La historia se repite cada tanto en las escuelas. Primer día de clases. Los alumnos van estudiando al profesorado. Hay varias clasificaciones pero una pregunta es esencial: Quiénes son estrictos y quiénes los barcos. Nada peor para un maestro que ser etiquetado por los adolescentes de secundaria como "buena gente". Lo bonachón se paga con la indisciplina de una horda de salvajes encabezados por algún líder incorregible. Imaginen el cielo atravesado por aviones, bolas de papel, gritos y hasta alguna trifulca en las filas de atrás. Los más prudentes se limitan a conversar con el compañero de al lado, en el siguiente nivel están los que empujan el banco del enemigo cuando éste va a sentarse. Los rudos, “ídolos de la afición”, echan desmadre y una que otra palabrota en la última fila. Que alguien calme al Calaca, por favor. Que si Carlos Gordillo está enojado porque patearon su portafolios. En el interior del Titanic, sólo las Lupitas y Karina Jiménez se portan bien. Ellas, puro cuadro de honor y nosotros, barbajanes. Sin mencionar a la Fabi, siempre adulta e incólume en su asiento, calculando activos y pasivos. Por allá suena la risa del Fito Samayoa.
martes, 8 de noviembre de 2022
Efe de Fe
Corría el año de 1981. El maestro Carlitos Hernández, caballero de la docencia, estaba por jubilarse. Llegó a relevarlo en el taller de Contabilidad y Mecanografía un maestro bajito, moreno y afable, cuyo sello era una sonrisa indeleble a prueba de alumnos desmadrosos. La misma que aparece en todas sus fotografías. El maestro saliente y su relevo podrían haber pasado por Don Quijote y su escudero, aunque el maestro Carlitos era más bien rollizo y en vez de lanza empuñaba un pincel durante la clase de Dibujo. Su severidad, la corbata y el traje de saco cruzado eran el escudo que imponía respeto.
Apenas entrar al aula, el maestro Chusito se ganó el epíteto de barco por su aspecto bonachón. Y unos minutos más tarde ya habíamos infringido todas las reglas desconocidas por el grupo. Comer en clase, platicar, levantarse del asiento, salir al baño sin permiso. Ajeno al desorden, Jesús Sánchez Rodríguez seguía sonriendo, como un pequeño Buda que guarda un secreto que los jóvenes no alcanzan a descifrar.
En el 2022, quienes fuimos jóvenes en la década de los ochenta ya somos unos viejos si comparamos la edad que tenía nuestro joven maestro de la Escuela Secundaria Técnica número uno, General Lázaro Cárdenas del Río. El taller de Contabilidad estaba dividido en dos grupos, el F y el H. Los del “efe” estábamos, comenta Pepe Barraza, entre los mejores promedios de la escuela. Un grupo variopinto, con alumnado del género femenino, en su mayoría, proveniente de los distintos barrios de San Cristóbal de Las Casas. De San Ramón habían llegado Ramona y Paty Velasco, de Guadalupe, Fito Samayoa; de Santa Lucía, Carlos Ramírez, Verónica León y Mónica Nieto. Víctor Hugo vivía en La Almolonga. Elsi y Pepe, en el Barrio de Mexicanos; Axa, en el de Tlaxcala. Por el Arco del Carmen, Carlos Gordillo. Era la época de los portafolios negros y rojos, el uniforme de camisas blancas y faldas o pantalones en color guinda. Los años de la música de Menudo y las fiestas de luz y sonido en la disco, las fiestas de quinceañeras, entre las que sobresalen los Quince años de Elsita Domínguez, donde echaron la casa por la ventana y los compañeros estrenaron su primer saco y corbata.
En nuestros años de secundaria ocurrió el cambio de la escuela secundaria del edificio ya demolido, frente a la Catedral, donde ahora está la Plaza de la Paz a la enorme escuela en las afueras. Vimos una inverosímil lluvia de ceniza, cuando hizo erupción el volcán Chichonal en 1982 y nos tocó el traslado a las nuevas instalaciones, en las faldas de un cerro, en el barrio de María Auxiliadora. Para todos estaba lejos, excepto para mí; vivía a unos pasos de la escuela, en la entonces orilla de la ciudad: el periférico sur oriente. Salvo el primer día, llegaba a la escuela en coche. El camino de terracería, un baño de grava blanca y los arrancones de la maestra Tirza que pasaba como bólido sirvieron para convencer a mi mamá de llevarnos en carro.
A la escuela llegaban los alumnos en los autobuses de la escuela, que se abordaban a un costado de la Catedral, en el primer cuadro de la ciudad, en la acera opuesta al Parque Central. Los maestros llegaban en automóvil. Las excepciones eran deportistas caminando. En su Renault llegaba el maestro Chusito. Lo veíamos llegar, apenas sobresaliendo su cabeza, como los muñequitos de lego en autos pequeños, amarillos o verdes. No sé bien el color. La memoria no me asiste en estos momentos.
Siempre fue un misterio para mí por qué el maestro Chusito era tan buena gente, pese a lo alborotadores que éramos todos. Es fácil regalar elogios a los que parten. La afabilidad del profe es neta y no elogio póstumo. Quizá hacía honor a su nombre, quería hacer milagros con los alumnos, bullies irredentos, aún a riesgo de ser crucificado. Nos pasamos de lanzas, dice Fito. Norma Díaz Estrada señala que “nunca regañaba, pedía las cosas sonriendo, jamás mostraba su enojo” y concluye, contundente, ¡Vaya que nos aguantaba!
José Barraza, hoy Ingeniero agrónomo, lo recuerda por su paciencia y su generosidad cuando solicitábamos prórrogas para entregar algún trabajo. A Verónica León le daba por conversar con él cuando no quería realizar las planas de mecanografía.
Hay un dato que no olvido. Nos trataba de Usted y a menudo se refería a nosotros por nuestros apellidos. No a todos se nos dio la contabilidad, afirma Rocío Reyes, la campeona en los concursos de matemáticas de la zona. Pero sin duda aprendimos del maestro Chusito una enseñanza que supera con creces cualquier cifra en la boleta de calificaciones. La certeza de que cada uno de nosotros alberga cualidades y la posibilidad de brillar, incluso si nuestra vida es un mar de confusiones. Confió en las capacidades de todos y cada uno, aunque nos empeñáramos en llevarle la contraria. Pepe Barraza lo define mejor que nadie con estas palabras: Un ser humano bondadoso que entendió nuestra etapa de desarrollo juvenil en la secundaria.
Años después, cuando esa etapa era ya un recuerdo lejano, coincidí con él en los taxis colectivos que viajan a Tuxtla. Tuvimos una breve charla y me sorprendió la fe inquebrantable que tenía aún en el grupo; estaba al tanto de las carreras que habíamos estudiado, los rumbos transitados. Tenía conocimiento de los contadores que habían salido del grupo, Carlos, Sergio, Paty Velasco, Rocío Anabell, Karina. Y a mí me regaló dos o tres elogios inmerecidos, porque sabía de mi amor por las Humanidades, aunque por lo general no sea una profesión identificada con el éxito económico. Le digo, profe. A la fecha, los números no se me dan.
Si el maestro Chusito tenía defectos, cabe señalar que jamás llevó al aula sus dificultades o conflictos económicos. Entrando al salón, toda tribulación quedaba atrás. Los problemas eran como ese apodo que no se nombra jamás frente al profesor. Como no sabía decir no, o tal vez porque éramos sus alumnas favoritas (las más insistentes), un día la temible Verónica y yo lo convencimos de que nos prestara el renolcito para dar un paseo por el periférico. Estábamos aprendiendo a manejar y el profe, sin pedirnos una improbable licencia o asegurarse de que al menos sabíamos maniobrar la caja de velocidades, nos entregó las llaves del carro. Se lo devolvimos intacto, después de un largo paseo. A la hora de salida, cuando íbamos al centro de la ciudad, lo vimos detenido, a la orilla de la carretera, maestro Chusito acalorado, con garrafa en mano. Habíamos vaciado el tanque de gasolina.
En el año de 2017, Fernando Angulo organizó un encuentro de la generación en el restaurante La diligencia. Se dio la coincidencia de que en una mesa contigua el maestro estuviese desayunando. Como al parecer no era rencoroso, accedió a tomarse una foto con los alumnos que tantos dolores de cabeza le habían dado.
En la secundaria hubo oportunidad de devolver algo de su amabilidad. Cuando cumplí quince años, a mi papá se le ocurrió organizar un desayuno, al cual invitó a mis maestros de la escuela y a algunas de mis compañeras. En las fotos aparece el maestro Chusito, sentado a mi lado izquierdo, frente al pastel coronado con una quinceañera kitch color rosa, antítesis de la festejada, lectora de Salgari. El profe luce su habitual suéter azul y sonrisa acostumbrada. Circulan desde ayer varias fotografías en las esquelas que participan su ausencia. Sus alumnos del grupo F sabemos que aquí queda el recuerdo de alguien quien, en efecto, creía que era F de formidables. Efe de Fe en uno mismo.
En las fotos más recientes no lo reconozco; adelgazado por completo, excepto en su sonrisa. Yo prefiero recordarlo como en esa foto tomada el día que cumplí quince años, el veinte de enero de 1983. Muchas gracias, maestro Chusito. Parece usted un niño entusiasta en espera de que la vida le regale una generosa rebanada de pastel.
martes, 14 de junio de 2022
Primera persona del plural
Por culpa de las visitas desconocidas, a mí no me recibían. La Trujillo suelta la frase y nos recuerda a una turba enardecida que da portazo en el estadio. No sabemos la cifra exacta de quienes llegaron a tocar sin invitación pero sí de la terquedad de los excluidos y del magnetismo del domicilio. Algo así como la residencia de una celebridad. Era el lugar al que podían asomarse los que estaban buscando eso que se les había perdido. Y el aura atrae, aunque no sepamos qué estamos haciendo ahí. Lo cierto es que esa coleta a quien llamaremos “La Trujillo” era persistente y además sí tenía una invitación recibida por conducto de su papá. Mi oficina estaba próxima a la casa, afirma nuestra entrevistada y era fácil pasar a anunciarse cada tercer día. A fuerza de tocar el interfón y repetir el mantra irresistible “soy de San Cristóbal”, la Clarita no tuvo más remedio que darme audiencia en la cuarta intentona.
Somos tantos los que quisimos ser admitidos, los reclamadores de un derecho de admisión porque sí, es tanta la necesidad de ser reconocidos, que ahora todos participamos en esta rebatinga y exigimos la voz solista en este coro de recuerdos. A la hora de reconstruir las memorias de esa casa, todos pretendemos saber más que los demás. Hay quien asegura que el inmueble estaba situado en Calderón de la Barca. Otros afirman que esa calle nunca existió. Que si acaso, como afirma el dramaturgo, la vida es sueño. Las memorias, sueños son.
Apenas verla, la señora de la casa sonrió, como adivinando el aire de familia de las Ramos: ¿Qué no eres tú la hija del Chus Ardines? Tras un titubeo, respondió la recién llegada, subrayando las sílabas, a la manera coleta: Trujillo Ardines. Esa respuesta le ganó el mote alusivo al apellido paterno. Y ya no se animó a desplegar todo el árbol genealógico de su familia chiapaneca, porque en eso apareció don L.M. Tras una exclamación, ¡Aaaaah, muy bien! y de estrecharle la mano con énfasis, casi sacudiéndola, llevó a la invitada al comedor y le asignó su lugar en la mesa circular. Suponemos que la invitada, al ver aquella mesa redonda, se sintió en la Corte del Rey Arturo. Imaginé a todos los que habían quedado fuera ese día. Los que llegaban a pedir posada, un lugar en la mesa, un amuleto de la suerte, un autógrafo, un billete de lotería, una recomendación para abrir las puertas de otras casas, un libro. Hasta pasar al baño. Yo la verdad sólo tenía curiosidad de platicar. Ver qué decían doña Flash y don L.M., después de haber visto tanto mundo.
Sabemos por fuentes fidedignas que en esa casa las conversaciones se alargaban tanto que los tres tiempos de la comida se convertían en cena. Entre la especulación y la envidia, quisiéramos aventurar cómo fue el ritual de bienvenida. Qué curul, qué asiento le tocó a la Trujillo. Suponemos que el señor de la casa, don Javier, alias L.M., por nombramiento de su esposa, declaró formalmente inauguradas las comidas juevesinas, ritual a celebrarse el tiempo que durara la permanencia de la embajadora de Ocosingo y San Cristóbal en la ciudad de México. Lástima que no tengamos una grabación para probar la locuacidad del anfitrión, al fin campeón de oratoria. Sólo la invitada de la tarde nos ha confiado, después de mucho insistir, que las comidas en honor al dios Jove, figura principal del Olimpo, quedaron pactadas con esta frase del licenciado: Tu oficina queda a ochenta pasos de aquí; ya los conté. Así que nos vemos dentro de ocho días, a las tres con diecisiete minutos.
¿Que como eran las comidas? La Trujillo se ríe, inclinando la cabeza al hombro derecho. Mmm… Recuerdo que el licenciado tenía unas tarjetitas blancas y ahí apuntaba el orden del día. La minuta incluía el menú, los temas “de la vida y el amor”, la Cruz Roja y hasta las peripecias de mis hijos en la escuela.
Aquí interrumpe un testigo, uno que clama haber visitado la casa en más de una ocasión. Protesta enérgica: ¿Por qué estamos hablando de la Trujillo? Yo podría aportar más datos, yo era como de la familia, tenía derecho de picaporte, le hablaba de tú a doña Flash, sabía donde hallar las aguas minerales y conocía al dedillo cada ejemplar de la biblioteca al fondo de la casa. Domingo Montañés, tras sus lentes oscuros, me reconocía de inmediato. ¿Acaso puede haber otro testimonio más fidedigno?
Quizá. Un chingo. Pero esto no es una competencia de egos y ahora, en nuestra calidad de visitantes que nunca fuimos, no queremos aquí más figuras protagónicas que Doña Flash, la Trujillo y, si acaso para dar algo de color, un L.M. que entra corriendo con el agua mineral y las cocas de lata. Lavadas con jabón, aclara. Los demás, los que quedamos afuera, somos meros espectadores en gayola, aferrados a los asientos para no precipitarnos al vacío. Naturalmente, todos quisiéramos ser amigos de los anfitriones. A mí me saludó, yo estaba entre sus amistades favoritas, yo fui al cumpleaños del Chivo, yo estuve ahí cuando llegó una actriz famosa, a nosotros nos encantaban los chilaquiles que hacía Clarita, la cocinera. Yo fui el que más canciones le pidió al mariachi. ¿Reconocieron acaso a algún político famoso? Alguna vez hasta hubo un mago en el jolgorio. ¡Aaah! Pero a que ustedes no saben de la fiesta aquella que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, donde una vecina enfurecida y argentina se presentó con la policía, porque ya no aguantaba el chuntata de la orquesta de viento.
Apretados, metiendo el pie para que Domingo Montañés no cierre la puerta, luchamos a codazos por figurar en la crónica. Pero nos parece ver la figura distinguida de doña Flash, fumándose un cigarro en el umbral de la puerta. Nadie más lejano a las luchas del ego que ella. Todos disputándonos la zona VIP, el lugar en la foto y doña Flash llama tanto la atención que no tiene necesidad de pelear por un rol protagónico. Así sin más, era la Gardenia, la dama de mirada penetrante que nos desarmaba a todos con dos o tres comentarios precisos, pero sin herir susceptibilidades. El L.M., por contraste, nos hacía pasar a la tribuna para contar las revelaciones inopinadas que brotan tras dos o tres caballitos de tequila. Y luego ni como borrar lo confesado de la memoria de los presentes.
Pero volvamos a la Trujillo, esa que se coló y se sentó junto a la ventana. Regresemos a su fascinación por la charla los jueves. Cuéntanos, Trujillitos, de doña Flash. Es que tenía una percepción muy aguda, ¿saben? No hablaba tanto como el licenciado, pero te estudiaba largamente en cada calada, para después exhalar esas observaciones que se iban directo al alma. Esa imagen no es muy afortunada, decimos los envidiosos. Pues sí, pero esta es mi casa, diría don L.M., y estos son mis recuerdos.
¿Qué le contó doña Flash a la Trujillo? Le habrá contado, tal vez, de los kikapúes en Múzquiz, Chihuahua, famosos por su tenacidad y grandeza. Quizá de sus traducciones del francés al español. A la mejor, aventura la señora Cross, de la vez que, siendo niña, doña Flash -llamada entonces Efigeny- convenció a las monjitas del colegio de que probaran el rompope de las monjas clarisas, que al fin y al cabo eran sus hermanas y no había riesgo qué correr. La Trujillo dice que no escuchó esa anécdota, pero cree que de ahí le vino a doña Flash el hábito de no beber tanto en las fiestas, porque es sabido y comprobado que hasta las monjitas pueden hacer desfiguros.
La recordamos en las pachangas, sí. Un rato en las charlas y después, haciendo un discreto mutis. Y a propósito de Mutis, la señora de los tantos nombres, Doña Flash, también se convirtió en Muti tras un viaje a la India. Eso no lo dijo la Trujillo; lo sabemos por fuente fidedigna llegada a esta redacción, minutos antes de cerrar la crónica. ¿De dónde el mutismo? ¿Era muy callada, al contrario de don L.M., el gran conversador? Pues no, dice la fuente autorizada, un tal Chivo, testigo presencial en un viaje familiar a la India.
Al parecer, estando por allá doña Flash y su familia, fueron testigos de un duelo singular: una cobra de anteojos versus una mangosta, famosas ambas por sus reflejos velocísimos y letales. La mangosta, Muti, parecía llevar todas las de perder, por su tamaño menudo y apariencia frágil. Pero sus saltos casi invisibles a la vista humana decidieron el combate: sus dientes cayeron sobre el cráneo de la cobra y le sorbieron el seso. ¿Las cobras tienen seso?
Es probable que, impresionado por la escena, el Chivo asociara la velocidad deslumbrante de Muti con los flashazos de las cámaras fotográficas de antes. Ella no aplastaba cráneos, pero empleaba el método mayeútico en esas sesiones de la mesa redonda. No sé, opina la Trujillo. El que más preguntaba era el licenciado. Pero la que conocía los corazones humanos era doña Flash. Era tan educada, tan buena escucha que a todos nos hacía sentir importantes.
Todo lo que hemos dicho hasta ahora resulta sospechoso e inverificable; nos quedamos afuera pero dotamos a nuestro imaginario de memorias ajenas. Que si doña Flash traducía del francés, que si se graduó de la prepa junto con sus hijos, Chivo y Bere, porque los tres iban juntos a la escuela, y atendían a las clases rodeados de un grupo de adolescentes. Aquí nos llega una imagen de doña Flash pasando por la escuela de Antropología, su desplazamiento a Chiapas, sus intereses etnográficos. Sabemos de buena fuente que prologó, en coautoría con el doctor Víctor Esponda, un estudio sobre Cancuc, comunidad tzeltal de los Altos de Chiapas. Y sabemos que jamás necesitó que la nombraran primera dama porque siempre lo fue.
En este punto de nuestro relato la Trujillo recuerda haber visto en la sala una fotografía de la boda en la Catedral de San Cristóbal. La instantánea fue tomada por quién sabe quién, eso no pudimos averiguarlo, pero en cambio nuestra amiga de los jueves nos ofrece otros detalles. Se trata de una fotografía en blanco y negro; Doña Flash y el L.M. salen de la catedral ataviados con la indumentaria tradicional de Tenejapa, comunidad tzeltal de los Altos de Chiapas. La elección no es arbitraria. Los ancestros del L.M., por línea materna, provienen de ese lugar.
Otras voces se unen a nuestra semblanza, crónica o lo que sea este concierto de voces. Habla uno de los Shopenhauer, los médicos que también, en algún momento, tuvieron la fortuna de pasar por la casa de Berenice, como llamaba doña Flash a su hogar. Dice el Benjamín, alias Shopenhauer: Doña Gardenia era afable, alegre y estaba siempre dispuesta a escuchar. Era una mujer elegante y distinguida, apunta otro testigo conocido como el señor Platas. ¿Podrían agregar, por favor, su determinación y claridad a prueba de halagos? Solicitamos al Platas que sea más preciso. Vaya, nos dice, diccionario en mano. Que era amable, pero no al estilo coleto, con rodeos, circunloquios, perífrasis, diminutivos y evasivas. Amablemente norteña, decía las cosas como son.
Y le gustaba bailar. Testigos presenciales, afirman que la vieron bailar La Negra Tomasa en la fiesta de quince años de su hija Berenice. Bailó con el Charles Flowers, aunque nosotros lo dudamos porque él no se atrevía a bailar. Tenía atrofiado el sentido del ritmo. O, como decía Luis Flores, padrino de la quinceañera, tenía clavo su zapato. No vamos a extendernos aquí en la figura del Compa de doña Flash, el Luis, porque entonces estas líneas se perderían en la vasta región de las memorias indelebles. Ese Luis, tan callado, que nos saludaba en la calle, apenas alzando la ceja.
Pero volvamos ahora sí y de una vez por todas, a la Trujillo… A las charlas de los jueves, a su modo de entrar a la casa, como no queriendo, medio apenada. Por aquel entonces, doña Flash se había graduado de tanatóloga. Estaba haciendo sus prácticas profesionales en un hospital. No es fácil el duelo; menos la pérdida de los seres queridos. Doña Flash sabía mucho de despedidas; les dijo adiós a tantos que jamás se nos pasó por la cabeza que un día ella también emprendería el viaje, llevándose la esperanza de reencontrar a la Bere, don Miguel y doña Sofía en una región luminosa.
Así pues, desde el celular, seguimos escuchando la voz quebrada por la emoción de la Trujillo. La última vez que la visité, doña Flash estaba pintando. Cuando advirtió mi interés por su cuadro, me lo regaló. Agradecida, le pedí que me lo firmara. ¿Para qué? Preguntó ella. No tiene importancia o valor alguno. ¿Cómo no? Protesté: Por favor fírmelo, doña Efi. Para que todos sepan que me lo dio usted. Para que yo sepa que el cuadro viene de usted para mí. Doña Flash firmó, con esa caligrafía alta y fina, como ella.
Nosotros, los de afuera, contemplamos la escena y le damos las gracias a la Trujillo por sus evocaciones al tiempo que contempla el cerro de la Silla. Somos tantos quienes admiramos a doña Flash, que todos quisiéramos un primerísimo lugar en esta crónica. Desearíamos, si no es mucho pedir, hallar en esa casa eso que no encontramos y que doña Flash tenía a manos llenas; autenticidad. Por eso hemos optado por narrar desde la sombra y el colectivo. Porque del montón, de la turba y del nosotros de pronto surge una primera persona. Y esa, sin lugar a dudas, es la primera, la más incluyente y más plural de todas: doña Flash.
Ciudad de México, en el día del cumpleaños del Chivo; 28 de mayo, año 2022.
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