miércoles, 22 de febrero de 2017

FELIPA

Para Celia. 

Nunca entendí por qué, de entre todas tus amigas, tenías que elegirme a mí para llevar a cabo tu perverso plan. Ahí estaba Prudencia, monja frustrada, o Matilde, quien hubiera aceptado casarse por una módica pensión para pagar sus estudios universitarios. ¡Pero no! Elegiste a la virgen ingenuota, feliz con el noviazgo de manita sudada, para obtener el restaurante que te regalarían tus papás si vivías para siempre en el armario.
 
No bien firmamos, surgieron tus negativas categóricas a consumar el matrimonio. Y hasta eso, te hubiera perdonado el engaño, Felipón. Pero cometiste un grave error: me echaste a mí la culpa. Estás muy fea, no me motivas, tus perros no me dejan concentrarme, te van a oír, eres demasiado impulsiva, me va a dar un infarto... Sólo faltó que dijeras que tu abuela iba a salir del armario en mitad de la noche. Más bien tú, la noche que te acorralé, te metiste al ropero de la difunta, y ahí dormiste, entre los abrigos y estolas de doña Felipa, para no salir sino hasta la mañana siguiente, oloroso a naftalina, cuando los meseros vinieron a rescatarte.

Prefieres el armario a la realidad, te dije yo. Años atrás, cuando eras un niño, doña Felipa, abuela venerable, había escandalizado a la familia entera, al huir con el joven jardinero. Y tú seguías refugiándote en el pesado mueble de caoba, entre las galas que tu abuela había dejado. Tus padres, en más de una ocasión, te habían sacado de ahí con los mitones y las zapatillas puestas. 

Convencida ya de la futilidad de mis aproximaciones, propuse una tregua. Un día bajé al restaurante a cocinar. Y en un lapso breve de tiempo ya me había hecho íntima de la Suripanta, tu capitán de meseros. Era una loca con sueños de corista. Era puro cantar y cocinar como los dioses. Entre las dos diseñábamos los menús que los meseros te servían, puntualmente, a las dos de la tarde, cada día.

¿Que estabas engordando, Felipón? Yo también, un poco, por tanta castidad forzosa. Hasta los perros estaban nerviosos por esa veda obligatoria. Lo más vital en nuestra habitación era ese armario donde vivía el espíritu de la abuela fugitiva, con cuerpo de María Conesa. Entre banquetes pantagruélicos transcurrió todo un año casto; la báscula del baño disparó su aguja y cuando comenzaste a preocuparte, te dije que cuál agitación y pesadez, si tú, además del armario y la afición por la gentuza, ibas a heredar la longevidad de doña Felipa. Tu madre juraba que la abuela había muerto de un infarto después de la juerga salvaje con el jardinero, donde se gastó todos sus ahorros. Pero yo creía que doña Felipa seguía por ahí, haciendo de las suyas. A los personajes incómodos de la familia no se les menciona a menudo.

La mañana en que la báscula se quebró, me fui llevándome a los perros y te dejé con tu séquito de meseros bulliciosos. No reclamé la parte del restaurante que me correspondía, según el contrato matrimonial. Ya había tenido bastante de comilonas. Sí me llevé muchos kilos de más, pero los fui perdiendo poco a poco hasta que no quedó ni un rastro de amargura. Meses después, la Suripanta me llamó para contarme, entre llorosa y culpable, que te había dado un coma diabético, después insuficiencia renal, y apenas la noche anterior te habían encontrado muerto dentro del armario de doña Felipa. 

Como aún no se firmaba el divorcio, volví por mis fueros y dispuse de inmediato que un carpintero usara la caoba de tu mueble favorito para hacer el ataúd. Pedí que te vistieran con el abrigo, las zapatillas, el vestido con lentejuelas, las medias y la estola de la única mujer a la que habías pertenecido en vida. La Suripanta se lució con el maquillaje y la peluca. Hasta una tiara consiguió. También cantó en la misa los cuplés de la Gatita Blanca, para escándalo de Prudencia, la monja recién ordenada. Los meseros lloraron. Yo me senté, solemne y enlutada, a recibir las condolencias que correspondían a la viuda virgen. Los familiares creyeron que doña Felipa por fin había vuelto al redil, para morir en paz, cobijada por su familia. Ayudado por Matilde, un jardinero solícito llenó de flores blancas la carroza fúnebre que aguardaba en el atrio de la iglesia.