sábado, 14 de octubre de 2017

Bullying





Nada más incómodo para los oyentes que exponer la propia vulnerabilidad.  Comienzas a hablarles de tu enfermedad, que tienes cáncer o lo que sea, y de inmediato notas la incomodidad en su rostro.  Tal vez haya un ¡qué mal!, algún comentario evasivo del tipo, “vas a estar mejor” y de inmediato cambian de tema. Es más fácil hablar del clima, de la última película o de la próxima fiesta de cumpleaños.  Hablar de enfermedades y del temor a la muerte es recordarles a los otros su propia finitud, y esos temas, la verdad, a todos nos resultan bastante incómodos.

Con el tema del bullying sucede lo mismo. Que una mujer de cincuenta años nos salga ahora conque fue víctima de bullying a los nueve años además de anacrónico, resulta vergonzoso.  Los comentarios van del “ya supéralo” o el “ni quién se acuerde de eso; no te claves”, hasta el más benéfico para el bully, acosador, hostigador o buleador: "compréndelo, tuvo una vida muy difícil, no sabía lo que hacía".

Y al igual que en la enfermedad, a los escuchas les sucede un fenómeno interesante: no quieren escuchar.  Porque aceptar un drama ajeno es enfrentar el dilema de ser empáticos o cortar tajantes, porque “eso no me pasó a mí” y “además no me interesa”.  O reconocer que algo similar les sucedió, desde el lado de la víctima o el victimario, del acosador o el acosado, y para qué pensar en cosas tristes.  Además, las víctimas no son populares.  A la víctima se le revictimiza.  Punto.

Ya para cereza del pastel, a mí también me ha tocado experimentar hostilidad. “Para qué te dejas”, con esa lógica de que lo mejor es estar con el vencedor.  En un mundo donde no hay más que de dos sopas, chingar o ser chingado, pues mejor estar en el primer grupo.  Y si eso te sucedió y te quejas, eres un exagerado, sin duda te lo merecías y ya bájale de huevos.  No es para tanto.

La cosa hubiera quedado ahí.  El episodio enterrado en mi memoria salió a la luz cuando mi acosadora de la infancia me envió una solicitud de amistad a Facebook, hace unos meses, y yo decliné, considerando que la mujer en cuestión, mi prima hermana, tenía un cierto sentido del humor.  Amargo, tal vez, pero sentido del humor al fin y al cabo. Hasta ahí, todo “bien”.

Sin embargo, unos días antes del sismo, recibí una segunda invitación.  Y ahí sí me quedé perpleja.  En mi cabeza, en mis códigos personales, es simplemente inaceptable que alguien aparezca como si nada hubiera pasado, cuando se dedicó a chingarte sistemáticamente cuarenta años atrás. 

Después de un sismo la vida nunca es igual. Por ahí leí que al momento de un temblor de esta magnitud, quienes lo vivimos vemos muy de cerca la delgada línea que separa la vida y la muerte.  Y como no quiero que me pase lo que a Iván Illich, muriendo con remordimientos de última hora, estoy sentada escribiendo el día de hoy.  Hay fardos muy pesados que cargamos a lo largo de nuestra vida y no hay nada mejor que soltarlos cuando llega la ocasión.  O no soltarlos nunca. Pero advertir segundos antes de pasar al otro mundo que dejamos asuntos sin resolver, cuestiones en las que nos jugamos la vida, pues yo creo que hay que tratar de evitarlo, en la medida de lo posible. 

Una amiga mía, muy perspicaz, alguna vez me dijo que yo era una armadura por fuera, y que dentro de esa armadura se escondía una niña temblorosa.  La observación no pudo ser más acertada.  Si algo definió en buena medida mi infancia, ese algo fue el miedo.  No quiero decir que no hubiesen otras cosas.  Existía, sí, mi amor por las historias, mi entusiasmo por el teatro, algunos días alegres y siempre, siempre, mi pasión por la escritura.  Hice mis primeros cuentos cuando tenía seis o siete años, y aunque al final terminaba rompiéndolos, un poco por pena o vergüenza, esa pasión sigue intacta.  Entonces la plasmaba en cuentos o historietas que yo misma escribía y dibujaba, imitando el estilo de los cómics que nos llevaban a la casa: Walt Disney, La pequeña Lulú, Archie.

Lo que en papel era expresar mi entusiasmo por el mundo, en la vida cotidiana se convertía más en una imposibilidad de hablar cuando me sentía intimidada por alguien o alguna situación.  Esto podría parecer contradictorio, porque yo era una niña, primero, con una voz muy fuerte, a la que las tías siempre le decían “no grites” (y lo cierto es que yo ni siquiera advertía el volumen de mi voz), y a la que le gustaba contar y escuchar historias.  Pero cuando se trataba de hablar para expresar emociones, o decir “no” a esto o aquéllo, frenar algo con lo que no estaba de acuerdo, las cosas se complicaban.

Aquellos que hayan estado en el reino del silencio, más por imposibilidad de hablar que por gusto, sabrán de lo que hablo.  La timidez y el miedo favorecen el retraimiento.  Pero como estar siempre guardando silencio, particularmente en las situaciones que le molestan a uno, es casi imposible, tarde o temprano las quejas encuentran un escape.  Hay quienes van por la vida enfurruñados, rumiando su encabronamiento, o los que de pronto estallan sin motivo aparente, o agarran cualquier pretexto para explotar.  Cualquier pretexto…  que encubra el verdadero.   ¿Qué tienes? ¡Nada!  Porque decir “me duele esto” o “me lastima aquéllo” es una tarea de gigantes para una persona acostumbrada a callar.

Por la imposibilidad de hablar, yo trataba de pasar inadvertida.  O ponía cara de enojada.  Sobre todo frente a todas aquellas situaciones o personas que consideraba una amenaza o un peligro.     Podía aguantar una situación incómoda por días o semanas,  no sé si un poco por vocación masoquista. Sí sé qué me resultaba muy, muy difícil alzar la voz para denunciar un ataque velado o abierto a mi persona.

Al respecto recuerdo un episodio de cuarto año de primaria.  Un compañero del grupo descubrió mi miedo (sí, los hostigadores siempre olfatean a sus víctimas), y se dedicó a fastidiarme primero con burlas, después con empujones, hasta que un día arrojó mis libros al suelo y los rompió.  Puesto que para mí ese era un tema sensible, me animé por fin, aunque temblando de miedo y como si la culpa fuera mía, a ir con mi mamá y decirle: hay un niño que me molesta.  Mi mamá quiso saber exactamente qué hacía ese niño.  Y yo no pude contestar.  Se me hacía un nudo en la garganta. Me hizo la pregunta varias veces. Incluso llamó a mi papá. Y yo me quedé con la mirada fija en el suelo, y así, por lo bajo, repetí hasta el cansancio: me molesta.  Y no me sacaron de ahí.  Sólo hasta que el asunto llegó al director de la primaria, a quien yo tenía un especial aprecio, pude decirle, frente a todo el grupo, el infierno por el que yo estaba pasando.

Infierno puede parecer, otra vez, un término exagerado.  No es así.  No para la persona que experimenta el ensañamiento de otro sobre sí mismo.   El buleador es alguien que ya he tenido éxito practicando la violencia física o psicológica, no tiene ninguna culpa, y por supuesto, ni la más mínima idea de lo que es la empatía.  Y como ya dije antes: los cobardes llevamos un sello en la frente. Quienes están más sanos emocionalmente o han sido enseñados a respetar quizá lo adviertan, pero no abusan.  

Pero los bullies provienen de grupos donde el modelo de éxito se cimenta en pisar a otro.   No me sorprende.  Mi familia tiene mucho de eso.  Incluso mi abuela, a quien elogio por su sinceridad brutal, pero auténtica, también hizo de la lengua su mejor arma para defenderse del mundo.  Los Flores somos proclives al sarcasmo y a la ironía.  La gente en San Cristóbal, no sé si el mexicano el general, es así.  Pareciera que hay una terrible inseguridad en cada uno de nosotros,  que manifestar emociones es inaceptable, y entonces sólo queda una comunicación basada en la burla, la ridiculización, el escarnio o el exabrupto hacia el otro.  

Me llevó muchos años entender, por ejemplo, que mi abuela fuera así.  Que su afecto sincero y su generosidad, coexistieran con una buena dosis de veneno, eso sí, muy ingenioso y que nos desternillaba de risa, porque era muy observadora y no se le escapaba una.  Así pues, llegábamos de visita, y no pasaba mucho tiempo sin que empezaran las indirectas, las preguntas incómodas o las quejas  abiertamente chantajistas.  Claro que a la larga terminamos aprendiendo el “estilo familiar”.  Cualquier expresión sincera de afecto no estaba en el código Flores. No porque el afecto no existiera. Pero era un tema vedado, un signo de debilidad.  En cambio el enojo, la envidia, la ira, la lista entera de los pecados capitales, las pasiones que da mucha  pena confesar, tenían que encontrar un vehículo para salir: el relajo, la broma, la sorna, el ridículo, la crítica, la crueldad.  Y todo ello parapetándose en una actitud bastante defensiva. 

A la distancia, pienso que mi abuela se movía como pez en el agua en ese medio, porque fue el único que conoció. No es fácil sobrevivir a la orfandad, al abuso, la servidumbre, el analfabetismo y la pobreza.  Pero su valentía también venía de ahí.  Con una respuesta ágil, filosa y dos o tres mentadas de madre se arreglaba todo.  Y debo decir, para descargo suyo, que la abuela no se amargó jamás, no dejó que las adversidades la tumbaran.  Me repitió, eso sí, hasta el cansancio, la historia de su relación con mi abuelo, como si hubiera querido asegurarse de preservar su verdad del olvido, a pesar de todo y de todos. Ya sabemos lo incómodas que son las netas frente al discurso oficial de toda familia. Y tan tenía un muy peculiar compromiso ético, que callaba aquello que no le convenía, pero si yo llegaba a contarle algo, de inmediato saltaba: ¡es mentira!  Y luego venía su versión de los hechos.

A menudo me pregunto por qué me pusieron su nombre, si yo he vivido más bien del lado del temor.    Nada de la Adela revolucionaria, aguerrida y valiente.   Es cierto sí, y eso pueden constatarlo mis amigos, que de pronto me da por las declaraciones abruptas, justo en el blanco.  Supongo que he hecho eso a lo largo de mi vida porque todos necesitamos una válvula de escape y no podemos callar siempre.  O sí. Pero entonces la lengua resiente los efectos del silencio.  Y mis declaraciones intempestivas tienen también un lado provocador.  En eso soy tan  Adela como mi abuela.  De pronto puedo decirle algo a alguien, por el puro gusto de ver qué cara pone. 

En años más recientes, cuando les he contado a algunos de mis amigos  eso que llamo mi incapacidad de hablar o parálisis frente a las agresiones, sencillamente no me creen.  Dicen que me veo grandota y fuerte.  Además tengo un vozarrón.  Pero la sabiduría popular rara vez se equivoca:  Dime de qué presumes, y te diré de qué careces.

A lo largo de mi vida, una de mis estrategias frente al ataque fue replegarme. Otras veces, responder de forma brusca, pero sin sacar del todo la rabia contenida. Tener lo que ahora llaman bajo perfil, para evitar los choques con aquéllos de personalidad beligerante; distanciarme de las personas que, secreta o abiertamente, sabían que tenían algún control o poder sobre mí. Escapar, huir si era posible.  Agradezco a los amigos que han estado ahí para auxiliarme. No voy a mencionarlos; todos saben a quiénes llevo en el corazón.   Pero con todo y mis estrategias, ha habido momentos en los que la vida y mi silencio me han puesto contra la pared.

No siempre es posible huir de los bullies.  En la infancia, a menos que alguien te defienda o los enfrentes, es casi imposible.  Se necesita una energía y disposición de ánimo, una valentía de la que yo, al menos, carecía por completo.  En mis fantasías infantiles siempre soñé que alguien me defendiera.  Quería que una mano invisible apareciera, un deus ex machina griego, para poner orden y castigar a a los culpables, al más puro estilo Hollywood.  Eso, por supuesto, no sucedió, excepto una vez: el director de la primaria zanjó el conflicto de una manera tajante y efectiva. Y yo le viví eternamente agradecida por ello.   Le estoy agradecida aún.

Otra historia no tuvo final feliz.  Pero, ¿quién tiene una vida exenta de dificultades? En julio de 1977, cuando yo tenía nueve años, mis padres decidieron irse de viaje a los Estados Unidos.  Y mi papá tuvo la idea de dejarnos, a las cuatro, en casa de su hermana.  Ignoro hasta la fecha los términos de ese acuerdo o quién lo sugirió.  Pero no debe ser fácil endilgarle cuatro niñas pequeñas, de entre seis y nueve años, a una mujer que ya tiene nueve hijos de diversas edades, apuros económicos y que además había enviudado poco tiempo atrás.  Las circunstancias no podían ser más inoportunas.

El caso es que no fue una ocurrencia feliz.  No para mí, al menos.  Porque durante el tiempo que duró esa estancia, me tocó vivir una experiencia hasta entonces para mí desconocida: convertirme en el objeto de animadversión gratuita de mi prima Alejandra, quien es, no sé, cuatro o cinco años mayor que yo.  Pero en esas edades, cinco años hacen la diferencia.  Y no sólo la edad.  Las experiencias de vida nos definen a todos.   Me queda claro que nuestras realidades eran incompatibles. Ella era huérfana; yo no.  Tenía, sí, un padre más bien autoritario, pero vivo hasta el día de hoy. Y la vida es un privilegio. Un padre inteligente que jugaba ajedrez, leía mucho y traía regalos para sus hijas en la maleta. Ella sólo  tenía un patio, un patio con los restos de un volkswagen sedan, recuerdo del accidente donde su padre había fallecido.  Mis hermanas y yo éramos hijas de un notario que sí, había sido pobre, y  había andado descalzo hasta la edad de ocho años, pero que ya comenzaba a vivir otra vida, simbolizada en ese primer viaje de los muchos que haría después.  

Lo de menos es que yo llegara ahí mal vestida y peor peinada.    Yo era una niña “alzada”, por usar la expresión coleta, como quién dice, pedante, y que se cree mucho. En ese mar de categorías y generalizaciones no importa mucho la realidad, sino cómo te etiquete aquélla o aquél a quien tu presencia le resulta insoportable.

Y claro; la que tuvo que soportar fui yo.  No era sólo la diferencia de edad.  Yo no tenía la malicia ni el rictus amargo, indeleble, que mi prima tiene en sus fotografías de aquéllos años y que, espero, haya desaparecido con el paso de los años.  Esa risa, mezcla de sarcasmo y dolor, tan particular.  No voy a hacer aquí un listado de todas sus fechorías, burlas constantes y maledicencia, pero sí diré que esas dos semanas fueron eternas. Cada vez que tenía ocasión de fastidiarme lo hacía, y parecía hallar un placer inmenso en ello.    

Los juegos de la casa eran particulares. Uno eran las luchitas; todos a pelear, de la greña, en el piso, por parejas, quisieras o no, y claro, a mí me ponían con ella.  La recuerdo montada encima de mí,  sin poder quitármela de encima, literalmente, y bueno, yo nunca tomé clases de lucha libre, así que no salía bien librada de esos encuentros.   Ni sabía pelear ni tenía la fuerza física para hacerlo. Pero al menos ahí el enfrentamiento era directo; cara a cara.  No guardo rencores por ello.  Que alguien te muestre su animadversión mirándote a los ojos ya es algo.

Sí me resultaron mucho más incómodos los ataques indirectos, mal disimulados.  Como la vez que salimos a la calle a caminar por las zanjas que habían abierto los de obras públicas para arreglar el drenaje (supongo).  Y la prima se puso a arrojarnos piedras desde arriba.  No sé qué era más molesto.  Si las piedras o su risa.   Esa risa, insisto, que se movía en una frontera incierta entre la crueldad y el dolor.  A la distancia, me sorprende que ese bullying fuera un elemento cotidiano y no suscitara la atención o el interés de los adultos.  Cuando años después algunos amigos me contaron que vivían en ambientes donde sus madres los agarraban con la plancha o les daban una zurra diciéndoles: “si vuelves a dejar que te peguen, yo sí que te voy a dar motivos para llorar”, supuse que estos incidentes eran peccata minuta.

Pero el episodio al que sí quiero referirme a detalle, porque mi memoria lo ha retenido con fidelidad,  cuarenta años después de transcurrido, es el encuentro con el niño gordo, en el Palacio Municipal.  Sí, ese mismo palacio que se acaba de fracturar con el temblor.

Salimos a pasear, el grupo de primos, mis hermanas y yo, con Alejandra como cuidadora.  Y he ahí que al llegar al parque, nos encontramos  a un niño gordo, mayor que nosotros, a quien seguramente le parecimos blanco fácil, y nos empezó a perseguir.  Salimos corriendo, entre el desconcierto de unos, y la risa de otros, y fuimos a dar al primer piso del Palacio, con sus balcones de herrería con vista al Parque de los Arcos. Y ahí nos acorraló el gordo. 

Si hasta ese momento yo creía que mi prima era la inventora del bullying (palabra que por cierto, aún no se ponía de moda en México), el gordo demostró tener una crueldad más refinada.  Éramos un grupo de niños echados contra el barandal, apretando a una Alejandra que no paraba de reír, ahí sí no sé si de gusto o de nervios, y todos con dos únicas posibilidades: enfrentar al gordo y su acompañante,  o saltar al vacío.

Suicidas no éramos.  Y el gordo tenía una necesidad de protagonismo que de inmediato salió a la luz.  Hablaba despacio, ni siquiera en forma agresiva, más bien anecdótico. Y su método para aterrorizarnos fue sencillo, pero eficaz.  Contó alguna historia de sus poderes y en prueba se bajó el pantalón para mostrarnos un repugnante lunar que ocupaba casi todo uno de sus muslos.   Todos gritamos.  Y el gordo siguió hablando, divertido,  como sopesando el efecto que su mancha había obrado en el grupo de primos.

Al final tomó una decisión “salomónica”.  Nos dejaría ir, siempre y cuando le respondiéramos una pregunta, todos y cada uno de nosotros.  Las preguntas eran ni más ni menos que las tablas de multiplicar.  Por edades, a ojo de buen cubero, nos colocó en fila, por pares.  Preguntaría dos de las tablas a cada par de niños, y en caso de respuesta errónea, la consecuencia sería un cabezazo.  Si tu pareja sabía cuánto era siete por ocho, y tú también atinabas a la tabla que te tocara, magnífico.  Pero si uno de los dos se equivocaba, el gordo agarraría con sus dos manos las cabezas de ambos y ¡pum!  Seco el elotazo, como dicen en Chiapas.  Mis hermanas y yo conocíamos bien las tablas de multiplicar. Recuerdo ahora que incluso mi hermana Nina hizo gala de su ingenio, pues cuando le preguntaron una tabla que quizá no sabía, contestó diciendo una fórmula de la tabla del dos y dando la respuesta correcta.  Pero como el asunto era por pares, pues todos llevamos. 

Lo que me interesa resaltar de la historia, sin embargo, no es la crueldad y sadismo del gordo, sino un detalle final que para mí fue muy significativo.  El gordo empezó su juego con los más pequeños y al concluir notó que éramos un grupo impar. La mayor, Alejandra, no tenía con quien jugar y entonces el gordo se volvió hacia ella y le preguntó con quién quería realizar el ejercicio.  Sobra decir que me escogió a mí.  No sobra, sin embargo, mencionar que se equivocó en la respuesta, y de todos, yo fui la única que recibió dos cabezazos aquella tarde.  

Escribir esa desafortunada historia me está llevando a descubrir, en este preciso momento, por qué nunca más pude ver con simpatía a los hombres obesos y por qué me impactó tanto el incidente.  No fue tanto por el dolor de cabeza, sino porque fue la primera vez en mi vida que experimenté, ahí sí que en cabeza propia, la prueba contundente de que alguien en el mundo podía hacer daño porque sí, por el puro gusto y placer de hacerlo.  Valiente ingenuidad la mía.  La vida se encargaría de demostrarme repetidas veces que eso es bastante común.  Hay gente que no puede ver a los otros sin hacerlos sufrir. Y sí, me he dado de topes muchas veces. Pero la vida también me ha enseñado a admitir cuando, por omisión o por ignorancia, cometo un error con alguien, y a repararlo si es posible, sobre todo con las personas que me importan.  Lo intento lo mejor que puedo. Me he equivocado, como todo ser humano, pero la disposición de reparar o resarcir el daño está.

Ya repetí varias veces que yo tenía una imposibilidad de hablar. El conflicto subsiste aún. Las cosas no se resuelven por arte de magia. Es más fuerte el hábito de callar las agresiones sufridas. Y hay que librar la batalla día con día. Por ello este texto es una suerte de exorcismo. Y me interesa dejar constancia de esta historia por varias razones.  La primera, que hace no mucho alguien me dijo que “el que calla otorga”.  Yo hubiera dejado este testimonio en el olvido, pero escuchar semejante afirmación me horrorizó.  Si callar es sinónimo de validar la conducta del agresor, entonces denunciarlo es un compromiso ético, así hayan pasado cuarenta, cincuenta o incluso cien años.  Porque el bullying NO tiene justificación alguna. Si callar es conceder al acosador la certeza de que la víctima merece el castigo, si callar es aceptar esos cargos, reales o imaginarios, imputados por otro;  si callar es validar la idea de que yo tuve la culpa, si callar, en fin, es admitir que yo tengo que pagar por algo que otros le hicieron al agresor, si callar es alentar más agresiones, (porque los bullies, sí, no conocen el freno, y a mayor debilidad del otro, más se envalentonan), pues entonces no me queda más que invocar a doña Adela, sentarme a escribir y recordarlo todo.  Nombrarlo para que alguien, quizá, alguna vez me lea, y al reconocerse en estas líneas, se arme de valor y hable.

Es curioso mencionar a alguien toda una vida con un nombre, para al final venir a descubrir que ese nombre era falso.  En fecha reciente, los primos y otros familiares nos enteramos que Alejandra jamás se había llamado así y que tenía inscrito otro nombre en su acta de nacimiento.  Un nombre que no voy a mencionar, porque me resulta completamente extraño.  Ahora que lo pienso, tal vez eso explique, prima, tu amor por los apodos.  Porque no puedes darle a otros lo que jamás te dieron a ti: un nombre verdadero.

Cierro este largo texto citando una conversación que tuve con mi padre ayer, al mediodía.  Le llamé por teléfono y le pregunté, sin más: "Papá, ¿cómo se sobrevive aún en las circunstancias más adversas?  Tú supiste hacerlo".  Y Carlos Flores me dio una respuesta que no olvidaré mientras viva: "Soñando, hija. Soñando.".




Ciudad de México; 14 de octubre de 2017.


miércoles, 11 de octubre de 2017

Tiranía de la pobreza

Cada vez desconfío más de las generalizaciones y las personas. Pero sobre todo de la "autoridad moral" que ostentan algunos, suponiendo que un rasgo de carácter avala el paquete completo de su cuestionable personalidad. Estrategia tramposa pero efectiva, esgrimen una carta a su favor, lo suficientemente grande para tapar sus lados más oscuros, no pregonables. No me refiero a quienes ostentan cínicamente sus lados más viles, henchidos de poder y prepotencia.
Aquí estamos hablando de aquellos que legitiman sus villanías, porque poseen una cualidad real o aparente. Por ejemplo, el multipremiado director de culto que puede ir por ahí acosando a sus actores/actrices, maltratar a su mujer, casarse con la hijastra y demás. Él es EL director; lo demás son pecadillos menores. 

Un luchador social, con la oportuna bandera de la izquierda, puede saquear el erario. LO que vende es el discurso social, la preocupación por los más desfavorecidos, no las mordidas que recibió cuando era delegado, para aprobar proyectos de construcción irregulares.

Un gobernador ecologista, en el colmo de la ironía, puede arrasar con lo poco que queda de selva y convertir una ciudad, ya de por sí bastante fea, en una selva de concreto, para que la lluvia y los desastres naturales hagan el resto.

Esos ejemplos son obvios. Pero la vida cotidiana es más sutil. Un gay no necesariamente simpatiza con los marginales. De hecho, puede ser absolutamente clasista. El presidente de la sociedad protectora de animales, puede moler a palos a sus hijos. La señora de pro vida puede asesinar sin pena a los disidentes que no comulguen con sus ideas. Y así le podemos seguir. Yo defiendo una causa honorable y eso legitima mis cochinadas. Nada nuevo bajo el sol, pues.

Pero lo que sí no soporto, por tratarse de un tema muy familiar, es disculpar todos y cada uno de los defectos de aquellos amparados bajo el manto de la pobreza. El discurso chantajista que más escuché en mi infancia fue: no quieren a ________ porque es pobre (en la línea punteada se pone el nombre que ustedes gusten). 

Esa divina herencia del cine de oro mexicano, donde pobreza era igual a bondad, ocasionó una confusión de la que aún no acabo de recuperarme. Los ricos eran siempre malos y no podía concedérseles el beneficio de la duda. ¿Por qué la pobreza tenía que disculpar que alguien fuese mitómano, alcohólico, impertinente, golpeador, abusivo, ladrón o mala onda? Y la confusión se acrecentaba porque la persona a la que no queríamos no estaba en condiciones de miseria. Antes bien, sabía de la culpabilidad que experimentábamos tras recibir el reproche, y la cobraba cara. Al fin y al cabo, el estandarte de la pobreza daba, como dije antes, un disfraz muy oportuno, y el pobre se convertía en un mendigo perverso digno de El lazarillo de Tormes. Y como yo tenía una absurda propensión al martirologio, me entró la idea de que mi vida entera no alcanzaría para expiar el pecado de haber nacido en mejores circunstancias que los falsos menesterosos. De ser posible, tenía que ofrecerme al castigo, a ver si así los pobrecitos se sentían menos mal.

Como la rueda de la fortuna eventualmente giró, muchos de los miserables se convirtieron en los nuevos ricos, y nosotros pasamos a ser los pobretones que, lamento informarles, no nos convertimos en beneficiarios del discurso lastimoso y chantajista de antaño. Al contrario; la bonanza enardeció a los humillados, quienes antes habían tenido que extender la mano para recibir una dádiva, y ahora la usaban para esgrimir el garrote y molernos a palos.  

Así pues, al final decidí optar por la suspicacia. Creo que ya va siendo hora de echar a la hoguera los libros de historia patria, donde los héroes son de una sola pieza y no conocen los matices. Una integridad a prueba de bombas. Estatuas incapaces de reconocer que sus méritos iban acompañados de errores y debilidades. Y si alguna vez algún monumento intentó hablar, lo callaron poniéndole una máscara hierática. No nos salgas conque no, cuando ya te entronizamos, cabrón.

En realidad en este mundo sólo hay humanos. Y muy pocas personas íntegras. Los demás navegamos en un mar de lodo donde, aquellos que no manchan jamás su plumaje, son, mucho me temo, los más sospechosos de todos.

martes, 3 de octubre de 2017

Ciertas empresas...







Me resulta difícil concluir ciertas empresas. No tengo la paciencia de los orfebres ni la iluminación de los genios. Así pues, estoy condenada a la medianía, sin que la vergüenza me quite el sueño. La tesis de licenciatura, siempre postergada, dejó de ser un dolor de cabeza cuando alguien tuvo la brillante idea de crear un seminario de titulación y me ahorró la molestia de formular una hipótesis y comprobarla en un centenar de cuartillas.

Una vez concluida la maestría, estuve haciéndome pato varios años hasta que los ingleses me enviaron una amable carta recordándome que el plazo para entregar mi dissertation habría de concluir en unas semanas y con ello, toda posibilidad de probar que alguna vez había estudiado en el Reino Unido. Presa del pánico, le llamé por teléfono a mi asesora de tesis y le pedí que intercediera por mí para pedir una prórroga. Ella accedió y así fue como, entre la angustia y la adrenalina, me fui a encerrar a San Cristóbal para escribir las cuartillas reglamentarias. Podría citar otros ejemplos donde sólo emprendo la acción cuando el tiempo se acaba. Baste uno que emula todo ejercicio de la postergación: mi maternidad tardía, en franco desafío a eso que llaman "el reloj biológico". Esa historia sí es la síntesis de luminosidad y orfebrería, coronada con el nombre de Saint-Exupery.

Cuando no puedo concluir algo entonces sí que pierdo el sueño. O tengo pesadillas. Incluso las cosas que he detestado, como la escuela libre de derecho, me producen una desazón enorme. No es que lamente haber dejado una escuela que ya no aguantaba. Hay un vago sentimiento de culpa por no haber concluido. Hasta las tías dicen que hay que terminar lo que uno empieza. Y supongo que de ahí viene la culpabilidad. Me viene a la cabeza el maratonista que, rengueando, agotadísimo, cruza la línea de la meta. Sí, lo importante es acabar, cerrar el ciclo, dicen. Pero uno no debería realizar tareas que son una tortura hasta concluirlas. No si puede evitarlo. Pero es tan fuerte eso del "deber ser" y el "deber cumplido", que en sueños me veo volviendo a la escuela para cursar los años que me faltan. Y algo similar me sucede con mis estudios de letras inglesas, donde dejé algunas materias pendientes. Curiosamente, ese abandono no me produce pesadillas. Tal vez porque mi aprendizaje de la literatura inglesa, siempre con las limitantes de un idioma que apenas atisbo, fue un ejercicio gozoso.


No todo es procrastinación y marchas forzadas. Hay ciertos amores que no queremos que se acaben: las películas, un concierto, las buenas historias, el último chocolate, Charlie. Como dice Antón en la regadera, cuando anuncio el fin del baño: "otro ratito pequeño". Sí termino los libros que me apasionan, el líquido de los lentes de contacto hasta la última gota, la sal de cocina, las comidas para chuparse los dedos, limpiando el plato con un trozo de pan.

Puedo dejar inconclusa una serie de televisión o una película que ya me aburrió. Ahí no hay el menor asomo de culpa. Pero sí me causan conflicto los recipientes de comida: las mayonesas, las salsas catsup, las mermeladas y las mostazas que duran una eternidad. Todas se van a la basura cuando todavía "queda un poquito". Lo anterior aplica al shampoo y las pastas de dientes. Cuando los elimino una vocecita me dice que los estoy desperdiciando. No voy a adentrarme aquí en el terreno pantanoso del cómo concluir las relaciones engorrosas, porque eso merece un capítulo aparte, Felipe.

Culpas aparte, hay algo que jamás de los jamases puedo terminar: los jabones.
Sé de algunas personas que remojan las pastillas de jabón zote, para no desperdiciar ni los trozos minúsculos. Mi mamá deja los zotes pequeños en agua caliente y al día siguiente echa el agua de jabón a la lavadora, en lugar de detergente líquido. Yo no sé qué tengo, pero no resisto ese desafío de terminar un jabón o una pasta de dientes. He visto a quienes cortan las botellas de plástico para extraer los restos, sobre todo de los envases de crema. O a los que exprimen y enrollan cuidadosamente los tubos de pasta dental. Aquí casi todos los artículos de limpieza se van a la basura antes de exprimir, vaciar, terminar, concluir. No sé, me da una cierta desesperación.

Y con los jabones de pastilla soy implacable. Apenas los veo disminuidos o agrietados, ¡zas! A la basura. Si no quiero tirarlos, los dejo en la jabonera, para que el agua de la regadera los convierta en una pasta derretida e inservible. Tengo que refrenarme cuando, al ir de visita, entro a uno de esos baños donde, en la jabonera, colocan los restos de jabón junto a una pastilla nueva, grande y olorosa. No tiro los jaboncitos, pero claro que me lavo las manos con el jabón nuevo.

Es por eso que hace unos meses me impuse la tarea de conservar el jabón para manos tanto como fuera posible. A medida que la pastilla empequeñecía, me asaltaban unas ganas encabronadas de tirarlo. Para contrarrestar la tentación, otra lavada de manos y a moldear el jabón. Así lo haría desaparecer. Y por eso esta foto. Hace unos días el jaboncillo adelgazó tanto, que lo pude doblar y convertirlo en una moneda pequeña. Mi paciencia nunca había llegado tan lejos con un jabón. Así que lo contemplé largamente, como trofeo y pensé en la relatividad del tiempo. Hay jabones eternos que me desesperan, cosas que quisiera que nunca se acaben (el papel higiénico tiene un carácter trágico) y en la vida, a la que por supuesto, siempre le digo, por lo bajo: no seas cabrona; otro ratito pequeño.

21 de agosto de 2017.