jueves, 22 de febrero de 2018

Puños de Oro





"Soy un chavo; un chavo de diecinueve años".  La afirmación categórica nos desternillaba de risa a todas las sobrinas. Estábamos en la secundaria, yo no cumplía aún los quince años y me dejaba alegrar por lo absurdo de esa afirmación en boca de un señor canoso de cincuenta años.  La edad y las canas características de los Flores que yo misma tengo ahora.

Jamás pasó por mi cabeza que el hermano mayor de mi padre estuviese diciendo la verdad.  Creí que su dicho era un delirio de juventud, una fanfarronada de quien se resiste a abandonar sus años mozos y traspasar el umbral, para vivir, con suerte, otro medio siglo de vida.  Y aunque moríamos de risa, la incredulidad no nos impedía festejar las ocurrencias del tío Jorge. Narrador nato, estaba presto a contarnos sus hazañas y a hablar de la legión de admiradoras que no cesaban en su afán de conquistarlo.  “Tentación de más de mil mujeres”, era la frase zumbona del tío Juan.

Y había tentación para rato.  Jorge Flores, conocido en el ambiente del pugilismo como Puños de Oro, tenía anécdotas para tirar pa’rriba debidas, en parte, a su versatilidad laboral: contador privado, maestro de archivonomía y mecanografía, supervisor en una fábrica de hilados y tejidos, comandante de policía, inspector, periodista, administrador del mercado… Tantos y tan variados quehaceres, que la vorágine de su vida le había impedido ejercer a cabalidad.  Y era imparable. Para 1982, ya había descubierto el esoterismo, tenía varias fotos del gurú Sathya Sai Baba en la sala de la casa, donde vivía con su mamá y estaba en proceso de aprender los métodos de sanación, de la mano de su amigo y guía espiritual José Antonio, alias El Tzotziro.   

Además de los oficios de ocasión, una vida vertiginosa, un caos a partir de su inmersión en el alcohol, eran materia para su amena charla, con episodios que al cabo de los años se hicieron emblemáticos: la serenata que terminó a golpes, los seis balazos que recibió en la calle real, convertida hoy en Andador Guadalupano, las madrizas que le propinaron aquí y allá por saltarse la decencia y las buenas costumbres.  ¡Ay, niño! El día en que tú naciste, temblaron todos los Flores…  Pero no todo eran anécdotas que hubieran reprobado las buenas conciencias.  Antes del culto a Baco, Puños de Oro fue un consumado deportista que brilló en el boxeo, el ciclismo, el beisbol, el futbol, la natación y las artes marciales. El chambelán ideal, pues.

Al escucharlo hablar, era difícil no contagiarse de su entusiasmo, de aquel torrente verbal en línea hiperbólica donde Puños de Oro era la figura central. Un antihéroe incomprendido que remataba sus cuentos diciéndome: si te fijas, sobrina, al final soy siempre el que acaba mal.  Yo me convertí desde entonces en una escucha fiel de sus historias. Me fui aprendiendo los episodios, les puse nombre y le pedí que me los contara una y otra vez. Corregidos o aumentados,  nunca me interesó la veracidad o la comprobación de datos.  Valía madres. Lo fantástico era escuchar su versión. La capacidad de trasmutar los imponderables y la monotonía de la vida cotidiana en pirotecnia verbal. Desdeñar los pecadillos propios y arremeter contra los otros, esos sí, grandes pecadores.

Para una chica de quince años, amante de los libros, tío Jorge era la materialización de los personajes de ficción.  Poder emocionarse y seguir los pasos de aquel aventurero sitiado una vez en un hospital de la ciudad de México, con la cabeza vendada. Reproducir la escena en mi cabeza: Puños levantando una hoja de la persiana, asomándose, desconfiado, para ver si aquéllos que querían ultimarlo seguían ahí.  Eso era mejor que cualquier libro o programa radial de Kalimán.

Que linda está la mañana, en que vengo a saludarte… Porque lo inverosímil era estar ahí, frente a ese señor ya gordo, comilón pero no carnívoro. Ese chavo que salía a correr todas las mañanas por el cerrito de San Cristóbal, con sus pants rojos y una toalla colgada al cuello.  Pensar que quien contaba las historias había estado al borde de la muerte y que en ese estado lo habían llevado a la capital chiapaneca, por la carretera libre.  El tío Jorge siempre remataba esa historia con una reflexión: “Todos los que me llevaron a Tuxtla, agonizante, ya están muertos.” Y seguía almorzando.

Puños sobrevivió. Sobrevivió a sí mismo, a su carácter errático y a los estallidos de furia de los que volvía siempre, confuso y arrepentido . Sobrevivió, y lo hizo en más de una ocasión, superando incluso a los gatos, quienes tienen siete o hasta nueve vidas.  Indudablemente, una de sus grandes hazañas fue haber escapado de las garras del alcohol, después de una borrachera intermitente que le había durado casi veinte años.  Dicen los que saben, que las visiones dantescas que tuvo en la borrachera fueron tan tremendas, que prefirió no volver a tomar, con tal de no contemplar ese horror.

Venimos todos con gusto y placer a felicitarte…  Era un veinticinco de febrero cuando Jorge Flores irrumpió en la fiesta de cumpleaños de doña Carmen Navarro.  Ahí, con acordes de marimba, anunció a los comensales que había dejado de tomar.  Los convidados lo contemplaron creyendo que había enloquecido.  Muchos lo habían esquivado en las calles coletas, cuando lo veían venir, ebrio y empistolado; tenían razón para desconfiar.  Pero Puños cumplió su palabra. Con ayuda de Alcohólicos Anónimos, no volvió a probar una gota de alcohol.

De su aúreo puño y letra fueron saliendo entonces sus anécdotas, mismas que escribía en cuanto papel caía en sus manos.  El reverso de un cartel de la feria o un programa de corridas de toros en la plaza La Coleta, eran un buen lugar para estampar, con mayúsculas, aquello que su memoria le dictaba como sucedido.  La generosidad de Luis Flores, el escritor de la familia, mecanografió los escritos, convertidos después en fotocopias, que el mismo Puños repartía por la ciudad. 


Esas hojas, fragmentos de ese rompecabezas indescifrable que es la vida de Puños, suscitaron sentimientos encontrados en los lectores.  Y me dieron, de paso, una lección invaluable sobre el poder de la ficción.  Los escritos se dividían en dos grupos; las loas a los personajes notables de la localidad, a veces en forma de poemas, y los relatos autobiográficos donde Puños de Oro narraba sus hazañas y de paso ajustaba cuentas con sus enemigos de antaño.  Si alguien lo había amenazado de muerte, golpeado o balaceado, el texto se encargaba de ajustar las cuentas con frases lapidarias: murió pobre y olvidado; se arrastró por el suelo, víctima de una congestión alcohólica…  La objetividad quedaba fuera de los relatos, porque las narraciones en primera persona rara vez están hechas para ponerse en los zapatos de otros. ¿Me viste feo? La ira de Dios te alcanzará tarde o temprano.

Algunos lectores, por supuesto, pusieron el grito en el cielo; peor si eran parientes de los mencionados. En la pila del bautismo, cantaron los ruiseñores…  y yo guardé los escritos.  Para mí, esas historias, antes que nada, muestran el espíritu indomable de alguien que recibe al nacer todos los dones y decide, en un gesto enigmático, apostarlos todos en un palenque de gallos.  Un señor que dicta su vida como le da la gana, a sabiendas de que la realidad a veces es sinónimo de frustración.

La suma de las historias, las hojas repartidas en los andadores coletos son un rompecabezas que hoy empieza a cobrar sentido y deberían convertirse en un libro digno de un personaje memorable de San Cristóbal. Ya viene amaneciendo, ya la luz del día nos vio… Este nueve de febrero, el eterno pugilista de diecinueve años le gana ochenta y seis rounds al tiempo, cincuenta de ellos en perfecta sobriedad.  Feliz cumpleaños.



Ciudad de México; 07 de febrero de 2018.



No hay comentarios:

Publicar un comentario