Para Celia.
Nunca entendí por qué, de entre todas tus amigas, tenías que elegirme a mí
para llevar a cabo tu perverso plan. Ahí estaba Prudencia, monja frustrada, o
Matilde, quien hubiera aceptado casarse por una módica pensión para pagar sus
estudios universitarios. ¡Pero no! Elegiste a la virgen ingenuota, feliz con el
noviazgo de manita sudada, para obtener el restaurante que te regalarían tus
papás si vivías para siempre en el armario.
No bien firmamos, surgieron tus negativas categóricas a consumar el
matrimonio. Y hasta eso, te hubiera perdonado el engaño, Felipón. Pero
cometiste un grave error: me echaste a mí la culpa. Estás muy fea, no me
motivas, tus perros no me dejan concentrarme, te van a oír, eres demasiado
impulsiva, me va a dar un infarto... Sólo faltó que dijeras que tu abuela iba a
salir del armario en mitad de la noche. Más bien tú, la noche que te acorralé,
te metiste al ropero de la difunta, y ahí dormiste, entre los abrigos y estolas
de doña Felipa, para no salir sino hasta la mañana siguiente, oloroso a
naftalina, cuando los meseros vinieron a rescatarte.
Prefieres el armario a la realidad, te dije yo. Años atrás, cuando eras un
niño, doña Felipa, abuela venerable, había escandalizado a la familia entera,
al huir con el joven jardinero. Y tú seguías refugiándote en el pesado mueble
de caoba, entre las galas que tu abuela había dejado. Tus padres, en más de una
ocasión, te habían sacado de ahí con los mitones y las zapatillas puestas.
La mañana en que la báscula se quebró, me fui llevándome a los perros y te
dejé con tu séquito de meseros bulliciosos. No reclamé la parte del restaurante
que me correspondía, según el contrato matrimonial. Ya había tenido bastante de
comilonas. Sí me llevé muchos kilos de más, pero los fui perdiendo poco a poco
hasta que no quedó ni un rastro de amargura. Meses después, la Suripanta me
llamó para contarme, entre llorosa y culpable, que te había dado un coma
diabético, después insuficiencia renal, y apenas la noche anterior te habían
encontrado muerto dentro del armario de doña Felipa.
Como aún no se firmaba el divorcio, volví por mis fueros y dispuse de
inmediato que un carpintero usara la caoba de tu mueble favorito para hacer el
ataúd. Pedí que te vistieran con el abrigo, las zapatillas, el vestido con
lentejuelas, las medias y la estola de la única mujer a la que habías
pertenecido en vida. La Suripanta se lució con el maquillaje y la peluca. Hasta
una tiara consiguió. También cantó en la misa los cuplés de la Gatita Blanca,
para escándalo de Prudencia, la monja recién ordenada. Los meseros lloraron. Yo
me senté, solemne y enlutada, a recibir las condolencias que correspondían a la
viuda virgen. Los familiares creyeron que doña Felipa por fin había vuelto al
redil, para morir en paz, cobijada por su familia. Ayudado por Matilde, un
jardinero solícito llenó de flores blancas la carroza fúnebre que aguardaba en
el atrio de la iglesia.