Gracias a la vida
Hubo una vez un pueblo llamado San Cristóbal donde vivía un niño que perdió
a sus padres. Aunque San Cristóbal era
también un hombre muy fuerte, amigo de los niños, ni con toda su fortaleza
podía devolvérselos. Pero le prometió
que en algún momento de su vida le concedería un deseo. Algo que deseara con más fuerza que los
juguetes de sus primos. Y ese niño guardó la promesa, en secreto, en el
bolsillo de su pantalón corto.
Hace más de veinte años que no coincidimos.
Y lo primero que salta a la vista en ese niño de antaño es su mirada de
agradecimiento. Tío Marco volvió, como
diría su hija Malena, del reino de las lagunas mentales y el olvido; del día en
que quedó parado en el banco y ya no supo quién era, a dónde se habían marchado
sus padres, ni cuál era el camino a su escuela primaria... No era más que un niño con destino incierto,
pero contaba aún con su voluntad inquebrantable.
¿Qué sucedió durante el tiempo que estuvo ausente? ¿Por qué insistía en encontrar el camino a su
escuela primaria?
¿Qué pasaba por su cabeza? Sin
duda, algo muy distinto a lo que pasaba por las mentes de los médicos. Le dieron una semana a sus familiares, para
despedirse de él. La memoria lo había abandonado.
Cuántos interrumpen su vida de golpe y porrazo, un infarto en medio de la
calle, un accidente fatal, un muro que cae en el temblor, y no hay tiempo de
volver a saldar cuentas, a decir adiós a aquéllos que se amaron, a darle la
mano a los nietos, a pedir perdón, a decirle sí a la vida porque, pese a todo,
vivir es la gran experiencia. Si en el último instante pensamos en aquello que
hubiéramos deseado hacer, el rostro que hubiéramos querido contemplar por
última vez, las palabras que nunca dijimos...
Ya no se puede.
Me gusta pensar que en esa semana de incertidumbre, cuando sólo obedecía la
voz determinada de Malena y los parientes cercanos llegaban a decirle adiós,
tío Marco se escapó al país de su infancia. La recuperó. Tenía que hacerlo. Sólo el niño que hay en
nosotros puede venir a darle la mano a un adulto que está ya desengañado de la
vida. Y ese niño perdido volvió con
fuerza. Sólo que regresó con los ojos de un anciano sabio, y la vieja película
de infancia se fue tiñendo de claroscuros.
En ese regreso al origen quedaron fuera las idealizaciones, el barniz con
que embellecemos siempre los recuerdos.
El niño bajó de su pedestal a los ídolos omnipotentes, reconoció
virtudes y defectos propios y ajenos,
movió el fiel de la balanza y dibujó, preciso, en unas cuantas pinceladas, los
instantes decisivos de aquéllos tiempos en que anhelaba una chamarra negra de
piel. Los personajes legendarios de su
niñez se fueron humanizando, y eso fue posible gracias a la mirada de un hombre
que ha conocido la tristeza.
Marco niño en casa de sus abuelos, Marco vendiendo sus periódicos, Marco y su lacónico abuelo, avaro en afectos
y rico en miserias, ese al que los hijos se le morían, a ver si así se le
ablandaba un poco el corazón… Tío Marco
pudo haberse encerrado también en el mutismo, pero por el contrario, es un gran
conversador y es un hombre muy querido, como lo prueban las miradas de cariño
de los suyos y la complicidad de sus nietos.
Armando incluso lo silencia cuando el tío quiere decir cosas no muy
amables de sí mismo. En todo, dice mi
primo, encuentro el lado positivo.
Y claro que hay cosas grandes en la vida de un hombre que también conoce la
alegría y la gratitud. Marco protegido
por tía Irma, su ángel de la guarda, Marco auxiliado por la señora que hacía
los quehaceres en la casa de los abuelos, Marco próximo a la abuela Victoria y
a sus primos en esa fotografía en blanco y negro… Y una imagen inolvidable: Marco corriendo por la calle con toda su
pandilla para ir a comer a la plazuela, con delectación, los tamalitos más
ricos del mundo, todo vapor y olores en el frío de San Cristóbal. Abrir las hojas con cuidado, como quien
recibe una carta repleta de cariño. Afirma: Esa era la felicidad.
Casualidad o no, lo estoy viendo de pie, en mitad de la escalera, setenta y
un años sostenidos de su ánimo, más que del bastón y sí, trae puesta una
impensable chamarra de piel negra, en el clima cálido de Tuxtla Gutiérrez. No puedo evitar pensar en el emperador Marco
Antonio, famoso por su imprudencia cuando joven, pero también el magnífico
orador cuyo discurso inmortalizaría Shakespeare, y que me viene a la memoria en
la película que estelariza Marlon Brando.
Ni la diabetes ni demás enfermedades han podido robarle el brillo
característico de sus ojos, ese que ahora veo cuando rememora la emoción del
sueño cumplido. Cierto día, un hermano de su papá se sacó la lotería. A saber
cuánto le dieron, quizá no mucho, pero el tío Marco lo vivió como el premio
mayor. Ese tío, mi abuelo Gustavo, se lo llevó a pasear a México y ahí, en el
centro, le compró la famosa chamarra.
Dije antes que ya no pueden cumplirse los deseos pendientes cuando sólo
queda el momento de partir. Pero tengo
la sospecha de que tío Marco recordó, aquella mañana que perdió el rumbo en el
banco, aquél deseo que tenía guardado en el bolsillo. Y supo que si el deseo
era tan intenso, San Cristóbal tenía que cumplírselo. Y entonces deseó
regresar, de la mano del niño que fue, para disfrutar de la vida y sus afectos
más granados. Dicen que segundas partes
nunca fueron buenas; tío Marco, por supuesto, es la excepción.
Ciudad
de México, 30 de diciembre de 2017.
