“Porque sé que nunca me darás la espalda” (sin albures).
Obituario por la muerte de Camilo Sesto.
Con frecuencia mi mente me juega malas
pasadas al enterarme de la muerte de alguien.
Antes que pueda frenarlo, brota con fuerza un recuerdo del difunto. No
habría nada malo en ello. El problema es
que el recuerdo rara vez es halagador.
No importa que en vida la persona haya
sido de lo más encomiable. Yo recuerdo
las piedras en el zapato. Errores
garrafales a veces; otras acciones nimias, indignas de ser mencionadas en el
juicio final. La memoria es selectiva y caprichosa. En definitiva, podría hacer buenos
obituarios, siempre y cuando esconda eso que mi mente evoca en primer término. Por si las dudas, no me inviten a pronunciar
unas palabras por su fallecimiento. Del mío yo me encargo.
Ayer me pasó con Camilo Blanes. No bien leí la noticia y antes de que pudiera
cantar "Melina", la imagen de Lourdes Ornelas saltó al escenario.
Adiós canciones. Nada de "¿Quieres
ser mi amante?"" o el dueto con Ángela Carrasco, "Callados", que
tanto me gustaba.
La memoria no es sólo selectiva sino que a
menudo nos traiciona. Tenemos recuerdos de cosas que nunca existieron. Y aquí
la cosa se complica. Recuerdos de un
culebrón fabricado por las revistas del corazón cacofónico. Nunca he entendido por qué mi acupunturista
siempre tiene en su consultorio el ejemplar más reciente del TV notas. ¿Por qué
podría interesarle a un oriental ese montón de historias amarillentas? ¿La foto de la chica en traje de baño en la
portada? Se entiende. Porque debo aclarar que la revista no está en la sala de
espera, sino en el consultorio del chino, en la estantería, entre figuritas de
budas panzudos de porcelana. Pero me
estoy saliendo del tema. Yo misma leí
con avidez ese tipo de publicaciones desde mi infancia. Y por ese tipo de engendros mi memoria
almacenó el culebrón retorcido de la historia del hijo de Camilo Sesto.
Dicen que en los instantes previos a la
muerte, se regala al viajero una última función, sin palomitas, de la película
de su vida entera. Jamás sabremos qué
vieron los otros ni tenemos prisa por asistir a nuestra función. Pero si se me
diera la posibilidad de reconstruir una improbable peli, iría más o menos así:
Lourdes, un hijo mexicano tan idéntico que hay que traerlo a España, una
cirugía plástica francamente bochornosa y una canción con nombre de mujer:
“Melina”.
El caso es que las canciones que poblaron
mi infancia han pasado ya a segundo término, o eso creía yo hasta escribir este
"Sesto". Porque anoche me sorprendí al descubrir que, aunque minutos
antes había escuchado en un taxi una versión de Callados, con Mijares y Yuri (y
hasta le comenté a mi marido que Yuri a la altura, pero Mijares no le hacía
justicia al Camilo de aquél tiempo), al momento de conocer la noticia, en el muro de Aarón Vite, mi cabeza impredecible abrió la puerta de la
telenovela.
Se dijo de todo entonces. Que la presidenta del club de fans mexicanos
había tenido un hijo. Que se lo llevaron a España por la presión del
cantante. Mi cabeza empezó a
obsesionarse. Me entró la urgencia de
averiguar si Lourdes era, en efecto, una víctima a quien le habían medio
arrebatado al hijo, una mujer que había tenido que irse a vivir a España para
poder visitarlo, y me di a la tarea de imaginar a un Camilo vanidoso que se
había llevado a Camilín sólo porque era su copia fiel, mientras tenía a la
madre excluida. “Cuando se ama no se
exige/ no lo olvides…”
Me queda claro que la historia auténtica
(¿Qué es la historia, sino un conjunto de embustes acomodados al capricho de
quien la cuenta?), nunca la sabremos. La señora Ornelas ha sido prudente en sus
declaraciones y ha hecho bien.
Afirmar, así sea cantando: “sé que nunca
me darás la espalda” es una frase contundente de la que luego podríamos arrepentirnos.
En fin. Podría pedirle prestadas sus
revistas al acupunturista para seguir leyendo el culebrón, más ahora que la
muerte de Camilo va a revivir esa historia.
Por ahora (hasta la próxima sesión de agujitas) prefiero dejar las cosas
así. Si mi memoria me ha devuelto a un
Camilo con una posición más bien ambigua en torno a la paternidad, pues ya en
el juicio alguien le dirá que es hora de examinar esa piedrota en el zapato. Ya
que él diga si en verdad está preso "entre las redes de un poema".
Mejor que el T.V. notas, el "Lágrimas
y risas" de mi infancia, donde los personajes se daban a la tarea de
“saciar sus más bajos instintos”. Sepa dios qué quería decir el guionista. La
frase producía mucha expectación en mi mente infantil.
Será por eso que ahora sigo expectante y
febril cada vez que me siento a escribir.
No se diga más; me voy a buscar mi cincel. A cantar mientras escribo. O a escribir
mientras canto “Eres tú quien me puede ayudar o me condena”. Porque la escritura, señores, es un modo magnífico
de pulir las propias piedras. Esas a las que todos, querámoslo o no, estamos
condenados.