Entras en el bar contiguo aunque desearías haber entrado por la puerta
grande del restaurante de fama mundial. Deseo un poco difícil, considerando que
tendrías que haber reservado tu mesa varios meses atrás y pagar un menú de
degustación que excede, con mucho, lo que podrías permitirte con tu exiguo salario
de maestro. Bastante has hecho ya con
llegar hasta San Francisco, cargando tres maletas, una computadora vieja y grande como un elefante y unas imágenes sobre
máquinas e inventos hidráulicos del virreinato. Siempre te han gustado las invenciones. Desde
niño te daba por desarmar los juguetes, para saber cómo estaban construidos.
Antes del viaje, tu hijo te hizo una observación. Papá, San
Francisco es una ciudad y también es un santo.
Un santo, por cierto, del cual llevas el nombre, aunque todo el mundo se
refiera siempre a ti por el apellido. Es el santo de la pobreza y la
renuncia. Pero tú ya naciste pobre y
para renunciar, primero tendrías que conseguir aquello que vas a dejar.
Así pues, hiciste tus maletas y tomaste una decisión. Luego de tu
ponencia en la universidad, irías hasta San Francisco en tren, para cenar en el
Atelier Crenn. Desde que viste el programa Chef
Table en Netflix, la idea se quedó en tu cabeza, sobre todo porque tu
esposa expresó su deseo de ir algún día.
Y hay un placer en adelantarse a los deseos ajenos. Más si son deseos
vehementes. Hay una curiosidad por saber si te sabrá tan bien como a ella,
porque sus gustos rara vez coinciden con los tuyos. Y aunque ya te advirtió
que al Atelier no puedes caer de sopetón, como acostumbras, ya investigaste que
también hay un bar para el que no se necesita reservación. También te ha pedido
que le mandes fotos. Está esperando verte de pie, con la fachada del lugar a
tus espaldas. Pero no te muestres
demasiado feliz. Le dolerá.
El pronóstico del tiempo anuncia lluvias para los días probables
de tu visita a la capital del mundo gay. Las lluvias han jugado un papel
importante en tu vida. Por citar un ejemplo, la primera vez que tu esposa te vio, estabas calado hasta los huesos. Llegaste
hasta el salón de clases, temblando de frío y ella te dedicó una de sus
sonrisas burlonas, desde el interior del salón. Le hizo gracia tu largo
impermeable y tus zapatos de ante azul. Aunque tu copete había cedido a los
embates de la lluvia, las patillas y los zapatos peculiares hubieran podido
decir que eras la versión franciscana de Elvis Presley. Hoy te vendría bien para el viaje aquel
impermeable de tus tiempos universitarios. En cambio, eliges de entre todas tus
sombrillas, la que pesa menos. La compraste afuera del metro, en una
emergencia.
El bar tiene cortinajes negros; en contraste con la atmósfera
oscura, hay una barra blanca y brillante como el mármol. Todos elegantes; tú con el saco negro para
las ocasiones especiales. Menos mal no
se te ocurrió llegar de smoking, como en la boda de Miguelón. El mesero ofrece disculpas, no hay mesas
desocupadas. Sólo hay lugar en la barra.
Estudias el espacio mientras le dices, con tu inglés practicado en una
aplicación del celular, que quieres conocer el restaurante. El next door restaurant. Lo de las mesas podría desanimar a cualquiera
pero no a ese niño que se iba hasta el primer lugar de la fila en la primaria.
En vano el maestro señalaba que la formación era por estaturas, el más alto a
la cabeza. La clasificación te tenía sin cuidado y claro, cuando llegaba el
profesor a moverte, lo veías con cara de, ¿quién se cree este tipo? ¿Es que no
me ha visto bien?
Eliges uno de los extremos de la barra; un ángulo providencial.
Desde ahí los ves a todos. Y recibes una carta que es una pequeña obra de arte;
una cajita mágica con ilustraciones; no resistes la tentación de tomarle una
foto. Para entonces, el mesero ya llamó al capitán y éste a una chica oriental,
una hostess o un genio de la lámpara maravillosa, para hacerle saber tu
petición. El doctor universitario que te acompaña está escandalizado; dice que
sólo va a tomar agua.
¿Agua? Pues sí, ese es el tema de tu ponencia; agua, diques
virreinales, aguaceros, drenajes profundos, maquinarias y emergencias. El agua
ha sido tu vida. Y por lo mismo, le vas a pedir al sommelier una botella de
champagne, aunque solo sea para la foto y al final te conformes con una sola copa. Pero en la comida sí que no
escatimas. La pesca del día en San Francisco, la que preparan frente a tus ojos
ávidos; no has comido desde hace varias horas y vas viendo como el chef
desmenuza maravillas en una cacerola gigante.
Tu acompañante enfurruñado no sabe, ¿cómo podría? que quien está pidiendo ese plato magnífico no
es otro que un niño oaxaqueño que jamás conoció un restaurante y sólo sabía la palabra Michelin por la marca de
las llantas. Si tu mujer pudiera verte
en ese momento, embelesado, renunciaría a sus ganas de ir allá y te regalaría
una reservación priceless al reino de
la felicidad.
El otro investigador, en cambio, bebe del pozo del desconcierto;
desde que llegaron en tren, no ha hecho más que seguirte en tus correrías en Uber
que desembocan en una perfumería de una zona donde todo es elegante. Eliges las
fragancias y ves cómo van envolviendo los frasquitos en papel de china negro,
como las cortinas del Atelier. Y ahí estás en el bar, con tu pesca del día y la
bolsita con dos frascos de esa agua destilada de flores y pachuli. Es la
esencia favorita de ella.
Empieza el festín. Tienes ante ti la cacerola y no vas a parar
hasta comerte el último ostión. Qué de
maravillas salen del mar. Y entonces ¡Aguas!
El doctor observa, estupefacto, a una pareja de mujeres recién llegadas
y no puede evitar darte un codazo, pero ni caso le haces porque ¡ah, qué buena
está la pesca! Si ya estaba espantado
con tu forma de comer, ahora el doctor casi se atraganta con el agua. De toda la barra, la pareja elige sentarse justo
a tu lado derecho, hombro con hombro, como si fueran sufragistas rumbo a una
manifestación. Hasta parecen contagiadas de tu entusiasmo. El doctor, amparado en su español ¡ja!,
empieza a especular contigo sobre el género de las recién llegadas.
Tu acompañante supone tu complicidad de macho oaxaqueño. Es verdad que tu padre decía que sólo los
maricas pueden usar un suéter de color rosa, pero un día tú decidiste, por la
misma razón, comprarte un suéter de ese color. Y cosa curiosa, la chica a tu
diestra trae el cabello lleno de rastas color rosa mexicano. Entre bocado y bocado, alzas la vista y
sorprendes a ese par mirándote sin disimulo.
Entonces les anuncias Today is
teacher’s day in Mexico. Ooooh! La exclamación de las gringas es la puerta
abierta a una conversación que se prolongará por media hora. Les cuentas que
llegaste a dar una conferencia, que sí, eres profesor universitario en Mexico y
a ellas les encanta Mexico ¿Lo conocen? Sí, sí.
Te dicen muchas cosas; algunas las entiendes. Más importante. Ellas te
entienden a ti con la llave de la amabilidad que casi siempre poseen las
personas finas y educadas. Y con esos gestos alentadores, risas y exclamaciones
de sorpresa, te vas explayando y sacas tus perfumes, con esa alegría infantil
de quien abre una bolsita de dulces con ojos de maravilla. Por poco y te pones
a perfumar a todo el mundo. Están tan contentos los tres, que cuando llegan los
platos de ellas, les haces gestos, celular en mano, y ellas te permiten que tomes
fotos a los guisos de fantasía. No sabes bien de qué va la conversación, pero
estás muy contento porque las chicas no solo no te relegan. Te escuchan
con atención, te ceden el papel de protagonista en la película; hablas del agua, la
conferencia, la coincidencia feliz de festejar ese día la actividad que más te
apasiona; dar clases. No lo sabes, pero otra
vez eres un niño feliz que les agradece a sus compañeras porque te han dejado
quedarte en el primer lugar de la fila. Un mesero solícito llega a tomarles la
foto y tú, conmovido, le dices a la chica de la cabeza rosa: You are a beautiful person! Te despides
diciendo tu nombre y añades, por curiosidad, ¿y ustedes, quiénes son?
El doctor, mientras tanto, ha desaparecido en las profundidades
del baño. Le cuesta entender tu entusiasmo por una mujer rubia y su pareja, una extraña
que, según él, se parece a Lady Gaga. No sabe que tú mismo fuiste un niño
célebre por su extravagancia. Que llegaste un día a la secundaria con la
corbata de foquitos encendidos que tú mismo diseñaste, haciendo caso omiso de
las descargas eléctricas y las críticas ajenas.
En ese momento, aparece la chica oriental y te dice que sí, puedes
asomarte al restaurant. O eso entiendes. Para tu sorpresa, te lleva directo a
la cocina. Y comienza el tour. El Atelier, la cocina, la presentación de todos
los chefs, uno a uno. ¡Por dios! No sólo
no te corren de la fila. Te van presentando como el embajador del optimismo y
cuando llegas a la pequeña sala principal del restaurante galardonado con tres
estrellas Michelin, resulta que hay un equipo de televisión filmando. Tu guía le dice a todo el staff del Atelier
Crenn que llegas de México; uno de ellos, el pastelero, te saluda en Español y
los demás aplauden. Las cámaras de televisión te filman. De vuelta a la cocina, la ves y te acercas a
Dominique, absorta en la preparación de un plato. Casi no respiras. La
televisión no le hace justicia; piensas. Es mucho más bonita en vivo. A tu niño interior le dijeron que las pinches viejas no podían ser las jefas. ¡Pero qué diablos! Pides una
foto con ella al fondo, entregada a la labor que le apasiona. Dominique se da cuenta y entonces, muy
amable (¡pura generosidad de gente por ahí!), suspende su actividad y se acerca
para fotografiarse contigo. Además llama a un señor con cuerpo de gimnasio y
camisa blanca: ingenuo, crees que la
reina de la cocina queer de San
Francisco te está presentando a su esposo.
Sin saberlo, acabas en una foto, flanqueado por dos de los chefs más
famosos del mundo: Dominique Crenn y Quique Dacosta.
Sales del restaurante flotando.
El sueño se diluye con el aguacero descomunal que los recibe en la
calle. Sin carroza, sin Uber, despistados y con las varillas destrozadas de la
sombrilla de diez pesos, al primer ventarrón. Luego de un rato de correr a nowhere,
se suben con el primer conductor de autobús que se apiada de dos mexicanos
ensopados. Los pasajeros solidarios: un homeless, una rubia guapísima, un señor
trajeado. Todos les van dando indicaciones sobre como llegar a la estación del
tren. Y en eso sucede algo de cuento. El autobús se descompone y ahí van, todos
para para abajo, homeless and fancy people.
También ustedes dos, anónimos doctores expertos en agua y geografía, lejos
del tren pero frente al Golden Gate. El
doctor está francamente decepcionado; ni siquiera puede ver bien la construcción,
a causa de la lluvia. A ti eso te vale mucho
menos que Matrix.
Un par de horas más tarde, cuando le envíes las fotos tomadas en el
restaurante a tu mujer, sabrás por ella que la chica de las rastas no es otra
que una que una de las dos directoras de tu película favorita, esa que has
visto tantas veces, primero en el cine y luego en blue ray. Lana o Larry, el
director, que decidió un día, junto con su hermana, que nadie le pondría
etiquetas.
Llueve en el puente. Y cae el agua también en la azotea de un
edificio altísimo, donde un niño pequeño decide que nadie, sino él, medirá su
estatura. Eres pura emoción y esa no cabe en ningún cielo raso. En algún lugar
una mujer escribe tus pensamientos mientras bebe vino. Y al igual que entonces,
aquella noche lejana en un salón de clases del Claustro, estás empapado de
felicidad.
Ciudad
de México, 22 de mayo de 2019.