lunes, 27 de mayo de 2019

Obituario

Hasta pronto, Paty.

Parece mentira que la vida pase tan pronto, que ayer estuviéramos corriendo todos en tropel cuando sonaba la chicharra.  Era la hora de la salida y el patio se llenaba de colores blanco y guinda, el uniforme de la Escuela Secundaria Técnica número uno.  Todos corrían rumbo al autobús que los llevaría al centro, porque la escuela frente a la Catedral había sido demolida ya y las nuevas instalaciones, periféricas, estaban próximas al entronque del periférico y a la carretera Panamericana que conduce a Comitán.

En esos años de secundaria nos tocaría presenciar la lluvia de ceniza del Chichonal que empezó con una lluvia de polvo finísimo apenas perceptible en las camisas blancas, ante la alarma de los profesores.  De inmediato nos mandaron de vuelta a casa, aquella mañana en que se hizo de noche a mediodía.

Los autobuses conducidos por don Lupe y su amigo El Gato hacían varios viajes para dejar a los compañeros en lugares más próximos a los barrios donde vivían.  El centro era entonces un lugar por donde se podía caminar con tranquilidad.

Algunos partían a Santa Lucía; otros a Mexicanos, a la Merced o a Guadalupe. Dos compañeras del grupo eran de San Ramón. Una de ellas, bajita y aguerrida, con una larga cabellera de color castaño, vivía en la calle principal del barrio, célebre por su pan. Paty Velasco, famosa por su hospitalidad, nos recibió incontables veces en las puertas abiertas de su casa.  No importaba caminar hasta allá, porque a las personas generosas se les busca y se les quiere, porque sí, se lo han ganado.

Los años y la vida llevaron por rumbos diversos al grupo F de Contabilidad.  Paty se fue a la capital del estado, estudió administración y luego supimos que se había marchado a administrar un hotel en Palenque.  Hará apenas dos años reapareció, en una reunión de compañeros de secundaria y no dejó de sorprendernos que siguiera, ya no con el pelo largo, pero sí con su afabilidad característica.

Hoy esa Paty Velasco de antaño vuelve a estar más presente que nunca. Quisiéramos despedirla con las risas y porras del autobús o con la imagen de los portafolios rojos apilados afuera del salón. Tal vez con la voz del maestro Chusito pidiendo que por favor guarden silencio todos. ¡Y nada! El relajo subiendo de tono.  No sé, quizá otro buen recuerdo sean los rebotes de los balones de basquetbol en las canchas o hasta el rumor de las máquinas de escribir. Hasta el frío de las siete de la mañana sabe mejor cuando va uno a reunirse con los amigos en una escuela cubierta aún por la neblina.

Parece mentira que la vida pase tan pronto. Hoy estamos todos con un poco de sueño; hemos regresado el tiempo y estamos todos en clase de siete de la mañana.  Se escucha la voz de la maestra Silvia Luna pasando la lista.  Todos, uno a uno, levantamos la mano para decir presente y así, con nuestros recuerdos, afectos y nostalgias, con un abrazo enorme a sus familiares, acompañado de un café con pan de San Ramón, le decimos un hasta pronto a nuestra querida compañera Patricia de Jesús Velasco Culebro.

Descanse en paz.

Los compañeros del grupo F de la  Secundaria Técnica número 1.
Generación 1980-1983.




miércoles, 22 de mayo de 2019

Tarde de lluvia en San Francisco




Entras en el bar contiguo aunque desearías haber entrado por la puerta grande del restaurante de fama mundial.  Deseo un poco difícil, considerando que tendrías que haber reservado tu mesa varios meses atrás y pagar un menú de degustación que excede, con mucho, lo que podrías permitirte con tu exiguo salario de maestro.  Bastante has hecho ya con llegar hasta San Francisco, cargando tres maletas, una computadora vieja y  grande como un elefante y unas imágenes sobre máquinas e inventos hidráulicos del virreinato.  Siempre te han gustado las invenciones. Desde niño te daba por desarmar los juguetes, para saber cómo estaban construidos.

Antes del viaje, tu hijo te hizo una observación. Papá, San Francisco es una ciudad y también es un santo.  Un santo, por cierto, del cual llevas el nombre, aunque todo el mundo se refiera siempre a ti por el apellido. Es el santo de la pobreza y la renuncia.  Pero tú ya naciste pobre y para renunciar, primero tendrías que conseguir aquello que vas a dejar.

Así pues, hiciste tus maletas y tomaste una decisión. Luego de tu ponencia en la universidad, irías hasta San Francisco en tren, para cenar en el Atelier Crenn. Desde que viste el programa Chef Table en Netflix, la idea se quedó en tu cabeza, sobre todo porque tu esposa expresó su deseo de ir algún día.  Y hay un placer en adelantarse a los deseos ajenos. Más si son deseos vehementes. Hay una curiosidad por saber si te sabrá tan bien como a ella, porque sus gustos rara vez coinciden con los tuyos. Y aunque ya te advirtió que al Atelier no puedes caer de sopetón, como acostumbras, ya investigaste que también hay un bar para el que no se necesita reservación. También te ha pedido que le mandes fotos. Está esperando verte de pie, con la fachada del lugar a tus espaldas.  Pero no te muestres demasiado feliz. Le dolerá.

El pronóstico del tiempo anuncia lluvias para los días probables de tu visita a la capital del mundo gay. Las lluvias han jugado un papel importante en tu vida. Por citar un ejemplo, la primera vez que tu esposa te vio, estabas calado hasta los huesos.  Llegaste hasta el salón de clases, temblando de frío y ella te dedicó una de sus sonrisas burlonas, desde el interior del salón. Le hizo gracia tu largo impermeable y tus zapatos de ante azul. Aunque tu copete había cedido a los embates de la lluvia, las patillas y los zapatos  peculiares hubieran podido decir que eras la versión franciscana de Elvis Presley.  Hoy te vendría bien para el viaje aquel impermeable de tus tiempos universitarios. En cambio, eliges de entre todas tus sombrillas, la que pesa menos. La compraste afuera del metro, en una emergencia.

El bar tiene cortinajes negros; en contraste con la atmósfera oscura, hay una barra blanca y brillante como el mármol.  Todos elegantes; tú con el saco negro para las ocasiones especiales.  Menos mal no se te ocurrió llegar de smoking, como en la boda de Miguelón.  El mesero ofrece disculpas, no hay mesas desocupadas. Sólo hay lugar en la barra.  Estudias el espacio mientras le dices, con tu inglés practicado en una aplicación del celular, que quieres conocer el restaurante. El next door restaurant.  Lo de las mesas podría desanimar a cualquiera pero no a ese niño que se iba hasta el primer lugar de la fila en la primaria. En vano el maestro señalaba que la formación era por estaturas, el más alto a la cabeza. La clasificación te tenía sin cuidado y claro, cuando llegaba el profesor a moverte, lo veías con cara de, ¿quién se cree este tipo? ¿Es que no me ha visto bien?

Eliges uno de los extremos de la barra; un ángulo providencial. Desde ahí los ves a todos. Y recibes una carta que es una pequeña obra de arte; una cajita mágica con ilustraciones; no resistes la tentación de tomarle una foto. Para entonces, el mesero ya llamó al capitán y éste a una chica oriental, una hostess o un genio de la lámpara maravillosa, para hacerle saber tu petición. El doctor universitario que te acompaña está escandalizado; dice que sólo va a tomar agua.

¿Agua? Pues sí, ese es el tema de tu ponencia; agua, diques virreinales, aguaceros, drenajes profundos, maquinarias y emergencias. El agua ha sido tu vida. Y por lo mismo, le vas a pedir al sommelier una botella de champagne, aunque solo sea para la foto y al final te conformes con una sola copa.  Pero en la comida sí que no escatimas. La pesca del día en San Francisco, la que preparan frente a tus ojos ávidos; no has comido desde hace varias horas y vas viendo como el chef desmenuza maravillas en una cacerola gigante.

Tu acompañante enfurruñado no sabe, ¿cómo podría?  que quien está pidiendo ese plato magnífico no es otro que un niño oaxaqueño que jamás conoció un restaurante y  sólo sabía la palabra Michelin por la marca de las llantas.  Si tu mujer pudiera verte en ese momento, embelesado, renunciaría a sus ganas de ir allá y te regalaría una reservación priceless al reino de la felicidad.  

El otro investigador, en cambio, bebe del pozo del desconcierto; desde que llegaron en tren, no ha hecho más que seguirte en tus correrías en Uber que desembocan en una perfumería de una zona donde todo es elegante. Eliges las fragancias y ves cómo van envolviendo los frasquitos en papel de china negro, como las cortinas del Atelier. Y ahí estás en el bar, con tu pesca del día y la bolsita con dos frascos de esa agua destilada de flores y pachuli. Es la esencia favorita de ella.

Empieza el festín. Tienes ante ti la cacerola y no vas a parar hasta comerte el último ostión.  Qué de maravillas salen del mar. Y entonces ¡Aguas!  El doctor observa, estupefacto, a una pareja de mujeres recién llegadas y no puede evitar darte un codazo, pero ni caso le haces porque ¡ah, qué buena está la pesca!  Si ya estaba espantado con tu forma de comer, ahora el doctor casi se atraganta con el agua.  De toda la barra, la pareja elige sentarse justo a tu lado derecho, hombro con hombro, como si fueran sufragistas rumbo a una manifestación. Hasta parecen contagiadas de tu entusiasmo.  El doctor, amparado en su español ¡ja!, empieza a especular contigo sobre el género de las recién llegadas.

Tu acompañante supone tu complicidad de macho oaxaqueño.  Es verdad que tu padre decía que sólo los maricas pueden usar un suéter de color rosa, pero un día tú decidiste, por la misma razón, comprarte un suéter de ese color. Y cosa curiosa, la chica a tu diestra trae el cabello lleno de rastas color rosa mexicano.  Entre bocado y bocado, alzas la vista y sorprendes a ese par mirándote sin disimulo.  Entonces les anuncias Today is teacher’s day in Mexico.  Ooooh!  La exclamación de las gringas es la puerta abierta a una conversación que se prolongará por media hora. Les cuentas que llegaste a dar una conferencia, que sí, eres profesor universitario en Mexico y a ellas les encanta Mexico ¿Lo conocen? Sí, sí.  Te dicen muchas cosas; algunas las entiendes. Más importante. Ellas te entienden a ti con la llave de la amabilidad que casi siempre poseen las personas finas y educadas. Y con esos gestos alentadores, risas y exclamaciones de sorpresa, te vas explayando y sacas tus perfumes, con esa alegría infantil de quien abre una bolsita de dulces con ojos de maravilla. Por poco y te pones a perfumar a todo el mundo. Están tan contentos los tres, que cuando llegan los platos de ellas, les haces gestos, celular en mano, y ellas te permiten que tomes fotos a los guisos de fantasía. No sabes bien de qué va la conversación, pero estás muy contento porque las chicas no solo no te relegan. Te escuchan con atención, te ceden el papel de protagonista en la película; hablas del agua, la conferencia, la coincidencia feliz de festejar ese día la actividad que más te apasiona; dar clases.  No lo sabes, pero otra vez eres un niño feliz que les agradece a sus compañeras porque te han dejado quedarte en el primer lugar de la fila. Un mesero solícito llega a tomarles la foto y tú, conmovido, le dices a la chica de la cabeza rosa:  You are a beautiful person! Te despides diciendo tu nombre y añades, por curiosidad, ¿y ustedes, quiénes son?

El doctor, mientras tanto, ha desaparecido en las profundidades del baño. Le cuesta entender tu entusiasmo por una mujer rubia y su pareja, una extraña que, según él, se parece a Lady Gaga. No sabe que tú mismo fuiste un niño célebre por su extravagancia. Que llegaste un día a la secundaria con la corbata de foquitos encendidos que tú mismo diseñaste, haciendo caso omiso de las descargas eléctricas y las críticas ajenas.

En ese momento, aparece la chica oriental y te dice que sí, puedes asomarte al restaurant. O eso entiendes. Para tu sorpresa, te lleva directo a la cocina. Y comienza el tour. El Atelier, la cocina, la presentación de todos los chefs, uno a uno. ¡Por dios!  No sólo no te corren de la fila. Te van presentando como el embajador del optimismo y cuando llegas a la pequeña sala principal del restaurante galardonado con tres estrellas Michelin, resulta que hay un equipo de televisión filmando.  Tu guía le dice a todo el staff del Atelier Crenn que llegas de México; uno de ellos, el pastelero, te saluda en Español y los demás aplauden. Las cámaras de televisión te filman.  De vuelta a la cocina, la ves y te acercas a Dominique, absorta en la preparación de un plato. Casi no respiras. La televisión no le hace justicia; piensas. Es mucho más bonita en vivo. A tu niño interior le dijeron que las pinches viejas no podían ser las jefas. ¡Pero qué diablos! Pides una foto con ella al fondo, entregada a la labor que le apasiona. Dominique se da cuenta y entonces, muy amable (¡pura generosidad de gente por ahí!), suspende su actividad y se acerca para fotografiarse contigo. Además llama a un señor con cuerpo de gimnasio y camisa blanca: ingenuo, crees  que la reina de la cocina queer de San Francisco te está presentando a su esposo.  Sin saberlo, acabas en una foto, flanqueado por dos de los chefs más famosos del mundo: Dominique Crenn y Quique Dacosta.

Sales del restaurante flotando.  El sueño se diluye con el aguacero descomunal que los recibe en la calle. Sin carroza, sin Uber, despistados y con las varillas destrozadas de la sombrilla de diez pesos, al primer ventarrón. Luego de un rato de correr a nowhere, se suben con el primer conductor de autobús que se apiada de dos mexicanos ensopados. Los pasajeros solidarios: un homeless, una rubia guapísima, un señor trajeado. Todos les van dando indicaciones sobre como llegar a la estación del tren. Y en eso sucede algo de cuento. El autobús se descompone y ahí van, todos para para abajo, homeless and fancy people.  También ustedes dos, anónimos doctores expertos en agua y geografía, lejos del tren pero frente al Golden Gate.  El doctor está francamente decepcionado; ni siquiera puede ver bien la construcción, a causa de la lluvia.  A ti eso te vale mucho menos que Matrix.   

Un par de horas más tarde, cuando le envíes las fotos tomadas en el restaurante a tu mujer, sabrás por ella que la chica de las rastas no es otra que una que una de las dos directoras de tu película favorita, esa que has visto tantas veces, primero en el cine y luego en blue ray. Lana o Larry, el director, que decidió un día, junto con su hermana, que nadie le pondría etiquetas.

Llueve en el puente. Y cae el agua también en la azotea de un edificio altísimo, donde un niño pequeño decide que nadie, sino él, medirá su estatura. Eres pura emoción y esa no cabe en ningún cielo raso. En algún lugar una mujer escribe tus pensamientos mientras bebe vino. Y al igual que entonces, aquella noche lejana en un salón de clases del Claustro, estás empapado de felicidad.



Ciudad de México, 22 de mayo de 2019.