jueves, 28 de septiembre de 2017

No dobles la cerviz (Carta para el Rayo)




El edificio donde vivo se averió; las grietas surcan las paredes blancas y me duelen más que las extremidades.  Me cuesta creer lo que dijeron hace unos días los brigadistas: son sólo daños superficiales; las columnas están bien. El estructurista es más cauto en sus opiniones y no se fía de las trabes.  Donde los del colegio de arquitectos ven muros y columnas, yo en cambio veo el espacio donde ha crecido mi hijo y hasta ahora advierto el cariño que le tenemos a este lugar de unos cuantos metros cuadrados donde vemos entrar el sol cada mañana.  De pronto me pregunto si no será que la estructura de la torre es como mi cuerpo: por fuera todo está bien, “no me duele nada” (dice el señor Platas), pero yo, con mi eterno pesimismo, respondo:  la columna está madreada.  No es para menos. Dos accidentes automovilísticos. Un daño silencioso de treinta años.  Aunque me he entrenado para resistir y sacudirme los dolores día a día, para no doblar la cerviz ante la adversidad, la verdad no estaba preparada para una sacudida de este tamaño.

Justo ese día del temblor salí muy contenta del consultorio del quiropráctico. Tú sabes que cada diecinueve de septiembre me acuerdo de ti, y aunque no te gusta mucho recordar esos momentos, en cada aniversario te pido que me platiques tus memorias. Por eso te marco. Al cómo estás inicial respondo con la euforia de los huesos recién alineados: voy bien, ya no cargo cosas. El chino acupunturista es la neta y el quiro es dios padre. Entonces nos ponemos muy contentos en la charla telefónica porque me acuerdo de tu foto de perfil en whatsapp y sale a la luz que ya descubrimos Los detectives salvajes. A fines de marzo yo; tú hace poco en una librería de Comitán. Por espacio de cuarenta minutos,  platicamos sobre lo mucho que nos ha gustado el libro, del homenaje del autor a la ciudad de México,  de esas calles y lugares que Bolaño describe y habita en su novela, ya nuestra para siempre. Decimos de esa capacidad del autor para crear una complicidad entre lectores y personajes, y de cómo un chileno puede hacer una novela tan inmensa como su personaje, la ciudad de México. Avanzo por Minerva y me vas platicando de cuando descubriste el libro y te lo llevaste a tu casa para sumergirte entre sus páginas.  Me alegro porque cuentas que a medida que lo ibas leyendo, te convencías cada vez más de que "este libro le va a gustar a la Italia". Cierro los ojos, porque me gusta imaginar esos momentos en que irrumpo en tu cabeza con mi voz discreta y hasta escucho tu voz con toda claridad, mientras sostienes el libro entre las manos. Quien sabe, tal vez es de noche y tienes tu cigarro en la mano para espantar a los mosquitos. Todavía falta reparar algunas tejas que cayeron la semana pasada, pero tú prosigues la lectura entusiasta. No es para menos. Te devuelve un pedazo de tu geografía personal.

Nos ha gustado mucho la novela, sobre todas sus virtudes literarias, porque nos habla a ambos de esos lugares por los que ambos pasamos, en distintas épocas de nuestra vida, sin encontrarnos. Aquí andábamos, pisándonos los talones. ¡Hasta tuvimos amigos comunes!  Asimismo, nos inscribimos en carreras erróneas, las abandonamos… Esta ciudad fue el marco de nuestras incertidumbres. Pero aquí nacieron también dos certezas: la Tania  y el Antonio. Pasamos por la unam, las islas, la sogem, la ex hipódromo de Peralvillo, la cineteca, las funciones de cine en el Ché, Coyoacán...  En la sogem compré tu libro de los Cuentos jerigonzos, sólo porque Heriberto me dijo que el autor era de Chiapas, como yo. Otra vez cierro los ojos e imagino una escena improbable. Tú en la vieja casona de la sogem, en Eleuterio Méndez, poniendo tu libro en la vitrina de exhibición: ¡aquí le dejo un ejemplar a la Italia, que se inscribirá el próximo año; a ver qué le parece! 

Sin duda esas andanzas por el Distrito Federal nos hicieron cómplices y crearon una identificación inmediata cuando, a fuerza de desencuentros, coincidimos en Chiapas. Cuando por fin te saludé, reclamaste, porque te encantan las provocaciones: si ya nos presentaron varias veces, pero nunca me haces caso.  Sí, te estabas refiriendo a encuentros fortuitos en eventos culturales de Tuxtla; yo prefiero pensar que aludías a visitas a los mismos escenarios chilangos, aunque sin coincidencias temporales. Total que después de unas cuantas charlas ya habíamos recuperado esa amistad que el tiempo nos debía.

Y en eso suena la alerta sísmica en la calle de Minerva. ¡El simulacro, Rayo! Volteo, buscando de dónde proviene esa voz peculiar que hasta hoy no consigo sacar de dentro. Y te digo lo de cada año, que te recuerdo en esta fecha especial y siempre te veo resurgir, como el ave fénix, de entre las nubes de polvo. Y menciono el hermoso texto que escribiste, a partir de esa tragedia. Luego hablamos de la vida, te pido un consejo con la excusa de que eres mi gurú, yo que sólo tengo por religión el pesimismo. ¡Cómo te ríes! Lo piensas unos segundos y después me dices que no hay que bajar la cerviz; que en la vida uno encuentra gente con la que nomás no se puede, para qué desgastarse, pero que hay otros como el Roche, tu escudero, quien llegó con sus hermanos albañiles a tu casa en Terán, para ayudarte a componer el tejado. Y así fluye esa charla tan sabrosa hasta que llego al edificio y encuentro a algunos vecinos y señoras de la limpieza en la entrada, concluyendo el simulacro.



Dos horas después, cuando apenas volvíamos del colegio mi hijo y yo, escuché un rumor como de muebles pesados, arrastrándose. ¿Pero qué hacen los vecinos en el pasillo? Me asomé. Estaba vacío. No hizo falta más. Un terror animal me sacudió. Fue como si una mano invisible jalara los cimientos y obligara al edificio a sentarse. Escuchar cómo gime un edificio es el pavor absoluto. En mi cuerpo fue – literal-  una descarga eléctrica que bajó de las cervicales, y me apretó los músculos de los brazos y la espalda. Agarré la mano de mi hijo, con todo y mis nervios y volamos escaleras abajo. De dos en dos, contradiciendo toda indicación de protección civil. Temblé cuando vi la puerta de cristal cerrada. Seguro fueron unos segundos los que el vigilante tardó en aparecer y abrir, pero la sacudida los hizo eternos. En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos a mitad de la avenida, parados sobre el camellón, viendo los autos detenidos, los rostros desconcertados, el movimiento bajo nuestros pies y nosotros ahí, paralizados por el miedo. Los vecinos de la tlapalería miraban estupefactos las tres torres de edificios que se movían.  Sólo mi hijo parecía ajeno al desconcierto. Una señora de la limpieza no paraba de llorar. Y yo con la voz cortada, de miedo y coraje, repetía sin cesar un mantra absurdo: la puerta estaba cerrada. Y es que una semana antes, cuando tembló en Chiapas y se te cayeron las tejas, Rayo,  yo les dije a los de vigilancia que cómo íbamos a abrir la puerta si ellos, por lo que fuera, no estaban ahí para quitar el seguro eléctrico. Y la respuesta fue: siempre estamos.

Cuando las cosas se calmaron, volvimos a la entrada principal. Se asomaron los vecinos de los pisos más altos, quienes simplemente no habían podido bajar, porque el movimiento los hacía caer al suelo.  Asomaron cada vez más transeúntes. Me fui calmando y poco a poco empecé a sentir las contracturas, el dolor del estrés por la tensión acumulada, los nervios apretándome los brazos. Una vecina me pidió prestado el celular porque con la prisa no sacó ni la bolsa ni las llaves. Ahí nos dimos cuenta de que no había señal telefónica.

Alguien encendió el radio; después llegaron las noticias devastadoras a través de la televisión.  Se me hizo un nudo en la garganta cuando vi las imágenes de una escuela primaria derrumbada. Cualquier dolor físico me pareció irrelevante cuando cobré conciencia de lo que había sucedido en la ciudad de México. La ciudad dolía más. Me pregunté entonces qué había sucedido con mi vida, si horas antes estábamos tan contentos, festejando la labor hormiga del alemán que truena los huesos de la columna para que los nervios puedan seguir su camino sin ser molestados. Porque eso de los ajustes es un proceso muy lento, estéril en ocasiones; se parece un poco a la labor urgente, inmediata, de los rescatistas. Golpear en el lugar preciso, buscar un resquicio que ahuyente el miedo y dé cabida a la esperanza.

Lozas, huesos, martillos, nervios, cables, ánimos caídos, escombros. Así la vida Rayo. Cuando por fin volvimos al departamento, no podía creer que nuestras paredes blancas y esas columnas que vienen de muy abajo, de no sé cuántos metros de profundidad, se habían mecido como si fuesen un columpio. Había muchas grietas en las paredes, recubrimientos de yeso caídos. Curiosamente, en el departamento sólo tres objetos habían caído al suelo: una larga persiana, un Totoro de peluche y un diminuto hombre de hojalata, personaje de El mago de Oz.  Tu foto, Rayo, esa que te tomé en Tuxtla, cuando trabajábamos juntos, estaba en su lugar, junto a una pared lastimada.  Le tengo tanto cariño a esa imagen tuya. Porque no fue ensayada; la hice en el momento justo en que estabas escribiendo. No te diste cuenta hasta el momento preciso del click.

Tantas emociones en un mismo día. En el librero Los detectives salvajes, y adentro la Roma, la Condesa y otros lugares, hoy escenario de derrumbes y desolación.  En un solo día la vida nos había regalado una alegre charla y un sismo que, ahora lo entiendo por experiencia propia, también es un cisma en la vida de todos los que lo vivimos.  Bolaño nos regaló una charla feliz, tú allá en Chiapas, levantándote cada mañana con tu optimismo invencible que contagias a todos por la radio. Yo aquí, en este monstruo de ciudad hostil que no se deja abrazar y cuando se deja, tiembla hasta sacarnos las lágrimas. Ciudad de extremos, inundaciones, ríos entubados, asaltos, tráfico, caos. Ciudad que intimida y nos conmueve. Se derrumba y hay que levantarla de nuevo porque le tenemos un amor inmenso. Escribí cisma y no exageré; las circunstancias me invitan a abandonar la doctrina del pesimismo habitual, un tanto acomodaticio.

Ya me dijiste que hay que levantar la cerviz, tienes razón. Es sólo que a veces duele todo y sólo quiero estar echada en la cama.  Cómo reíste cuando te dije al final de la charla, “dime pues tu proverbio". No sé de dónde sacamos esa costumbre de cerrar ciertas charlas así. Yo te consulto cuando tengo algún problema y te da por citar, de memoria. Pero ese día me dijiste: hoy no se me ocurre nada. Y hasta parece, Rayo, que me estabas jugando una mala pasada. No se te ocurrió, porque la ocurrencia ya venía viajando desde no sé cuándo. Tiemblo al pensar que aquél día, cuando te fuiste para siempre del edificio Tamaulipas, pudieras haber pensado: aquí le dejo la ciudad a la Italia, que llega a México el próximo año. Le dejo también una computadora, desde la que ya mismo está escribiendo, ¿y por qué no? también mi foto en su librero, para que cuando abramos, por fin,  esa puerta de cristal, ya no hagan falta los proverbios y yo pueda darle la bienvenida, con una de esas frases que ella jamás cree, pero que hoy es más cierta que nunca:  ¡sos bien viva, pinche Italia!   Estoy, Rayito. Estoy.