miércoles, 11 de octubre de 2017

Tiranía de la pobreza

Cada vez desconfío más de las generalizaciones y las personas. Pero sobre todo de la "autoridad moral" que ostentan algunos, suponiendo que un rasgo de carácter avala el paquete completo de su cuestionable personalidad. Estrategia tramposa pero efectiva, esgrimen una carta a su favor, lo suficientemente grande para tapar sus lados más oscuros, no pregonables. No me refiero a quienes ostentan cínicamente sus lados más viles, henchidos de poder y prepotencia.
Aquí estamos hablando de aquellos que legitiman sus villanías, porque poseen una cualidad real o aparente. Por ejemplo, el multipremiado director de culto que puede ir por ahí acosando a sus actores/actrices, maltratar a su mujer, casarse con la hijastra y demás. Él es EL director; lo demás son pecadillos menores. 

Un luchador social, con la oportuna bandera de la izquierda, puede saquear el erario. LO que vende es el discurso social, la preocupación por los más desfavorecidos, no las mordidas que recibió cuando era delegado, para aprobar proyectos de construcción irregulares.

Un gobernador ecologista, en el colmo de la ironía, puede arrasar con lo poco que queda de selva y convertir una ciudad, ya de por sí bastante fea, en una selva de concreto, para que la lluvia y los desastres naturales hagan el resto.

Esos ejemplos son obvios. Pero la vida cotidiana es más sutil. Un gay no necesariamente simpatiza con los marginales. De hecho, puede ser absolutamente clasista. El presidente de la sociedad protectora de animales, puede moler a palos a sus hijos. La señora de pro vida puede asesinar sin pena a los disidentes que no comulguen con sus ideas. Y así le podemos seguir. Yo defiendo una causa honorable y eso legitima mis cochinadas. Nada nuevo bajo el sol, pues.

Pero lo que sí no soporto, por tratarse de un tema muy familiar, es disculpar todos y cada uno de los defectos de aquellos amparados bajo el manto de la pobreza. El discurso chantajista que más escuché en mi infancia fue: no quieren a ________ porque es pobre (en la línea punteada se pone el nombre que ustedes gusten). 

Esa divina herencia del cine de oro mexicano, donde pobreza era igual a bondad, ocasionó una confusión de la que aún no acabo de recuperarme. Los ricos eran siempre malos y no podía concedérseles el beneficio de la duda. ¿Por qué la pobreza tenía que disculpar que alguien fuese mitómano, alcohólico, impertinente, golpeador, abusivo, ladrón o mala onda? Y la confusión se acrecentaba porque la persona a la que no queríamos no estaba en condiciones de miseria. Antes bien, sabía de la culpabilidad que experimentábamos tras recibir el reproche, y la cobraba cara. Al fin y al cabo, el estandarte de la pobreza daba, como dije antes, un disfraz muy oportuno, y el pobre se convertía en un mendigo perverso digno de El lazarillo de Tormes. Y como yo tenía una absurda propensión al martirologio, me entró la idea de que mi vida entera no alcanzaría para expiar el pecado de haber nacido en mejores circunstancias que los falsos menesterosos. De ser posible, tenía que ofrecerme al castigo, a ver si así los pobrecitos se sentían menos mal.

Como la rueda de la fortuna eventualmente giró, muchos de los miserables se convirtieron en los nuevos ricos, y nosotros pasamos a ser los pobretones que, lamento informarles, no nos convertimos en beneficiarios del discurso lastimoso y chantajista de antaño. Al contrario; la bonanza enardeció a los humillados, quienes antes habían tenido que extender la mano para recibir una dádiva, y ahora la usaban para esgrimir el garrote y molernos a palos.  

Así pues, al final decidí optar por la suspicacia. Creo que ya va siendo hora de echar a la hoguera los libros de historia patria, donde los héroes son de una sola pieza y no conocen los matices. Una integridad a prueba de bombas. Estatuas incapaces de reconocer que sus méritos iban acompañados de errores y debilidades. Y si alguna vez algún monumento intentó hablar, lo callaron poniéndole una máscara hierática. No nos salgas conque no, cuando ya te entronizamos, cabrón.

En realidad en este mundo sólo hay humanos. Y muy pocas personas íntegras. Los demás navegamos en un mar de lodo donde, aquellos que no manchan jamás su plumaje, son, mucho me temo, los más sospechosos de todos.

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