domingo, 7 de enero de 2024

Claroscuros

Dos fotografías suyas me obsesionan. El abuelo pequeño, con traje de gala, casaca obscura, para resaltar su cuello blanco con olanes y sus enormes ojos negros, preservados tres generaciones después. Los ojos alegran su mundo recién descubierto. Un disparo del fotógrafo y se echará a correr.

Hay una anécdota de un compañero de banca, en la escuela primaria. Cuando la mayoría olvidadiza había fracasado en su afán de cumplir la tarea, el maestro rugía: ¡Gustavo, pasa al pizarrón! Y mi abuelo, sin dificultad, dejaba a la clase sin aliento; pura emoción y versos heroicos.

En la segunda imagen, mi abuelo está de nuevo en una fiesta, con su compostura adulta y un tanto huraña, a tono con los claroscuros. Pareciera querer esconderse tras las pilastras adornadas con palmas. Es un adulto joven de cuello rígido, estudiante de Leyes. La mitología familiar lo describe aficionado a las bravatas y con arrebatos de genialidad. Pocos hablan del alcohol, medicina para su timidez.

Mi abuela Adela no pisará jamás la escuela. Huérfana, alegre y socarrona, compensará sus carencias con valentía de corrido revolucionario y su don para narrar historias. Sin asomo aparente de rencor, reacia a idealizaciones, me devolverá por las tardes sus recuerdos pertinaces del día en que iba pasando y el abuelo la jaló. Con diez años, la escucharé en silencio, mientras tomamos café con tortilla quemada.

No conocí a ese abuelo que me mira fijamente. Un disparo congeló su vida antes de que yo naciera. Aunque nunca se casó, lo velaron las madres de sus hijos. Mi abuela, en cambio, vivió, bailó y tequileó hasta pasados sus ochenta años. A veces creo que permaneció para que pudiésemos charlar sobre los claroscuros de la vida y hacer las paces con el abuelo. Ese que abogaría por todos, excepto por sí mismo.

Ciudad de México; 7 de noviembre de 2023.

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