domingo, 18 de octubre de 2020

Un tequila para Gloria

 


Casi a punto de salir a Gayosso, se me aparece el recuerdo de Gloria. No una imagen vaga sino una voz contundente, como su carácter.  Oye, qué te pasa, prima – me dice–, no vas a ir así a la funeraria. Bajo la vista y contemplo mis tenis; el raído pantalón de mezclilla. Lamento mi torpeza en materia de peinados de salón. Quiero lanzar una excusa. Al final prefiero no discutir. Uno sabe a lo que se expone cuando se enfrenta al talante de las Flores. 

 

De modo que me resigno a cambiarme de ropa. Negro riguroso. Le advierto, eso sí, mis prisas; por nada del mundo me maquillaré.  Busco un cubrebocas oscuro y en un último gesto conciliador, accedo a ponerme un collar de cuentas negras.  Lo malo de ser fachoso es que luego no encuentra uno el modo de resolverlo. Nada que ver con la Gloria de pestañas postizas, uñas de fantasía, brillo y glamour. Menos los tubos para describir ese copete ochentero, curvado sobre la frente.  

 

Llega el Uber. Le doy las señas para hacer una escala en la casa de la doctora. En el tráfico de medio día, me asaltan mil preguntas. ¿Me puedo imaginar a mi prima Gloria en el más allá?  La verdad no. Aún cuando escriba después unas líneas la podré imaginar, asomándose sobre mi hombro y opinando sobre mis comentarios. Con el sol inclemente, cayendo sobre mi ropa negra a través del cristal, sé que asistir al mismo velatorio donde despedimos a su mamá hace dos años, no será fácil.  La doctora sube al coche y el Uber enfila en dirección a Reforma, por el circuito interior. 

 

Hacemos algunos comentarios. La ocasión nos ha vuelto solemnes. Sabemos nada. Un día la prima entró al hospital y al poco desapareció, en un acto de prestidigitación. Mi mente lanza preguntas obsesivas: ¿Cómo así? ¿Y las décadas que le faltaba vivir, por la simple razón de la edad? Tan poco creíble resulta su muerte que, cuando llegamos a la funeraria, los restos de Gloria Flores aún no están.  Nos ha dejado plantados.

 

En cambio, coincidimos en la entrada, frente al elevador, con Samuel, el compañero de mi prima.  En uno de esos arrebatos de inconsciencia, olvido el protocolo, la sana distancia y le doy un abrazo con la frase primera que se me viene a la mente: Estuviste ahí para ella, la cuidaste, sin importar qué. Subrayo: lo sabemos todos.  Frases atropelladas y nerviosas. Son mi manera de resumir esa unión, esa complicidad única de veinte años en unas cuantas palabras. Sin previo acuerdo, la doctora dice algo similar; gracias por cuidarla. No hace falta mencionar operaciones quirúrgicas o días nublados. Sabemos que él estuvo al pie del cañón y con eso basta.  

 

Subimos a la sala vacía; una o dos personas preguntando si es ahí, si es la hora correcta. Pero es difícil saber si es o no el momento preciso para marcharse del mundo. Así pues, nos sentamos a esperar la llegada de las cenizas.  El covid ha proscrito las ceremonias de cuerpo presente.  A pesar del polvo del olvido, me acomodo en un sillón oscuro y sacudo mis recuerdos. Veo a una Gloria combativa como esa que me reclamó una vez por qué no la invité al bautizo de mi hijo en Chiapas. Sabe que sólo le llamé a Adriana. Nunca se me ha dado bien mentir y le digo la verdad: pues porque no ibas a ir.  En ese momento me da una lección: aún así, me hubieras hablado a mí. Tiene razón. Y no le tiembla la voz para llamar las cosas por su nombre.

 

Llega la tía Tana y nos saluda desde lejos, como preguntándose quiénes somos. Yo estoy sonriendo porque ahora mi mente me lleva a otra faceta menos conocida de Gloria, la que parece tocar el cielo de la conciliación; sus excursiones a la riviera maya con Samuel, el azul inolvidable del mar del Caribe, el momento en que la vi vestida de novia y  ese otro momento suspendido en el tiempo, en que la vi cantando con su esposo en una fiesta. 

 

Porque esa Gloria claridosa de frases puntuales también tenía un espíritu musical y danzarín. Era tan traviesa que celebró el encuentro de dos mundos lanzándose al mar de lo desconocido, como el almirante Colón. Para eso se necesita temple, o como decía Gloria cuando citaba la canasta básica de Odin Dupeyron: "Leche, huevos, terapia, ¡muchos huevos para ir a terapia!".

 

También me la imagino niña, con su falda con olanes y la canasta bajo el brazo.  No dudo que bajo la manta, esa cesta lleve mucha proteína. ¿De dónde, sino, obtuvo sus primeros lugares en la preparatoria y le ganó la batalla al cáncer? Hay fotos memorables, cuando participaba en la marcha rosa de octubre, con el moño y el ánimo por todo lo alto. 

 

Vuelvo a sonreir en la sala fría. Es que recuerdo con precisión cuando conocimos a las dos Glorias en la Roma. Llegamos mi papá y yo, una tarde de 1986; el escenario de la colonia Roma aún con los vestigios del temblor.  Estuvimos charlando un rato y ese día la Gloria de las travesuras rió mucho con las ocurrencias de mi papá. Se ve simpática la gordita, concluyó mi papá cuando bajamos las escaleras.  Menos mal mi prima no lo escuchó; no creo que le hubiera gustado escuchar esa palabra. Estaba en su peso, pero tenía la cara redonda y las formas rollizas de quien anuncia que subirá de peso con facilidad. Ni hablar, prima. Subir y bajar, como en la rueda de la fortuna. 

 

Para aliviar la tensión de la espera, Samuel nos regala entonces una imagen espléndida que viene a sumarse a mi álbum de recuerdos. Hace poco – nos dice– nos fuimos a comer al Cardenal, como le gustaba. Gloria pidió su chile en nogada. Hasta me dijo, ¿Y qué estás tomando? Tequila. ¿Y a mí por qué no me pediste uno? Y le pedí su tequila. 

 

La calidez del tequila le pone ambiente a mis memorias. ¡Salud! Se abre el telón y Gloria Flores vuelve ser como la tía Zoila, toda collar de perlas y foto de estudio, lista para ir a la sala de conciertos. Mi prima llevaba el nombre de su tía, figura importante en la familia. Lo malo de tener dos nombres es que todos piensan que se oculta el que gusta menos. Al rato me dirá: Y si vamos a decir la verdad, mejor ya cállate Adela Flores, que no me está gustando ese escrito, ¿eh?


Le cuento a la doctora Mónica que siempre me gustó la crónica de los conciertos por Facebook. Gloria subía un anuncio en los momentos previos, a veces una foto en un restaurante o ya en la sala del Lunario o el Auditorio Nacional. Y después venía el video, para que los espectadores de su página supiéramos que había estado cantando. Matute, leí una vez. ¿Y quién diablos es Matute?  Yo sabía que a Gloria le encantaban Don Gato y su pandilla, en especial Benito. Pero, ¿Matute el policía, siempre timado por el astuto gato del barril? ¡Noooo! La doctora precisa que Matute es un grupo que canta covers de los ochenta.

 

A la sala llegan dos amigos de Adriana, el primo Mario, figuras para mí desconocidas; se escuchan pasos en la escalera. Como una ráfaga, alcanzo a ver a Gloria vestida de novia, sonriente y etérea, desmintiendo los kilos que le puso el tío Carlos. Nada de gordita, ¿eh?  Mi mente vuela. ¿Cómo le hago para no pensar en la tía Gloria, el día de la boda, contenta y confundida a la vez, porque se le va su última hija soltera? Un recuerdo más: Gloria disfrazada de arlequín, entregándoles dulces a los niños del edificio en el día de Halloween.  A su lado ladran las perritas, Chelsy y Keisy. Porque esta crónica no puede quedar sin ellas, sin Aló Hawaii o sin Gloria diciendo que su mamá recibía a los visitantes especiales de Yucatán 11 B como si fuesen el Marahá de Pocajú. ¡Habráse visto!

 

Mis primas Lulú y Adriana pronuncian unas palabras para desearle un buen viaje a su hermana pequeña. La que se peinaba de coletas; la que era tan delgada que había que sujetarle la falda con resortes. En ese momento advierto que en mi torbellino de recuerdos falta una Gloria; la de la ternura. La tía consentidora; la tía de Daniel, Michel e Iván. No me sorprende que sea este último quien reciba la urna. Es el único entre todos los presentes con estatura suficiente para acomodar a su tía entre dos nubes, como quien pone el tesoro a resguardo en la parte más alta de la estantería, para que el olvido no pueda tocarlo. 

 

 

Alguien anuncia que la misa está por comenzar. Adriana pide un aplauso para Gloria, agradece a los presentes por estar y se dirige a su cuñado para cerrar la ceremonia. Al igual que Gloria, Samuel es contador de profesión. Pero lo que mejor cuenta son las bendiciones recibidas en su vida. Adriana suspira en el epílogo; gracias por cuidarla.  Samuel no titubea al responder: nada que agradecer; ella también me apoyó mucho a mí. Y lo que hice, lo hice con mucho amor.  

 

 

 

Ciudad de México, 18 de octubre de 2020.