jueves, 11 de abril de 2019

Salutación desde las entrañas

A menudo me pregunto si Jesús, al ver a los niños que salían a recibirlo con palmas, se habrá preguntado a su vez qué de historias había tras aquellos rostros infantiles. ¿Cuántos de esos niños tenían padres, quiénes eran felices y tras cuantas miradas se escondían historias de abusos y maltratos?
Se es niño aún con un abuso sexual a cuestas. Ozzy Osbourne, Marylin Manson, Tatum O'Neal lo confirman, son algunas de las celebridades que, según el periódico Reforma del día de ayer, sufrieron esa pesadilla en su infancia.
Algunos abusos son más sutiles, pero igualmente violentos. Y paradójicamente, el victimario se erige como víctima. El rechazo a un niño, por su proclive inclinación a la homosexualidad, no está contemplado dentro de los ultrajes mayores, pero sí el abuso psicológico, que viene a ser lo mismo, desde mi punto de vista. ¿Y las dulces madres que lo perpetran? O mejor debiera yo decir, lo perpetúan, como quien borda un delicado sudario con manos primorosas, sin por ello dejar de encajar la aguja de las ironías y las miradas de reproche.
Él tiene treinta y ocho años de tener madre. La señora, vaya prodigio, ni cuenta se dio que a ella le hacía falta la suya. Y ahora, en la antesala del hospital, llora y reza rosarios interminables, me mira a los ojos y me pregunta: "¿qué le hice a mi hijo para que se enojara conmigo? Si tan sólo hubiera tenido el valor de preguntarle." Toda la sala donde mi amigo está internado en terapia intensiva se lo grita a la cara, pero ella no quiere verlo. Su hijo, señora, está sin defensas desde que era un niño. Mentira que un virus se inoculara en su cuerpo hace unos años, cuando él era un kamikazi suicida arriesgándolo todo por las callejuelas de Europa. Aquel niño de las viejas fotos que cuelgan en la sala del hogar familiar, se entusiasmaba hasta el delirio cuando veía a su madre llegar del salón de belleza engalanada para las fiestas. Después se convirtió en un adolescente que gastaba sus quincenas en regalar abrigos de pieles a su madre y hermanas.
¡Que viva la vida fastuosa y la celebración del espíritu femenino, qué él amaba tanto!
Pero ese amor femenino se le negó a mi kamikaze tanto como se le dio el placer a manos llenas con los incontables hombres que conoció en su vida. De esas andanzas me contó muchas veces, cuando bebíamos café y él se perdía en sus recuerdos que se esparcían por la casa como el humo de los cigarros que fumaba sin descanso. En una de esas charlas me dijo que iba a probarme cuánto me quería y me hirió profundamente al hacerme cómplice de su secreto.
¿Para qué me lo dijiste, si no querías que llorara, "ni mucho menos compasión"? Tuve que hacerme un nudo en la garganta y protestar por su franqueza. Y después, actuar como si nada hubiera pasado o mejor bromear por el "vivi" como él le llamaba.
Nos fuimos a los temazcales, subimos pirámides en Teotihuacan y bebimos tequila cantando las canciones de Paquita, en la Guerrero. Le gustaba recordar a su padre, amante de la bohemia yucateca, y decía que se había ido en abril, dejando tan sólo sus cenizas en una playa de Acapulco.
Hoy es abril. Mi entrañable amigo, porque sí, yo lo llevo en las entrañas, está en el hospital, en la fase más severa de la neumonía, y con un tubo en la traquea que le impide hablar y responder a las súplicas de su llorosa madre. En la sala de espera, los familiares invocan un milagro y un cura llega todas las noches a darles los santos óleos a los que yacen en las camas del pabellón de infectología.
Llegamos ya a semana santa y la señora vive su calvario con un estoicismo digno de una mater dolorosa. Seguramente mi amigo protestaría por mi tono zumbón. Él amaba a su madre y hace largo rato le había perdonado ya su incomprensión y su resistencia a abordar el tema incómodo. "De tus cochinadas, hijito, no quiero hablar."
Pero yo me inclino por la ironía, porque no quiero llorar a la muerte que ronda en los pasillos, y si celebrar el amor a la vida, consustancial a un hijo que encaró su vida con una valentía que ya quisieran los más machos.
Cierto que no puedo evitar referirme en pasado a un amigo que aún está vivo. Debe ser porque, de alguna manera, me cuesta trabajo asociar a este que yace con tubos y sondas en una cama de hospital, con ese otro que vino corriendo a felicitarme el día de mi cumpleaños, y me dejó un París de YSL como regalo, y ahora yo no quiero usar, por temor a que se me acabe esa estela de afecto que me trae su risa y huele a rosas y armonía.
¿Cuántas veces morimos en nuestra existencia? ¿O cuántas veces nos parimos?
En un intervalo de rezos y plegarias, supe que la señora parió varios hijos y que antes de mi amigo enfermo, nació una niña que sólo vivió cuatro meses. Después vino un varón, y vaya que la tuvo difícil. Llenar el vacío que había  dejado su hermanita. Era abril cuando mi niño alborozado con los salones de belleza recibió sus resultados positivos. "Fue mi regalo del día del niño", decía sonriendo. Y en su sonrisa no había amargura alguna ni afanes de victimización. Curiosamente su madre sí los tiene y muy fuertes. La veo andar renqueando por los pasillos y pienso en estas paradojas del destino: parece ella la
moribunda. Él, en cambio, se ve con la piel tersa y la barba crecida. Incluso ha ganado peso. Ésta bien podría ser una metáfora: la agonía lo hace crecer y su presencia agobia a los familiares, que no sabían su secreto y preferían ignorar ese dejo de niña traviesa en su voz.
¿Y ahora quién me va a pintar el pelo? Le pregunto yo junto a su cama, mientras tomo su mano y las lágrimas me escurren por las mejillas. Si esto fuera una tragicomedia, la señora podría agregar: ¿y ahora quién va a pagar los recibos de la luz en la casa?
No cabe duda, estoy enojada con la madre desmemoriada que nunca entendió que la niña estaba muerta y el hijo vivísimo, frente a ella. Ya ni mi amigo durmiente, que está sedado hace una semana, para que no intente quitarse el tubo que le da oxígeno, tiene tiempo para rencores. A él le queda el amor que repartió, porque sabía decir "te amo" y llorar, reír y abrazar a sus amigas, a las que trataba como reinas.
Yo tuve el privilegio de salir de su brazo rumbo a una fiesta, luciendo peinado y un tinte de su creación, porque mezclaba colores, humor y mucho humo de cigarro en sus sesiones de belleza. "Estás hecha un bombón" me dijo cuando salimos juntos de la casa. "Lástima que tú y yo sólo podríamos limarnos las uñas en la cama".

Ciudad de México, 9 de abril de 2006.

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