El edificio donde vivo se
averió; las grietas surcan las paredes blancas y me duelen más que las
extremidades. Me cuesta creer lo que dijeron hace unos días los brigadistas:
son sólo daños superficiales; las columnas están bien. El estructurista es más
cauto en sus opiniones y no se fía de las trabes. Donde los del colegio
de arquitectos ven muros y columnas, yo en cambio veo el espacio donde ha
crecido mi hijo y hasta ahora advierto el cariño que le tenemos a este lugar de
unos cuantos metros cuadrados donde vemos entrar el sol cada mañana. De
pronto me pregunto si no será que la estructura de la torre es como mi cuerpo:
por fuera todo está bien, “no me duele nada” (dice el señor Platas), pero yo,
con mi eterno pesimismo, respondo: la columna está madreada. No es
para menos. Dos accidentes automovilísticos. Un daño silencioso de treinta
años. Aunque me he entrenado para resistir y sacudirme los dolores día a
día, para no doblar la cerviz ante la adversidad, la verdad no estaba preparada
para una sacudida de este tamaño.
Justo ese día del temblor
salí muy contenta del consultorio del quiropráctico. Tú sabes que cada
diecinueve de septiembre me acuerdo de ti, y aunque no te gusta mucho recordar
esos momentos, en cada aniversario te pido que me platiques tus memorias. Por
eso te marco. Al cómo estás inicial respondo con la euforia de los huesos
recién alineados: voy bien, ya no cargo cosas. El chino acupunturista es la neta
y el quiro es dios padre. Entonces nos ponemos muy contentos en la charla
telefónica porque me acuerdo de tu foto de perfil en whatsapp y sale a la luz
que ya descubrimos Los detectives salvajes. A fines de marzo yo; tú hace
poco en una librería de Comitán. Por espacio de cuarenta minutos,
platicamos sobre lo mucho que nos ha gustado el libro, del homenaje del autor a
la ciudad de México, de esas calles y lugares que Bolaño describe y
habita en su novela, ya nuestra para siempre. Decimos de esa capacidad del
autor para crear una complicidad entre lectores y personajes, y de cómo un
chileno puede hacer una novela tan inmensa como su personaje, la ciudad de
México. Avanzo por Minerva y me vas platicando de cuando descubriste el libro y
te lo llevaste a tu casa para sumergirte entre sus páginas. Me alegro
porque cuentas que a medida que lo ibas leyendo, te convencías cada vez más de
que "este libro le va a gustar a la Italia". Cierro los ojos, porque
me gusta imaginar esos momentos en que irrumpo en tu cabeza con mi voz discreta
y hasta escucho tu voz con toda claridad, mientras sostienes el libro entre las
manos. Quien sabe, tal vez es de noche y tienes tu cigarro en la mano para
espantar a los mosquitos. Todavía falta reparar algunas tejas que cayeron la
semana pasada, pero tú prosigues la lectura entusiasta. No es para menos. Te
devuelve un pedazo de tu geografía personal.
Nos ha gustado mucho la
novela, sobre todas sus virtudes literarias, porque nos habla a ambos de esos
lugares por los que ambos pasamos, en distintas épocas de nuestra vida, sin
encontrarnos. Aquí andábamos, pisándonos los talones. ¡Hasta tuvimos amigos
comunes! Asimismo, nos inscribimos en
carreras erróneas, las abandonamos… Esta ciudad fue el marco de nuestras incertidumbres. Pero aquí nacieron también dos certezas: la Tania y el Antonio. Pasamos por la unam, las islas,
la sogem, la ex hipódromo de Peralvillo, la cineteca, las funciones de cine en
el Ché, Coyoacán... En la sogem compré tu libro de los Cuentos
jerigonzos, sólo porque Heriberto me dijo que el autor era de Chiapas, como
yo. Otra vez cierro los ojos e imagino una escena improbable. Tú en la vieja
casona de la sogem, en Eleuterio Méndez, poniendo tu libro en la vitrina de
exhibición: ¡aquí le dejo un ejemplar a la Italia, que se inscribirá el próximo
año; a ver qué le parece!
Sin duda esas andanzas
por el Distrito Federal nos hicieron cómplices y crearon una identificación
inmediata cuando, a fuerza de desencuentros, coincidimos en Chiapas. Cuando por
fin te saludé, reclamaste, porque te encantan las provocaciones: si ya nos
presentaron varias veces, pero nunca me haces caso. Sí, te estabas
refiriendo a encuentros fortuitos en eventos culturales de Tuxtla; yo prefiero
pensar que aludías a visitas a los mismos escenarios chilangos, aunque sin
coincidencias temporales. Total que después de unas cuantas charlas ya habíamos
recuperado esa amistad que el tiempo nos debía.
Y en eso suena la alerta
sísmica en la calle de Minerva. ¡El simulacro, Rayo! Volteo, buscando de dónde
proviene esa voz peculiar que hasta hoy no consigo sacar de dentro. Y te digo
lo de cada año, que te recuerdo en esta fecha especial y siempre te veo
resurgir, como el ave fénix, de entre las nubes de polvo. Y menciono el hermoso
texto que escribiste, a partir de esa tragedia. Luego hablamos de la vida, te
pido un consejo con la excusa de que eres mi gurú, yo que sólo tengo por
religión el pesimismo. ¡Cómo te ríes! Lo piensas unos segundos y después me
dices que no hay que bajar la cerviz; que en la vida uno encuentra gente con la
que nomás no se puede, para qué desgastarse, pero que hay otros como el Roche,
tu escudero, quien llegó con sus hermanos albañiles a tu casa en Terán, para
ayudarte a componer el tejado. Y así fluye esa charla tan sabrosa hasta que llego
al edificio y encuentro a algunos vecinos y señoras de la limpieza en la
entrada, concluyendo el simulacro.
Dos horas después, cuando
apenas volvíamos del colegio mi hijo y yo, escuché un rumor como de muebles
pesados, arrastrándose. ¿Pero qué hacen los vecinos en el pasillo? Me asomé.
Estaba vacío. No hizo falta más. Un terror animal me sacudió. Fue como si una
mano invisible jalara los cimientos y obligara al edificio a sentarse. Escuchar
cómo gime un edificio es el pavor absoluto. En mi cuerpo fue – literal- una descarga eléctrica que bajó de las
cervicales, y me apretó los músculos de los brazos y la espalda. Agarré la mano
de mi hijo, con todo y mis nervios y volamos escaleras abajo. De dos en dos,
contradiciendo toda indicación de protección civil. Temblé cuando vi la puerta
de cristal cerrada. Seguro fueron unos segundos los que el vigilante tardó en
aparecer y abrir, pero la sacudida los hizo eternos. En un abrir y cerrar de
ojos ya estábamos a mitad de la avenida, parados sobre el camellón, viendo los
autos detenidos, los rostros desconcertados, el movimiento bajo nuestros pies y
nosotros ahí, paralizados por el miedo. Los vecinos de la tlapalería miraban
estupefactos las tres torres de edificios que se movían. Sólo mi hijo
parecía ajeno al desconcierto. Una señora de la limpieza no paraba de llorar. Y
yo con la voz cortada, de miedo y coraje, repetía sin cesar un mantra absurdo:
la puerta estaba cerrada. Y es que una semana antes, cuando tembló en Chiapas y
se te cayeron las tejas, Rayo, yo les dije a los de vigilancia que cómo
íbamos a abrir la puerta si ellos, por lo que fuera, no estaban ahí para quitar
el seguro eléctrico. Y la respuesta fue: siempre estamos.
Cuando las cosas se
calmaron, volvimos a la entrada principal. Se asomaron los vecinos de los pisos
más altos, quienes simplemente no habían podido bajar, porque el movimiento los
hacía caer al suelo. Asomaron cada vez más transeúntes. Me fui calmando y
poco a poco empecé a sentir las contracturas, el dolor del estrés por la
tensión acumulada, los nervios apretándome los brazos. Una vecina me pidió
prestado el celular porque con la prisa no sacó ni la bolsa ni las llaves. Ahí
nos dimos cuenta de que no había señal telefónica.
Alguien encendió el radio; después llegaron las noticias devastadoras a través de la
televisión. Se me hizo un nudo en la garganta cuando vi las imágenes de
una escuela primaria derrumbada. Cualquier dolor físico me pareció irrelevante
cuando cobré conciencia de lo que había sucedido en la ciudad de México. La
ciudad dolía más. Me pregunté entonces qué había sucedido con mi vida, si horas
antes estábamos tan contentos, festejando la labor hormiga del alemán que
truena los huesos de la columna para que los nervios puedan seguir su camino
sin ser molestados. Porque eso de los ajustes es un proceso muy lento, estéril
en ocasiones; se parece un poco a la labor urgente, inmediata, de los
rescatistas. Golpear en el lugar preciso, buscar un resquicio que ahuyente el
miedo y dé cabida a la esperanza.
Lozas, huesos, martillos,
nervios, cables, ánimos caídos, escombros. Así la vida Rayo. Cuando por fin
volvimos al departamento, no podía creer que nuestras paredes blancas y esas
columnas que vienen de muy abajo, de no sé cuántos metros de profundidad, se habían mecido como si fuesen un columpio. Había muchas grietas en
las paredes, recubrimientos de yeso caídos. Curiosamente, en el departamento
sólo tres objetos habían caído al suelo: una larga persiana, un Totoro de
peluche y un diminuto hombre de hojalata, personaje de El mago de Oz. Tu foto, Rayo, esa que te tomé en Tuxtla,
cuando trabajábamos juntos, estaba en su lugar, junto a una pared lastimada.
Le tengo tanto cariño a esa imagen tuya. Porque no fue ensayada; la hice en el
momento justo en que estabas escribiendo. No te diste cuenta hasta el momento
preciso del click.
Tantas emociones en un
mismo día. En el librero Los detectives salvajes, y adentro la Roma, la
Condesa y otros lugares, hoy escenario de derrumbes y desolación. En un solo día la vida nos había regalado una
alegre charla y un sismo que, ahora lo entiendo por experiencia propia, también
es un cisma en la vida de todos los que lo vivimos. Bolaño nos regaló una charla feliz, tú allá en
Chiapas, levantándote cada mañana con tu optimismo invencible que contagias a
todos por la radio. Yo aquí, en este monstruo de ciudad hostil que no se deja
abrazar y cuando se deja, tiembla hasta sacarnos las lágrimas. Ciudad de
extremos, inundaciones, ríos entubados, asaltos, tráfico, caos. Ciudad que intimida
y nos conmueve. Se derrumba y hay que levantarla de nuevo porque le tenemos un
amor inmenso. Escribí cisma y no exageré; las circunstancias me invitan a
abandonar la doctrina del pesimismo habitual, un tanto acomodaticio.
Ya me dijiste que hay que
levantar la cerviz, tienes razón. Es sólo que a veces duele todo y sólo quiero
estar echada en la cama. Cómo reíste cuando te dije al final de la charla, “dime pues tu proverbio". No sé de
dónde sacamos esa costumbre de cerrar ciertas charlas así. Yo te consulto
cuando tengo algún problema y te da por citar, de memoria. Pero ese día me
dijiste: hoy no se me ocurre nada. Y hasta parece, Rayo, que me estabas jugando
una mala pasada. No se te ocurrió, porque la ocurrencia ya venía viajando desde
no sé cuándo. Tiemblo al pensar que aquél día, cuando te fuiste para siempre
del edificio Tamaulipas, pudieras haber pensado: aquí le dejo la ciudad a la
Italia, que llega a México el próximo año. Le dejo también una computadora,
desde la que ya mismo está escribiendo, ¿y por qué no? también mi foto en su
librero, para que cuando abramos, por fin, esa puerta de cristal, ya no
hagan falta los proverbios y yo pueda darle la bienvenida, con una de esas
frases que ella jamás cree, pero que hoy es más cierta que nunca: ¡sos
bien viva, pinche Italia! Estoy,
Rayito. Estoy.
