¡Cállate, Adela!
Tengo dieciocho años. Estoy
recién desempacada del estado de Chiapas. Vine a estudiar Derecho. La ciudad parece un monstruo, un gigante que
habrá de iniciarme en las grandes lecciones de la vida, que tienen poco o mucho
que ver con la escuela o la cátedra universitaria.
Mi primera lección la recibo en la colonia Portales, lugar a donde
me han hospedado unos compadres de mi abuela, amigos de la familia. Es la casa
donde, en algún momento todos, abuelos, tíos, vamos a parar. El barrio es más
bien de clase media, pero para los provincianos recién llegados, la Portales es
una colonia de lujo. De la casa me impresionan la lámpara de lágrimas de cristal, el enorme
reloj de pedestal que da las campanadas cada hora, la escalera de caracol, los
acabados de yeso pintados de azul en el techo de la sala. No tengo edad aún
para advertir que esa elegancia, imitación Luis XIV, es apenas un remedo del
palacio de Versalles.
A Don Manuel le gustan dos cosas. Beber sus copas y charlar. Y soy
una escucha fiel, tanto como cuando los compadres llegan a San Cristóbal como
ahora, que soy yo la visitante. Por su edad, don Manuel es contemporáneo de mi
abuelo Gustavo, a quien yo no conocí, pero ellos fueron compañeros de primaria,
la única escolaridad que don Manuel tuvo en la vida. Esos escasos estudios no
le impidieron llegar a la capital del país y convertirse en un próspero
fabricante de refrescos, en una época muy anterior al dominio de las
trasnacionales como Pepsi y Coca Cola.
El señor de la casa sabe de mi interés por la figura de mi abuelo,
el difunto abogado idealizado por mi familia paterna. Y en ese afán de
satisfacer mi curiosidad, una tarde me cuenta dos anécdotas.
La primera es en el salón de clase. Un alumno temeroso pasa al
frente e intenta, con torpeza, decir el poema que el maestro les encargó a
todos aprender de memoria. Tras indecisiones y balbuceos, la voz estentórea del
profesor lo interrumpe: ¡Cállate burro! Vete a tu lugar. Después el maestro recorre con la vista los
rostros esquivos del grupo y al final pronuncia el nombre de mi abuelo: ¡Gustavo,
pasa al frente! Un niño pasa al pizarrón y declama sin que le tiemble la voz.
Don Manuel rememora el episodio con fidelidad. Se ríe de la torpeza de su
compañero, y evoca el aplomo de mi abuelo con admiración. Recuerda incluso la
poesía completa. Una oda a un héroe o una loa a la madre, que sé yo. Cualquier
verso para exaltar y conmover a la audiencia, para mi abuelo es pan comido. El
grupo se desborda en aplausos. El burro se eclipsa.
La segunda anécdota tiene lugar en una fonda de mi pueblo natal.
Los actores son mi abuelo, estudiante de Derecho, y la demandada (digámoslo
así, por emplear la jerga jurídica) mi abuela. Una adolescente de unos catorce
años, huérfana, recogida por unas señoras a quienes llama “las tías”, a quienes
sirve en la fonda como criada. En una extraña mezcla de ignorancia y
satisfacción, que mi juventud no alcanza a comprender, don Manuel me narra las
risas nerviosas de Adela, cuando el abuelo comienza a manosearla. Como buen
narrador, don Manuel imita los gritos de mi abuela acorralada: ¡ay, licenciado, ay licenciado! Ahí suelta la carcajada. En eso se
escucha la voz de reproche de una de las tías: ¡Sh, Adela! ¡Deja que el
licenciado te haga lo que quiera! Y prosiguen las carcajadas de don Manuel.
Han pasado más de treinta años de ese episodio, pero lo recuerdo
con precisión. Me refiero, claro, a la charla en la colonia Portales, no
al otro, que ocurrió en una fonda cuando yo todavía no nacía. Mi memoria obedece al hecho de que don Manuel
me contó ambos episodios más de una vez, en ese mes que permanecí en la casa de Emperadores, mientras encontraba un lugar donde vivir.
Hoy me produce estupor, incluso un nudo en la garganta, no haber
tenido la capacidad de leer ambas anécdotas del modo en que las leo ahora. No
dudo que en mi desconcierto yo incluso haya esbozado una sonrisa frente a la
algarabía de don Manuel. Esas carcajadas
que festejaban el esquema del chingón y el chingado, como si fuese lo más
aceptable del mundo. Ambas historias se
ceban en el torpe y el indefenso y celebran a la figura autoritaria quien
exhibe o se chinga al otro, con la anuencia o indiferencia de los demás
espectadores.
Cuando rememoro el episodio de la fonda, escucho con claridad esa
voz que me dice, ¡Cállate Adela! y pienso en las incontables ocasiones en que
yo misma he sido víctima de un atropello y no
encuentro el modo de hablar y protestar. Se me cierra la garganta y me da un coraje. Si ese don de defenderme lo hubiese aprendido en mi infancia, lo primero
que le hubiera dicho a don Manuel era que muchas gracias por su hospitalidad,
pero que yo no necesitaba escuchar esa anécdota, a todas luces trágica y
humillante, del origen de mi familia. El
hecho mismo de que yo lleve el nombre de mi abuela, lo hacía más complicado. Ya
en San Cristóbal me había tocado escuchar que Adela era nombre de sirvienta y
he aquí que el compañero de clase de mi abuelo se encargaba de afirmar que
ella, en efecto, había nacido para la servidumbre y la sumisión.
La vida, sin embargo, no transcurre en blanco y negro. Mi abuela
tenía nombre de insurrecta y fue precisamente ella quien se encargó de tirar con su lengua implacable la idealización que toda la familia hacía del
abogado don Gustavo. Creo que yo no
había cumplido aún los diez años, cuando la abuela, igual que don Manuel, se
encargó de narrarme la historia del asedio del abuelo con la anuencia de las
tías. Ya he contado otras veces que yo, con toda la ingenuidad del mundo, siempre
llegaba a contarle a mi abuelita las leyendas con que la familia embellecía la
figura del abuelo, y doña Adela las destruía con dos o tres frases
contundentes. Es injusto decir destrucción. En realidad le llamaba al pan, pan
y al vino, vino. Contaba las cosas como eran.
Al final, mi abuela vivió más de ochenta años, con una vitalidad y
una alegría que mi abuelo, por desgracia, no tuvo oportunidad de conocer.
Gustavo se suicidó porque no pudo con el encierro, el alcohol y la vida. Y algo me dice que, aunque era un buen
abogado y lo intentó, jamás pudo con el papel del actor que se chinga al
demandado. Aunque sus alegatos y escritos eran impecables, a ese niño
declamador no le enseñaron jamás a expresar sus emociones. Lo habían educado para ser la figura exitosa,
no para respetar a las mujeres o a los débiles. Yo de la escuela de derecho no
quise saber nada y la abandoné a la primera oportunidad. A menudo encuentro que
los abogados se manejan con el viejo esquema de mi abuelo. Chingar cuando se
pueda y emborracharse cuando haya ganas de llorar.
Ese modelo no me sorprende. Todavía ayer, en la calle, me detuve a ver
cómo discutían un taxista, dos transeúntes y un ciclista. El de la bicicleta,
el más educado de todos, le decía al taxista indignado: ¡señor, pero si yo no
le falté al respeto! El taxista aceleraba pero sin bajar del coche. Y uno de los transeúntes: ¿quieres que te
hable al chile? ¡Pues te vas a la verga!
Es increíble cómo se ponen los varones cuando sienten amenazada su
dignidad. Dignidad que en este caso se traduce en ver quién atraviesa primero
la calle. El del taxi acelera, los encabronados peatones se le ponen enfrente;
al ciclista casi lo atropellan. Yo los
observo a distancia y acelero el paso.
Miro la avenida y una voz, allá lejos, resuena en mi memoria.
¡Cállate Adela! Pienso en mi abuela, como la pienso siempre, viva y llevándome del brazo.
Y les respondo a las tías: A la chingada. No nos vamos a callar. Ni vamos a dejar que los abusivos hagan lo que
quieran. Y vamos a dejar constancia de lo sucedido. Tú sígueme contando una y otra vez, aunque
nadie te crea. Soy cobarde, pero el día
menos pensado me voy a armar de valor y voy a escribirlo todo.
Ciudad
de México; 12 de julio de 2018.