jueves, 12 de julio de 2018

¡Cállate, Adela!

¡Cállate, Adela!

Tengo dieciocho años.  Estoy recién desempacada del estado de Chiapas. Vine a estudiar Derecho.  La ciudad parece un monstruo, un gigante que habrá de iniciarme en las grandes lecciones de la vida, que tienen poco o mucho que ver con la escuela o la cátedra universitaria.
Mi primera lección la recibo en la colonia Portales, lugar a donde me han hospedado unos compadres de mi abuela, amigos de la familia. Es la casa donde, en algún momento todos, abuelos, tíos, vamos a parar. El barrio es más bien de clase media, pero para los provincianos recién llegados, la Portales es una colonia de lujo. De la casa me impresionan la lámpara de lágrimas de cristal, el enorme reloj de pedestal que da las campanadas cada hora, la escalera de caracol, los acabados de yeso pintados de azul en el techo de la sala. No tengo edad aún para advertir que esa elegancia, imitación Luis XIV, es apenas un remedo del palacio de Versalles. 
A Don Manuel le gustan dos cosas. Beber sus copas y charlar. Y soy una escucha fiel, tanto como cuando los compadres llegan a San Cristóbal como ahora, que soy yo la visitante. Por su edad, don Manuel es contemporáneo de mi abuelo Gustavo, a quien yo no conocí, pero ellos fueron compañeros de primaria, la única escolaridad que don Manuel tuvo en la vida. Esos escasos estudios no le impidieron llegar a la capital del país y convertirse en un próspero fabricante de refrescos, en una época muy anterior al dominio de las trasnacionales como Pepsi y Coca Cola.
El señor de la casa sabe de mi interés por la figura de mi abuelo, el difunto abogado idealizado por mi familia paterna. Y en ese afán de satisfacer mi curiosidad, una tarde me cuenta dos anécdotas.
La primera es en el salón de clase. Un alumno temeroso pasa al frente e intenta, con torpeza, decir el poema que el maestro les encargó a todos aprender de memoria. Tras indecisiones y balbuceos, la voz estentórea del profesor lo interrumpe: ¡Cállate burro! Vete a tu lugar.  Después el maestro recorre con la vista los rostros esquivos del grupo y al final pronuncia el nombre de mi abuelo: ¡Gustavo, pasa al frente! Un niño pasa al pizarrón y declama sin que le tiemble la voz. Don Manuel rememora el episodio con fidelidad. Se ríe de la torpeza de su compañero, y evoca el aplomo de mi abuelo con admiración. Recuerda incluso la poesía completa. Una oda a un héroe o una loa a la madre, que sé yo. Cualquier verso para exaltar y conmover a la audiencia, para mi abuelo es pan comido. El grupo se desborda en aplausos. El burro se eclipsa.
La segunda anécdota tiene lugar en una fonda de mi pueblo natal. Los actores son mi abuelo, estudiante de Derecho, y la demandada (digámoslo así, por emplear la jerga jurídica) mi abuela. Una adolescente de unos catorce años, huérfana, recogida por unas señoras a quienes llama “las tías”, a quienes sirve en la fonda como criada. En una extraña mezcla de ignorancia y satisfacción, que mi juventud no alcanza a comprender, don Manuel me narra las risas nerviosas de Adela, cuando el abuelo comienza a manosearla. Como buen narrador, don Manuel imita los gritos de mi abuela acorralada: ¡ay, licenciado, ay licenciado! Ahí suelta la carcajada. En eso se escucha la voz de reproche de una de las tías: ¡Sh, Adela! ¡Deja que el licenciado te haga lo que quiera! Y prosiguen las carcajadas de don Manuel.
Han pasado más de treinta años de ese episodio, pero lo recuerdo con precisión. Me refiero, claro, a la charla en la colonia Portales, no al otro, que ocurrió en una fonda cuando yo todavía no nacía.  Mi memoria obedece al hecho de que don Manuel me contó ambos episodios más de una vez, en ese mes que permanecí en la casa de Emperadores, mientras encontraba un lugar donde vivir.
Hoy me produce estupor, incluso un nudo en la garganta, no haber tenido la capacidad de leer ambas anécdotas del modo en que las leo ahora. No dudo que en mi desconcierto yo incluso haya esbozado una sonrisa frente a la algarabía de don Manuel.  Esas carcajadas que festejaban el esquema del chingón y el chingado, como si fuese lo más aceptable del mundo.  Ambas historias se ceban en el torpe y el indefenso y celebran a la figura autoritaria quien exhibe o se chinga al otro, con la anuencia o indiferencia de los demás espectadores.
Cuando rememoro el episodio de la fonda, escucho con claridad esa voz que me dice, ¡Cállate Adela! y pienso en las incontables ocasiones en que yo misma he sido víctima de un atropello y no encuentro el modo de hablar y protestar.  Se me cierra la garganta y me da un coraje. Si ese don de defenderme lo hubiese aprendido en mi infancia, lo primero que le hubiera dicho a don Manuel era que muchas gracias por su hospitalidad, pero que yo no necesitaba escuchar esa anécdota, a todas luces trágica y humillante, del origen de mi familia.  El hecho mismo de que yo lleve el nombre de mi abuela, lo hacía más complicado. Ya en San Cristóbal me había tocado escuchar que Adela era nombre de sirvienta y he aquí que el compañero de clase de mi abuelo se encargaba de afirmar que ella, en efecto, había nacido para la servidumbre y la sumisión.
La vida, sin embargo, no transcurre en blanco y negro. Mi abuela tenía nombre de insurrecta y fue precisamente ella quien se encargó de tirar con su lengua implacable la idealización que toda la familia hacía del abogado don Gustavo.  Creo que yo no había cumplido aún los diez años, cuando la abuela, igual que don Manuel, se encargó de narrarme la historia del asedio del abuelo con la anuencia de las tías. Ya he contado otras veces que yo, con toda la ingenuidad del mundo, siempre llegaba a contarle a mi abuelita las leyendas con que la familia embellecía la figura del abuelo, y doña Adela las destruía con dos o tres frases contundentes. Es injusto decir destrucción. En realidad le llamaba al pan, pan y al vino, vino. Contaba las cosas como eran.
Al final, mi abuela vivió más de ochenta años, con una vitalidad y una alegría que mi abuelo, por desgracia, no tuvo oportunidad de conocer. Gustavo se suicidó porque no pudo con el encierro, el alcohol y la vida.  Y algo me dice que, aunque era un buen abogado y lo intentó, jamás pudo con el papel del actor que se chinga al demandado. Aunque sus alegatos y escritos eran impecables, a ese niño declamador no le enseñaron jamás a expresar sus emociones.  Lo habían educado para ser la figura exitosa, no para respetar a las mujeres o a los débiles. Yo de la escuela de derecho no quise saber nada y la abandoné a la primera oportunidad.  A menudo encuentro que los abogados se manejan con el viejo esquema de mi abuelo. Chingar cuando se pueda y emborracharse cuando haya ganas de llorar.
Ese modelo no me sorprende. Todavía ayer, en la calle, me detuve a ver cómo discutían un taxista, dos transeúntes y un ciclista. El de la bicicleta, el más educado de todos, le decía al taxista indignado: ¡señor, pero si yo no le falté al respeto! El taxista aceleraba pero sin bajar del coche.  Y uno de los transeúntes: ¿quieres que te hable al chile? ¡Pues te vas a la verga!
Es increíble cómo se ponen los varones cuando sienten amenazada su dignidad. Dignidad que en este caso se traduce en ver quién atraviesa primero la calle. El del taxi acelera, los encabronados peatones se le ponen enfrente; al ciclista casi lo atropellan.  Yo los observo a distancia y acelero el paso.
Miro la avenida y una voz, allá lejos, resuena en mi memoria. ¡Cállate Adela! Pienso en mi abuela, como la pienso siempre, viva y llevándome del brazo. Y les respondo a las tías: A la chingada. No nos vamos a callar.  Ni vamos a dejar que los abusivos hagan lo que quieran. Y vamos a dejar constancia de lo sucedido.  Tú sígueme contando una y otra vez, aunque nadie te crea.  Soy cobarde, pero el día menos pensado me voy a armar de valor y voy a escribirlo todo.


Ciudad de México; 12 de julio de 2018.