"Soy un chavo; un chavo de diecinueve años". La afirmación categórica nos desternillaba de risa a todas las sobrinas. Estábamos en la secundaria, yo no cumplía aún los quince años y me dejaba alegrar por lo absurdo de esa afirmación en boca de un señor canoso de cincuenta años. La edad y las canas características de los Flores que yo misma tengo ahora.
Jamás pasó por mi cabeza que el hermano mayor de mi padre estuviese
diciendo la verdad. Creí que su dicho
era un delirio de juventud, una fanfarronada de quien se resiste a abandonar
sus años mozos y traspasar el umbral, para vivir, con suerte, otro medio siglo
de vida. Y aunque moríamos de risa, la
incredulidad no nos impedía festejar las ocurrencias del tío Jorge. Narrador
nato, estaba presto a contarnos sus hazañas y a hablar de la legión de
admiradoras que no cesaban en su afán de conquistarlo. “Tentación de más de mil mujeres”, era la
frase zumbona del tío Juan.
Y había tentación para rato.
Jorge Flores, conocido en el ambiente del pugilismo como Puños de Oro, tenía anécdotas para tirar
pa’rriba debidas, en parte, a su versatilidad laboral: contador privado,
maestro de archivonomía y mecanografía, supervisor en una fábrica de hilados y
tejidos, comandante de policía, inspector, periodista, administrador del
mercado… Tantos y tan variados quehaceres, que la vorágine de su vida le había
impedido ejercer a cabalidad. Y era
imparable. Para 1982, ya había descubierto el esoterismo, tenía varias fotos del
gurú Sathya Sai Baba en la sala de la casa, donde vivía con su mamá y estaba en
proceso de aprender los métodos de sanación, de la mano de su amigo y guía
espiritual José Antonio, alias El
Tzotziro.
Además de los oficios de ocasión, una vida vertiginosa, un caos a
partir de su inmersión en el alcohol, eran materia para su amena charla, con
episodios que al cabo de los años se hicieron emblemáticos: la serenata que
terminó a golpes, los seis balazos que recibió en la calle real, convertida hoy
en Andador Guadalupano, las madrizas que le propinaron aquí y allá por saltarse
la decencia y las buenas costumbres. ¡Ay, niño! El día en que tú naciste,
temblaron todos los Flores… Pero no
todo eran anécdotas que hubieran reprobado las buenas conciencias. Antes del culto a Baco, Puños de Oro fue un consumado deportista que brilló en el boxeo, el
ciclismo, el beisbol, el futbol, la natación y las artes marciales. El
chambelán ideal, pues.
Al escucharlo hablar, era difícil no contagiarse de su entusiasmo,
de aquel torrente verbal en línea hiperbólica donde Puños de Oro era la figura central. Un antihéroe incomprendido que
remataba sus cuentos diciéndome: si te fijas, sobrina, al final soy siempre el
que acaba mal. Yo me convertí desde
entonces en una escucha fiel de sus historias. Me fui aprendiendo los episodios,
les puse nombre y le pedí que me los contara una y otra vez. Corregidos o
aumentados, nunca me interesó la
veracidad o la comprobación de datos. Valía
madres. Lo fantástico era escuchar su versión. La capacidad de trasmutar los
imponderables y la monotonía de la vida cotidiana en pirotecnia verbal. Desdeñar
los pecadillos propios y arremeter contra los otros, esos sí, grandes
pecadores.
Para una chica de quince años, amante de los libros, tío Jorge era
la materialización de los personajes de ficción. Poder emocionarse y seguir los pasos de aquel
aventurero sitiado una vez en un hospital de la ciudad de México, con la cabeza
vendada. Reproducir la escena en mi cabeza: Puños
levantando una hoja de la persiana, asomándose, desconfiado, para ver si
aquéllos que querían ultimarlo seguían ahí.
Eso era mejor que cualquier libro o programa radial de Kalimán.
Que linda está la mañana,
en que vengo a saludarte… Porque lo inverosímil
era estar ahí, frente a ese señor ya gordo, comilón pero no carnívoro. Ese
chavo que salía a correr todas las mañanas por el cerrito de San Cristóbal, con
sus pants rojos y una toalla colgada al cuello.
Pensar que quien contaba las historias había estado al borde de la
muerte y que en ese estado lo habían llevado a la capital chiapaneca, por la
carretera libre. El tío Jorge siempre
remataba esa historia con una reflexión: “Todos los que me llevaron a Tuxtla,
agonizante, ya están muertos.” Y seguía almorzando.
Puños sobrevivió. Sobrevivió a sí mismo, a su carácter errático y a los
estallidos de furia de los que volvía siempre, confuso y arrepentido . Sobrevivió,
y lo hizo en más de una ocasión, superando incluso a los gatos, quienes tienen siete
o hasta nueve vidas. Indudablemente, una
de sus grandes hazañas fue haber escapado de las garras del alcohol, después de
una borrachera intermitente que le había durado casi veinte años. Dicen los que saben, que las visiones
dantescas que tuvo en la borrachera fueron tan tremendas, que prefirió no
volver a tomar, con tal de no contemplar ese horror.
Venimos todos con gusto y
placer a felicitarte… Era un veinticinco de febrero cuando Jorge
Flores irrumpió en la fiesta de cumpleaños de doña Carmen Navarro. Ahí, con acordes de marimba, anunció a los
comensales que había dejado de tomar.
Los convidados lo contemplaron creyendo que había enloquecido. Muchos lo habían esquivado en las calles
coletas, cuando lo veían venir, ebrio y empistolado; tenían razón para
desconfiar. Pero Puños cumplió su palabra. Con ayuda de Alcohólicos Anónimos, no
volvió a probar una gota de alcohol.
De su aúreo puño y letra fueron saliendo entonces sus anécdotas,
mismas que escribía en cuanto papel caía en sus manos. El reverso de un cartel de la feria o un
programa de corridas de toros en la plaza La
Coleta, eran un buen lugar para estampar, con mayúsculas, aquello que su
memoria le dictaba como sucedido. La
generosidad de Luis Flores, el escritor de la familia, mecanografió los
escritos, convertidos después en fotocopias, que el mismo Puños repartía por la ciudad.
Esas hojas, fragmentos de ese rompecabezas indescifrable que es la
vida de Puños, suscitaron
sentimientos encontrados en los lectores.
Y me dieron, de paso, una lección invaluable sobre el poder de la
ficción. Los escritos se dividían en dos
grupos; las loas a los personajes notables de la localidad, a veces en forma de
poemas, y los relatos autobiográficos donde Puños
de Oro narraba sus hazañas y de paso ajustaba cuentas con sus enemigos de
antaño. Si alguien lo había amenazado de
muerte, golpeado o balaceado, el texto se encargaba de ajustar las cuentas con
frases lapidarias: murió pobre y olvidado; se arrastró por el suelo, víctima de
una congestión alcohólica… La
objetividad quedaba fuera de los relatos, porque las narraciones en primera
persona rara vez están hechas para ponerse en los zapatos de otros. ¿Me viste
feo? La ira de Dios te alcanzará tarde o temprano.
Algunos lectores, por supuesto, pusieron el grito en el cielo;
peor si eran parientes de los mencionados. En
la pila del bautismo, cantaron los ruiseñores… y yo guardé los escritos. Para mí, esas historias, antes que nada,
muestran el espíritu indomable de alguien que recibe al nacer todos los dones y
decide, en un gesto enigmático, apostarlos todos en un palenque de gallos. Un señor que dicta su vida como le da la gana,
a sabiendas de que la realidad a veces es sinónimo de frustración.
La suma de las historias, las hojas repartidas en los andadores
coletos son un rompecabezas que hoy empieza a cobrar sentido y deberían
convertirse en un libro digno de un personaje memorable de San Cristóbal. Ya viene amaneciendo, ya la luz del día nos
vio… Este nueve de febrero, el eterno pugilista de diecinueve años le gana
ochenta y seis rounds al tiempo, cincuenta de ellos en perfecta sobriedad. Feliz cumpleaños.
Ciudad de México; 07 de febrero de 2018.


