martes, 3 de octubre de 2017

Ciertas empresas...







Me resulta difícil concluir ciertas empresas. No tengo la paciencia de los orfebres ni la iluminación de los genios. Así pues, estoy condenada a la medianía, sin que la vergüenza me quite el sueño. La tesis de licenciatura, siempre postergada, dejó de ser un dolor de cabeza cuando alguien tuvo la brillante idea de crear un seminario de titulación y me ahorró la molestia de formular una hipótesis y comprobarla en un centenar de cuartillas.

Una vez concluida la maestría, estuve haciéndome pato varios años hasta que los ingleses me enviaron una amable carta recordándome que el plazo para entregar mi dissertation habría de concluir en unas semanas y con ello, toda posibilidad de probar que alguna vez había estudiado en el Reino Unido. Presa del pánico, le llamé por teléfono a mi asesora de tesis y le pedí que intercediera por mí para pedir una prórroga. Ella accedió y así fue como, entre la angustia y la adrenalina, me fui a encerrar a San Cristóbal para escribir las cuartillas reglamentarias. Podría citar otros ejemplos donde sólo emprendo la acción cuando el tiempo se acaba. Baste uno que emula todo ejercicio de la postergación: mi maternidad tardía, en franco desafío a eso que llaman "el reloj biológico". Esa historia sí es la síntesis de luminosidad y orfebrería, coronada con el nombre de Saint-Exupery.

Cuando no puedo concluir algo entonces sí que pierdo el sueño. O tengo pesadillas. Incluso las cosas que he detestado, como la escuela libre de derecho, me producen una desazón enorme. No es que lamente haber dejado una escuela que ya no aguantaba. Hay un vago sentimiento de culpa por no haber concluido. Hasta las tías dicen que hay que terminar lo que uno empieza. Y supongo que de ahí viene la culpabilidad. Me viene a la cabeza el maratonista que, rengueando, agotadísimo, cruza la línea de la meta. Sí, lo importante es acabar, cerrar el ciclo, dicen. Pero uno no debería realizar tareas que son una tortura hasta concluirlas. No si puede evitarlo. Pero es tan fuerte eso del "deber ser" y el "deber cumplido", que en sueños me veo volviendo a la escuela para cursar los años que me faltan. Y algo similar me sucede con mis estudios de letras inglesas, donde dejé algunas materias pendientes. Curiosamente, ese abandono no me produce pesadillas. Tal vez porque mi aprendizaje de la literatura inglesa, siempre con las limitantes de un idioma que apenas atisbo, fue un ejercicio gozoso.


No todo es procrastinación y marchas forzadas. Hay ciertos amores que no queremos que se acaben: las películas, un concierto, las buenas historias, el último chocolate, Charlie. Como dice Antón en la regadera, cuando anuncio el fin del baño: "otro ratito pequeño". Sí termino los libros que me apasionan, el líquido de los lentes de contacto hasta la última gota, la sal de cocina, las comidas para chuparse los dedos, limpiando el plato con un trozo de pan.

Puedo dejar inconclusa una serie de televisión o una película que ya me aburrió. Ahí no hay el menor asomo de culpa. Pero sí me causan conflicto los recipientes de comida: las mayonesas, las salsas catsup, las mermeladas y las mostazas que duran una eternidad. Todas se van a la basura cuando todavía "queda un poquito". Lo anterior aplica al shampoo y las pastas de dientes. Cuando los elimino una vocecita me dice que los estoy desperdiciando. No voy a adentrarme aquí en el terreno pantanoso del cómo concluir las relaciones engorrosas, porque eso merece un capítulo aparte, Felipe.

Culpas aparte, hay algo que jamás de los jamases puedo terminar: los jabones.
Sé de algunas personas que remojan las pastillas de jabón zote, para no desperdiciar ni los trozos minúsculos. Mi mamá deja los zotes pequeños en agua caliente y al día siguiente echa el agua de jabón a la lavadora, en lugar de detergente líquido. Yo no sé qué tengo, pero no resisto ese desafío de terminar un jabón o una pasta de dientes. He visto a quienes cortan las botellas de plástico para extraer los restos, sobre todo de los envases de crema. O a los que exprimen y enrollan cuidadosamente los tubos de pasta dental. Aquí casi todos los artículos de limpieza se van a la basura antes de exprimir, vaciar, terminar, concluir. No sé, me da una cierta desesperación.

Y con los jabones de pastilla soy implacable. Apenas los veo disminuidos o agrietados, ¡zas! A la basura. Si no quiero tirarlos, los dejo en la jabonera, para que el agua de la regadera los convierta en una pasta derretida e inservible. Tengo que refrenarme cuando, al ir de visita, entro a uno de esos baños donde, en la jabonera, colocan los restos de jabón junto a una pastilla nueva, grande y olorosa. No tiro los jaboncitos, pero claro que me lavo las manos con el jabón nuevo.

Es por eso que hace unos meses me impuse la tarea de conservar el jabón para manos tanto como fuera posible. A medida que la pastilla empequeñecía, me asaltaban unas ganas encabronadas de tirarlo. Para contrarrestar la tentación, otra lavada de manos y a moldear el jabón. Así lo haría desaparecer. Y por eso esta foto. Hace unos días el jaboncillo adelgazó tanto, que lo pude doblar y convertirlo en una moneda pequeña. Mi paciencia nunca había llegado tan lejos con un jabón. Así que lo contemplé largamente, como trofeo y pensé en la relatividad del tiempo. Hay jabones eternos que me desesperan, cosas que quisiera que nunca se acaben (el papel higiénico tiene un carácter trágico) y en la vida, a la que por supuesto, siempre le digo, por lo bajo: no seas cabrona; otro ratito pequeño.

21 de agosto de 2017.

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