“Ni tú ni mi madre saben lo que es pasar hambres; siempre las han
mantenido”. La frase sale de sus labios
con la superioridad moral de quienes afirman “yo siempre he trabajado, a mí
nadie me regaló nada”. Está bien. Pero
añade: “Jamás he explotado a alguien”. A ver si puedes, capitalista.
Dorotea nunca dice su edad.
La fecha de mil novecientos treinta y tantos está escondida como su fe
de bautismo, en una parroquia de un pueblo del sureste mexicano. Es la tercera
de una familia de siete hijos. Para bautizarla, sus padres consultaron el
santoral. Su género decidió su sino del nacimiento a la muerte: servir. Dora, la humilde servidora. A cargar con
su cruz.
A propósito de dependencias, conviene recordar que todos los seres
humanos pasamos por una etapa inicial de manutención. Dependemos de otros. De
no ser así, moriríamos a las pocas horas de llegar al mundo. ¿No nos repiten
hasta el cansancio, cuando nos quejamos de nuestros padres, que gracias a ellos
no morimos de hambre y de frío? Que luego algunos no queramos abandonar la zona
de confort es otro asunto. El mismo Dorito quería vivir con sus padres hasta en
la eternidad. Por lo que a mí respecta, no desdeñaría una pensión vitalicia y
hasta un postdoctorado. Pero doña Dora es otro cantar.
¿Mantenida tu mamá? “Lo digo como cumplido”, enfatiza el Dorito.
“Yo la admiro por vivir de otros”. ¡Ah,
caray! ¿Entonces es Dora la vividora?
El juego de sumar adjetivos con rima continúa. Me reservo algunos.
Por un lado, la palabra “mantenido(a)” es un insulto en este país.
Por otro, es la ambición secreta de muchos. Todos quieren estar en la nómina,
en la partida secreta o ser aviadores sin escrúpulos. Que nos mantenga papá
gobierno. Y el que trabaja recibe ataques. Los lords y las ladies borrachas de
las redes sociales insultan a los empleados con términos como “pinche gato” y “asalariado
de mierda”.
Las acepciones varían según el género. “Mantenida” es a todas
luces peyorativo; si tiene lana, es una señora que sólo se ocupa en pintarse
las uñas e ir al gym. Si es pobre es un
ama de casa que se parte el lomo atendiendo a su familia y se le acusa de
fodonga y de “no hacer nada”. “Mantenido”
puede ser sinónimo de estatus: gigoló, vividor, padrote. Sin embargo, también se le equipara con el
mandilón, hombre dominado por su mujer o que hace labores domésticas. El gremio
lo ridiculiza y hasta duda de su virilidad. La mujer puede quedarse en casa a
criar a los hijos; si un hombre decide hacerlo, le llueven los ataques.
En el estado de Oaxaca se pregona, con orgullo, el empoderamiento
de sus mujeres. Decimos Juchitán y nos viene a la mente el matriarcado y el
traje de tehuana. Lástima que Dorita no nació ahí sino en un poblado recóndito
a donde se llega, en pleno siglo veintiuno, por caminos empolvados de
terracería. Y si eso es ahora, cuando Dorita llegó al mundo los patriarcas eran
la autoridad absoluta y las mujeres no contaban más que como súbditos de los
varones: papá, hermanos, tíos; hasta el cura. Y después el marido. Si Dora no
se casaba, tenía dos opciones: vivir en la casa paterna, mantenida por los
padres. Dora la chambeadora sin goce
de sueldo. O bien, sirvienta en casa ajena.
El padre de Dora se casó con una mujer inmensa de piel blanca y largas
trenzas, cualidades muy apreciadas en el pueblo. La blancura para mejorar la
raza; las trenzas para jaloneárselas. El señor, celoso en extremo, le propinaba
unas palizas ejemplares a su esposa, un día sí y el otro también, y después
lloraba, arrepentido. La güera soportó estoicamente las madrizas hasta el día
de su muerte. No sorprende que todas las Doritas se casaran con hombres
golpeadores, si ahí no había más escuela que los madrazos y las oraciones. Dora la rezadora. Encomiéndate a dios
porque vas a pagar tu sustento con mano de obra.
El viudo jamás se preguntó quién lo iba a mantener. En el pueblo
esa cuestión está zanjada desde tiempos inmemoriales: todos los hijos nacen
para mantener a los padres hasta la muerte de éstos. Es la tradición del
pueblo, dicen los Doritos. Y antes era peor. En la primera mitad del siglo
veinte, las niñas ni siquiera iban a la escuela. Si acaso un año, para aprender
los rudimentos de la escritura y la gramática. Un profesor les sacaba del
cuerpo su lengua materna, a punta de reglazos, porque “hablar idioma” era motivo de discriminación. A la fecha, Doña Dora sólo habla esa otra
lengua con su marido, cuando nadie más la escucha.
La servidumbre de Dora y sus hermanas, comenzó con las labores de
la casa, y una vez que estuvieron grandecitas, fueron enviadas a las capitales
del estado y del país, sucesivamente, para trabajar como empleadas domésticas.
Cada mes llegaba a visitarlas uno de los hermanos mayores, para recoger el
salario íntegro y enviarlo a los padres. Dora
la proveedora. Ellas sabían que si se atrevían a guardarse algo, el castigo
no se haría esperar. De esos años queda aún la imagen de una niña anciana y silenciosa,
que comía poco y mal, escondida en un rincón de la cocina.
En una de esas raras visitas a la casa paterna, alguien se fijó en
Dora. La muchacha era ya una solterona de treinta años. Una tradición del
pueblo exigía que el pretendiente llegase a barrer la casa de la novia antes de
la boda, en un gesto de sumisión a la familia política. El novio de Dora se negó a cumplir el ritual.
¿Para qué –dijo el soberbio-, si ella es la
barredora? Bonito nombre, reducido a la categoría de trabajos forzados:
secadora, lavadora, planchadora. Hasta recogedora.
El marido tenía afanes de superación, así que emigró con su esposa
a la ciudad de México. Pero la mejoría no incluía la emancipación de su señora.
Él tenía la misión de mantenerla a ella y a sus hijos. Y ella, continuar siendo
la sirvienta de la casa, además de recibir burlas, infidelidades y golpes de un
señor que necesitaba afirmarse por la vía de la humillación y la violencia. Por
añadidura, Dora la aguantadora volvió
a emplearse como sirvienta, porque no alcanzaba con el salario del señor.
Hoy doña Dora es una anciana que renguea pero aún cocina, barre y
lava a mano aunque ya tiene lavadora. No acepta que los Doritos le paguen una
ayudante, porque su marido tiene el hábito de enamorar a las sirvientas
jóvenes. Es una mujer que borró su identidad para construir la de otros. Habla
poco pero eso sí, alza la voz cuando se trata de defender los valores de una
buena mujer del pueblo; la sumisión y la invisibilidad. Desaprueba que sus
hijos hagan labores caseras (¡si para eso se casaron!) y lamenta no haber
tenido una hija que la cuidara hasta su muerte.
Es paradójico darle el atributo de mantenida a una mujer que ha
dedicado una vida entera a sostener la economía familiar. Más paradójico, que
su hijo le atribuya una condición privilegiada que jamás tuvo y disfrace con un
eufemismo su servidumbre. Esa palabra
tiene un tinte de vergüenza inconfesable. A Dora no podemos adjetivarla como triunfadora. No tiene permiso. Si acaso,
no dudo que haya disimulado su hartazgo. Sólo he visto sus atisbos de rabia cuando me
niego a probar su comida. Ella, la que come poco, quiere darme una sopa de su
propio chocolate.
Me levanto, pues, a lavar los platos, con un clásico de Laura León
a la hora de realizar los quehaceres: La
abusadora . Y mientras abro las llaves y acomodo los trastes, voy fraguando
un texto en mi cabeza. No sé lo que es pasar hambres. Sólo sé que la venganza
es un plato que se sirve frío y se come despacio.
15 de marzo de 2018.
