martes, 5 de febrero de 2019

Lecturas confusas

Porque yo en el amor soy un idiota
que ha sufrido mil derrotas


Nunca me interesó, hasta el doloroso instante de saberla amante del Chino. Apenas supe de su refocilar constante, todos mis sueños se poblaron de fantasías donde yo oficiaba de vouyeur. Los imaginaba fornicando de todos los modos posibles. Y por si me hacía falta alguno, compré una edición ilustrada del Kama Sutra y varios tomos de la enciclopedia sexual ilustrada.

Precisé, una por una, todas las situaciones inverosímiles en que yo hubiera deseado poseerlo a él. Los encuentros sexuales imaginarios se hicieron mi ritual de cada noche. Apagaba la luz, prendía el ventilador, cerraba los ojos y los veía. Los primeros escarceos, la vorágine, los jadeos, la cúspide y vuelta a empezar. Poco a poco, los amantes fueron haciéndose una película familiar. Y llegó el tedio de las repeticiones.

Violeta guardaba bajo su piel todo el sol de Tonalá. Tenía rasgos de Nefertiti, la reina egipcia. Incluida la nariz aguileña. El cabello redondo le caía hasta los hombros. Su cuerpo delgadísimo parecía a punto de quebrarse. Toda ella se cimbraba y parecía una serpiente.
Si me hubieran pedido que detallara mi ideal de mujer, no la hubiera construido así, con los huesos a punto de salírsele de la piel. Más bien hubiera dicho dos palabras; Claudia Schiffer, la musa de Karl Lagerfeld y mi pasión más encendida desde la primera vez que hojeé el Hola. Pero algo tenía la nueva amante del Chino: transpiraba sensualidad. Por algo era la modelo más popular en la escuela de artes plásticas.

Violeta llegó a la casa de huéspedes y a falta de espacio, la mandaron a mi cuarto. Al principio no imaginé su oficio. Yo salía a la universidad todas las mañanas y al volver la encontraba siempre en baby doll, pintándose las uñas de los pies, rizando sus pestañas o depilándose las piernas. Me extrañó sobremanera que gastara tanto en ropa interior. Tenía una lencería finísima; encajes franceses y diseños de fantasía.

Con todo y las evidencias, para mí Violeta no era más que una flaca de piel tostada que se obstinaba en agrandar sus ojos a fuerza de rimmel y exaltar sus formas con poses de contorsionista.  ¡Ah, cómo arqueaba la espalda para lucir la turgencia de sus senos diminutos!

La noche cómplice bien pudo haber propiciado un encuentro fugaz en mi cama. No fue así. Para empezar, porque ella casi nunca dormía en la casa. Y las noches de excepción, fueron de cigarros y largas charlas, donde su vida se develó paulatinamente. 

Su madre la había educado para llegar con el himen intacto a su noche de bodas. Ella cumplió el mandato íntegramente hasta los veintitrés años. Sólo que nadie le prohibió abusar de la vaselina, cuyo olor le provocaba náuseas. En otras palabras; abrió su esfínter a cuantos quisieron gozar las primicias de su virginidad. Pero su himen permaneció intacto.

De nada valió el sacrificio. El tipo que la desposó eligió un método infalible para poseerla; unas cuantas embestidas y dos o tres madrizas semanales a cuenta de posibles adulterios. Desesperada, Violeta huyó con el primer trailero que se apiadó de su figura escuálida. El hombretón la trajo a Tuxtla pero a mitad del camino la entregó a un federal de caminos que quería multarlo por transportar pasajeros en la cabina.

El federal la llevó a un hotel próximo al mercado y ahí la entrenó por espacio de un mes en las artes del himeneo, sin ayuda de enciclopedias o kamasutras. El romance terminó cuando el maestro fue comisionado a San Luis Potosí. Violeta se halló sola en la capital chiapaneca, con las ganas frustradas y sin ánimos de trabajar para sobrevivir.

Vagando por los bares, conoció a una amiga. La Nefertiti de Tonalá decidió que los lenones no le convenían y se introdujo en el mundo más sofisticado de las edecanes. Así pues, por las mañanas se dedicaba a inventar su belleza, por las tardes atendía sus llamadas telefónicas y en las noches complacía a su clientela. Era más puntual que un visitador de Hacienda. Además, en sus ratos libres hacía trabajitos extra con sus clientes favoritos, únicos que podían besarla. Ellos la conocían de antaño y pasaban por ella a la casa de huéspedes.

En una de esas recogidas me topé con el Chino en la puerta de la casa. Hubo desconcierto mutuo. Él pensó que el lugar era una casa de citas y que yo estaba en el negocio, tratando de llenar el hueco de su ausencia. Yo creí que se había arrepentido de sus desdenes y me había buscado de nuevo. Violeta disipó nuestros errores cuando salió de la casa luciendo su vestido rojo y se subió al carro.

Miré al Chino, después a Violeta y tomé una decisión: Ella nunca sabría de nuestro pasado común. No pude reprimir un ataque de envidia al verla caminar al coche. Fue la primera vez que me fijé en sus piernas, en su andar airoso y en sus senos pequeños que se adivinaban bajo la transparencia del vestido.

Entonces comencé a espiar todos sus movimientos. Comenzaron los sueños, mi fijación por sus nalgas, el fetichismo de permanecer horas y horas contemplando su fotografía. Descubrí que las orejas de Violeta eran iguales a las de él. No podía dormir hasta oírla llegar. Y los días que escuchaba el rumor del vocho del Chino, sufría mi ego y la excitación me apretaba las ingles, que dolían sobremanera.

Así hubiéramos estado semanas y meses, hasta que una noche Violeta me sorprendió, profundamente dormida, con sus calzones sobre mi rostro y el libro de Caro Vitrix sobre la almohada. Un roce en los labios me hizo despertar, sobresaltada.

La había soñado tantas veces en la cama del Chino que cuando me encaró, completamente desnuda, creí que estaba dentro de uno de mis sueños. Un sudor frío recorrió mi frente.
-¿Tienes miedo?- Violeta metió su mano entre mis piernas.
Se supone que debí contestar, no es lo que piensas, sólo quiero saber qué haces con el Chino. Pero en lugar de eso tragué saliva y balbuceé torpemente:

-Nunca he estado con una mujer.

Ella no dijo nada. Hizo ademán de volver a besarme y yo me replegué sobre las almohadas. Violeta tomó mi mano derecha y la puso sobre su pecho. En los senos tenía algunos hematomas. Según me explicó, eran las señales de su batalla más reciente con mi amante inalcanzable.

Violeta apagó la luz de la lámpara y se tendió en la cama. Entonces volví a pensar en el rechazo del Chino y por fin me atreví a preguntar cómo cogían. Violeta me relató minuciosamente todo aquello que yo espiaba en mis sueños.

La charla y la oscuridad deshicieron mis reticencias. Me tendí en la cama junto a ella y le pedí que hiciera todo eso conmigo. Ella no quiso escuchar y prosiguió su narración implacable sobre los usos diversos que el Chino le daba a su cuerpo. Fue entonces que me decidí a besarla. En las corvas, en los pliegues de los senos, en las pantorrillas; en todos los lugares que la enciclopedia negaba como zonas erógenas.

Violeta alargó una mano y encendió la lámpara. Su cuerpo tonalteco no tenía rastros de sol; estaba helado. Yo me afané en la exploración de su vulva. Por toda respuesta, ella tomó el libro de Rebolledo y lo hojeó distraídamente. ¡Ella, que no leía ni las etiquetas de los frascos!

Entonces la ebullición deseosa se transformó en cólera. Maldije al Chino y a la puta por sus rechazos. Perdí los estribos y le asesté a Violeta un golpe en el vientre. Ella se puso de pie lanzando un chillido. El libro cayó al suelo y Violeta y yo nos revolcamos en la cama. Otra vez, una pelea fue la más aproximación más cercana que el Chino y yo tuvimos al acto amoroso.

Al final, de nada valieron besos y súplicas. Ella se puso de pie y se vistió con parsimonia cruel. Su vestido rojo volvió a iluminar su piel. Violeta tomó su bolsa y se acercó al espejo. Pintó sus labios y acomodó sus cabellos alborotados. El sonido de un claxon conocido me volvió a la realidad. La vi salir corriendo al vocho del Chino, mientras me decía adiós con la mano y yo confundía su sabor amargo con mis lágrimas.



Tuxtla Gutiérrez, 8 de marzo de 2000.