Don Juan Brazos, le decían, porque era lo que más ejercitaba en el gimnasio. ¡Brazotes! Pero lo que mejor te puedo contar es de dónde salió eso de las famosas “Manos”.
Enero y esos días en que la temporada de Futbol Americano está más intensa. Mira que me hubiera quedado en la casa, preparando las botanas y hasta un pastel para ver el próximo partido. Pero Manos estuvo varias veces en el sedem, lo digo con “ESE” porque así le pusieron al letrero, así que no me vengan ahora conque es C.E.D.E.M. Y tampoco me preguntes qué significan las siglas. Todos los coletos saben que es el lugar al que tarde o temprano vas a ir a parar cuando quieres hacer ejercicio. Y nosotros jugábamos con los Búhos ahí. Y bueno, si tu tío o Manos, como le decía yo, iba a echarse sus vueltas al sedem, yo también quise ir a despedirlo, que eso es un decir, porque la despedida definitiva es cuando uno olvida a las personas y este no es el caso.
Te decía pues que tu tío Juan siempre estaba al tanto de nuestras actividades deportivas. Iba a hacer ejercicio al sedem y también presenciaba uno que otro partido. Pero no era sólo ahí donde yo me lo encontraba. Éramos vecinos de calle, sólo que él estaba a dos cuadras del centro y yo hasta el Barrio de Guadalupe. Pero la calle era la misma. Yo me iba caminando hasta mi casa por toda la José Felipe Flores y ya sabes, justo en la bajadota, al lado de donde vivía tu abuelita, estaba ahí afuera de su casa, parado. Me veía venir y me decía: “Famosísimo Manos de Seda”. Y lo decía así, con énfasis, alzando la voz y marcando los acentos, para darle más sabor al epíteto. Lo decía con tanta convicción que no podías desmentirlo. Cuando te ponía el título, ya tenía hasta el marco y la cédula profesional. Y la cosa no paraba ahí: “Ydiay, Famosísimo Manos de Seda, el mayor arrancador de muelas de mamut en el sedem”. Yo me moría de la risa. Tu tío hacía asociaciones y engarzaba historias; sabía por ejemplo que alguien decía haber encontrado huesos de mamut en el sedem. Se le venía a la mente que ahí jugábamos Americano y que en cada encontronazo con los visitantes, seguro algún diente salía volando. Y entonces su ingeniería verbal hacía imágenes de mamuts tacleando a los búhos del equipo contrario. Pero hasta eso, nos favorecía. Porque entre los búhos había uno, el de las manos de seda, o sea yo, que era el arrancador de muelas. ¿Cómo no me iba yo a atacar de la risa? Menos mal no dijo “arrancador de colmillos de mamut”, porque arrancar uno de esos pues sí está cabrón. No sé si volé algunas muelas, el casco limita la visión, pero mínimo sí les dábamos a los rivales unas revolcadas en el lodo que ya te podrás imaginar cómo quedábamos. Y pues nosotros ¡Ah, qué alegre! Total era la Chagüis la que iba a lavar los calcetines percudidos que alguna vez habían sido blancos…
Fui pues a la misa… Y era extraño un acto tan solemne para alguien con tanto sentido del humor. No podías platicar con él sin reírte. Yo estaba casi en la última fila, pero me parecía que en cualquier momento iba a escuchar el “Famosísimo Manos” en el mismísimo altar. Y sin necesidad de micrófono. La verdad que no me hubiera sorprendido.
El calificativo salió de un programa del Canal trece. Eran los años setenta, cuando teníamos tele en blanco y negro y sólo había televisión rural y canal trece. ¿Te acuerdas? Pasaban un programa inglés, doblado al español. Raffles, se llamaba. Eran las aventuras de un gentleman inglés que era ladrón. Muy fino y habilidoso. Por eso el mote de “Manos de seda”. Yo creo que a tu tío le gustaba el programa. Bueno, no había mucho de dónde elegir entonces. No era como hoy, netflix, pago por evento, internet. Era otro mundo, otro San Cristóbal. Y todos pendientes de los escasos programas que valían la pena. Pero ya me estoy saliendo del tema…
Resulta que un día íbamos camino a la casa mis hermanos y yo. Y en una de esas se nos empareja un vocho rojo que en ese tiempo era de los modelos viejitos, pero que ahora es todo un clásico. El conductor nos preguntó si íbamos para la casa. Yo me quedé sorprendido porque no lo reconocí y a los niños nos dicen que no hablemos con extraños. Pero mis hermanos sí lo conocían y nos subimos al auto. A esa edad, un vocho se antoja un automóvil enorme. Hasta cabe uno en el último rincón, junto al vidrio posterior del escarabajo. Para mi sorpresa, en el asiento trasero había muchos cuadernos, agendas y plumas. Era como si toda la papelería de las monjitas hubiera invadido la parte de atrás del Volkswagen. Y entonces hice lo que no hubiera podido hacer en la papelería de las monjas. Empecé a pedir: madre, deme por favor tres plumas bic, dos cuadernos, no, mejor tres de esos de color rojo… Y ya sabes, la madre muy amable, pasándome todo el material. Hasta un calendario. Total que cuando bajamos yo ya le había prometido a la Hermana Imaginaria que iba a emplear los artículos escolares para mis futuros estudios. Y digo futuros, porque hasta ese momento, no estudiaba mucho que digamos. Lo mío era el futbol americano. Pero bajé del vocho con muy buenos propósitos y el material necesario para cumplirlos, escondido entre la ropa. El ingenuo conductor hasta me abrió la puerta. Con lo que no contaba es que al llegar a su casa tu tío descubrió que ya no tenía sus cosas y claro, le llamó por teléfono a mi papá y ya sabrás; me pusieron como lazo de cochino y a devolver todo el material. Yo creo que tu tío vio que podría arruinar mi futuro estudiantil porque, hasta eso, como premio, me permitió quedarme con una agenda y unas plumas. Y después de años de jugar con los Búhos, un día me apliqué y terminé mi carrera. ¡Touch down en el examen profesional! Pero eso sí; ni ser licenciado me salvó de formar parte del anecdotario de don Juan. Tu tío con todo hacía historias para contar. Y no fui la excepción. De ese trayecto en el vochito rojo salió el alias: Manos de Seda. Con los años se convirtió sólo en Manos. Y por supuesto que yo también empecé a decírselo a él. Al final algo de profético tuvo el nombre; no volví a saquear papelerías ni a robar balones pero salí buenísimo para hacer pasteles. La cantidad exacta de royal. El pan esponjándose lentamente dentro del horno; la pericia para partirlo y colocar el relleno de mermelada. La receta de la abuela, claro.
Ya pasaron muchos años; nos reímos no sé cuántas veces con las famosísimas Manos de Seda. ¿Sabes? Tu tío tenía eso. Él no contaba anécdotas. Las vivía. En cada recuento, otra vez eran los años de Raffles y las tardes viendo el programa, mientras tomábamos café con pan. De nuevo era yo un niño en un vocho rojo, contemplando la papelería con ojos de maravilla. ¿Dónde nos íbamos a imaginar entonces que las hojas de la agenda se iban a terminar? ¿Que la vida se pasa en un instante y al final nos quedan los puros recuerdos? Las muelas del mamut, las volteretas en el lodazal del sedem, mi mamá volviendo blancos esos uniformes imposibles… Por eso Manos era genial. Para mí nunca fue viejo, sino un clásico: Cada una de sus historias era pura risa y en cada carcajada, la vida se multiplicaba y se vivía muchas veces.
Ciudad de México; 14 de enero de 2020.
