El hermano volador
El peso mexicano y las cenizas del Chichonal en 1982; los edificios en el temblor en 85; los ánimos de la afición en el mundial de 86. En San Cristóbal, el quiosco de la Alameda en 1983, la estatua del conquistador en octubre de 1992, los muros de las iglesias clausuradas en 2017. Cuántas cosas pueden venirse abajo en el lapso de una vida: los planes más perfectos, los ídolos de barro, la salud, el sistema, la señal de internet, las ilusiones. Canta Emmanuel: Todo se derrumbó… Con mejor ánimo los coletos podríamos agregar: Todo, menos las alas del Capitán.
Se dice fácil. No son pocos los sucesos desafortunados en la historia de la aviación chiapaneca. Vuelos en condiciones precarias, aeropuertos opacados por la niebla, incursiones de pilotos valientes sujetos al capricho de las condiciones meteorológicas. En la primera mitad del siglo veinte, en una época en que no había carreteras asfaltadas, cuando el acceso a la selva era más bien a lomo de mula, los pilotos conquistaron los cielos de Chiapas en pequeñas aeronaves Cessnas para transportar pasajeros, café, víveres y medicinas a las regiones más apartadas. Leyendo las crónicas de los pioneros aviadores, es frecuente encontrar noticias sobre desplomes, accidentes de consecuencias fatales. Los cielos, sin embargo, nunca han dejado de ejercer esa fascinación que llevó a Ícaro a volar más allá de la temeridad.
A Bachajón, Ocosingo, Yajalón, Tabasco y aún a la península de Yucatán llegaban esas avionetas, como una reminiscencia de aquellos primeros vuelos del Capitán Francisco Sarabia que maravillaron a los pobladores de tierras recónditas en Chiapas. Por algo uno de los libros más célebres del mundo es obra de un autor francés, piloto aviador, pionero de los servicios postales aéreos. En El principito, se inmortaliza a un niño y un piloto afanado en reparar su avión, en algún punto del desierto del Sahara.
Cuando el Capitán Sarabia llegó a Chiapas, en los años treinta, aquí todo era verde. Jaime Coello Éboli emprendió el vuelo, varias décadas después, pero aún tuvo la fortuna de contemplar el estado de Chiapas desde las alturas y llenarse los ojos de una selva enorme; más de un millón de hectáreas. A principios de los años setenta sobrevoló en incontables ocasiones regiones como Lacanjá y Bonampak, aterrizando en pistas que a duras penas podían atisbarse, en los claros de la selva, donde muchas veces pastaban animales. Con una audacia que aún hoy nos cuesta imaginar, se dio a la tarea de recorrer por los aires los Lagos de Montebello, la laguna de Bacalar, en Quintana Roo, la Selva Lacandona y la Sierra Madre, sin darse un encontronazo en la cresta de alguna montaña. Los lacandones lo bautizaron como “el hermano volador”.
Fueron muchos los pasajeros nacionales y extranjeros quienes subieron a la aeronave de cuatro plazas del Capitán Coello. Carlos Flores evoca con gusto el vuelo que hicieron, saliendo del campo de aviación de San Cristóbal, hasta Mérida Yucatán, en 1971, lugar al que lo llevó para participar en un Campeonato Nacional de Ajedrez. Obtuve el cuarto lugar, apunta. Y como si fuésemos a preguntarle por los movimientos más arriesgados en el tablero, cierra con una expresión categórica: El más audaz era el capitán. Ciertamente, en una de sus últimas incursiones aéreas, se anotó un golazo involuntario: la aeronave atravesó la portería de un improvisado campo de futbol. Un aterrizaje forzoso que pudo haberle costado caro como a algunos de sus colegas de los taxis aéreos de Ocosingo, quienes desafortunadamente no vivieron para contarlo.
Pasaron los años. El campo de aviación coleto dio paso a la unidad administrativa y a un mercado. Los transeúntes reconocíamos el vochito azul bajando de San Felipe rumbo al centro de la ciudad. Ese señor de bigote y mirada socarrona era el Capitán Coello, el mismo que había corrido toda suerte de aventuras por los aires sin que se le fuera el santo al cielo. Nunca quiso escribirlas y sin duda se resistió a ser entrevistado. Pero hubo una en particular de la que sí dejó constancia en un texto breve, publicado en la revista coordinada por la poeta Ámbar Past, La jícara, editada por el Taller Leñateros. Se trata de la incursión a la selva lacandona para esparcir las cenizas de un enigmático escritor conocido como B. Traven. Sin embargo, lo mejor era cuando el Capitán accedía a contar la anécdota, aderezándola con lenguaje florido y expresiones locales. ¿Era o no B. Traven? ¿Qué pasó en las alturas? No lo contaremos aquí, para que se den a la tarea de buscar el texto de Coello Éboli, también evocado en un cuento de Alexis de Ganges, sobrino del Capitán.
Llegamos así al final de una historia donde los humanos somos cenizas al garete. Sí. Pero también hay momentos en que la esperanza remonta el vuelo. La vida del Capitán Coello no era una colección de selfies, como ahora; en cambio tenía instantes luminosos, vividos para su coleto. Cae la noche, se precipita la lluvia y nuestro personaje despega con su laguna de siete colores y la memoria de una selva que ya es solo un recuerdo. Sabedor de la vida como un volado, Jaime Coello intuía que algo o alguien siempre le concedía la oportunidad de levantar el vuelo una vez más. Era el hermano volador; por eso el sol lo respetó y jamás derritió sus alas.
Ciudad de México; 24 de abril de 2026.
