era la autoridad, la señora elegante, la matriarca eternizada en un retrato familiar; hasta le puso su nombre a una de mis primas, sin reparar en que no era precisamente una buena combinación. Al tío Guillermo, pianista destacado, le decía papá pues era quien en realidad la había criado, al lado de la abuela. Eran todos una galería de parientes que compensaban las ausencias de aquéllos otros, en Chiapas. 
Pero si los ojos de la tía Gloria arrojan una imagen más bien melancólica, quiero decir que ese es apenas un rasgo de su personalidad. Hay otras pistas, y una de ellas está justamente en su apellido materno. Como todos los Domínguez, la tía traía la música por dentro. Le encantaba bailar y se encargó de transmitirles ese entusiasmo a mis primas, Adriana, Lulú y Gloria, todas muy bailadoras. Otro dato curioso es que tenía una fascinación por los artistas; la vida de la farándula. Estaba al pendiente de los famosos que vivían en la zona, como si los actores tuvieran un aura o un resplandor reservado exclusivamente a los santos. Si se encontraba a alguno en la calle o en un restaurante, no perdía ocasión de ir a saludarle. Sin duda por eso evocaba con agrado aquella salida con el abuelo. Siempre me quedé con las ganas de ver una fotografía de aquél encuentro, pero no sé si exista alguna. Sospecho que lo suyo, contradiciendo su imagen modesta, era el glamour.
Justo bajo el departamento de la tía Gloria, vivía Mary, una anciana solitaria y bravucona, con quien la tía Gloria tenía una relación muy particular. Era algo así como su némesis: Batman y el Guasón; la tía Gloria versus Mary. “Así como la ves, Italia, Mary es muy música”, me decía mi tía. Y esa expresión de la tía me hacía mucha gracia, porque nunca entendía yo como alguien “musical” podía ser mala onda, taimado o de plano muy cabrón. Seguro que la expresión era común en la ciudad de México cuando la tía la aprendió, pero yo jamás la había escuchado antes y es hasta ahora, al escribir estas líneas que he hallado en el internet una definición en un libro sobre el idioma español en México. Música, además de conjunto de sonidos, podía significar que alguien no era muy bueno o no tenía facilidad para algo y, “ser muy música”, un sinónimo de ser aprovechado o egoísta. Ejemplo: no seas música; préstame los apuntes. Así pues, según mi tía, Mary era muy música. Pero yo de esa anciana sólo advertía la soledad y el abandono en que vivía, reflejado en la suciedad y mugre de muchos meses en su departamento. ¡Cómo estaría aquél lugar! que Adriana bajó en más de una ocasión a ayudarla a limpiar. La casa de Mary era la antípoda de la otra casa, impecable, de la tía Gloria, aún con la presencia del Maqui. 
Con todo y que Mary era “muy música”, la tía Gloria fue la única vecina que se interesó por su destino final. Mary había tenido mejores años y más energía para chocar con los vecinos y lidiar con sus inquilinos que le proporcionaban algunos medios para vivir; conocí al último de ellos, célebre porque perfumaba el departamento con mariguana, para escándalo de mi tía. Yo creo que Mary no estaba tan a disgusto, porque después de todo, el inquilino le hacía compañía y le proporcionaba la posibilidad de viajar a mundos insospechados. Pero llegó el día en que Mary, sin un familiar en el mundo, ya sólo pudo viajar a ese otro mundo inevitable, se quedó inmóvil y la tía Gloria se las ingenió para que fuese sepultada y no fuera a parar a la fosa común. Tras esa aparente enemistad, la tía sabía reconocer a esas personas cuyo modo de conjurar la soledad es la pelea. Por ello, con todo y que no le gustaba el fiero modo de Mary, no titubeó en hacerse cargo de sus honras fúnebres. 
El Maqui primero, y después el Muñeco, eran las mascotas de la tía y los depositarios principales de su cariño, pues no tenían posibilidad de contradecirla, como Mary o la señora del cuatro. Al Muñeco lo recogió de la calle. Era un perro pequeño y de nombre engañoso, porque era intratable, peleonero y hasta policía, porque mordía a todo el mundo. Había sido propiedad de una vecina hasta que casi muere en un enfrentamiento con un perro gigante. La dueña lo dio por muerto y la tía Gloria llegó a rescatarlo, pagó su curación y se lo llevó a vivir con ella. El perro vapuleado por la vida sólo dejaba que la tía lo tocara. 
El Maqui, a quien recordamos todos los sobrinos que pasamos alguna vez por Yucatán, era un perro imponente y a decir de mi primo Tavo, quien mejor se alimentaba en esa casa. Todas las mañanas la tía picaba una porción considerable de verduras y la mezclaba con hígado de pollo. Se sospecha que de esa dieta tan saludable venía su fuerza portentosa, misma que desafiaba los esfuerzos de Adriana por sujetar la correa en las caminatas diarias por el circuito de Amsterdam.
Las relaciones con los humanos eran un poco más complejas. O eran buenas gentes o músicas. Como dije, la tía era de claroscuros, no tanto de matices. Con la Señora del cuatro (nunca me enteré de su nombre, porque mi tía se refería a ella de esa manera) a veces la relación era cordial, otras veces tirante, aunque no a los extremos de la anciana Mary. Cuando llegaban los hermanos Paniagua Domínguez, Óscar y Joaquín, la tía los recibía muy bien y los invitaba a comer, pues eran, después de todo, no sólo sus hermanos sino que constituían un lazo con la madre de tía Gloria, fallecida años atrás en algún lugar remoto de Chiapas. Con Joaquín tuvo la tía Gloria un noble gesto. Cuidó a su hija Claudia cuando ésta se quedó, como mi tía, en la orfandad. ¿Quién mejor para suplir esa carencia, que alguien que sabía lo que pesa la ausencia materna? 
Sin duda, la presencia distinguida en Yucatán 11B era el licenciado Pedro, a quien el tío Óscar llamaba Peter Pan, acaso porque al término de su visita abría la ventana y se iba volando a la tierra de Nunca Jamás. Ese día se paralizaba el mundo, había comida especial y la tía parecía olvidar por unas horas su insistencia en que su esposo era, simultáneamente, muy gente y muy música. 
No quise quebrarme la cabeza analizando el lado oscuro del señor originario de Chontla, Veracruz. Primero, porque ese señor de traje y buenos modales fue siempre amabilísimo conmigo (los recién llegados agradecemos la cortesía) y segundo, pero no menos importante, porque la tía lo veneró hasta la muerte. Como bien señaló Samuel, años más tarde, cuando el licenciado ya había fallecido: la tía siempre lo elevaba hasta las nubes cuando hablaba de él.   Ella insistía en que lo tuteara y le dijera tío. Me negué en redondo. Decirle licenciado y tratarlo de usted era mi manera de ser imparcial. Por algo la tía lo había elegido; era como mi abuelo, amable y fugaz.


Como todo en la vida, llegó un momento en que concluyó el capítulo Yucatán. La tía se fue a la Narvarte para emprender una aventura diferente, que habría de modificar sustancialmente su ánimo y manera de ver la vida. La tía de la Narvarte, con la llegada de los nietos, se convirtió en una abuela cariñosa rodeada del canto de los pájaros, disfrutó de viajes que ni Mary hubiera imaginado e incluso el gesto se le dulcificó. Salía de su casa elegantemente ataviada para ir a desayunar y así la recordamos, en un cumpleaños memorable que le organizó Adriana, en un restaurante de Polanco, donde recibió de regalo un Fiat que no se atrevería a manejar. 
En una de las visitas que le hice en la Narvarte, me señaló un cuadro colgado en la pared, y me preguntó si no lo reconocía. No sé, le dije. Era de Mary. Así pues, esa señora de carácter firme, a veces inflexible, tenía otra mirada, capaz de descubrir a una Mary no tan música o el lado humano del Muñeco mordelón. Otra música, la del tío Guillermo, sin duda le fue enseñando al paso de los años otras maneras de ver la vida. No el blanco o el negro, sino la complejidad de la que estamos hechos los seres humanos. 
La mañana del cinco de noviembre recibí un mensaje que revivió aquél viejo capítulo de la calle de Yucatán. Por la tarde, mientras me dirigía a la funeraria, fueron apareciendo todos aquéllos personajes de antaño y no pude creer que la tía se hubiera marchado así, de sopetón. Si no pudo escaparse a Chiapas cuando niña, para ver a su mamá, como sí le estaba concedido a su hermano varón, si le habían hecho falta más piezas para bailar en el salón con el abuelo, si tenía ganas de escuchar de nuevo la marimba de los Hermanos Domínguez, si le faltó correr a la Roma a despedirse de Miguel aquél fatídico diecinueve de septiembre, si se quedó con ganas de fumarse un churro con Mary o de reencontrarse, otra vez joven, con Pedro Flores, no dudo que se llevaría anotados esos pendientes para cumplirlos en un universo muy distinto a todos los conocidos.
No cualquiera desaparece así, de sopetón. Algunos se van despidiendo en una lenta e inexorable batalla que se sabe perdida de antemano. Pero ella, quizá porque tenía el hábito de aferrarse a las cosas, a ciertas creencias y a sus ídolos familiares, no iba a hacer mutis poco a poco. Por setenta y cinco años libró incontables batallas y salió victoriosa muchas veces. Tal vez por eso mismo, la única manera que sus dioses encontraron de llevársela fue así, de súbito, sin decir agua va. Quiero creer que en algún lugar me está leyendo y se vuelve a reír, con esa risita característica, tan suya, entre discreta y mal contenida, y me dice que le entregue ya mis apuntes y corrija la historia en los pasajes que no le gustan. Pero hoy, me temo, no voy a prestarle esos apuntes a nadie. Me los voy a guardar como recuerdo, porque eso son; ficción, memorias y también ¿por qué no? Algo de música.

Ciudad de México; 16 de noviembre de 2018.

jueves, 12 de julio de 2018

¡Cállate, Adela!

¡Cállate, Adela!

Tengo dieciocho años.  Estoy recién desempacada del estado de Chiapas. Vine a estudiar Derecho.  La ciudad parece un monstruo, un gigante que habrá de iniciarme en las grandes lecciones de la vida, que tienen poco o mucho que ver con la escuela o la cátedra universitaria.
Mi primera lección la recibo en la colonia Portales, lugar a donde me han hospedado unos compadres de mi abuela, amigos de la familia. Es la casa donde, en algún momento todos, abuelos, tíos, vamos a parar. El barrio es más bien de clase media, pero para los provincianos recién llegados, la Portales es una colonia de lujo. De la casa me impresionan la lámpara de lágrimas de cristal, el enorme reloj de pedestal que da las campanadas cada hora, la escalera de caracol, los acabados de yeso pintados de azul en el techo de la sala. No tengo edad aún para advertir que esa elegancia, imitación Luis XIV, es apenas un remedo del palacio de Versalles. 
A Don Manuel le gustan dos cosas. Beber sus copas y charlar. Y soy una escucha fiel, tanto como cuando los compadres llegan a San Cristóbal como ahora, que soy yo la visitante. Por su edad, don Manuel es contemporáneo de mi abuelo Gustavo, a quien yo no conocí, pero ellos fueron compañeros de primaria, la única escolaridad que don Manuel tuvo en la vida. Esos escasos estudios no le impidieron llegar a la capital del país y convertirse en un próspero fabricante de refrescos, en una época muy anterior al dominio de las trasnacionales como Pepsi y Coca Cola.
El señor de la casa sabe de mi interés por la figura de mi abuelo, el difunto abogado idealizado por mi familia paterna. Y en ese afán de satisfacer mi curiosidad, una tarde me cuenta dos anécdotas.
La primera es en el salón de clase. Un alumno temeroso pasa al frente e intenta, con torpeza, decir el poema que el maestro les encargó a todos aprender de memoria. Tras indecisiones y balbuceos, la voz estentórea del profesor lo interrumpe: ¡Cállate burro! Vete a tu lugar.  Después el maestro recorre con la vista los rostros esquivos del grupo y al final pronuncia el nombre de mi abuelo: ¡Gustavo, pasa al frente! Un niño pasa al pizarrón y declama sin que le tiemble la voz. Don Manuel rememora el episodio con fidelidad. Se ríe de la torpeza de su compañero, y evoca el aplomo de mi abuelo con admiración. Recuerda incluso la poesía completa. Una oda a un héroe o una loa a la madre, que sé yo. Cualquier verso para exaltar y conmover a la audiencia, para mi abuelo es pan comido. El grupo se desborda en aplausos. El burro se eclipsa.
La segunda anécdota tiene lugar en una fonda de mi pueblo natal. Los actores son mi abuelo, estudiante de Derecho, y la demandada (digámoslo así, por emplear la jerga jurídica) mi abuela. Una adolescente de unos catorce años, huérfana, recogida por unas señoras a quienes llama “las tías”, a quienes sirve en la fonda como criada. En una extraña mezcla de ignorancia y satisfacción, que mi juventud no alcanza a comprender, don Manuel me narra las risas nerviosas de Adela, cuando el abuelo comienza a manosearla. Como buen narrador, don Manuel imita los gritos de mi abuela acorralada: ¡ay, licenciado, ay licenciado! Ahí suelta la carcajada. En eso se escucha la voz de reproche de una de las tías: ¡Sh, Adela! ¡Deja que el licenciado te haga lo que quiera! Y prosiguen las carcajadas de don Manuel.
Han pasado más de treinta años de ese episodio, pero lo recuerdo con precisión. Me refiero, claro, a la charla en la colonia Portales, no al otro, que ocurrió en una fonda cuando yo todavía no nacía.  Mi memoria obedece al hecho de que don Manuel me contó ambos episodios más de una vez, en ese mes que permanecí en la casa de Emperadores, mientras encontraba un lugar donde vivir.
Hoy me produce estupor, incluso un nudo en la garganta, no haber tenido la capacidad de leer ambas anécdotas del modo en que las leo ahora. No dudo que en mi desconcierto yo incluso haya esbozado una sonrisa frente a la algarabía de don Manuel.  Esas carcajadas que festejaban el esquema del chingón y el chingado, como si fuese lo más aceptable del mundo.  Ambas historias se ceban en el torpe y el indefenso y celebran a la figura autoritaria quien exhibe o se chinga al otro, con la anuencia o indiferencia de los demás espectadores.
Cuando rememoro el episodio de la fonda, escucho con claridad esa voz que me dice, ¡Cállate Adela! y pienso en las incontables ocasiones en que yo misma he sido víctima de un atropello y no encuentro el modo de hablar y protestar.  Se me cierra la garganta y me da un coraje. Si ese don de defenderme lo hubiese aprendido en mi infancia, lo primero que le hubiera dicho a don Manuel era que muchas gracias por su hospitalidad, pero que yo no necesitaba escuchar esa anécdota, a todas luces trágica y humillante, del origen de mi familia.  El hecho mismo de que yo lleve el nombre de mi abuela, lo hacía más complicado. Ya en San Cristóbal me había tocado escuchar que Adela era nombre de sirvienta y he aquí que el compañero de clase de mi abuelo se encargaba de afirmar que ella, en efecto, había nacido para la servidumbre y la sumisión.
La vida, sin embargo, no transcurre en blanco y negro. Mi abuela tenía nombre de insurrecta y fue precisamente ella quien se encargó de tirar con su lengua implacable la idealización que toda la familia hacía del abogado don Gustavo.  Creo que yo no había cumplido aún los diez años, cuando la abuela, igual que don Manuel, se encargó de narrarme la historia del asedio del abuelo con la anuencia de las tías. Ya he contado otras veces que yo, con toda la ingenuidad del mundo, siempre llegaba a contarle a mi abuelita las leyendas con que la familia embellecía la figura del abuelo, y doña Adela las destruía con dos o tres frases contundentes. Es injusto decir destrucción. En realidad le llamaba al pan, pan y al vino, vino. Contaba las cosas como eran.
Al final, mi abuela vivió más de ochenta años, con una vitalidad y una alegría que mi abuelo, por desgracia, no tuvo oportunidad de conocer. Gustavo se suicidó porque no pudo con el encierro, el alcohol y la vida.  Y algo me dice que, aunque era un buen abogado y lo intentó, jamás pudo con el papel del actor que se chinga al demandado. Aunque sus alegatos y escritos eran impecables, a ese niño declamador no le enseñaron jamás a expresar sus emociones.  Lo habían educado para ser la figura exitosa, no para respetar a las mujeres o a los débiles. Yo de la escuela de derecho no quise saber nada y la abandoné a la primera oportunidad.  A menudo encuentro que los abogados se manejan con el viejo esquema de mi abuelo. Chingar cuando se pueda y emborracharse cuando haya ganas de llorar.
Ese modelo no me sorprende. Todavía ayer, en la calle, me detuve a ver cómo discutían un taxista, dos transeúntes y un ciclista. El de la bicicleta, el más educado de todos, le decía al taxista indignado: ¡señor, pero si yo no le falté al respeto! El taxista aceleraba pero sin bajar del coche.  Y uno de los transeúntes: ¿quieres que te hable al chile? ¡Pues te vas a la verga!
Es increíble cómo se ponen los varones cuando sienten amenazada su dignidad. Dignidad que en este caso se traduce en ver quién atraviesa primero la calle. El del taxi acelera, los encabronados peatones se le ponen enfrente; al ciclista casi lo atropellan.  Yo los observo a distancia y acelero el paso.
Miro la avenida y una voz, allá lejos, resuena en mi memoria. ¡Cállate Adela! Pienso en mi abuela, como la pienso siempre, viva y llevándome del brazo. Y les respondo a las tías: A la chingada. No nos vamos a callar.  Ni vamos a dejar que los abusivos hagan lo que quieran. Y vamos a dejar constancia de lo sucedido.  Tú sígueme contando una y otra vez, aunque nadie te crea.  Soy cobarde, pero el día menos pensado me voy a armar de valor y voy a escribirlo todo.


Ciudad de México; 12 de julio de 2018.

sábado, 16 de junio de 2018

La capa de Batman


Cuando tenía siete años, mi padre me llevó a lo más alto del edificio, a donde sólo se podía acceder por una escalera de hierro adosada a la pared. Ágil como un mono, me esperó arriba, divertido por mis esfuerzos.  Cuando logré el objetivo, lo encontré ahí, los brazos en jarras, en ese gesto que hacía para sentirse poderoso y con el marco del espectacular de la Rubia Superior a sus espaldas. Hice un esfuerzo y me levanté del suelo empolvado, tratando de que la tierra disimulara el sudor de mis manos.

Mi papá anunció en tono solemne: En la vida, hijo, hay que llegar a jefe.  Yo más bien quería ser como Batman, y por eso cuando jugaba me amarraba al cuello la toalla que usábamos para secar a Tobi.  Era negra, muy larga y ondeaba con el viento. ¿Por qué jefe, papá? ¿Cómo por qué?  ¡Pues para ser el mandamás del mercado! ¡Para chingar a los demás!    Alargó la A, como si la palabra pudiera lloverle no sólo a los transeúntes de la avenida, sino a toda la ciudad.

Aunque yo no tenía muy claro entonces por qué habría que fastidiar a los demás (yo no decía chingar en aquél entonces; me hubiera regañado la maestra), pensé en don Chucho, el taquero de la esquina. Él era jefe. Había conseguido el éxito, porque cuando picaba el suadero, ponía a temblar a los ayudantes a golpes de cuchillo y mentadas de madre.  ¿Yo tendría que hacer lo mismo en un futuro?  Me pregunté más tarde, mientras me anudaba la toalla al cuello. Pensé en el caballero de la noche. Batman, me dije, combate a los criminales.  Pero no parece un mandamás. Ni siquiera trata mal a su mayordomo.

Más exitoso que el taquero, era don Hernán, el español, dueño del edificio. En la escuela la maestra nos había platicado la conquista, y como le había dado en la torre a la gran Tenochtitlan.  A la mejor don Hernán era descendiente directo de ese otro hombre exitoso, que había vencido a los aztecas.  Lo único que no me quedaba muy claro era por qué había llorado en la noche triste.  Los chingones, decía mi papá, no lloraban nunca.  Bueno, mi papá sí, un poco, cuando tomaba, pero al día siguiente volvía a ser el de siempre, tan seguro de sí mismo.  En cuanto a don Hernán, trataba mal a la gente.  Y sólo tenía una preocupación; que no le fueran a robar su dinero. El taquero, al menos, repartía cada noche lo que no se vendía, y yo veía salir a los ayudantes, con sus tacos de bistec y suadero.  

Luis, mi compañero de banca, se reía de mí.  Decía que si la máquina del tiempo  nos llevara al sitio de la gran Tenochtitlan, nunca íbamos a estar en las filas de don Hernán.  Y lo peor, ni siquiera entre los Tlatoanis aztecas. Si acaso, sentenciaba Luis, seríamos del montón, porque cuándo has visto, aparte de don Porfirio y tu tocayo, que un prieto pelos necios llegue hasta las alturas. Con suerte seríamos achichincles de los aztecas. Y no había manera de hacer cambiar a Luis de opinión.

Pero el papá de Luis en realidad era otro hombre poderoso. Había pasado de chalán a chofer y de ahí, no sé cómo, a líder sindical.  Ahora tronaba los dedos y de inmediato corrían su chofer y su secretaria a preguntarle que quería.  Todos sus hijos tenían charola, algo así como un pase mágico que les abría todas las puertas. Batman tenía a Alfredo, el mayordomo. Pero no sé, creo que Batman no necesitaba que los demás supieran que era importante. Al contrario. Siempre se escondía en la oscuridad.

Mi padre siempre soñó con estar en las alturas. Y lo consiguió. Vivíamos en la azotea de un edificio de diez pisos, junto a los tendederos y los tanques de gas, en dos pequeños cuartos remachados con tablones y muebles conseguidos en La Lagunilla. Muy parecido al cuartel de Bruno Díaz, pensaba yo.  Mi papá se reía de todos los tíos, que del pueblo habían pasado a las orillas de la ciudad, y me decía: allá ellos, en los lodazales; lo importante es estar con la gente de razón.

Y don Hernán sería gente de razón, porque siempre la tenía, pero no veía con buenos ojos que yo fuera a la escuela. Mira Benito, lo que yo necesito es que tú aprendas plomería. Vas a ganar mucho dinero, pero a mí no me vas a cobrar.  Yo no decía nada. Sabía que no entendía más razón que la suya, aunque nunca aprendí a responderle del mismo modo que lo hacía mi papá: sí don Hernán, lo que usted mande don Hernán, ahorita mismo, don Hernán, ya está hecho don Hernán. Y así todos los días.

Apenas se iba el conquistador a vigilar sus otros edificios, mi papá cambiaba su tono de voz y entonces empezaba a hablar de un modo muy parecido al de don Hernán.  Así nos hablaba a mis hermanos y a mí.  Y así quería hablarles a los tíos cuando llegaban de visita.  Por eso la familia poco a poco se fue alejando.  El día que una de mis tías se casó con un abogado, mi papá le dejó de hablar.  Oye papá, pregunté: ¿Pero es que el abogado no es gente de razón?  Mi papá se puso nervioso con mi pregunta. ¡Qué abogado ni qué nada! Seguro compró su título en el portal de Santo Domingo.  Como mi papá no era amigo de los engaños, nos quedamos sin las visitas del falso abogado y los tíos del lodazal.  ¿Y si acaso Batman era de mentiras?  ¿Si le habían vendido el título y un disfraz?  No.  Batman era tan real como mi capa negra. Y aunque todos dijeran: es la toalla de Tobi, yo la guardaba como mi más preciado amuleto. Cuando me ponía la capa, no importaba que don Hernán quisiera convertirme en su mano de obra barata. Allá él y sus noches tristes.  Yo era el Caballero de la Noche y podía volar sobre todas las azoteas.

En eso estaba un día en clase, dizque haciendo mis apuntes en la escuela, que en realidad era una lista de todos los villanos derrotados, cuando la maestra  nos preguntó en qué trabajaban nuestros papás.  Armando era hijo de un mecánico; el papá de Javier vivía de sus rentas porque era dueño de una vecindad. Julio era uno de los hijos del taquero. Todos fueron respondiendo y en ese momento me di cuenta que yo jamás habría podido pronunciar la palabra portero. Si lo hacía, iba a quedarles clarísimo a todos que no había nadie más abajo en el grupo que mi papá y yo. Y cómo decir que no mandábamos a nadie.  Que don Hernán sí podía gritar y dar órdenes, pero mi papá, por más que soñara a diario con eso, no tenía ni cómo chingarse a los demás.

Volteé a ver a Luis, quien leyó mi angustia y mi cara petrificada. La maestra siguió preguntando. ¿Y tu papá qué hace, Benito?  Todas las miradas de la clase quedaron fijas en mí. Mis manos eran agua escurriendo por los barrotes de la escalera de hierro. Vi a la rubia superior sonriendo y sentí que me iba a morir. No podía decir portero. Todos eran algo de más categoría.  Mi papá no tenía un gato para darle órdenes, como sí lo hacía don Hernán, el papá de Luis con su chofer o el taquero con sus ayudantes.

Y no sé cómo, pero ahí mismo decidí que Batman jamás haría eso. Que aunque tenía una mansión y un mayordomo, no podía, ni de broma, chingarse a los demás. Él perseguía a los criminales. Les ponía un alto a los mandamases. Y temblé tanto con la revelación que por poco tiembla la ciudad entera.   Luis, más grande que la noche, vino en mi auxilio con su voz de tres veces campeón de oratoria y le dijo a la maestra lo que a mí me hubiera gustado decir: El papá de Benito es un caballero águila. La clase soltó la carcajada.  Es verdad, maestra, dijo Luis.  Don Hernán tiene sitiada a la gran Tenochtitlán pero el papá de Benito está ahí adentro, resistiendo.

Yo me acordé de la azotea y pensé que el éxito estaba más complicado cuando no éramos la rubia superior, ni don Hernán ni la gente de razón.  En ese momento sonó la chicharra salvadora y yo abracé a mi amigo.  ¿Sabes qué, Luis?  Nosotros no vamos a ser rubios ni superiores ni jefes ni Tlatoanis ni conquistadores. Y tampoco vamos a chingar a nadie. Vamos a ser algo mejor.  Vamos a ser los caballeros de la noche.

Estaba tan feliz con el descubrimiento que me fui corriendo al edificio; sin dejar de correr subí los escalones de los diez pisos,  arranqué la toalla del tendedero, boté esa razón que no servía para nada y les puedo jurar que cuando subí la escalera de hierro, esa vez no me sudaron las manos. Ya tenía puesta la capa de Batman.





jueves, 19 de abril de 2018

La abusadora

“Ni tú ni mi madre saben lo que es pasar hambres; siempre las han mantenido”.  La frase sale de sus labios con la superioridad moral de quienes afirman “yo siempre he trabajado, a mí nadie me regaló nada”.  Está bien. Pero añade: “Jamás he explotado a alguien”. A ver si puedes, capitalista.

Dorotea nunca dice su edad.  La fecha de mil novecientos treinta y tantos está escondida como su fe de bautismo, en una parroquia de un pueblo del sureste mexicano. Es la tercera de una familia de siete hijos. Para bautizarla, sus padres consultaron el santoral. Su género decidió su sino del nacimiento a la muerte: servir. Dora, la humilde servidora. A cargar con su cruz.

A propósito de dependencias, conviene recordar que todos los seres humanos pasamos por una etapa inicial de manutención. Dependemos de otros. De no ser así, moriríamos a las pocas horas de llegar al mundo. ¿No nos repiten hasta el cansancio, cuando nos quejamos de nuestros padres, que gracias a ellos no morimos de hambre y de frío? Que luego algunos no queramos abandonar la zona de confort es otro asunto. El mismo Dorito quería vivir con sus padres hasta en la eternidad. Por lo que a mí respecta, no desdeñaría una pensión vitalicia y hasta un postdoctorado. Pero doña Dora es otro cantar.

¿Mantenida tu mamá? “Lo digo como cumplido”, enfatiza el Dorito. “Yo la admiro por vivir  de otros”. ¡Ah, caray! ¿Entonces es Dora la vividora? El juego de sumar adjetivos con rima continúa. Me reservo algunos.

Por un lado, la palabra “mantenido(a)” es un insulto en este país. Por otro, es la ambición secreta de muchos. Todos quieren estar en la nómina, en la partida secreta o ser aviadores sin escrúpulos. Que nos mantenga papá gobierno. Y el que trabaja recibe ataques. Los lords y las ladies borrachas de las redes sociales insultan a los empleados con términos como “pinche gato” y “asalariado de mierda”. 

Las acepciones varían según el género. “Mantenida” es a todas luces peyorativo; si tiene lana, es una señora que sólo se ocupa en pintarse las uñas e ir al gym.  Si es pobre es un ama de casa que se parte el lomo atendiendo a su familia y se le acusa de fodonga y de “no hacer nada”.  “Mantenido” puede ser sinónimo de estatus: gigoló, vividor, padrote.  Sin embargo, también se le equipara con el mandilón, hombre dominado por su mujer o que hace labores domésticas. El gremio lo ridiculiza y hasta duda de su virilidad. La mujer puede quedarse en casa a criar a los hijos; si un hombre decide hacerlo, le llueven los ataques.

En el estado de Oaxaca se pregona, con orgullo, el empoderamiento de sus mujeres. Decimos Juchitán y nos viene a la mente el matriarcado y el traje de tehuana. Lástima que Dorita no nació ahí sino en un poblado recóndito a donde se llega, en pleno siglo veintiuno, por caminos empolvados de terracería. Y si eso es ahora, cuando Dorita llegó al mundo los patriarcas eran la autoridad absoluta y las mujeres no contaban más que como súbditos de los varones: papá, hermanos, tíos; hasta el cura. Y después el marido. Si Dora no se casaba, tenía dos opciones: vivir en la casa paterna, mantenida por los padres. Dora la chambeadora sin goce de sueldo. O bien, sirvienta en casa ajena.

El padre de Dora se casó con una mujer inmensa de piel blanca y largas trenzas, cualidades muy apreciadas en el pueblo. La blancura para mejorar la raza; las trenzas para jaloneárselas. El señor, celoso en extremo, le propinaba unas palizas ejemplares a su esposa, un día sí y el otro también, y después lloraba, arrepentido. La güera soportó estoicamente las madrizas hasta el día de su muerte. No sorprende que todas las Doritas se casaran con hombres golpeadores, si ahí no había más escuela que los madrazos y las oraciones. Dora la rezadora. Encomiéndate a dios porque vas a pagar tu sustento con mano de obra.

El viudo jamás se preguntó quién lo iba a mantener. En el pueblo esa cuestión está zanjada desde tiempos inmemoriales: todos los hijos nacen para mantener a los padres hasta la muerte de éstos. Es la tradición del pueblo, dicen los Doritos. Y antes era peor. En la primera mitad del siglo veinte, las niñas ni siquiera iban a la escuela. Si acaso un año, para aprender los rudimentos de la escritura y la gramática. Un profesor les sacaba del cuerpo su lengua materna, a punta de reglazos,  porque “hablar idioma”  era motivo de discriminación.  A la fecha, Doña Dora sólo habla esa otra lengua con su marido, cuando nadie más la escucha.

La servidumbre de Dora y sus hermanas, comenzó con las labores de la casa, y una vez que estuvieron grandecitas, fueron enviadas a las capitales del estado y del país, sucesivamente, para trabajar como empleadas domésticas. Cada mes llegaba a visitarlas uno de los hermanos mayores, para recoger el salario íntegro y enviarlo a los padres. Dora la proveedora. Ellas sabían que si se atrevían a guardarse algo, el castigo no se haría esperar. De esos años queda aún la imagen de una niña anciana y silenciosa, que comía poco y mal, escondida en un rincón de la cocina.


En una de esas raras visitas a la casa paterna, alguien se fijó en Dora. La muchacha era ya una solterona de treinta años. Una tradición del pueblo exigía que el pretendiente llegase a barrer la casa de la novia antes de la boda, en un gesto de sumisión a la familia política.  El novio de Dora se negó a cumplir el ritual. ¿Para qué –dijo el soberbio-, si ella es la barredora? Bonito nombre, reducido a la categoría de trabajos forzados: secadora, lavadora, planchadora. Hasta recogedora.

El marido tenía afanes de superación, así que emigró con su esposa a la ciudad de México. Pero la mejoría no incluía la emancipación de su señora. Él tenía la misión de mantenerla a ella y a sus hijos. Y ella, continuar siendo la sirvienta de la casa, además de recibir burlas, infidelidades y golpes de un señor que necesitaba afirmarse por la vía de la humillación y la violencia. Por añadidura, Dora la aguantadora volvió a emplearse como sirvienta, porque no alcanzaba con el salario del señor.


Hoy doña Dora es una anciana que renguea pero aún cocina, barre y lava a mano aunque ya tiene lavadora. No acepta que los Doritos le paguen una ayudante, porque su marido tiene el hábito de enamorar a las sirvientas jóvenes. Es una mujer que borró su identidad para construir la de otros. Habla poco pero eso sí, alza la voz cuando se trata de defender los valores de una buena mujer del pueblo; la sumisión y la invisibilidad. Desaprueba que sus hijos hagan labores caseras (¡si para eso se casaron!) y lamenta no haber tenido una hija que la cuidara hasta su muerte.

Es paradójico darle el atributo de mantenida a una mujer que ha dedicado una vida entera a sostener la economía familiar. Más paradójico, que su hijo le atribuya una condición privilegiada que jamás tuvo y disfrace con un eufemismo su servidumbre.  Esa palabra tiene un tinte de vergüenza inconfesable. A Dora no podemos adjetivarla como triunfadora. No tiene permiso. Si acaso, no dudo que haya disimulado su hartazgo.  Sólo he visto sus atisbos de rabia cuando me niego a probar su comida. Ella, la que come poco, quiere darme una sopa de su propio chocolate.

Me levanto, pues, a lavar los platos, con un clásico de Laura León a la hora de realizar los quehaceres: La abusadora . Y mientras abro las llaves y acomodo los trastes, voy fraguando un texto en mi cabeza. No sé lo que es pasar hambres. Sólo sé que la venganza es un plato que se sirve frío y se come despacio.

15 de marzo de 2018.