En mi vasto álbum de memorias familiares, hay una página ya lejana, escrita en la Hipódromo Condesa. La calle Yucatán, más que un domicilio, es un fragmento en la biografía de la tía Gloria. Si su vida fuera un libro, podría dividirse en capítulos nombrados según las casas que habitó en la ciudad de México. Y aunque Yucatán es sólo un trozo de su existencia, es ahí donde suelo evocarla, al grado de que cada vez que atravieso Insurgentes y Yucatán, miro instintivamente a la esquina del Hotel Roosevelt, como si la tía viniese por ahí, paseando a su perro.
Nos conocimos una mañana en que mi papá y yo nos dirigimos al lugar donde las Flores Flores vivían. No recuerdo bien a bien si nos llevó un taxi, si caminamos desde Insurgentes o entramos por Álvaro Obregón, pero sí la puerta de aquel departamento que al abrirse mostraba una escalera estrecha y oscura, misma que daba acceso a la primera planta de una construcción rectangular de los años cincuenta. Del conjunto de viviendas que conformaban el número once, al que se entraba por una reja de herrería, sólo el departamento contiguo de la tía tenía un acceso directo a la calle, además de una escalera de caracol en su interior, que llegaba a la zotehuela de la vecina de abajo, la temible Mary.
Entonces era evidente que la colonia Roma y la Condesa antaño habían vivido tiempos de esplendor y jamás hubiéramos imaginado que en los albores del siglo XXI la Roma y la Condechi tendrían un resurgimiento afresado y los precios de las viviendas se irían a las nubes. Era una época de rentas congeladas y aún no había hipsters paseando por los incontables cafés y restaurantes de la zona. Yucatán me impresionó porque era un eje vial, amplio y ruidoso. Yo no sabía que tiempo atrás había sido una calle con camellón y palmeras, al estilo de algunas que aún sobreviven en la colonia Roma. El departamento 11 B tenía ventanas con marcos de madera que se abrían para dar paso al rumor del tráfico.
Apenas había transcurrido un año del temblor de ochenta y cinco. En la Roma y otros puntos de la ciudad había evidencia palpable de los estragos del temblor. La ciudad de México estaba fracturada. Me pareció increíble que el inmenso edificio que hacía sombra al número once de Yucatán no se hubiera desplomado. Yo tenía apenas un mes de haber llegado de Chiapas y estaba tratando de adaptarme a la enormidad del Distrito Federal.
Así las cosas, la búsqueda de casa nos llevó a enterarnos que el abuelo Gustavo tenía una hija en la ciudad de México, hermana de Pepe Chucho. Yo no conocí al abuelo, cuyo nombre se repite con frecuencia en la familia. Pero sí sabía que, aún muerto, seguía enviando señales del más allá. En este caso, su enviada resultó ser una señora de túnica yucateca, a juego con el nombre de la calle. Abrió la puerta y no hizo falta pedirle su acta de nacimiento: la tía Gloria compartía con mi padre los ojos grandes de mi abuelo Gustavo y el carácter tremebundo de los Flores. Curioso rasgo, éste último, porque la tía a primera vista era muy sonriente y sólo después de observarla unos segundos, se adivinaba su determinación. Frisaba los cuarenta y algo, tenía el cabello corto y rizado y vestía siempre vestidos amplios y pantunflas que sólo abandonaba para salir a la calle. Junto a ella estaba Maquiavelo, el Maqui, un perrazo que dejaba claro lo que pasaría si te atrevías a contrariar a su propietaria.
El difunto abuelo nos tenía deparadas más sorpresas: la tía Gloria, por escasa diferencia de meses, tenía la misma edad de mi papá y de uno de los tíos Gustavos de Chiapas. Pero los hijos de aquí y allá parecían más que habituados a los afectos dispersos de mi abuelo. Hombre dado a la bohemia y al trabajo frenético, cuando se le acababa la lana, don Gustavo tenía sólo un domicilio seguro para encontrarlo: su despacho notarial en una habitación de la inmensa casa de sus papás en San Cristóbal de Las Casas.
A aquélla charla inicial con la tía se sumó la menor de sus tres hijas, Gloria, quien entonces estaba estudiando su último año de prepa, y por eso volvía a casa antes que sus hermanas, ya en la universidad. Ese día estaba muy sonriente. Aunque hace unos días la escuché decir que la conocí “cuando aún era pobre”, debo decir que parecía lo contrario; estaba muy formal, de vestido y zapatillas, y con frecuencia la vi dirigirse a la escuela vestida de ese modo y con peinado de salón. Aristócrata ya era; porque se distinguía con su talento para los estudios. Era la primera de su clase, igual que sus hermanas, y vestida de ese modo, sólo le faltaba llevar sus medallas en el suéter, como un general sus condecoraciones. Ese día tuve la impresión de que, entre risa y risa, nos estaba estudiando a mi papá y a mí. Aunque yo nunca fui alumna de dieces, quiero creer que al final de la charla ambas Glorias nos dieron su aprobación porque al poco tiempo, ya estaba yo instalada en Yucatán, lugar donde viviría poco más de un año.
Ese espacio de convivencia me permitió incorporar a la tía y sus hijas, las Flores Flores, a mi familia. Es bien sabido que el parentesco a veces se afianza más con la convivencia que con los lazos consanguíneos. Como la tía Gloria era una gran conversadora, hablamos muchas veces sobre los Flores y los Domínguez, las dos ramas de su familia originaria de Chiapas. A los Flores de su línea paterna la tía los conocía poco, pues ella había vivido desde muy pequeña en la ciudad de México. Eso sí, había suplido la distancia geográfica con un sinfín de anécdotas donde la realidad familiar se había convertido más en un mito. Supongo que todas las familias tienden a idealizar a sus miembros, particularmente los difuntos. Los Flores no son la excepción. Cada pariente era famoso por algún rasgo de su personalidad. El bisabuelo era tacaño, el tío Armando era un príncipe, Pancholín un intérprete que rivalizaba con Jorge Negrete, y Gustavo, orador desde su infancia, el mejor abogado del estado.
Mito o realidad, lo cierto es que la tía Gloria había tratado poco a su padre, pero evocaba con frecuencia el día que había viajado desde San Cristóbal a la ciudad de México, acompañado del tío Jorge. Los viajes a la capital del país eran un gran acontecimiento. El abuelo los había llevado a ambos a bailar a uno de los salones de moda entonces. Oyendo hablar a la tía Gloria, parecía como si ese recuerdo se hubiera suspendido en el tiempo; cada vez que lo narraba, volvía de nuevo a bailar en el salón.
Ese detalle del baile, en apariencia trivial, es significativo a la hora de conocer a la tía Gloria. A primera vista tenía un carácter enérgico que no aceptaba negativas; cuando escuchaba música, se volvía una niña traviesa.
Jamás dejó de sorprenderme el carácter enérgico de la tía Gloria. Me hacían falta muchos años de vida para entender que la fortaleza, más que una opción, a veces es la única alternativa. Educada por la abuela Catalina y el tío Guillermo, al igual que su hermano Gustavo, la vida la había dotado de una voluntad férrea, recurso indispensable para sobrevivir. Parecía que, aún si la vida no era exactamente como ella quería, tampoco había lugar para la tristeza. Y sin embargo, hay una foto de ella, colocada bajo el vidrio que cubría el buró junto a su cama, donde aparece, en blanco y negro (ella no era de medias tintas), con suéter y vestido, a la moda de los años sesenta, donde mira a la cámara con una mirada más bien triste. A la hora de las fotos, mi prima Adriana siempre le decía que sonriera. Es por eso que he elegido una imagen distinta a la mirada triste que a veces se deslizaba en sus fotografías. Y debo añadir que través de esos ojos, la tía Gloria me enseñó el significado de la palabra resiliencia. Crecer en circunstancias a veces adversas, pero crecer, pese a todo. Lo consiguió; tuvo tres hijas distintas, pero con el talento en común.
A diferencia de ella, su hermano Gustavo, con quien compartió su infancia, aprovechó su condición de varón para darse sus escapadas al estado de Chiapas y convivir con su papá y el resto de los Flores. Incluso vivió un tiempo en casa de mi abuela Adela. Por alguna razón, sus hermanos lo bautizaron como Pepe Chucho, aunque la tía Gloria se refería a él como “El caballero español”, nombre que el tío Guillermo le adjudicó por su porte distinguido. Fue allá en Chiapas donde Gustavo conoció a su esposa y fijó su residencia. La tía, en cambio, sólo viajaría a Chiapas hasta muchos años después, cuando Adriana la llevó en distintas ocasiones, primero a conocer a algunos de sus parientes en San Cristóbal y luego a pasar las navidades con los Flores Alfaro. Pero cuando yo la conocí, las figuras maternas eran todo su universo. Hablaba sobre todo de su primo Miguel, fallecido en el temblor y de la tía Zoila, quien era algo así como su ídolo particular; la tía Zoila era la autoridad, la señora elegante, la matriarca eternizada en un retrato familiar; hasta le puso su nombre a una de mis primas, sin reparar en que no era precisamente una buena combinación. Al tío Guillermo, pianista destacado, le decía papá pues era quien en realidad la había criado, al lado de la abuela. Eran todos una galería de parientes que compensaban las ausencias de aquéllos otros, en Chiapas.
Pero si los ojos de la tía Gloria arrojan una imagen más bien melancólica, quiero decir que ese es apenas un rasgo de su personalidad. Hay otras pistas, y una de ellas está justamente en su apellido materno. Como todos los Domínguez, la tía traía la música por dentro. Le encantaba bailar y se encargó de transmitirles ese entusiasmo a mis primas, Adriana, Lulú y Gloria, todas muy bailadoras. Otro dato curioso es que tenía una fascinación por los artistas; la vida de la farándula. Estaba al pendiente de los famosos que vivían en la zona, como si los actores tuvieran un aura o un resplandor reservado exclusivamente a los santos. Si se encontraba a alguno en la calle o en un restaurante, no perdía ocasión de ir a saludarle. Sin duda por eso evocaba con agrado aquella salida con el abuelo. Siempre me quedé con las ganas de ver una fotografía de aquél encuentro, pero no sé si exista alguna. Sospecho que lo suyo, contradiciendo su imagen modesta, era el glamour.
Justo bajo el departamento de la tía Gloria, vivía Mary, una anciana solitaria y bravucona, con quien la tía Gloria tenía una relación muy particular. Era algo así como su némesis: Batman y el Guasón; la tía Gloria versus Mary. “Así como la ves, Italia, Mary es muy música”, me decía mi tía. Y esa expresión de la tía me hacía mucha gracia, porque nunca entendía yo como alguien “musical” podía ser mala onda, taimado o de plano muy cabrón. Seguro que la expresión era común en la ciudad de México cuando la tía la aprendió, pero yo jamás la había escuchado antes y es hasta ahora, al escribir estas líneas que he hallado en el internet una definición en un libro sobre el idioma español en México. Música, además de conjunto de sonidos, podía significar que alguien no era muy bueno o no tenía facilidad para algo y, “ser muy música”, un sinónimo de ser aprovechado o egoísta. Ejemplo: no seas música; préstame los apuntes. Así pues, según mi tía, Mary era muy música. Pero yo de esa anciana sólo advertía la soledad y el abandono en que vivía, reflejado en la suciedad y mugre de muchos meses en su departamento. ¡Cómo estaría aquél lugar! que Adriana bajó en más de una ocasión a ayudarla a limpiar. La casa de Mary era la antípoda de la otra casa, impecable, de la tía Gloria, aún con la presencia del Maqui.
Con todo y que Mary era “muy música”, la tía Gloria fue la única vecina que se interesó por su destino final. Mary había tenido mejores años y más energía para chocar con los vecinos y lidiar con sus inquilinos que le proporcionaban algunos medios para vivir; conocí al último de ellos, célebre porque perfumaba el departamento con mariguana, para escándalo de mi tía. Yo creo que Mary no estaba tan a disgusto, porque después de todo, el inquilino le hacía compañía y le proporcionaba la posibilidad de viajar a mundos insospechados. Pero llegó el día en que Mary, sin un familiar en el mundo, ya sólo pudo viajar a ese otro mundo inevitable, se quedó inmóvil y la tía Gloria se las ingenió para que fuese sepultada y no fuera a parar a la fosa común. Tras esa aparente enemistad, la tía sabía reconocer a esas personas cuyo modo de conjurar la soledad es la pelea. Por ello, con todo y que no le gustaba el fiero modo de Mary, no titubeó en hacerse cargo de sus honras fúnebres.
El Maqui primero, y después el Muñeco, eran las mascotas de la tía y los depositarios principales de su cariño, pues no tenían posibilidad de contradecirla, como Mary o la señora del cuatro. Al Muñeco lo recogió de la calle. Era un perro pequeño y de nombre engañoso, porque era intratable, peleonero y hasta policía, porque mordía a todo el mundo. Había sido propiedad de una vecina hasta que casi muere en un enfrentamiento con un perro gigante. La dueña lo dio por muerto y la tía Gloria llegó a rescatarlo, pagó su curación y se lo llevó a vivir con ella. El perro vapuleado por la vida sólo dejaba que la tía lo tocara.
El Maqui, a quien recordamos todos los sobrinos que pasamos alguna vez por Yucatán, era un perro imponente y a decir de mi primo Tavo, quien mejor se alimentaba en esa casa. Todas las mañanas la tía picaba una porción considerable de verduras y la mezclaba con hígado de pollo. Se sospecha que de esa dieta tan saludable venía su fuerza portentosa, misma que desafiaba los esfuerzos de Adriana por sujetar la correa en las caminatas diarias por el circuito de Amsterdam.
Las relaciones con los humanos eran un poco más complejas. O eran buenas gentes o músicas. Como dije, la tía era de claroscuros, no tanto de matices. Con la Señora del cuatro (nunca me enteré de su nombre, porque mi tía se refería a ella de esa manera) a veces la relación era cordial, otras veces tirante, aunque no a los extremos de la anciana Mary. Cuando llegaban los hermanos Paniagua Domínguez, Óscar y Joaquín, la tía los recibía muy bien y los invitaba a comer, pues eran, después de todo, no sólo sus hermanos sino que constituían un lazo con la madre de tía Gloria, fallecida años atrás en algún lugar remoto de Chiapas. Con Joaquín tuvo la tía Gloria un noble gesto. Cuidó a su hija Claudia cuando ésta se quedó, como mi tía, en la orfandad. ¿Quién mejor para suplir esa carencia, que alguien que sabía lo que pesa la ausencia materna?
Sin duda, la presencia distinguida en Yucatán 11B era el licenciado Pedro, a quien el tío Óscar llamaba Peter Pan, acaso porque al término de su visita abría la ventana y se iba volando a la tierra de Nunca Jamás. Ese día se paralizaba el mundo, había comida especial y la tía parecía olvidar por unas horas su insistencia en que su esposo era, simultáneamente, muy gente y muy música.
No quise quebrarme la cabeza analizando el lado oscuro del señor originario de Chontla, Veracruz. Primero, porque ese señor de traje y buenos modales fue siempre amabilísimo conmigo (los recién llegados agradecemos la cortesía) y segundo, pero no menos importante, porque la tía lo veneró hasta la muerte. Como bien señaló Samuel, años más tarde, cuando el licenciado ya había fallecido: la tía siempre lo elevaba hasta las nubes cuando hablaba de él. Ella insistía en que lo tuteara y le dijera tío. Me negué en redondo. Decirle licenciado y tratarlo de usted era mi manera de ser imparcial. Por algo la tía lo había elegido; era como mi abuelo, amable y fugaz.
En una de las visitas que le hice en la Narvarte, me señaló un cuadro colgado en la pared, y me preguntó si no lo reconocía. No sé, le dije. Era de Mary. Así pues, esa señora de carácter firme, a veces inflexible, tenía otra mirada, capaz de descubrir a una Mary no tan música o el lado humano del Muñeco mordelón. Otra música, la del tío Guillermo, sin duda le fue enseñando al paso de los años otras maneras de ver la vida. No el blanco o el negro, sino la complejidad de la que estamos hechos los seres humanos.
La mañana del cinco de noviembre recibí un mensaje que revivió aquél viejo capítulo de la calle de Yucatán. Por la tarde, mientras me dirigía a la funeraria, fueron apareciendo todos aquéllos personajes de antaño y no pude creer que la tía se hubiera marchado así, de sopetón. Si no pudo escaparse a Chiapas cuando niña, para ver a su mamá, como sí le estaba concedido a su hermano varón, si le habían hecho falta más piezas para bailar en el salón con el abuelo, si tenía ganas de escuchar de nuevo la marimba de los Hermanos Domínguez, si le faltó correr a la Roma a despedirse de Miguel aquél fatídico diecinueve de septiembre, si se quedó con ganas de fumarse un churro con Mary o de reencontrarse, otra vez joven, con Pedro Flores, no dudo que se llevaría anotados esos pendientes para cumplirlos en un universo muy distinto a todos los conocidos.
No cualquiera desaparece así, de sopetón. Algunos se van despidiendo en una lenta e inexorable batalla que se sabe perdida de antemano. Pero ella, quizá porque tenía el hábito de aferrarse a las cosas, a ciertas creencias y a sus ídolos familiares, no iba a hacer mutis poco a poco. Por setenta y cinco años libró incontables batallas y salió victoriosa muchas veces. Tal vez por eso mismo, la única manera que sus dioses encontraron de llevársela fue así, de súbito, sin decir agua va. Quiero creer que en algún lugar me está leyendo y se vuelve a reír, con esa risita característica, tan suya, entre discreta y mal contenida, y me dice que le entregue ya mis apuntes y corrija la historia en los pasajes que no le gustan. Pero hoy, me temo, no voy a prestarle esos apuntes a nadie. Me los voy a guardar como recuerdo, porque eso son; ficción, memorias y también ¿por qué no? Algo de música.
Ciudad de México; 16 de noviembre de 2018.