miércoles, 31 de mayo de 2017

Las Adelas.



Ni las dos embolias, producto del coraje, hicieron que mi abuela perdiera jamás esa mirada de determinación que la levantó de la orfandad, la ausencia de un árbol genealógico, la maternidad temprana, las muertes de los otros. Tuvo energía suficiente para parir cuatro hijos, cargar las cubetas del nixtamal, traídas del molino, caminando, muy temprano, para hacer los tamales,levantar de la calle a su hijo balaceado, ir al mercado todas las mañanas, cocinar hasta el día de su muerte, hacer caramelos para sus nietos en una laja que robamos, para ese fin, de la calle y una voz contundente con la que afirmaba, categórica, su famosa pregunta: ¿qué te estás creyendo, pinchi pendejo?

Doña Adela, afirmaba el tío Juan, conocía vida y milagros de todo San Cristóbal, y sabía las cosas aún antes de que pasaran. Su red informativa era infalible: los rezos y novenarios donde, entre magníficas y rosarios, escudriñaba a todos y cada uno de los asistentes. Jamás fue a la escuela y nunca aprendió a leer, pero lo leía todo: veía a alguien y adivinaba dolencias, alegrías y secretos recónditos. No tenía pelos en la lengua, y era por tanto, un personaje incómodo. Nadie mejor que ella para derribar mitos familiares. Le gustaba bailar, y su bebida favorita era el tequila. Me contó tantas historias de los Flores, que aún antes de escribir, yo ya veía desfilar a tíos melancólicos y abuelos suicidas, mientras tomábamos café en vasos de peltre, rellenos con trozos de tortilla quemada, por la tarde. El eterno chal, el cabello teñido de negro, y la risa desconcertante. Y el remate de sus historias: "...pero no se lo digas a tu papá". Y yo, en mi ingenuidad infantil, cuando mi padre decía tal o cual cosa del abuelo, yo decía: "no es cierto; mi abuelita me contó que..."

Debo decir, para finalizar, que nunca me gustó haber heredado su nombre. Tuvieron que pasar muchos años para que yo entendiera que nadie quiere heredar una vida de pobreza, abusos y miseria. La conciliación llegó hasta que empecé a entender que Adela era eso y mucho más. Y me gusta pensar que algo, aunque sea mínimo, heredé de su entereza y determinación. De lo que sí no tengo ninguna duda, es de haber heredado su amor por las historias. "La gente habla...", decía mi abuela. A mí también me da por escarbar, por hallar eso que los otros no mencionan y que los hace más humanos. 

Cuando doña Adela cocinó su último mole, yo estaba estudiando mi maestría en Londres. Me enteré de la noticia leyendo un mail, en la biblioteca de la universidad. Chingona Adela, se fue, sin hospitales ni agonías; sin proferir quejido alguno. Mi hermana Nina, por correo y en su peculiar estilo, resumió el deceso: ya eres la única Adela de la familia. Y mi memoria regresó, veloz, a las tazas de café con tortillas, a las majaderías, a las historias clandestinas. No me dio tristeza, porque fue una vida grande, sin fecha de nacimiento conocida, plena y larga. En la biblioteca se hizo un silencio y por un momento, volví a ver su rostro, justo así, como el de esta foto, y escuché esa voz que parecía decir, sin rodeos: ¿qué se están creyendo, pinchis pendejos?